CAPITULO 2.
UNA VISITA EN PALACIO.
Cuatro horas habian pasado i yo estaba todavía pensando en el
singular pordiosero. Yo meditaba sobre la historia de sus
desgracias; sobre la oficiosidad con que me prevenia contra un mal
gravísimo segun sus presunciones, sobre la especial circunstancia
de haber venido a mi casa sin conocerme ántes, ocurriendo la
casualidad de encontrar con las personas de quienes, segun él,
hablaron aquellos dos embozados nocturnos. Sobre todo, me era mui
estraño el lenguaje culto de aquel hombre; lenguaje mui ajeno de la
condicion de mendigo. Sin embargo, él mismo me habia prevénido
contra este pensamiento, refiriéndome que habia sido educado por un
amigo de su padre. Meditaba sobre las palabras de los embozados i
no hallaba sino confusion e incertidumbre acerca de su verdadero
objeto. Tomé la cartera i las apunté, ellas podian servirme como
los cabos de esos hilos que formaban la red de que se hablaba;
ademas, yo acostumbraba a consignar al papel lo que me parecia
estraño, juzgando que en el mundo no hai una palabra absolutamente
perdida, por insignificante que parezca.
Eran las dos de la tarde: para las tres estaban citados los
incógnitos, supuesto que las palabras de su despedida fueron:
«hasta mañana a las tres de la tarde.-Corriente, en el palacio.»
Iré al palacio, me desengañaré, dije, respecto de la cita, o acaso
descubriré quiénes son los embozados.
Tomé el sombrero, hice un cariño a Rosina i me fui al punto.
Llegué al palacio i admiré que a la entrada no hubiera obstáculo
como se acostumbraba anteriormente: la ostentacion de mando, de
superioridad o de categoría, anunciadas por guardias desde las
puertas en los palacios en que habita el primer jefe de la nacion,
habia desaparecido. Entré, un simple portero anunció al Presidente
mi visita: este era visible para todos, sin ceremonia. Al entrar a
la sala de recibo, hallé al Presidente solo, le saludé con respeto
i me devolvió el saludo con esa afabilidad i cortesanía que
adquieren los hombres verdaderamente civilizados.
Como era indispensable un motivo ostensible de tal visita, tomé
por pretesto, que iba a felicitarle; diciéndole que tal
felicitacion se la hacia de mui buena voluntad, por la ocasion que
se le presentaba para hacer felices a los pueblos, i que yo deseaba
que su exaltacion a la primera silla del Gobierno, diera por
resultado órden, libertad i progreso en la República. Me contestó,
que este era el pensamiento dominante en su carrera pública i que
al encargarse de tan delicado puesto, ese pensamiento se habia
convertido en un deber: que su voluntad de acuerdo con sus
convicciones le harian obrar siempre en este sentido. En seguida
manifestó que la República se hallaba en un estado deplorable, que
se la figuraba como un esqueleto desarmado, i cuya osamenta
desordenada, habia que articular para organizarla i darla vida.
Durante esta conversacion dieron las tres en, el reloj i nadie
habia entrado; pasó media hora mas i entónces entró un oficial con
aire franco i desembarazado, el que despues del saludo tomó asiento
i dijo: «Los godos no pierden tiempo, han publicado un artículo en
hoja suelta conteniendo una cáfila de falsedades, entre ellas la de
que el Presidente actual es ilejítimo, que su eleccion fué debida a
una coaccion ejercida sobre el Congreso el 7 de marzo. Ellos no
pierden tiempo, ahora mismo deben estar algunos reunidos en el
Palacio arzobispal, tratando de asuntos importantes para dos de los
principales: he sabido esto por una casualidad.»
-Cómo? dijo el Presidente.
-Estaba yo en una de las ventanas de mi casa, que tiene
bastidores de muselina, dijo el oficial, cuando oí que hablaban al
pié de ella dos mujeres: se me ocurrió atender a su dialogo, que
fué el siguiente en conclusion:
- «No seas inconsiderada, niña, tengo tanto que hacer
- «Si, desde que hai disculpas nadie queda mal.
«Adios, no me detengo mas, son las dos de la tarde i tengo que
ir a mandar poner la sopa, porque tiene él una cita para las tres
en el Palacio arzobispal i en asunto de importancia sobre lo que te
dije.
- «Luego el Arzobispo está tainbien de acuerdo?
- «Eso no lo sé, pero creo que necesitan tratar allá ese asunto;
te lo digo en reserva; cuidado con cuchichear, ya sabes que son
cosas delicadas. Me han encargado el secreto en todo, pero como tú
eres mi amiga i....adios, no me detengo mas; mañana te voi a ver,
no te vayas a vagamundear i no te encuentre: adios.
- «A qué horas vas? ,
- «No sé.... por la tarde, adios.
- «Con que no me dijiste que asistias a la funcion de Santo
Domingo.
- «Si no pensaba en eso, niña i qué bueno estuvo el canto de
Hernández.
- «I yo o que me olvidé i no fuí.
- « Que lástima! adios
- « Adios
I se despidieron, sin que pudiera yo conocer quienes eran las
dos devotas.
- Se conoce que puso U. mucha atencion, pues ha referido con
esactitud la despedida de dos mujeres que andaban de prisa: dijo el
Presidente, esa cita nada tiene de estraño, pues en el Palacio
arzobispal se despachan varios negocios.
Yo guardaba silencio, pero al oír al oficial, imajiné que los
citados podian ser los mismos de que me habia hablado el mendigo i
yo me habia equivocado en cuanto al palacio, pero ya tenia un dato
mas de certidumbre. Ahora decia en mi interior, debo coordinar mis
ideas bajo otro punto de vista. Hai en realidad una cita a las tres
i en un palacio. Saqué mi cartera i leyendo los apuntamientos que
habia hecho, paré la atencion en la parte que decia; «¡Oh! la
relijion es el mejor pretesto, por ella se nos apoya....» -juzgué
que podia ser alguna intriguilla en asuntos relacionados con el
Poder eclesiástico; pero, entónces no habia por qué creer que yo i
ménos Rosina, fuéramos ni lejanamente objetos de ella. En tanto que
yo reflexionaba esto, el Presidente hablaba con el oficial. Tomé mi
sombrero i me despedí satisfecho de mi primer visita en
palacio.
Me dirijí al Palacio arzobispal i al llegar a la esquina de la
calle en donde se halla, me paré a esperar las personas que
salieran de él, apesar de que podia ser ya tarde. Pocos minutos
despues salió un hombre de regular estatura, embozado en su capa;
siguió en la direccion que yo me hallaba; al pasar por mi frente me
fijé cuanto pude a fin de conocerle i no lo obtuve, me era
desconocido, su aire i su mirada oblícua me hicieron presumir que
fuera jesuita, disfrazado. Le seguí i al primer conocido que hallé,
le pregunté si conocía al que iba adelante i me contestó: «No le
ví la cara. » Entretanto cruzó la esquina i le perdí de vista.