INDICE





Introduccion

Reseña histórica

Capítulo 1 - El mendigo

Capítulo 2 - Una visita en palacio

Capítulo 3 - El cuarto de Rosina

Capítulo 4 - Los portales

Capítulo 5 - Una beata

Capítulo 6 - Una amenaza

Capítulo 7 - La prediccion cumplida

Capítulo 8 - Meditacion

Capítulo 9 - Una sorpresa

Capítulo 10 - La casa de los ejercicios

Capítulo 11 - Nuevo apostolado, la iniciada en el templo

Capítulo 12 - La choza de la muerte

Capítulo 13 - El espiritu de asociacion

Capítulo 14 - Un sueño

Capítulo 15 - Las dos cartas

Capítulo 16 - Los dos embozados

Capítulo 17 - Descubrimiento

Capítulo 18 - El sabio magnetizador

Capítulo 19 - La cartera

Capítulo 20 - El 10 de marzo

Capítulo 21 - Causa célebre - Russi ante el Jurado

Capítulo 22 - Preliminares de rebelion

Capítulo 23 - Rosina o Clodomira

Capítulo 24 - El refinamiento de la crueldad

Capítulo 25 - La revolucion

Capítulo 26 - Ricardo el sepulturero o el loco sentimental
CAPITULO 2.

 

UNA VISITA EN PALACIO.

 

Cuatro horas habian pasado i yo estaba todavía pensando en el singular pordiosero. Yo meditaba sobre la historia de sus desgracias; sobre la oficiosidad con que me prevenia contra un mal gravísimo segun sus presunciones, sobre la especial circunstancia de haber venido a mi casa sin conocerme ántes, ocurriendo la casualidad de encontrar con las personas de quienes, segun él, hablaron aquellos dos embozados nocturnos. Sobre todo, me era mui estraño el lenguaje culto de aquel hombre; lenguaje mui ajeno de la condicion de mendigo. Sin embargo, él mismo me habia prevénido contra este pensamiento, refiriéndome que habia sido educado por un amigo de su padre. Meditaba sobre las palabras de los embozados i no hallaba sino confusion e incertidumbre acerca de su verdadero objeto. Tomé la cartera i las apunté, ellas podian servirme como los cabos de esos hilos que formaban la red de que se hablaba; ademas, yo acostumbraba a consignar al papel lo que me parecia estraño, juzgando que en el mundo no hai una palabra absolutamente perdida, por insignificante que parezca.

Eran las dos de la tarde: para las tres estaban citados los incógnitos, supuesto que las palabras de su despedida fueron: «hasta mañana a las tres de la tarde.-Corriente, en el palacio.» Iré al palacio, me desengañaré, dije, respecto de la cita, o acaso descubriré quiénes son los embozados.

Tomé el sombrero, hice un cariño a Rosina i me fui al punto. Llegué al palacio i admiré que a la entrada no hubiera obstáculo como se acostumbraba anteriormente: la ostentacion de mando, de superioridad o de categoría, anunciadas por guardias desde las puertas en los palacios en que habita el primer jefe de la nacion, habia desaparecido. Entré, un simple portero anunció al Presidente mi visita: este era visible para todos, sin ceremonia. Al entrar a la sala de recibo, hallé al Presidente solo, le saludé con respeto i me devolvió el saludo con esa afabilidad i cortesanía que adquieren los hombres verdaderamente civilizados.

Como era indispensable un motivo ostensible de tal visita, tomé por pretesto, que iba a felicitarle; diciéndole que tal felicitacion se la hacia de mui buena voluntad, por la ocasion que se le presentaba para hacer felices a los pueblos, i que yo deseaba que su exaltacion a la primera silla del Gobierno, diera por resultado órden, libertad i progreso en la República. Me contestó, que este era el pensamiento dominante en su carrera pública i que al encargarse de tan delicado puesto, ese pensamiento se habia convertido en un deber: que su voluntad de acuerdo con sus convicciones le harian obrar siempre en este sentido. En seguida manifestó que la República se hallaba en un estado deplorable, que se la figuraba como un esqueleto desarmado, i cuya osamenta desordenada, habia que articular para organizarla i darla vida.

Durante esta conversacion dieron las tres en, el reloj i nadie habia entrado; pasó media hora mas i entónces entró un oficial con aire franco i desembarazado, el que despues del saludo tomó asiento i dijo: «Los godos no pierden tiempo, han publicado un artículo en hoja suelta conteniendo una cáfila de falsedades, entre ellas la de que el Presidente actual es ilejítimo, que su eleccion fué debida a una coaccion ejercida sobre el Congreso el 7 de marzo. Ellos no pierden tiempo, ahora mismo deben estar algunos reunidos en el Palacio arzobispal, tratando de asuntos importantes para dos de los principales: he sabido esto por una casualidad.»

-Cómo? dijo el Presidente.

-Estaba yo en una de las ventanas de mi casa, que tiene bastidores de muselina, dijo el oficial, cuando oí que hablaban al pié de ella dos mujeres: se me ocurrió atender a su dialogo, que fué el siguiente en conclusion:

- «No seas inconsiderada, niña, tengo tanto que hacer

- «Si, desde que hai disculpas nadie queda mal.

«Adios, no me detengo mas, son las dos de la tarde i tengo que ir a mandar poner la sopa, porque tiene él una cita para las tres en el Palacio arzobispal i en asunto de importancia sobre lo que te dije.

- «Luego el Arzobispo está tainbien de acuerdo?

- «Eso no lo sé, pero creo que necesitan tratar allá ese asunto; te lo digo en reserva; cuidado con cuchichear, ya sabes que son cosas delicadas. Me han encargado el secreto en todo, pero como tú eres mi amiga i....adios, no me detengo mas; mañana te voi a ver, no te vayas a vagamundear i no te encuentre: adios.

- «A qué horas vas? ,

- «No sé.... por la tarde, adios.

- «Con que no me dijiste que asistias a la funcion de Santo Domingo.

- «Si no pensaba en eso, niña i qué bueno estuvo el canto de Hernández.

- «I yo o que me olvidé i no fuí.

- « Que lástima! adios

- « Adios

I se despidieron, sin que pudiera yo conocer quienes eran las dos devotas.

- Se conoce que puso U. mucha atencion, pues ha referido con esactitud la despedida de dos mujeres que andaban de prisa: dijo el Presidente, esa cita nada tiene de estraño, pues en el Palacio arzobispal se despachan varios negocios.     

Yo guardaba silencio, pero al oír al oficial, imajiné que los citados podian ser los mismos de que me habia hablado el mendigo i yo me habia equivocado en cuanto al palacio, pero ya tenia un dato mas de certidumbre. Ahora decia en mi interior, debo coordinar mis ideas bajo otro punto de vista. Hai en realidad una cita a las tres i en un palacio. Saqué mi cartera i leyendo los apuntamientos que habia hecho, paré la atencion en la parte que decia; «¡Oh! la relijion es el mejor pretesto, por ella se nos apoya....» -juzgué que podia ser alguna intriguilla en asuntos relacionados con el Poder eclesiástico; pero, entónces no habia por qué creer que yo i ménos Rosina, fuéramos ni lejanamente objetos de ella. En tanto que yo reflexionaba esto, el Presidente hablaba con el oficial. Tomé mi sombrero i me despedí satisfecho de mi primer visita en palacio.

Me dirijí al Palacio arzobispal i al llegar a la esquina de la calle en donde se halla, me paré a esperar las personas que salieran de él, apesar de que podia ser ya tarde. Pocos minutos despues salió un hombre de regular estatura, embozado en su capa; siguió en la direccion que yo me hallaba; al pasar por mi frente me fijé cuanto pude a fin de conocerle i no lo obtuve, me era desconocido, su aire i su mirada oblícua me hicieron presumir que fuera jesuita, disfrazado. Le seguí i al primer conocido que hallé, le pregunté  si conocía al que iba adelante i me contestó: «No le ví la cara. » Entretanto cruzó la esquina i le perdí de vista.

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