INDICE





Introduccion

Reseña histórica

Capítulo 1 - El mendigo

Capítulo 2 - Una visita en palacio

Capítulo 3 - El cuarto de Rosina

Capítulo 4 - Los portales

Capítulo 5 - Una beata

Capítulo 6 - Una amenaza

Capítulo 7 - La prediccion cumplida

Capítulo 8 - Meditacion

Capítulo 9 - Una sorpresa

Capítulo 10 - La casa de los ejercicios

Capítulo 11 - Nuevo apostolado, la iniciada en el templo

Capítulo 12 - La choza de la muerte

Capítulo 13 - El espiritu de asociacion

Capítulo 14 - Un sueño

Capítulo 15 - Las dos cartas

Capítulo 16 - Los dos embozados

Capítulo 17 - Descubrimiento

Capítulo 18 - El sabio magnetizador

Capítulo 19 - La cartera

Capítulo 20 - El 10 de marzo

Capítulo 21 - Causa célebre - Russi ante el Jurado

Capítulo 22 - Preliminares de rebelion

Capítulo 23 - Rosina o Clodomira

Capítulo 24 - El refinamiento de la crueldad

Capítulo 25 - La revolucion

Capítulo 26 - Ricardo el sepulturero o el loco sentimental
CAPITULO 24.

 

EL REFINAMIENTO DE LA CRUELDAD.

 

Al frente de un alto edificio cerca del convento de agustinos, habia una especie de calabozo húmedo, cuyas paredes i techo ahumados hacian oscuras las piezas aunque se abrieran sus puertas; tenia dos departamentos; el primero era como una de esas tiendas que sirven de habitacion a las jentes miserables de la ciudad i el segundo era una especie de mazmorra fétida e inmunda e la que se veia a su estremo interior una puertecilla estrecha i raida por el pié, la cual estaba remachada, pero comunicaria en otro tiempo con un pequeño callejon. En esa mazmorra i en la época de los robos, asaltos i asesinatos que pusieron en alarma a los habitantes de Bogota, se hallaba encerrada una mujer, que en poco se diferenciaba de una mómia. Su tez era blanca i amarillosa como la cera; las mejillas enjutas; los ojos sin brillo i hundidos; la nariz delgada i trasparente; los labios blancos i tostados; los dientes largos; el cuello sumamente delgado; i las manos parecian disecadas i las uñas eran largas i amarillosas. Esa infeliz presentaba l aspecto de la ancianidad, pero examinándola con cuidado, se advertia que era una jóven transformada en esa especie de esqueleto por medio de los rigores del martirio.

Pocos dias despues de haber aprehendido a los asesinos de Ferro i cuando aun se perseguia a los de la famosa compañía de ladrones, se presentó un mozo a uno de los jefes de la policía, diciéndole: que hacia pocos instantes que habia visto desde encima del tejado de la pared del patio de su casa, una mano blanca i enjuta como la de un muerto, al pié de una puerta en un callejon correspondiente a la casa contigua, i agregó que la puerta que daba a la calle, rara vez la veia abrir por una mujer, la que al entrar, volvia a cerrarla inmediatamente.

En el momento fué nombrada una comision para que fuera a investigar lo que pudiera ser: al efecto se subieron a la pared indicada i vieron que en realidad por el pié de la puerta enunciada salia una mano enjuta con los dedos enteramente descarnados i las uñas mui largas. Llamaron desde allí los comisionados pero nadie les respondia. Salieron a examinar la puerta que por la calle correspondia a esa habitacion, i la hallaron cerrada con llave, i aunque golpearon algunas veces i llamaron, no contestaban. Entónces tomando todos las precauciones convenientes, se informaron que una mujer era la que algunas veces abria aquella puerta, que entraba i volvia a cerrar. Los jendarmas para no infundir sospechas sobre la pesquiza que intentaban, se situaron a cierta distancia de la puerta, en observacion, i esperando el momento en que esa mujer se presentara a la puerta citada, i en el acto de abrir entró cerrándola tras de ella. La policía acudió al pronto, halló ya cerrado, tocó i no le contestaron i habiendo tratado de forzar la puerta, abrió la espresada mujer preguntando qué se ofrecia. Inmediatamente penetraron en aquella mazmorra, i como la mujer trató de huir, la apresaron hasta saber lo que habia; ella se resistia fuertemente, pero fué obligada a ceder. La mazmorra era mui oscura i tuvieron que buscar luz artificial para examinarla. Luego que entró la luz, se quedaron los jendarmas horrorizados al ver en el fondo de esa especie de caverna, un espectro, una mómia viviente; esa jóven infeliz de quien se habló al principio de este capítulo. Estaba sentada con los brazos estendidos ácia adelante en la actitud del que sufre el penoso sentimiento del terror, volviendo a un lado su cadavérica faz: parecia herida viva i fuertemente por la luz. Se le hicieron varias preguntas, pero inútilmente, esa desgraciada habia perdido la articulacion del lenguaje i solamente emitia un sonido espantoso, un sonido gutural, áspero i monótono; apénas demostraba con sus movimientos i en su fisonomía, el sentimiento del terror. Trataba de huir de la luz, pero no podia trasladarse de un punto a otro porque habia perdido el movimiento de las piernas, parecia que sus músculos habian desaparecido i que la piel se hallaba adherida a los huesos: su aspecto moral era el de una mentecata. Vista a la luz del sol, presentaba el color blanquesino de su tez i su lánguida fisonomía, una completa semejanza con esas plantas que nacen en las grutas en donde no penetra el mas débil rayo del sol i cuyas fibras son blanquizcas i delicadas. Su traje era de una sola tela de color oscuro, roto i que se deshacia al menor esfuerzo. En el seno se le halló una tira de papel sucio i un lápiz.

Todo esto, el color de los ojos i del pelo, el blanco de la cútis i la edad misma, demostraban que esa infeliz era quizá la misma Clodomira, cuyo espíritu anjelical así como su belleza habrian desaparecido a los golpes crueles i lentos de un martirio prolongado.

Llevóse al verdugo a la casa de prision, se le formó causa, pero del proceso no se obtuvieron mas informes que los relativos al largo encierro de aquella desgraciada, i que por único alimento le daba un posillo de chocolate cada dia; lo que demostraba que se habia propuesto hacerla morir lentamente de hambre. Mas no fué posible averiguar la causa de esa crueldad, ni de donde procedia la víctima.

Se decia que cerca al lugar donde se halló la jóven mártir, encontraron yerba seca i algunos alfileres manchados con sangre, ló que indujo a creer que la harpía le daba yerba por alimento i le hincaba los alfileres para martirizarla. Algunos juzgaron que la misma desgraciada cojia la yerba que alcanzaba con la enjuta mano que sacaba por el hueco que habia hecho al pié de la estrecha puerta, que se hallaba remachada al fondo de la prision.

No es posible que haya quien arme un juicio completo acerca del horrible martirio que sufriria esa desgraciada para llegar a la miserable condicion de imbecilidad en que se hallaba, i al estado de representar la verdadera imájen de una mómia. Solamente las personas que la vieron, pudieran tener una idea aproximada de a crueldad refinada que pudo llevarla a tal situación.

Parecia que el jenio del mal habia resuelto sentar sus reales sobre la ciudad. La efervescencia de las pasiones de partido, habia despertado ese funesto legado de la barbarie, la intolerancia; pues los lujos de un mismo pueblo, divididos por opiniones políticas, se insultaban, se calumniaban i atentaban unos contra otros, jurándose guerra a muerte. i esto por alcanzar un fantasma que se presenta a la imajinacion de cada uno con resplandores de gloria i atavíos de suprema felicidad: fantasma que bajo distintas formas sonríe a todos i que unos llaman República., otros Principio de autoridad, otros Socialismo, etc. pero que se escapa siempre i se evapora, i se deshace, dejando burladas las esperanzas de los necios que, corriendo en pos de ella, de buena fé, atropellan, hieren i asesinan a los que hallan por delante estorbándoles el paso; tal vez evitándoles que se precipiten al abismo.

Muchos dias se pasaron con zozobra i en constante alarma temiendo que estallara la revolucion anunciada, de un momento a otro. Los preparativos indicaban que se aproximaba la hora, casi todos los dias habia juntas con este fin; muchas veces a media noche e oían detonaciones de trabucos o de granadas arrojadas al palacio de Gobierno i al cuartel de caballería: la jente del pueblo disputaba a garrotazos la supremacía de su opinion, i entre los hombres que se decian ilustrados, se afilaba el espadin, se limpiaba la pistola, se aguzaba la lanza o se preparaba el fusil.

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