CAPITULO 20.
EL 10 DE MARZO.
Pasé el resto de la noche que oí hablar al perro, entre dormido
i despierto, sufriendo en mi cama cierta especie de delirio en que
veía, hombres, perros, caballos i otros animales en la plaza
pública, hablando todos i discutiendo, como en congreso, los
principios que profesaba cada escuela. Uno decia: «La primera
condicion social i la base de todo progreso se hallan contenidas en
estas palabras: derecho inviolable de la propiedad.» Otro replicaba
con frenesí: «Esa es una blasfeinia, la propiedad es un robo.» Tal
proclama la comunidad o reparticion de la tierra diciendo: «Es un
don gratuito de la naturaleza concedido a todos e inapropiable por
lo mismo, como la luz.» Cual opinaba lo contrario, espresando: «Si
debe respetarse la espansion del individuo, debe declararse sagrado
el derecho sobre las cosas a que aplique su industria, i una de
ellas i la mas necesaria es la tierra. » Aquel, frunciendo el
entrecejo, gritaba: Todo eso es quimera, no hai mas que un solo
principio esacto, real i verdadero, que es la soberania individual.
» Ese otro esclamaba contristado:
«¡Oh ceguedad! ese es el demonio de la disociacion.» Unos
presentaban el pauperismo a las puertas de la nacion, como la hidra
de cien cabezas que amenazaba al pueblo: otros escribian un
esqueleto informe, sin figura que determinara a qué raza
pertenecia, i esclamaban: «Eccehomo, ved ahi la República.» I todos
en desorden, alboroto i confusion, presentaban el verdadero símil
de la torre de Babel.
Así pasé es noche singular, como resultado de la fuerte i
estraña impresion que me produjeron las esperiencias del adivino
haciendo hablar al perro. A las seis de la mañana me levanté de la
cama i tomé la cartera para continuar la traduccion que fué la
siguiente:
«Ella le dará el culto que merece i conservará religiosamente el
objeto mas precioso a los ojos de un hijo, el retrato de los
autores de su existencia.
El contenido del papel que hallé dentro del relicario, es como
signe:
«Nací en Marsella al empezar el año, es decir, el 1.º de enero
de 1892. El mismo dia i en la misma casa en que vi la primera luz,
se hallaba instalada una asamblea de republicanos, con el objeto de
discutir i adoptar las medidas conducentes a derribar el trono i al
afianzamiento de la libertad de la Francia. Mi padre en el acto de
mi nacimiento, me tomó en sus brazos i me presentó a la asamblea
diciendo: Aquí teneis el primer fruto de mi amor, os lo presento
como una ofrenda ante los altares de la libertad: él seguirá
nuestras huellas i asi como nosotros, hollará con su planta el
cetro i la corona de los reyes. Esto se hallaba consignado en el
acta de aquel dia i aun se conserva copiado en uno de los libros
que forman la coleccion de escritos de los republicanos franceses.
Fuí, pues, educado bajo las inspiraciones de uno de los hombres mas
entusiastas por el gobierno del pueblo. Tendria yo siete años
cuando llegó mi padre de regreso de Paris, donde se hallaba en
ejercicio de sus funciones como miembro del Consejo de los
quinientos, i entró a la casa ajitado i con un semblante airado,
diciéndole a mi madre: «La tirania se ha declarado representada en
Bonaparte, ha invadido con las bayonetas el Santuario de las leyes,
ha disuelto el Consejó de los quinientos, i se le aclama por el
ejército como el árbitro de los destinos del pueblo.» Poco tiempo
despues fueron condenados a la pena de deportacion para la Guyena
todos los republicanos exaltados, i siendo mi padre uno de ellos,
marchó inmediatamente a Paris a ponerse de acuerdo con sus amigos
políticos a fin de concertar una conspiracion para salir del
tirano; pero fui descubierto, aprehendido i encerrado en una
prision donde murió a los cinco meses. Desde entónces sentí un odio
implacable por Bonaparte i deseaba ser hombre formado para combatir
la tiranía, lidiar por la libertad i vengar a mi padre. El año de
1804, a los doce de mi edad, se declaró Napoleon emperador de los
franceses desde el momento en que tuve la noticia, me acometió la
idea de llevar a cabo el pensamiento que desde pequeño me acudió,
el de conspirar contra él, pero me faltaban los recursos i me
consideraba pigmeo delante del coloso que estaba dominando tantos
reinos i que intentaba conquistar el mundo. Aplacé la empresa para
cuando me hallara bajo mejores auspicios i trataba por entónces de
desechar esa idea que atormentaba mi pensamiento. Algun tiempo
despues visitaba una viva i graciosa muchacha de imajinacion
ardiente, hija tambien de un republicano exaltado amigo que habia
sido de mi padre. Es inútil decir que me enamoré de ella
ciegamente, puesto que me hallaba en la edad en que se desarrolla
con vigor la pasión del amor, i ella me habia inspirado este con su
tierno afecto e indisputable mérito. Me consideraba feliz bajo este
aspecto i no espera sino una mejor posicion social para unirme a
ella en matrimonio. Un dia la encontré sentada en un sofá, apoyando
su brazo en uno de los costados i sobre él su cabeza de manera que
ocultaba su faz anjelical: al oirme hablar, noté que se habia
sorprendido i trató de componerse i disimular el sentimiento que la
afectaba, pues vi que pasó su pañuelo de batista por sus mejillas i
que me miró con una sonrisa tierna i suspirando. En el instante le
dije:
-Mi adorable Eujeuia, qué tienes?
-Un sueño fatal que me hizo llorar; pero estoi tranquila, te he
pensado distante i te veo aquí.
Ninguna otra esplicacion me dió, ni yo quise importunarla para
que me informara. Así la sorprendí varias veces i siempre me daba
razones que no me dejaban satisfecho. Entre los jóvenes que
visitaban la casa, habia uno que me causaba inquietudes, porque a
la verdad gozaba de una buena i merecida reputacion, entré la
nobleza, ademas de la perfeccion de sus facciones i de la delicada
i fina espresion de sus modales: era pues un rival temible. Llegué
a sospechar, que esa pena, ese sentimiento que trataba de ocultarme
Eujenia, provenía de la difícil posicion en que se hallaba, por
haberme jurado sera mí.
Era preciso convencerme i para ello, empleé varios medios, sin
que ella llegara a percibirlo: entre otros adopté el de ocultarme
algunas veces en el jardin a donde ella iba con frecuencia. Un dia
estaba yo allí oculto i la ví entrar sola; radiante de gracia i
hermosura en medio de las flores, le vi abrir un billete, habiendo,
ántes, mirado a todos lados como temiendo ser vista: se fijó en él
i luego con un lápiz que sacó de su lindo seno, escribió en el
mismo papel. Yo estuve a punto de lanzarme ácia ella, para salir de
la horrible duda que torturaba mi alma; en mi cabeza hervía el
infierno de los celos. ¡Un billete! decía yo, leido a hurtadillas
en un jardin i un lápiz a la mano ¡Oh! ¡ qué necio he sido! Eujeuia
traiciona el amor le he jurado, véamos: al punto de ir a lanzarme
ácia ella, oí la voz de la madre que entraba diciendo: «aquí tienes
una visita. » Yo me quedé temblando, pues pensé que me habia visto
i que se refería a mí; Eujenia guardó el billete disimuladamente;
tomó el brazo de la madre i salieron del jardin. Quedéme sufriendo
la desesperacion consiguiente a esa idea terrible de ser
rivalizado: despertóse mi orgullo i proyectaba mil locuras para
reparar el agravio, mi amor propio estaba gravemente herido. Salí
de allí i pasé a mi casa meditando la resolucion que debia tomar;
llegó la noche i la pasé en claro pensando en esa mujer, que me
representaba la imajinacion unas veces como una furia salida del
averno para cebarse en mis dolores i otras veces como un ánjel puro
e inocente: unas veces condenaba su conducta como indigna de su
clase, i otras veces me condenaba a mí mismo como temerario e
injusto, pues sin pleno conocimiento, sin estar convencido, juzgaba
tan mal a una mujer amada. Llegó el dia i deseaba la hora de
presentarme en su casa para pedirle esplicacion. En efecto a las
once de la mañana entré a la sala donde se hallaba; yo iba resuelto
a exijir que me hablara con franqueza, a confesar mis sospechas,
las veces que la habia espiado i lo que habia visto, pero al verla,
se disiparon mis dudas, porque su semblante era el de la inocencia
i su sonrisa la del candor. Me quedé mudo contemplándola i me
juzgué criminal en su presencia, por haber consentido un
pensamiento tan menguado acerca de su conducta. Viéndome ella
silencioso i pensativo me dijo:
- ¿Tambien sufres? pasemos a la otra pieza; el perfume de las
flores aviva el sentimiento i los floreros estan mui cargados de
rosas de la montaña: ayer estuve en el jardin, anoche hablé de las
bellezas que en él habia visto, i hoi amanecieron mis floreros
renovados: vamos a la otra pieza, el aire esta aquí mui saturado de
la esencia de esas flores i es nocivo.
Sentí una conmocion nerviosa i se encendieron mis mejillas; la
escena del dia anterior en el jardin pasó por mi memoria, i las
palabras de Eujenia envenenaron mi corazon, no pude resistir i le
dije:
-Sí, tienes razon, acaso esos floreros, ademas nos hagan alguna
reconvencion: las flores guardan la historia de los amantes, i el
perfume de cada una despierta el sentimiento que pasó, presentando
vivamente a la memoria la escena en que este tuvo oríjen: si ellas
hablaran, publicarían…………
-Mi secreto; entiendo: soi culpable porque no te he descubierto
la causa de mi afliccion, perdóname. He querido, sufrir sola, pero
llegó la hora de hablar; te veo inquieto, tal vez dudas de un amor
i debo disipar toda sospecha. Ya sabes que perdí a mi padre
perseguido por esbirros de Napoleon; de ese nuevo tirano que hoi se
titula Emperador; sabes que este hombre se complace en esterminar a
los republicanos; el protector de mi casa ha sido últimamente
guillotinado. ¡ I no hai un hombre de bastante valor que libre a la
Francia de la servidumbre que le impone el tirano ¿Se ha estinguido
el fuego de la libertad en el corazon de los franceses? Esto es,
amigo mio, lo que me ha hecho derramar lágrimas amargás.
Tomó mi mano i la apreté contra su pecho exhalando un suspiro.
En el momento doblé las rodillas i juré por la memoria de nuestros
padres, vengar a los republicanos. Pasé a mi casa, puse algunas
monedas de oro en mi bolsillo, colgué a mi cuello el retrato de
Eujenia, acomodé mi puñal en un lado bajo el dorman i partí en
direccion al punto donde se hallaba Napoleon. Tuve noticia que este
se ha1laba al N. E. de Francia; mi viaje debía ser largo i penoso,
pero miraba como un deber sagrado el fin de mi resolucion. El odio
que me habian inspirado ácia Napoleon, desde la niñez: la muerte de
mi padre, el esterminio de los miembros de la familia de la mujer
que amaba i sobre todo esa reconvencion terrible en los labios de
una mujer: «¡No hai un hombre de bastante valor que libre a la
Francia de la servidumbre que le impone el tirano,!» daban enerjía
a mi espíritu i todo me parecía pequeño en presencia de mi grande
empresa. Ademas, la presentacion que hizo mi padre a la asamblea de
republicanos, llevándome en sus brazos al nacer, diciendo: « Os lo
presento, como una ofrenda ante los altares de la libertad seguirá
nuestras huellas i asi como nosotros, hollara con su planta el
cetro i la corona de los reyes, » esto, digo, me trazaba la línea,
me indicaba la vía i allanaba el camino que debia tomar. Era
preciso vindicar al frances; era in dispensable la venganza de un
republicano decidido; era justo que cumpliera la profecía de mi
padre.
Despues de vencer algunas dificultades, llegué el 25 de
setiembre de 1808 a Erfurth, en donde se hallaba Napoleon: en la
primera portada del edificio en que habitaba, habia una guardia que
no me impidió la entrada, juzgué pues, que ya tocaba a su término
la mision que llevaba, pero encontré con otra guardia en la segunda
portada i el centinela me impidió el paso. Preguntado por el jefe
de esta a quien buscaba, le dije que al emperador, que tenia
urjencia de hablar con él mismo i que acababa de llegar de
Marsella. Se me hizo esperar i unos minutos despues se me ordenó
que entrara; entónces llevé la mano a la guarnicion de un puñal
para asegurarme de que estaba dispuesto para el golpe, esto
teniéndolo siempre oculto debajo de mi dorman; pero uno de los
jefes que se bailaban en el piso alto, asomado a una ventana gritó
en el acto:
«Prended a ese jóven. Seguramente sospechó mi intento al ver mi
accion. Inmediatamente me aprehendieron i rejistrándome tomaron mi
puñal i el retrato de Eujenia, i me presentaron al emperador
informándole. El emperador me interrogó así:
-A qué habeis venido?
-A vindicar a la Francia, a cumplir un juramento i a verificar
una profecia.
¿Cual era vuestro intento?
-Asesinaros.
-¿A mí?
-Sí, a vos que habeis asesinado a medio mundo para erijir el
imperio sobre las ruinas de la República.
-Jóven imprudente, ¿sabeis quien soi?
-Sí, lo he dicho, el mismo que deseaba encontrar para hacer un
buen uso de mi puñal.
-¿De dónde Sois?
-De la patria de la libertad, de Marsella.
-¿Sabeis cual es la pena que mereceis por el atentado?
-Juzgo que la de muerte, que es la pena favorita de los
déspotas, pero ella me hará inmortal ante los ojos de los
republicanos.
-¿Si obteneis la libertad que habeis perdido si os perdono,
volvereis a atentar contra mi vida?
-Sí, siempre.
- ¿Estas loco?
No pude contestar sinó con una risa marcadamente sardónica, yo
estaba ciego de furor delante de él, habiendo fracasado mi
proyecto. Mandó que me sacaran de allí, i me condujeron a una
prision que a la verdad no era mui incómoda, pues era una pieza
algo abrigada i con algunos muebles, allí se me devolvió el
retrato. Ese mismo día fui juzgado por un consejo de guerra o cosa
semejante, que me condenó a muerte; cuya pena debia ejecutarse a
las 24 horas. A la entrada de la noche me leyeron la sentencia i
entré a capilla en otra pieza bien espaciosa que tenia varias
entradas. En el momento pedí papel i lápiz; se me concedió juzgando
que iba a implorar la gracia del emperador, pues me dijo el que me
entregó el recado: «Si declaras el principal autor de esa
maquinacion infernal, es bien seguro que obtendrás gracia, » a lo
que no contesté sino con una mirada de orgullo i desden. Me senté a
escribir una carta para Eujenia, concebida así:
Me ha sobrado corazon, pero me ha faltado la fortuna. Estuve a
punto de coronar mi tentativa, cuando fui descubierto: sin embargo,
voi a merecer la gloria del martirio como hijo de la libertad;
dentro de 20 horas debo morir. Te envio tu retrato con mi último
adios, quiero evitar que lo profanen los tiranos.
«Cerré el pliego i pagué las monedas que me quedaban para que
fuera remitido junto con el retrato, por el correo que se dirijia a
Marsella. Poco despues me dormí tranquilamente en una poltrona i
seria bien pasada la media noche, cuando un hombre a quien no
conocí entónces, me despertó diciéndome: «Os he conocido, sois
marselles; amo a Marsella como a mi patria i vengo a salvaros. » Me
hizo cambiar vestido i despues me dijo:
-Aquí teneis un pasaporte con el sello del mismo emperador i
algunas monedas que debo a vuestra casa, guardad todo pronto i
seguidme,
Me tomó del brazo i abriendo una puertecilla me condujo por
varios pasadizos i como por un jardin a la calle en donde estaban
preparados dos caballos para la fuga. Ambos montamos i partimos.
Cuando la primera luz dia empezaba a dar animacion i belleza a los
objetos de aquellos lugares, paró el corcel mi libertador,
diciéndome:
-Estais libre, completamente libre; este es el precio del valor.
Ahora podeis intentar nuevamente el asesinato, recibid el puñal que
traiais i silo estimais a bien, heridme.
Me quedé aturdido, viendo i reconociendo en ese hombre que me
salvaba, al mismo emperador. Salté al suelo i doble la rodilla en
muestra de respeto, prometiendo gratitud. Entónces me dijo:
-Seguidme, i no hableis de esto a nadie;
De allí regresó, i yo continué mi camino, admirando la acción de
jenerosidad que habia ejecutado i el medio de que se habia valido
para librarme de la muerte, sin que el pueblo supiera la última
parte del drama, quizá para evitar atentados semejantes i librarse
él mismo de mí, con su brillante proceder.
En todos los lugares por donde yo pasaba, se tenian las noticias
de mi firme osadía, de mi tentativa de asesinato, de la sentencia
que me condenó a muerte i de la ejecucion. Agregando que poco
despues de mi muerte, habia preguntado al emperador, qué habian
hecho de mí; que le habian contestado, que se me habia seguido un
breve juicio, me habian condenado a muerte i se habia ejecutado la
sentencia: que entónces se manifestó pesaroso i aun mandó arrestar
a los que habian intervenido en ello. Sobre el contenido de este
último acápite, se publicó despues una anécdota en un libro.
Antes de llegar a Marsella supe que mi cara Eujenia habia muerto
de pesar por la noticia de mi muerte, confirmada con mi carta i su
retrato que habia recibido del correo. Varié de rumbo i me dirijí a
la América del Norte: llegué a New York i pasé a Washington en
donde entré a un colejio: después de algunos años encontré
colocacion en una casa de comercio. En el año de 18 tuve noticia de
que se conspiraba en Francia contra la dinastía de los Borbones i
estando aun vivo en mí el deseo de que mi patria gozara los frutos
de la libertad bajo los auspicios de la Republica, volé a prestar
mi continjente al efecto, tome parte en la revolucion de julio de
dicho año, i aunque cayó Carlos X, no fué mas feliz la Francia, ni
yo ménos desgraciado fuí prisionero i por una casualidad me salvé
fugándome. Me embarqué en el Havre en un buque ingles que se hacia
a la vela para uno de los puertos de Colombia. Llegué a Cartajena i
de allí pensé pasar a la capital de la República: así lo ejecuté i
en mi tránsito tuve la satisfaccion de conocer i hablar al
Libertador Bolívar, cerca de Santamarta; tenia un semblante abatido
i sentimental. «Estoi, me dijo, sufriendo las amarguras de la
ingratitud de un pueblo a quien libré de la opresion: todos me han
abandonado. » Llegué a Bogotá despues de la caída del Gobierno
lejítimo en 1830, i me relacioné bien pronto con algunas familias
notables. Es de advertir que a consecuencia de mis
comprometimientos políticos tuve necesidad de tomar otros nombres;
así fué que me llamé Leopoldo Arnetti en Nuew York, Lisio Paccini
en Paris, Lorenzo Ridi en Brunswick, Marco Phoull en el buque en
que hice la navegacion a Cartajena i últimamente Lucio Arganil en
Colombia.
A poco tiempo de haber llegado a Bogotá, conocí i enamoré a una
jóven mas hermosa que bella, mas espiritual que sociable. Nos
amamos con locura i por circunstancias escepcionales que no son de
referirse, no pudimos estrechar nuestras relaciones con el vínculo
del matrimonio; en lo demas i en secreto éramos un modelo de
perfecta armonía, nos prometiamos recibir la bendicion nupcial,
cuando mas felices hubiéramos allanado los inconvenientes, para lo
cual se necesitaba el transcurso del tiempo. Tuvimos por fruto de
ese amor secreto dos hijos, varon el primero a quien se le puso el
nombre de Ricardo, i a la segunda el de Clodomira. Nos vimos en la
imperiosa i cruel necesidad de darles al instante de nacer, otros
padres, para salvar así la reputacion de inocente que gozaba mi
futura esposa i evitar ademas el castigo de su padre; hombre
connaturalizado con las costumbres i preocupaciones de la raza
española. Encomendé, pues, la crianza de Ricardo i Clodomira a un
honrado bogotano llamado Cárlos Fernández de Soria, esposo de
Jenoveva Renjifo mujer amable i de jenio anjelical; ámbos eran
dignos de la confianza del secreto i aptos para la crianza i
educacion de nuestros hijos. Ademas yo velaba sobre ellos con todas
las precauciones que demandaba la reserva. Cuando Clodomira tenia
cinco años murió su madre, i yo tuve necesidad de volver a Europa
con el objeto de arreglar mis intereses; entonces juzgué que
convenia bajo todos aspectos dejar a Clodomira a cargo de una
señora que, por varios motivos, debia procurarle mejor educacion i
mas tarde mejor suerte por su posision social. Para esto tenia que
sacarla de la casa del buen Cárlos Fernandez, i era mui dificil
obtener el consentimiento, pues la amaba como a hija, i por otra
parte tal procedimiento debia herir su amor propio: determiné por
estas consideraciones, aprovechar una ocasion oportuna i robarla.
Así lo hice, luego la entregué a la buena amiga que debia
recibirla, dándole una bolsa con dos mil escudos como dote i un
anillo con las iniciales R. i C., le dije que su nombre era Rosina
i que las iniciales del anillo eran las de Rosina Cadroy. Sin
embargo que en realidad se le habian puesto esas dos letras,
iniciales de los nombres de los dos hermanos Ricardo i
Clodomira.
Hice mi viaje i poco despues de hallarme, en Paris, se me
ocurrió una idea, unir en un medallon los retratos de mis hijos, su
madre i el mio i remitirlo a Bogotá a Cárlos Fernandez para que lo
colocara en el pecho de Ricardo, diciéndole que era un relicario i
que le recomendara su conservacion hasta la muerte. En efecto, yo
habia obtenido el retrato de la mujer que amaba, desde los primeros
dias de nuestro delirio de amor; era un modelo de belleza i sus
facciones eran la viva espresion de la gracia i el candor: los
retratos de mis hijos, los habia mandado hacer cuando estaban estos
mui pequeños. Tomé, pues, los retratos i me dirijí a la casa de
Rouvie, afamado retratista i le dije: quiero que copie U. estos
retratos pero del modo siguiente: pone U. en el marfil el retrato
de esta bella mujer con este niño en los brazos i aparte en otro
marfil, me retrata U. sentado, poniendo sobre mis rodillas el de
esta niña: despues los colocará U. en este medallon. Así lo hizo i
quedé satisfecho de ha obra: En seguida, tomé la pluma para
consignar en compendio mi historia i colocar despues el papel que
la contuviera dentro del medallon.-Paris, 31 de diciembre de
l856.
Hasta aquí habia traducido cuando ví con sorpresa, entrar a uno
de los enmascarados que me habian robado, el mismo que yo habla
conocido al salir de la sala sin la careta. Me saludó i me dijo
-He padecido mucho por el acontecimiento en que tuve la
desgracia de figurar. Debe U. creer que fui obligado por esos
malvados, i si me hubiera escusado habria sido asesinado por ellos.
Tuve que finjir que estaba de acuerdo con ellos i tomar parte en
sus criminales procedimientos. Es larga la relacion de todo esto i
no tengo ahora tiempo de informarle circunstanciadamente vengo con
el objeto de vindicarme ante U. si esto es posible. Aquí traigo lo
que me tocó en el repartimiento de lo que robaron a U. Perdóneme i
discúlpeme, soi mui desgraciado; me estan persiguiendo porque he
faltado a otra cita hecha con un objeto semejante al robo de su
capital i ahora mismo me voi a un pais distante.
Puso sobre la mesa algunas fincas de oro de las que me habian
robado i mil doscientos pesos mas i se despidió. Me quedé admirado
i aunque traté de contestarle i detenerle, no lo conseguí, salió
inmediatamente. Habian pasado quince dias desde aquel en que empecé
la traduccion del contenido de la cartera i estaban abriendo esta,
cuando oí un grande alboroto en la calle i unas descargas de armas
de fuego a alguna distancia; me asonmé en el momento a la ventana i
oí decir a la jente que corria en la calle: ¡revolucion!
¡revolucion! En el instante me acordé del adivino: hacía algun
tiempo que no habian vuelto los dos embozados, lo que atribuía a
que el adivino comprendia que yo no deseaba tomar parte en la
conspiracion que premeditaba. Tomé mi sombrero i me dirijí al punto
donde corria la jente. Al llegar al puente de San Agustin, vi la
calle de Santa Bárbara llena de jente, i oí una gritería alarmante.
Me paré i pocos minutos despues vi pasar mucha jente del pueblo con
fusiles diciendo: «es llegada la hora.» «Que mueran los pícaros,»
«Godos malvados,» i otras palabras en igual o semejante sentido.
Luego pasaron dos piquetes de caballería en la misma direccion i a
tiempo que traían del punto del alboroto dos heridos, cargados por
cuatro hombres cada uno. Advertí que aquello podia ser mas sério de
lo que me habia imajinado i retrocedí; estaba sin armas i ademas no
estaba orientado a fondo de esa especie de asonada. Llegué a mi
casa meditando si en efecto serian aquellos acontecimientos los
preliminares de la revolucion que se auguraba. Volví a ocupar la
ventana i dos horas despues oí decir, que se habia restablecido el
órden. Me fui a dormir i al siguiente dia me levanté mui tarde, me
preparé i salí en direccion a la plaza pera obtener noticias
circunstanciadas de los hechos: advertí que la mayor parte de la
jente que por allí habia, iba para el salon del Congreso i tomé la
misma direccion. Cuando éntré, se discutia en la Cámara de
Representantes un proyecto sobre la concesion de un privilejio
industrial.
Las doce del dia eran cuando se presentó en la Cámara el
Secretario dé Gobierno, llevando un mensaje del Poder Ejecutivo que
ponia en conocimiento del Congreso tus hechos de esa noche en el
barrio de Santa Bárbara. En la parte Oficial de la Gaceta de la
Nueva Granada, número 1,203, se halla la relacion del
acontecimiento, hecha por él Gobernador de la provincia, como
sigue:
«A las diez de la noche del dia de ayer (10 de marzo), se me dió
parte que una sociedad popular o católica, reunida en la casa del
Sr. Manuel Arjona, habia hecho ruego contra una patrulla de policía
que recorria las calles con el objeto de aprehender a algunos
malhechores i evitar la perpetracion de cualquier delito; cuando
llegué ya estaba allí el Sr. Jefe político, se habia allanado la
casa del Sr. Arjona, i se encontraron las señales por donde se
habian escapado todos los de la Sociedad, habiendo quedado
gravemente heridos Waldo Camargo, que murió ya, Enrique Balaguera
que seguramente morirá hoi, Pablo Bermúdez, que tiéne atravesada
una pierna de un balazo, i dos o tres mal heridos o maltratados,
todos, con escepcion del primero, pertenecientes al Cuerpo de
policía.»
«Esta sangré derramada por hombres que predican moralidad i
relijion, exaltó a los patriotas, i si las autoridades no
hubiéramos velado toda la noche, es mui probable que se hubieran
cometido escesos que nos dieran hoi mas que lamentar...
En uno de los periódicos se hizo la relacion del modo
siguiente:
«En la noche del 10 del corriente (marzo de 1851) se reunió una
de las sociedades llamadas populares o católicas, en casa de un
señor Arjona, del barrio de Santa Bárbara, i como de costumbre, se
pronunciaban los discursos mas violentos i sediciosos contra la
tiranía del Gobierno actual i la barbarie de sus sostenedores. La
puerta de la casa estaba cerrada. Una partida de cinco jendarmas
recorria esa noche el barrio, i habiendo percibido tres de estos,
que se hahian adelantado, el alboroto en la casa, se acercaron a la
ventana, procurando oír i juzgar de lo que allí pasaba, sin
proferir siquiera una palabra. En esos momentos se abrió una puerta
i apareció una persona que volvió a entrar, i que parece que avisó
que habia allí jentes que observaban. -Entónces salieron muchos
prorrumpiendo en insultos groseros, i armados de garrotes, pistolas
i algunas otras atinas. Los tres jendarmas dieron dos o tres pasos
atras, en actitud pacífica i aunque les hicieron un tiro, que por
fortuna no hirió a ninguno, se contentaron con retirarse ácia la
pared opuesta; pero se les hizo otro tiro de parte de los que,
estaban en la casa, miéntras que otros de la sociedad se
escabullían en direccion Sur, i últimamente se descargó por las
ventanas una veintena de tiros con los cuales hirieron a dos
gravemente, siendo el otro alanceado. »
«Miéntras tanto salió del cuartel del 5.º un piquete, el cual
invadió la casa para aprehender a los asesinos, pero ya estos
habian puesto piés en polvorosa i los ciudadanos que corrieron a
ausiliar a los jendarmas, no encontraron sino uno que otro de los
congregantes, sobre alguno de los cuales parece que descargaron su
justa cólera, dejándolo maltratado i herido. »
«El Gobernador i el Jefe político tomaron inmediatamente las
providencias conducentes a la apreherision de los malhechores, i
para restablecer la tranquilidad i dar completa seguridad a todos;
i efectivamente, a las doce de la noche todo habia concluido i cada
uno se retiraba a su hogar.»
La voz fuerte, enérjica i espresiva del Secretario de Gobierno
en el recinto del Congreso, al dar cuenta del acontecimiento de la
noche del 10 de marzo, produjo la mas viva sensación en los
representantes del pueblo i en los hombres que formaban la barra.
Se oyó primero un murmullo sordo, que fue aumentándose por grados,
semejante al rujido del huracan; parecia que iba a estallar la
tempestad, i los diputados pertenecientes al partido conservador,
creyeron que iba a caer sobre ellos el rayo de la cólera popular.
Hablaban muchos a un tiempo i a nadie se oía por el ruido que
formaban las imprecaciones de la barra, las exhortaciones de
algunos representantes i las acriminaciones de otros; todo a un
mismo tiempo. Hubo algunos que trataron de salir del salon
abandonando su puesto, i otros que permanecian impávidos como
senadores romanos. Al fin subió a la tribuna el Secretario de
Hacienda i haciendo uso de una voz mui fuerte, se hizo oír; gozaba
de bastante popularidad i calmó los ánimos con su discurso.