INDICE





Introduccion

Reseña histórica

Capítulo 1 - El mendigo

Capítulo 2 - Una visita en palacio

Capítulo 3 - El cuarto de Rosina

Capítulo 4 - Los portales

Capítulo 5 - Una beata

Capítulo 6 - Una amenaza

Capítulo 7 - La prediccion cumplida

Capítulo 8 - Meditacion

Capítulo 9 - Una sorpresa

Capítulo 10 - La casa de los ejercicios

Capítulo 11 - Nuevo apostolado, la iniciada en el templo

Capítulo 12 - La choza de la muerte

Capítulo 13 - El espiritu de asociacion

Capítulo 14 - Un sueño

Capítulo 15 - Las dos cartas

Capítulo 16 - Los dos embozados

Capítulo 17 - Descubrimiento

Capítulo 18 - El sabio magnetizador

Capítulo 19 - La cartera

Capítulo 20 - El 10 de marzo

Capítulo 21 - Causa célebre - Russi ante el Jurado

Capítulo 22 - Preliminares de rebelion

Capítulo 23 - Rosina o Clodomira

Capítulo 24 - El refinamiento de la crueldad

Capítulo 25 - La revolucion

Capítulo 26 - Ricardo el sepulturero o el loco sentimental
CAPITULO I.

 

EL MENDIGO

 

Las doce de la noche daba la campana del reloj de la catedral i los serenos de la calle del comercio pasaban la voz de alerta con un silbido triste i prolongado. El silencio profundo indicaba el sueño de los moradores de Bogotá i la apacible i clara luz de la luna hacia visibles los objetos, aun distantes.

Yo salía a esa hora de la casa de un médico, mi pariente, a quien fuí a visitar, i me detuvo, como de costumbre, para hablarme de la gastritis crónica que padecía acomodándome una larga disertacion sobre patolojía en la que pretendió probar que aquella era una enfermedad endémica en los profesores de medicina. Cuando llegué a la «plaza de la Constitucion,» ví dos hombres embozados hasta las cejas, con sus largas capas, i al pasar por cerca de ellos oí que hablaban en voz baja, i solamente alcancé a percibir estas palabras. «Ellos están fascinados»…… «la congregacion» segui sin cuidarme de ellos ni de su conversacion, ni volví a recordar tal incidente, a la verdad insignificante entónces, pero al dia siguiente ellos i sus palabras eran para mí objetos de curiosidad: vamos a saber por qué. Eran las diez de la mañana cuando tocaban en mi puerta con golpés mesurados i como con suma precaucion; juzgué que fuera algun jesuita i salí, yo mismo, a recibirle. Abro i se me preserta la miseria encarnada, un pobre hombre de fisonomía agradable aunque sombrío i mal vestido, pero limpio. «Señor, me dijo, una limosna por el amor de Dios. »-Entra, le contesté: i adelantando su báculo del umbral siguió en pos mia. Le mandé que tomara un asiento que habia en el corredor diciéndole: espera que salga la señora de la casa. «Bendito sea el Señor», dijo mostrando en sus miradas la espresion del contento i de la humildad.

Estuve un instante contemplando su fisonomía: sus facciones eran regulares, la barba poblada i negra como el cabello, la cútis blanca i las miradas espresivas. I podría tener de 20 a 22 años de edad. Era un tipo español marchitado por la desgracia. Su situacion i su semblante unidos, demandaban imperiosamente a curiosidad un exámen sobre su historia.

- ¿Cómo te llamas? le pregunté.

- ¡Ricardo! me contestó

- ¿Tienes padres?

- No señor.

- ¿Hermanos?

- Señor, no tengo en el inundo mas dolientes que las personas caritativas. Mi padre era militar i murió en las guerras del señor Mosquera: mi querida madre murió tambien poco despues, agobiada por el pesar i la pobreza. La única hermana que tuve, les fué robada a la edad de cinco años: todas las dilijencias que se hicieron buscándola fueron inútiles. Era mui graciosa mi pobre hermanita.

- ¿Por qué no trabajas para ganar con qué vivir?

-Esa reconvencion me llega al corazon, es mi tormento, señor. La oigo mas de diez veces por dia i las mas sin provecho. Jóven soi, es cierto, i pudiera tener una vida ménos desgraciada, si me hallara en capacidad de trabajar; pero estoi inválido de un balazo que recibí al lado de mi padre.

Al decir esto descubria con la mano izquierda el hombro derecho, dejando ver una grande cicatriz. En esto nos hallábamos, cuando llegó una bella pupila que se hallaba bajo mi tutela, i me dijo:

-¿ Quiere U. que le dé a ese pobre una de las camisas viejas? U. es mi protector, yo quiero ahora ser tambien protectora del desgraciado.

El mendigo se quedó meditabundo i dijo para sí en voz baja: «Protector»; i mirándonos alternativamente con suma atencion, indicaba que Rosina le habia despertado algun recuerdo.

-Qué! le dije, ¿ tú tambien tienes o has tenido protector?  

-No señor, es nada mas que un recuerdo, una coincidencia

-Sin duda, alguna historia, dijo Rosina, cuéntanos esa historia, ya sabes que mi protector te dará una camisa, ¿no es verdad? dijo dirjiéndose a mí.

-Sí, Rosina, le contesté.

-No hai duda, dijo el mendigo, es el protector…. i la pupila……¡ho! es una perfidia……quizá un crímen.

-No te comprendo, esplícate.

-Señor, la condicion de pordiosero obliga al silencio, pero……la relijion ordena que se haga el bien i que se evite el mal; hablaré, ¿por qué no? Lá historia de mi vida es bien triste, acaso os interese, sin embargo……

-¡Oh! sí, puedes referirla: yo me complazco en escuchar historias de mendigos, pero se trata de mi protector……

-I de mi señorita Rosina, es verdad; saciaré vuestra curiosidad en lo que puede interesaros, pero ántes conviene que tengais noticias un poco mas detalladas de la persona con quien hablais: por lo mismo anticiparé la historía de mis infortunios; procuraré ser conciso en la narracion.

-Mui bien, le dije, i tomando todos tres asiento, formamos un grupo digno del pincel de un Ramon Torres.

-Ya sabeis que, hace nueve años, soi huérfano: mi padre era Cárlos Luis Fernández, hijo de don Martin Fernández i Soria, natural de España. Mi madre era Jenoveba Renjifo, americana. Gozaron de una mediana fortuna en los primeros años de sus desposorios, la que perdieron poco despues, segun me referian cuando yo les hacia algunas preguntas. A consecuencia de haberse complicado mi padre en la conjuracion del año de 1828, fué destinado al ejército como soldado razo. En 1830 bajo el Gobierno dictatorial, fué licenciado a causa de estar sufriendo una enfermedad. Entónces se retirá al campo con mi madre, i en ese año me tuvieron por fruto de su amor; nací en Fontibon: así me lo contaban acariciándome. A los siete años sabia leer, i empezé a escribir i a estudiar al lado de un antiguo amigo de mi padre; trató de darme una buena educacion i adquirí la mediana que poseo; poco mas de tres años fui su discípulo. Entónces se conmovió la República, fué teatro de la guerra civil i mi padre tomó servicio como republicano; yo le acompañé a la campaña i ya sabeis la suerte que corrimos. Esto a los cuatro años del rapto de mi hermanita. Quedé sin parientes, sin amigos i sin deudo alguno; buscaba quien aliviara mi suerte desgraciada, pero, ¡vana esperanza! el hambre me obligó, despues de algunos dias, a recorrer las calles mendigando el pan para vivir. Así he pasado nueve años, con mis vestidos harapientos, sin un hogar, ¡que digo! sin una miserable choza donde reclinar mi frente ardida por el deseo de lo necesario; aterido de frio, los portales de la plaza han sido mi asilo durante la noche i la hojarasca de los mercados mi lecho.

Sabeis ya, pues, quien es el que teneis aquí hablandoos; ahora voi a deciros lo importante, es mi intento preveniros para que eviteis quizá un mal gravísimo, -Creo que estais en peligro: escuchad:

Las últimas dos noches he visto, de las once a las doce, dos hombres envueltos en largas capas, pasearse en el altozano de la Catedral hablando con un interes notable. Por las vozes que he alcanzado a oír, juzgo que tratan de….cometer….quizá una perfidia; i he presumido ahora, que vosotros tal vez sois las personas de quienes hablaban. Ante anoche decían «es un hombre sin mundo.»- «No tiene malicia.» «¡ Oh! sí, caerá como otros en la red»- «i le llama su protector »

- ¡Protector! ¿será de U. que hablan ? dijo Rosina, dirijiéndose a mí con sobresalto.

-Continúa, le dije a Ricardo.

-Nada mas pude percibir entonces; pero anoche, los vi a la misma hora i en el mismo lugar i traté de fijar mi atencion; no sé por qué mi curiosidad era imperiosa, pues procuraba oír sin tener mas interes que el que puede tener un hombre que se pone a escuchar el canto de los pájaros que pasan o que revolotean cerca de su hogar. Yo ocupaba uno de los rincones de los portales i era como siempre, desapercibido de la jente: esos dos embozados, creo no me vieron, o talvez les era indiferente un mendigo de tantos que varias noches dormian en aquel lugar. Cada vez que pasaban cerca a mí, recojia sus palabras, procurando retenerlas en la memoria, i en efecto retengo las siguientes: - «Ellos caerán sin remedio.» -«El lazo es fuerte i seguro». - ¡Oh! la relijion es el mejor pretesto, por ella se nos apoya». -I contamos con la influencia de los padres de la……» «Nos haremos a ella, el protector se dormirá i entonces……» -«Es indispensable, de la misma suerte que sucediera a Justo……» contínuaron hablando mas bajo i ya no pude oír sino estas palabras sueltas: «Todos los recursos……es bella la pupila......él de pronto…… Rosina……

- ¿Rosina?

- Sí, señor, la oí nombrar mui claramente, algunas otras palabras oí, pero aisladas i por lo mismo insignificantes. Ya veo que vosotros tal vez sois el objeto de alguna maquinacion; perdonad……

Yo quedé meditabundo, mirando al mendigo, examinando si su fisonomía presentaba alguna sombra de astucia, pues llegué a juzgar que fuera un invento aquella narracion, para sacar mas provecho de la visita, pero irradiaba en su frente la naturalidad. Le pregunté cuanto tiempo permanecieron esos embozados en aquel lugar, i me contestó que hasta poco despues de las doce de la noche i que al despedirse habian dicho: «Hasta mañana a las tres de la tarde:-corriente, en el palacio.-Mui bien.-Adios.»

Mas confundido quedaba, pues yo no tenia que hacer con personas de palacio, ni tenia enemigos, pues no habia motivo para tenerlos, porque yo no era empleado público, ni habia hecho daño a los hombres. Por otro lado ¿a qué propósito nombrar a Rosina? No puede ser esto: seguramente hai equivocacion. A mas de que palabras sueltas no pueden dar concepto seguro. Dos hombres....embozados en conferencia nocturna, en un altozano i por mas de dos horas....¡vaya! sin duda son dos enamorados: por dos i cuatro i seis horas he visto a varios haciendo el oficio de estatuas en una esquina o al pié de una esperando a que salga el lucero del alba o del alma para ellos. Mas, aunque este mendigo se ha espresado con sencillez, uniendo a su espresion todas las apariencias de la verdad, se ha franqueado demasiado pronto i la primera vez que toca a mis umbrales. ¡Ah! me asalta un recuerdo: el mendigo no miente: yo mismo he visto anoche a esos dos embozados, cuando venia de la casa del médico mi pariente. Sí, en el mismo altozano los vi i al pasar por cerca de ellos les oí las  palabras: «Ellos estan fascinados.» «La Congregacion.» Hai en realidad alguna cosa i sin embargo de que no tengo por qué temer, investigaremos. ¡Pobre Rosina! es un mujer, ¿por qué habia de ser ella el objeto de esa conferencia? Velaré, sí velaré por precaucion; en este valle de lágrimas, como justamente le llama el cristiano, todos estamos espuestos a la desgracia.

Tales fueron las reflecciones que rápidamente hice estando al frente del mendigo que le dije al fin:

-Ricardo, mira, aquí tendrás todos los dias el alimento que necesitas, pero tu lecho i tus harapos serán los mismos por todo el tiempo que yo crea convenientes tus servicios: el primero te servirá de emboscada i los segundos de disfraz: ambas cosas, acaso, pueden descubrir un misterio: i si efectivamente se trata de nosotros, tal vez vengas a ser nuestro protector i harás lo que te indique.

El mendigo miraba a Rosina con un aire de triunfo i en su fisonomía se veía descifrada la esperanza en alcance de la felicidad: iba a ser protejido a la vez que protector. ¡Un mendigo protector de un hombre de fortuna! Sí, no habia que dudarlo; todas las apariencias lo hacian probable.

-I bien, replicó Ricardo, estaré a la misma hora i despierto en los portales, ¿no es verdad?

-Esacto, i no perderás ni una sílaba de lo que alcances a oír a los dos embozados, si aun repiten su paseo nocturno.

-I si no van....

-Nada pierdes.

-Mas bien ganas, dijo Rosina, porque evitarás el trabajo de contarnos mañana lo que hubieres oído.

-Bueno, seré vuestro fiel servidor.

Haré mas de lo que se me ordene, dijo para sí el mendigo, obraré como interesado: caerán en la red. Bajo mis harapos todo se puede ocultar. Ya este es un triunfo.

A este tiempo llegó una sirviente trayendo alimentos para el mendigo, Rosina entró conmigo a la sala diciéndome: «el pobre tiene talento. ¡Qué desgraciado es! Su fisonomía es en estremo simpática; me ha interesado su suerte, me parece un mozo honrado. Con otro vestido sería preferido a muchos fatuos que admite la buena sociedad por un contrasentido inesplicable.

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