CAPITULO I.
EL MENDIGO
Las doce de la noche daba la campana del reloj de la catedral i
los serenos de la calle del comercio pasaban la voz de alerta con
un silbido triste i prolongado. El silencio profundo indicaba el
sueño de los moradores de Bogotá i la apacible i clara luz de la
luna hacia visibles los objetos, aun distantes.
Yo salía a esa hora de la casa de un médico, mi pariente, a
quien fuí a visitar, i me detuvo, como de costumbre, para hablarme
de la gastritis crónica que padecía acomodándome una larga
disertacion sobre patolojía en la que pretendió probar que aquella
era una enfermedad endémica en los profesores de medicina. Cuando
llegué a la «plaza de la Constitucion,» ví dos hombres embozados
hasta las cejas, con sus largas capas, i al pasar por cerca de
ellos oí que hablaban en voz baja, i solamente alcancé a percibir
estas palabras. «Ellos están fascinados»…… «la
congregacion» segui sin cuidarme de ellos ni de su conversacion, ni
volví a recordar tal incidente, a la verdad insignificante
entónces, pero al dia siguiente ellos i sus palabras eran para mí
objetos de curiosidad: vamos a saber por qué. Eran las diez de la
mañana cuando tocaban en mi puerta con golpés mesurados i como con
suma precaucion; juzgué que fuera algun jesuita i salí, yo mismo, a
recibirle. Abro i se me preserta la miseria encarnada, un pobre
hombre de fisonomía agradable aunque sombrío i mal vestido, pero
limpio. «Señor, me dijo, una limosna por el amor de Dios. »-Entra,
le contesté: i adelantando su báculo del umbral siguió en pos mia.
Le mandé que tomara un asiento que habia en el corredor diciéndole:
espera que salga la señora de la casa. «Bendito sea el Señor», dijo
mostrando en sus miradas la espresion del contento i de la
humildad.
Estuve un instante contemplando su fisonomía: sus facciones eran
regulares, la barba poblada i negra como el cabello, la cútis
blanca i las miradas espresivas. I podría tener de 20 a 22 años de
edad. Era un tipo español marchitado por la desgracia. Su situacion
i su semblante unidos, demandaban imperiosamente a curiosidad un
exámen sobre su historia.
- ¿Cómo te llamas? le pregunté.
- ¡Ricardo! me contestó
- ¿Tienes padres?
- No señor.
- ¿Hermanos?
- Señor, no tengo en el inundo mas dolientes que las personas
caritativas. Mi padre era militar i murió en las guerras del señor
Mosquera: mi querida madre murió tambien poco despues, agobiada por
el pesar i la pobreza. La única hermana que tuve, les fué robada a
la edad de cinco años: todas las dilijencias que se hicieron
buscándola fueron inútiles. Era mui graciosa mi pobre
hermanita.
- ¿Por qué no trabajas para ganar con qué vivir?
-Esa reconvencion me llega al corazon, es mi tormento, señor. La
oigo mas de diez veces por dia i las mas sin provecho. Jóven soi,
es cierto, i pudiera tener una vida ménos desgraciada, si me
hallara en capacidad de trabajar; pero estoi inválido de un balazo
que recibí al lado de mi padre.
Al decir esto descubria con la mano izquierda el hombro derecho,
dejando ver una grande cicatriz. En esto nos hallábamos, cuando
llegó una bella pupila que se hallaba bajo mi tutela, i me
dijo:
-¿ Quiere U. que le dé a ese pobre una de las camisas viejas? U.
es mi protector, yo quiero ahora ser tambien protectora del
desgraciado.
El mendigo se quedó meditabundo i dijo para sí en voz baja:
«Protector»; i mirándonos alternativamente con suma atencion,
indicaba que Rosina le habia despertado algun recuerdo.
-Qué! le dije, ¿ tú tambien tienes o has tenido protector?
-No señor, es nada mas que un recuerdo, una coincidencia
-Sin duda, alguna historia, dijo Rosina, cuéntanos esa historia,
ya sabes que mi protector te dará una camisa, ¿no es verdad? dijo
dirjiéndose a mí.
-Sí, Rosina, le contesté.
-No hai duda, dijo el mendigo, es el protector…. i la
pupila……¡ho! es una perfidia……quizá un
crímen.
-No te comprendo, esplícate.
-Señor, la condicion de pordiosero obliga al silencio,
pero……la relijion ordena que se haga el bien i que se
evite el mal; hablaré, ¿por qué no? Lá historia de mi vida es bien
triste, acaso os interese, sin embargo……
-¡Oh! sí, puedes referirla: yo me complazco en escuchar
historias de mendigos, pero se trata de mi
protector……
-I de mi señorita Rosina, es verdad; saciaré vuestra curiosidad
en lo que puede interesaros, pero ántes conviene que tengais
noticias un poco mas detalladas de la persona con quien hablais:
por lo mismo anticiparé la historía de mis infortunios; procuraré
ser conciso en la narracion.
-Mui bien, le dije, i tomando todos tres asiento, formamos un
grupo digno del pincel de un Ramon Torres.
-Ya sabeis que, hace nueve años, soi huérfano: mi padre era
Cárlos Luis Fernández, hijo de don Martin Fernández i Soria,
natural de España. Mi madre era Jenoveba Renjifo, americana.
Gozaron de una mediana fortuna en los primeros años de sus
desposorios, la que perdieron poco despues, segun me referian
cuando yo les hacia algunas preguntas. A consecuencia de haberse
complicado mi padre en la conjuracion del año de 1828, fué
destinado al ejército como soldado razo. En 1830 bajo el Gobierno
dictatorial, fué licenciado a causa de estar sufriendo una
enfermedad. Entónces se retirá al campo con mi madre, i en ese año
me tuvieron por fruto de su amor; nací en Fontibon: así me lo
contaban acariciándome. A los siete años sabia leer, i empezé a
escribir i a estudiar al lado de un antiguo amigo de mi padre;
trató de darme una buena educacion i adquirí la mediana que poseo;
poco mas de tres años fui su discípulo. Entónces se conmovió la
República, fué teatro de la guerra civil i mi padre tomó servicio
como republicano; yo le acompañé a la campaña i ya sabeis la suerte
que corrimos. Esto a los cuatro años del rapto de mi hermanita.
Quedé sin parientes, sin amigos i sin deudo alguno; buscaba quien
aliviara mi suerte desgraciada, pero, ¡vana esperanza! el hambre me
obligó, despues de algunos dias, a recorrer las calles mendigando
el pan para vivir. Así he pasado nueve años, con mis vestidos
harapientos, sin un hogar, ¡que digo! sin una miserable choza donde
reclinar mi frente ardida por el deseo de lo necesario; aterido de
frio, los portales de la plaza han sido mi asilo durante la noche i
la hojarasca de los mercados mi lecho.
Sabeis ya, pues, quien es el que teneis aquí hablandoos; ahora
voi a deciros lo importante, es mi intento preveniros para que
eviteis quizá un mal gravísimo, -Creo que estais en peligro:
escuchad:
Las últimas dos noches he visto, de las once a las doce, dos
hombres envueltos en largas capas, pasearse en el altozano de la
Catedral hablando con un interes notable. Por las vozes que he
alcanzado a oír, juzgo que tratan de….cometer….quizá
una perfidia; i he presumido ahora, que vosotros tal vez sois las
personas de quienes hablaban. Ante anoche decían «es un hombre sin
mundo.»- «No tiene malicia.» «¡ Oh! sí, caerá como otros en la
red»- «i le llama su protector »
- ¡Protector! ¿será de U. que hablan ? dijo Rosina, dirijiéndose
a mí con sobresalto.
-Continúa, le dije a Ricardo.
-Nada mas pude percibir entonces; pero anoche, los vi a la misma
hora i en el mismo lugar i traté de fijar mi atencion; no sé por
qué mi curiosidad era imperiosa, pues procuraba oír sin tener mas
interes que el que puede tener un hombre que se pone a escuchar el
canto de los pájaros que pasan o que revolotean cerca de su hogar.
Yo ocupaba uno de los rincones de los portales i era como siempre,
desapercibido de la jente: esos dos embozados, creo no me vieron, o
talvez les era indiferente un mendigo de tantos que varias noches
dormian en aquel lugar. Cada vez que pasaban cerca a mí, recojia
sus palabras, procurando retenerlas en la memoria, i en efecto
retengo las siguientes: - «Ellos caerán sin remedio.» -«El lazo es
fuerte i seguro». - ¡Oh! la relijion es el mejor pretesto, por ella
se nos apoya». -I contamos con la influencia de los padres de
la……» «Nos haremos a ella, el protector se dormirá i
entonces……» -«Es indispensable, de la misma suerte que
sucediera a Justo……» contínuaron hablando mas bajo i ya
no pude oír sino estas palabras sueltas: «Todos los
recursos……es bella la pupila......él de
pronto…… Rosina……
- ¿Rosina?
- Sí, señor, la oí nombrar mui claramente, algunas otras
palabras oí, pero aisladas i por lo mismo insignificantes. Ya veo
que vosotros tal vez sois el objeto de alguna maquinacion;
perdonad……
Yo quedé meditabundo, mirando al mendigo, examinando si su
fisonomía presentaba alguna sombra de astucia, pues llegué a juzgar
que fuera un invento aquella narracion, para sacar mas provecho de
la visita, pero irradiaba en su frente la naturalidad. Le pregunté
cuanto tiempo permanecieron esos embozados en aquel lugar, i me
contestó que hasta poco despues de las doce de la noche i que al
despedirse habian dicho: «Hasta mañana a las tres de la
tarde:-corriente, en el palacio.-Mui bien.-Adios.»
Mas confundido quedaba, pues yo no tenia que hacer con personas
de palacio, ni tenia enemigos, pues no habia motivo para tenerlos,
porque yo no era empleado público, ni habia hecho daño a los
hombres. Por otro lado ¿a qué propósito nombrar a Rosina? No puede
ser esto: seguramente hai equivocacion. A mas de que palabras
sueltas no pueden dar concepto seguro. Dos hombres....embozados en
conferencia nocturna, en un altozano i por mas de dos
horas....¡vaya! sin duda son dos enamorados: por dos i cuatro i
seis horas he visto a varios haciendo el oficio de estatuas en una
esquina o al pié de una esperando a que salga el lucero del alba o
del alma para ellos. Mas, aunque este mendigo se ha espresado con
sencillez, uniendo a su espresion todas las apariencias de la
verdad, se ha franqueado demasiado pronto i la primera vez que toca
a mis umbrales. ¡Ah! me asalta un recuerdo: el mendigo no miente:
yo mismo he visto anoche a esos dos embozados, cuando venia de la
casa del médico mi pariente. Sí, en el mismo altozano los vi i al
pasar por cerca de ellos les oí las palabras: «Ellos estan
fascinados.» «La Congregacion.» Hai en realidad alguna cosa i sin
embargo de que no tengo por qué temer, investigaremos. ¡Pobre
Rosina! es un mujer, ¿por qué habia de ser ella el objeto de esa
conferencia? Velaré, sí velaré por precaucion; en este valle de
lágrimas, como justamente le llama el cristiano, todos estamos
espuestos a la desgracia.
Tales fueron las reflecciones que rápidamente hice estando al
frente del mendigo que le dije al fin:
-Ricardo, mira, aquí tendrás todos los dias el alimento que
necesitas, pero tu lecho i tus harapos serán los mismos por todo el
tiempo que yo crea convenientes tus servicios: el primero te
servirá de emboscada i los segundos de disfraz: ambas cosas, acaso,
pueden descubrir un misterio: i si efectivamente se trata de
nosotros, tal vez vengas a ser nuestro protector i harás lo que te
indique.
El mendigo miraba a Rosina con un aire de triunfo i en su
fisonomía se veía descifrada la esperanza en alcance de la
felicidad: iba a ser protejido a la vez que protector. ¡Un mendigo
protector de un hombre de fortuna! Sí, no habia que dudarlo; todas
las apariencias lo hacian probable.
-I bien, replicó Ricardo, estaré a la misma hora i despierto en
los portales, ¿no es verdad?
-Esacto, i no perderás ni una sílaba de lo que alcances a oír a
los dos embozados, si aun repiten su paseo nocturno.
-I si no van....
-Nada pierdes.
-Mas bien ganas, dijo Rosina, porque evitarás el trabajo de
contarnos mañana lo que hubieres oído.
-Bueno, seré vuestro fiel servidor.
Haré mas de lo que se me ordene, dijo para sí el mendigo, obraré
como interesado: caerán en la red. Bajo mis harapos todo se puede
ocultar. Ya este es un triunfo.
A este tiempo llegó una sirviente trayendo alimentos para el
mendigo, Rosina entró conmigo a la sala diciéndome: «el pobre tiene
talento. ¡Qué desgraciado es! Su fisonomía es en estremo simpática;
me ha interesado su suerte, me parece un mozo honrado. Con otro
vestido sería preferido a muchos fatuos que admite la buena
sociedad por un contrasentido inesplicable.