CAPITULO 15.
LAS DOS CARTAS.
E1 15 del mes de diciembre de 1850 a las cinco i media de la
mañana, salía yo de la iglesia de Ejipto, de oír la misa de
aguinaldo; al pisar el altozano, se presentó a mi vista uno de esos
bellísimos panoramas, que la naturaleza caprichosa ofrece a la
contemplacion del hombre. Desde esa colina en que se halla la
capilla de Ejipto, para abajo, se veía la ciudad estensa, al
trasluz de una especie de azulosa niebla que la cubría; dejando
esta mas al descubierto los sauces de las alamedas i las medias
naranjas i torres de los templos i monasterios. Despues de aquella,
se estendía la fértil i encantadora llanura, símil de un
mapa-mundi, por la variedad que presentan los grupos de árboles i
casas de los pueblos de Fontibon, Funza, Zerrezuela etc., sus
lagunas i las ramificaciones de la cordillera oriental de los Andes
que la circunscribe. El cielo estaba despejado, i la planicie
iluminada por la bella luz del sol naciente. El cuadro era
arrebatador i yo me hallaba contemplándolo, apoyado sobre el pretil
del altozano, en tanto que la jente que habia salido de la
iglesia, bajaba las gradas de la colina. A la presencia de ese
panorama real i risueño, recorrió mi pensamiento la historia de
tres siglos; meditaba en las vicisitudes i peripecias de la especie
humana; en la instabilidad de los gobiernos i mudanzas aun de las
cosas mas triviales. Pensaba que ese territorio, digno a la verdad,
de ser ocupado por una raza industriosa, liberal e ilustrada, no
había servido sino de teatro de barbarie, de discordias, de
fanatismo i de matanzas; primero a los Chibchas, despues a los
españoles, mas tarde a los criollos i últimamente a los
granadinos.
Embebido estaba meditando, cuando una palmada en el hombro me
hizo volver a mirar atras; era un hombre; me sorprendió por su
vestido i fisonomía. Era de cuerpo rollizo, pequeño; semblante
algun tanto adusto; bajo una frente calva i arrugada, se le veían
unas cejas pobladas i unos ojos centellantes; la nariz algo roma;
la boca mui pronunciada; los carrillos llenos i una barba espesa,
encanecida i larga hasta el pecho. Su vestido era un hábito de
fraile, de tela de color carmelita, con manto corto, capucha
calada; terminada en punta, i cordon al cinto. Me saludó inclinando
su cabeza i tocándose la capucha, con una mano llena i maciza. Yo
le contesté con la atencion debida. Luego entabló conmigo un
diálogo.
- ¡Bello dia! me dijo.
- Bello, verdaderamente, le contesté.
- Parecía U. arrobado por la perspectiva de ese cuadro que
ilumina el sol; tal vez, tan empapado como Arquímides en la
solucion de algun problema, puesto que le saludé dos veces i no
obtuve contestacion, por lo que me tomé la libertad de tocarle al
hombro.
- Ciertamente estaba embebido en una meditacion profunda, sobre
la desgraciada suerte que ha tocado a este suelo encantador. En
realidad, no habia oído el saludo, por lo que espero, que tendrá U.
la bondad de dispensarme.
- ¡Gracias! es a U. a quien corresponde ser bondadoso; he sido
quizá impertinente por cumplir una recomendacion de que estoi
encargado: prometí entregar a U. en propia mano esta carta.
En efecto sacó del bolsillo de su manga un pliego cerrado, i me
lo entregó despidiéndose.
Ví el sobrescrito; era para mí: inmediatamente rompí el sello i
abrí el pliego a tiempo que el fraile capuchino bajaba la última
grada del altozano. Vi la firma ántes que el contenido i era la de
«El mendigo Ricardo», Es inesplicable la sorpresa que me causó dejé
de leer, por alcanzar al capuchino para pedirle informes, temiendo
no volverle a ver, como me sucedió con la beata Doña Lorenza.
¡Siempre hábitos i misterios! esclamé bajando precipitadamente:
llamé en alta voz al fraile, volvió a mirar i se paró en efecto a
esperarme: Luego que estuve cerca, le dije:
-Tenga U. la bondad de darme la direccion de su casa.
-Sí señor, me contestó; la hallará U. en la carrera de Panamá,
número 48.
- ¿Podrá U. hacerme el favor de informarme cómo ha pasado esta,
carta por sus manos, de dónde viene i quién se la ha dado?
-Siento en el alma, señor mio, no dejar a U. Satisfecho a ese
respecto, porque todo lo que yo sé con relacion a ese asunto, se me
ha confiado, bajo el sijilo de la confesion; así se dignará U.
dispensarme. Si en otra cosa puedo servir, estoi a sus órdenes.
Se despidió de mí segunda vez i volvió la espalda. Yo me quedé
parado, leyendo con avidéz. La carta era la siguiente:
Señor………….
«Esta será la última vez que pueda comunicar a U. parte de la
infortunada historia de mi vida. Estoi preparado para hacer el gran
viaje: veo abiertas, ya para mí las puertas de la eternidad, i
quizá ántes de que el sol deje de enviar su luz a este emisferio,
se habrán cerrado tras de mí. Este paso es el que los hombres
llaman tributo a la naturaleza, juzgando, seguramente a esta, como
a un gran cementerio.
«Por un favor del cielo, he hallado el medio de escribir i
recomendar esta carta que entregarán a U. en propia mano; así me le
han prometido i lo espero, por que mis enemigos tienen interés en
ello, aunque esto parezca inverosimil.
«U. que tal vez no ha visto en mí, sino un pordiosero
misterioso, ignora que soi acreedor al afecto de U, por un motivo
mas plausible que el inspirada por mi desgracia: ¡yo tambien lo
ignoraba! Ahora sé, que mi nacimiento envuelve un secreto i aun no
sabré cual es el apellido que me corresponde. Mi padre era un
hombre de alta sociedad europea i no tengo noticia de si existe.
Aunque yo reputaba por mi padre al buen Carlos Fernandez, quien me
daba tal título, él no era sinó un recomendado especial para
educarme como a hijo. Me cupo en suerte una vida oscura e infeliz i
si alguna vez ha iluminado un lampo de esperanza, he quedado en
seguida hundido en el abismo de la incertidumbre.
«Yo he soportado la miserable condicion de pordiosero, con
resignacion i me reputara feliz, si esta hubiera sido mi única
desgracia; pero he libado el caliz del infortunio, hasta las heces:
la pobreza ha sido de mis desdichas la mas pequeña. El hombre por
la única circunstancia de ser pobre, no debe reputarse desgraciado:
la Providencia alimenta i da luz i calor al mas despreciable
gusanillo.
«Rosina me ha hecho verter mas lágrimas que todas mis
desgracias. ¡Rosina! ¡El único ser viviente a quien estoi unido por
los vínculos mas sagrados! Mi leal corazon me hizo ver en ella,
algo mas que un ánjel de consuelo, la primera vez que pise las
baldosas de su morada. Pero……¿para qué renovar la
herida? Perdóneme U. este cruel recuerdo i compadézcame; U. que ha
sido ménos desgraciado que el mendigo Ricardo.
«He suplicado i me han prometido poner en el cementerio sobre mi
losa sepulcral, una cruz de olivo: como mi condicion ha sido la de
pordiosero, no habrá flores ni lagrimas sobre mi tumba: pero espero
en vez de esto, que se digne U. inscribir sobre ella, el nombre de
«Clodomira» Esta es la peticion postrera del mendigo.
«Ricardo R. D. N.»
Leí dos, tres i cuatro veces esta carta enigmática i siempre
quedaba incierto i abismado: la única deduccion lójica que sacaba,
era la de que Ricardo habia perdido la libertad i que estaba al
perder tambien la vida. Pero la parte que hacía relacion a Rosina,
me era incomprensible. ¿Acaso debia yo juzgar que Ricardo hubiera
sido su raptor i que se hubiera unido con ella, por el vínculo del
matrimonio? Sin duda que no; mui triste era, mui lamentable la
condicion de aquel hombre para que pudiera, no digo ejecutar, pero
ni meditar tal empresa. Eso de que Rosina estaba unida a él por los
vínculos mas sagrados, no podía ser sinó un delirio escapado de la
cabeza de ese pobre, sin duda acometido de la locura mas
deplorable. Sinembargo, la carta parecía mas bien de un hombre
cuerdo; los pensamientos que ella contenía, estaban concertados.
Miéntras mas meditaba en ella, ménos comprendía su contenido, i
mucho ménos el objeto, pues no indicaba otro que el de obtener que
inscribiera yo sobre su tumba un nombre: i qué nombre! el de
«Clodomira » del cual hablaré adelante; nombre que encierra un
misterio. Ultimamente juzgué que la carta era apócrifa i escrita
con el fin de martirizarme con la memoria de Rosina.
Llegué a mi casa a las siete de la mañana i una de las criadas
me dijo: que haria una hora que habian entrado dos señores,
embozados en sus capas, los que sin tocar en el porton ni saludar a
nadie, se habian introducido a la sala; que habian puesto una carta
sobre la mesa en que yo escribía i volvieron a salir, sin
despedirse. En el momento fui a ver i hallé, efectivamente la
carta, con sobrescrito para mí. La tomé i la abrí en el acto i era
la que sigue:
« ¡ Hombre ánjelical,!
«Los campanazos del reloj de la catedral hieren mis oidos i me
parece que son los dobles que se anticipan a mi funeral! Son las
doce de la noche, pero no sé de que dia, ni de qué fecha, pues he
perdido la base de la division del tiempo: tengo sumamente
debilitada mi memoria. Aprisionada i mártir, viendo escaparse mi
existencia lentamente a voluntad de una arpía, de la mujer mas
cruel, del verdugo mas impasible, que haya abortado el averno, no
me queda mas esperanza que la muerte. En los primeros dias de mi
prision, agoté el mar de lágrimas, que Dios me diera para calmar
mis dolores; hoi no siento ni este alivio, no puedo ya llorar. Es
verdad; en el sepulcro no se llora; me olvidaba de que estoi
empaderada, aunque viva.
«¡Ahora he venido a comprender la supremacia de la dulce
libertad, perdida: ahora, que ni la siento ni la espero! Mi
orizonte está limitado por las negras paredes de mi calabozo; sin
otra luz, que la artificial que rara vez obtengo, ni mas
compañeros, que mis recuerdos. ¡Ai! ¡qué horrible desesperacion!
¡Un fantasma a todas horas i una prision para siempre! I es aquí
donde han venido a despertar mi imajinacion, las ilusiones de un
amor ardiente hasta producir el delirio de la fiebre! «Sí, a pesar
de sentir mi corazon helado para el mundo, palpita i se reanima
cuando te recuerdo: un fuego desconocido para mí, circuye por mis
venas i mi pensamiento se halla consagrado únicamente a ti.
¡Siempre te adoré, pero no como amante, ¡pobre desgraciada! ¡qué
infeliz soi!!! Mil veces sentí sobre mi frente la dulzura vertida
por tus labios i no comprendía el amor! Si, no hai duda, era amor
el que me inspirabas con tus miradas, con tus caricias, con tu
ternura! I no hai remedio a mi desventura! I no hai esperanza!
¿Sabes cual es el verdugo mas cruel en mi prision? la memoria. Un
pensamiento horrible me tortura, juzgando que seré olvidada de ti,
ántes que sean borrados los caractéres que estoi trazando con el
lápiz. ¡Qué idea tan triste, Dios mio! Pero no, estoi blasfemando;
perdona mi estravío: creo firmemente que si llegas a ver esta
carta, suspirarás por mí.
«Me está dando miedo de continuar escribiendo, al ver la enjuta
mano que lleva el lápiz. Si hoi me fuera posible no me presentaría
a tus ojos, porque moririas de dolor al ver mi descarnado cuerpo:
vivo en esqueleto i sobrenaturalmente, quizá por la enerjía de la
juventud. Mis mejillas, que ántes ostentaban el bello color de
rosa, presentan el verdadero tipo de un cadáver, palidas i
hundidas. Siento el frio de la muerte en todos los estremos de mi
cuerpo i solamente en el corazon i en el cerebro, siento ahora un
fuego sumamente intenso. Veo en este momento pasar por la
imajinacion, como fantasmas del infierno a mis enemigos; veo, ¡Ai!
veo…..la arpía, maldicion!!! Ruegas si algo merezco de ti,
ruega a Dios que el rayo vengador…… ¡no! ¡jamás! a
todos los perdono: tengo presentes las palabras evanjélicas que me
enseñaste i este es el único néctar que saboreo en medio de mi
amargura. Hombre idolatrado! mi última súplica será, que los
perdones, si los descubres: Sí, perdónalos con las palabras del
salvador, «porque no saben lo que «hacen. » Yo bien pronto rogaré
por ellos en la mansion de los justos, donde te espero, como la
esposa espera a su prometido el dia de sus desposorios.
«Rosina.»
¿Qué es esto? decía yo, con la carta de Rosina en la una mano i
la de Ricat en la otra; dos cartas entregadas en un mismo dia a una
misma hora i de dos personas, que juzgaba perdidas i de quienes no
tenía esperanza de hallar ni noticia. Dos cartas que coincidian en
algunos puntos, a pesar de la diferencia de sus autores: era
preciso que hubiera en eso alguna trama i yo debia dudar de su
autenticidad; pero reconocí la letra de Rosina i quedé convencido
de que en realidad ella habia escrito. Entónces no pude resistir al
impulso del mas profundo sentimiento; Me dejé caer sobre un sofá,
lleve una mano a la mejilla i saltaron mis lágrimas. Mi cabeza era
un volcan; sentía el pecho oprimido i aun creo que perdí por
algunos minutos la facultad de pensar: los resortes de mi
organizacion se aflojaron i mis potencias perdieron su enerjía.
Ocho dias despues a la misma hora, me hallaba postrado a los
piés del confesor; buscaba en la relijion un bálsamo para alivio de
mis penas. La relijion es el único i a vezes el último recurso del
desgraciado. El mundo social era para mí un infierno: sus llamados
placeres, ilusiones; su civilizacion, una fuente de esperanzas
burladas i su ostentacion un inri sobre la frente escuálida de la
realidad.
Mi confesor era el mismo padre capuchino que me habia entregado
la carta de Ricardo. La primera pregunta que me hizo fué sobre la
opinion política que profesaba. Yo, que en ese momento me contemplé
ante un apóstol de Jesucristo, del maestro de esa anjélica doctrina
de fraternal caridad, estrañé la pregunta, mas respondí la verdad:
soi republicano dije.
-Yo no puedo absolver a U. me dijo: está U. escomulgado, como lo
están todos los de su partido; los rojos no pueden entrar al cielo.
Si U. pretende salvarse, abandone esa opinion i vuelva a
purificarse en esta fuente de caridad. Tenga U. entendido que tiene
entregada su alma a Satanás; su condenacion es infalible si no
abjura de su profesion política: levántese U. i vaya a pedir a Dios
que le ilumine por su divina gracia.
Yo me levanté iracundo, con el orgullo de mi amor propio
ofendido; advirtiendo al mismo tiempo que hasta en el templo,
cuando me iba a acercar a Dios por la contemplacion de sus
misterios, buscando allí la calma al embate de la tempestad, me
perseguía mi fatídica estrella.