INDICE





Introduccion

Reseña histórica

Capítulo 1 - El mendigo

Capítulo 2 - Una visita en palacio

Capítulo 3 - El cuarto de Rosina

Capítulo 4 - Los portales

Capítulo 5 - Una beata

Capítulo 6 - Una amenaza

Capítulo 7 - La prediccion cumplida

Capítulo 8 - Meditacion

Capítulo 9 - Una sorpresa

Capítulo 10 - La casa de los ejercicios

Capítulo 11 - Nuevo apostolado, la iniciada en el templo

Capítulo 12 - La choza de la muerte

Capítulo 13 - El espiritu de asociacion

Capítulo 14 - Un sueño

Capítulo 15 - Las dos cartas

Capítulo 16 - Los dos embozados

Capítulo 17 - Descubrimiento

Capítulo 18 - El sabio magnetizador

Capítulo 19 - La cartera

Capítulo 20 - El 10 de marzo

Capítulo 21 - Causa célebre - Russi ante el Jurado

Capítulo 22 - Preliminares de rebelion

Capítulo 23 - Rosina o Clodomira

Capítulo 24 - El refinamiento de la crueldad

Capítulo 25 - La revolucion

Capítulo 26 - Ricardo el sepulturero o el loco sentimental
CAPITULO 14.

 

UN SUEÑO.

 

¡Llorar! Sí, hai que llorar para cumplir la profética maldición……….! I apesar de ser el llanto el signo del dolor mas espresivo del idioma del alma, es un bálsamo de consuelo para el desgraciado: cada lágrima desprendida, rueda ardiente por la mejilla, para hundiese en el seno, como en un mar de sentimiento. I ¡es entónces que se descansa del abrumante peso del infortunio! ¡es entónces que, enajenado por un instante el pensamiento i fascinado, quizá con insensatés, se percibe esa luz que llaman esperanza! ese fuego fátuo que da pábulo a nuestros deseos, reanimando la ilusion.

Yo lloraba, debajo del ciprés mi desventura, i despues de una noche borrascosa en la que el ruido del huracan amenazaba desolacion, sentí el blando oleaje del viento de la mañana; de ese viento que enjuga las lágrimas del capullo para dar espansion a su perfume, i tal vez a su pensamiento En esa hora en que se ve allá sobre el Orizonte una luz pálida que va tomando por grados el color de rosa hasta teñir de púrpura la orla del espléndido ropaje de los cielos, vine a refrescar mi frente tostada por el fuego del pensamiento. Vi entónces disiparse las sombras al presentarse esa luz divina que anuncia el dia, ví desplegarse el pabellon de grana que adorna la cuna dorada de un sol brillante; i posadas las nubes sobre las colinas, dejaban ver el azul hermosísimo del cielo, que reemplazaba el rastro luminoso que habian dejado las estrellas al ocultarse.

Yo habia contemplado la belleza de aquella aurora misteriosa, sentado ya al pié de uno de los sauces de mi huerto, así permanecí embriagado con la suavísima ambrosía que exhalaban las flores, hasta que asomé el sol su refuljente disco sobre las crestas de Monserrate. Elevé entónces mis oraciones al Dios de la luz i sentí ensanchar ni corazon de gozo; era un feliz presentimiento. Al acabar mi oracion, se me presentó allí mismo Ricardo, el pordiosero; descifrando en su fisonomía los sentimientos de franqueza i de placer. Al verle, fué mi primer movimiento tal vez feroz, iba a lanzarme sobre él como una fiera sobre su presa; habia despertado mi venganza que debia ser terrible, como el infierno de mis dolores; pero una mano invisible me detuvo i quedé parado al frente de él, mustio i silencioso. Me dirijió una mirada penetrante, impregnada de esa potente influencia magnética, i quedé sometido; no sé lo que me sucedió en aquel momento: él desarmó mi furia i mi rencor, i me hizo esperimentar un sentimiento de compasion.

Despues de un instante de contemplacion mutua, me dijo con una voz armoniosa:

-¿Triste? siempre triste?

- ¿Pérfido? siempre pérfido? le repliqué.

-¡Ah; miserias humanas! dijo, vive el hombre circundado de felicidad i suspira! Se halla amenazado por el mal, quizá tocando el dintel de la desgracia i canta o ríe: huye del hombre porque piensa que hai muchas veces perfidia en la amistad, ¡busca la amistad donde hai perfidia! Sus pensamientos i sus determinaciones, sus juicios i sus obras, vienen a formar una serie de contradicciones risibles. ¡Pérfido yo! Traidor ante tus ojos! ¡Traidor! no, jamás, nada tienen de comun, mis deseos, o mis acciones, con la infame conducta de un traidor.

Guardó silencio por un momento, pero penetrándome mas fuertemente con su mirada: yo habia perdido la facultad de accion; me habia vencido ese hombre hasta el puntó de ponerme incapaz de hacerle el menor cargo. Ese semblante noble i esa espresion franca i desembarazada con que me hablaba, ponian en evidencia su honradez: i sobre todo, esa mirada fija, me tenía inutilizado para contestarle. Yo me sentía bañado por una atmósfera, cuyo flúido emanaba del pensamiento de aquel hombre.

Luego que juzgó suficiente la descarga magnética, continuó asi:

-¡El error es una de las mayores desgracias de la humanidad! él es una especie de enfermedad contajiosa que vuelve a los hombres la impericia de la infancia o las locuras de la niñez, sino se curan con el estudio i la meditacion de las grandes verdades. La exaltacion de las pasiones sociales, inflama la imajinacion i hace brillar en esta el faro que conduce a la gloria, pero las mas veces viene a ser una luz que por senderos floridos nos lleva al precipicio.-La razon es una dádiva celestial, i la intelijencia una gracia de la divinidad; ambas deben servir al hombre para que vea indiferente las apariencias  para que examine i busque la realidad en sus dudas i se prosterne ante los altares de la justicia. Piensa, Señor, si tus juicios han sido rectos; medita sobre si han sido justas las sospechas que has tenido del infeliz pordiosero: reflexiona si al pensar en mí has hecho uso de esos dones divinos; pero ántes debes conocerme un poco mas:-sígueme.

I volvió la espalda. Yo estaba completamente sometido a su influencia, lo repito. Seguí sin resistencia en pos de él, i al llegar al cuarto, antigua habitacion del ánjel perdido, abrió i lo primero que vi, fié a Rosina, mas bella que la vírjen de los primeros amores de un sátrapa oriental. El traje era de terciopelo azul turquí, adornado con flores de oro i pieles blancas: de sus hombros pendía un magnífico shal de seda encarnada; en su cuello resaltaba un cordon de pelo que suspendía una cruz de azabache, la cual realzaba la blancura de su pecho; i sobre su espalda caían sus rizos de ébano, undulantes i seductores.

Todo fué a la vez; vernos, dar un doble grito de placer, abrir los brazos i estrecharnos: siguiéndose una escena muda, pero sentimental. Ricardo estaba a nuestro lado, contemplativo i silencioso, apoyadas las manos en su báculo: su mirada fija ácia nosotros, ostentaba el orgullo de la satisfaccion que un bienhechor siente al presenciar la dicha de sus protejidos.

Fué tal la conmoción que me causé aquella sorpresa que empezé a temblar; flaquearon mis miembros i caí al suelo: al golpe ¡me desperté!!

Tal fué el sueño que tuve la noche de ese dia en que fueron aprehendidos los dos jóvenes, que juzgaba yo pudieran haber sido Ricardo i Rosina. Sueño que produjo en mí una impresion tan viva, que me parecía una realidad despues de haberme despertado. Fué tan profundo el sentimiento que me causó, que por una especie de encanto se animó mi esperanza i juzgaba que aquel sueño sería un anuncio del cielo. Tal vez, pensaba, sería una especie de revelacion, para que desechara las sospechas que habia concebido contra Ricardo inocente.

Traté de recordar para escribir mi sueño i empecé a traer a la memoria todo lo que habia pasado por mi imajinacion estando dormido. Despues que repasé el cuadro que habia visto en sueños, pasé a mi escritorio a tiempo que el reloj daba las doce de la noche i empecé como sigue:

«La campana de mi reloj acaba de dar las doce de la noche del 21 de noviembre: empiezan los punteros a marcar las horas del dia 22. ¡Fechas fatídicas i memorables para mí! Del veinte i uno al veinte i dos de mayo, fué ejecutado el rapto de mi querida Rosina: del veinte i uno al veinte i dos de julio, este mismo reloj, repitiendo con melancólico tañido sus campanazos, me despertó e hizo saltar de mi lecho i salir desesperado en direccion a San Victorino en busca de Rosina. Dios sabe cuales fueron i hasta donde llegaron mis sufrimientos en aquella noche. Ahora.... voi a escribir un sueño bajo la espada del martirio, pero ella merece mi sacrificio. La memoria me tortura, exhibiéndome fielmente ese delirio, pero estoi resignado. La hora es triste, domina un silencio sepulcral: me hallo en medio de uno de los barrios de la poblacion i sinembargo siento el horror que infunde la soledad. «Era noche, yo lloraba debajo de las ramas del cipres mi desventura……

Así empezaba la relacion de mi sueño i al tiempo de escribir la palabra desventura, resonó en mis oídos la palabra «¡ desdichado!» seguida de una melodía ejecutada con limpieza en la guitarra, al lado de la calle. Suspendí la escritura i puse toda mi atencion al instrumento, i un minuto despues empezó a cantar un trovador los versos que escribí a medida que él los cantaba, i fueron los siguientes:

En mis sueños, delirante,
Oigo el tierno i dulce acento,
Siempre viene al pensamiento
La bellísima ilusion.
Vago triste, sin descanso
Como errante peregrino;
Sufro i lloro mi destino
Desgraciado. ¡ Maldicion! 

¡Tarde! sí, tarde! a deshora
Vengo triste, solitario,
Al aspecto funerario
De las sombras a cantar.
A cantar mi desventura
Donde vi la vez primera
Esa vírjen hechizera
A quien juraré vengar.

Era noche, la postrera
Que mis trovas entonaba:
I mi bella suspiraba.
Dando pábulo a mi amor!
Esa noche venturosa
Díle aquí sentida queja,
i me dijo en esta reja:
«¡ Esperanza, trovador!»

¡Esperanza! burla horrible!
¿La esperanza qué es? Quimera:
Una maga lisonjera
Que pretende alucinar.
¡La esperanza! vil fantasma,
Que con el deseo crece,
I placeres nos ofrece
Cuando nada puede dar. 

Calló por un momento, i exhalaba profundos suspiros, que yo alcanzaba a oír desde la ventana en que me hallaba ya, la cual habia entreabierto con precaucion para no ser sentido, habiendo ocultado ántes la luz. Era la noche oscura i la brisa fuerte i destemplada; la naturaleza presentaba un aspecto terrible. El cielo estaba velado por un manto denso de negras nubes, i solamente ácia el ocaso se veía la débil i dudosa luz de unas estrellas, que apénas se divisaban al travez de la niebla que las velaba.

Pasado ese momento de silencio, esa pausa del trovador, repitió un armoniosísimo preludio en la guitarra cantó con una voz mui triste la octava siguiente:

Esa noche misteriosa
Rebosaba amor mi pecho!
Hoi.... venganzas i despecho
Solo abriga el corazon.

Dió un golpe de mano al diapason de la guitarra espresando un arrebato de furor i continuó:

Ando errante, sin consuelo,
Sin pariente, sin amigo,
Cual el mísero mendigo
Desgraciado! ¡ Maldicion! 

Al oir la palabra «mendigo» sentí un estremecimiento indefinible; quise hablar, salir i lanzarme sobre el maldito trovador, pensando que era el mismo Ricardo, que cantaba con el designio de apurar la copa de mis sufrimientos. Pensamiento inconsiderado i puramente repentino. Refrené mi exaltacion, con la esperanza de oír algo mas que me sacara de dudas. Pero por desgracia se alejaba, aunque lentamente i ya no pude oír sino dos consonantes, a saber: «desesperado» i disfrazado. En el momento bajé, tomé una linterna i mi sombrero, i salí a reconocer a ese hombre. Yo estaba tan admirado, tan absorto por los pensamientos que en su cántiga habia espresado, que hasta llegué a dudar por un instante si yo efectivamente me hallaba despierto, pensando si sería lo que acababa de oír una continuacion de mi sueño. En mi memoria quedaron grabados los cuatro primeros versos, que espresaban, por una coincidencia admirable, los sentimientos de que yo estaba poseido al tiempo de empezar él el canto i yo la relacion de mi sueño.

Salí, i al estar en la calle, advertí por la voz, que se alejaba: apresuré el paso, tratando de seguirle, mas a poco trecho me detuvieron dos hombres intimándome que volviera atras. Yo resistí i entónces levantando un puñal, uno de ellos en amenaza de herirme sino obedecía, cedí resignado. Al llegar al porton de mi casa dijeron: «entrémos» Juzgué que serían ladrones, pero no teniendo yo, medios de defensa, fui obligado a darles entrada franca.

Al entrar a la sala traté de repararlos con el mayor interes a fin de conocerlos, pero era esto imposible, porque ademas de estar ámbos embozados en sus capas, calaban sombreros alones i gachos sobre gorros negros, que les cubrían hasta las cejas.

-Necesitarnos, dijo uno de ellos, un recado de escribir; no hai por qué temer.

-Mui bien, dije, ahí tienen mi escritorio. I encendiendo otra vela, pasé a ponerla sobre, la mesa donde se hallaba el tintero.

-Siéntese U, me dijo el mismo que habia hablado ántes; pasando un taburete al frente de la mesa: Siéntese U. repitió, por ahora va. U. a ejercer las funciones de Secretario.

-Estoi a la disposicion de UU. dije sentándome, sin poder penetrar los fines de esos hombres.

Sacó entónces el mismo que hablaba un pliego de papel, escrito, lo  puso delante de mi, sobre la mesa y dijo:

-Firme U. al pié de pasaporte.

Traté de leer el contenido i me lo impidió, poniendo la mano con guante sobre el papel, diciéndome:

-No tiene U. para qué molestarse en leer; nosotros no permitimos a los que nos sirven de Secretarios que impongan del despacho, firme U.; firma entera, i cuidado con variar la letra o la rúbrica.

- ¡Cómo! ¿firmar sin saber el contenido?

-No importa eso, me dijo con una voz imperiosa, aunque siempre finjida.

En el acto intenté pararme i el otro poniéndome sobre el hombro una mano como de bronce, me lo impidió, levantando al mismo tiempo su brazo armado del puñal. Mi decision no era dudosa; firmé. Vieron ámbos la firma i guardando el papel me hicieron  una cortesía i salieron.

Yo me quedé apoyado sobre la mesa, con las manos en la frente i la angustia en el corazon, meditando en lo que acababa de sucederme. Estaba confundido i sin poder coordinar mis ideas: era tan estraño, tan sorprendente, todo lo que me estaba pasando, que los sucesos contenidos en los «Misterios de Paris» me parecian triviales.

Me levanté luego para ir a cerrar con llave el porton, i al pasar por el centro de la sala, retrocedí espantado, viendo dos sombras que me parecieron las de esos dos embozados infernales, pero advertí en el instante que era mi propia sombra trazada o estampada por duplicado en la pared a causa de las dos velas que habia encendidas. Salí, cerré i volví a entrar dirijiéndome a mi cama. Al pasar el umbral de la alcoba, tropezé con una silla poltrona en que Rosina acostumbraba sentarse a conversar conmigo ántes de retirarse a dormir. Entónces vino a mi memoria ese ánjel desgraciado, esa belleza encarnada a cuya suerte debia estar uncida la mia; ya no la reputaba yó como pupila, sinó como el objeto mas caro a mi corazon: es preciso confesarlo, yo la adoraba con frenesí; su ausencia había despertado en mí la pasion mas vehemente, el amor mas intenso; sí, el amor; pero esa llama que incendiaba mi pecho, era pura, sagrada, celestial: Era el fuego de un casto amor discurriendo hasta por la última vena de mi organizacion.

Pensaba que cuando a su lado pasaba los días conferenciando sobre las bellezas de la creacion, a orillas de alguna fuente, sobre la desnuda roca o en medio de las flores de un jardin, no habia sentido ni sospechado ese amor: mi afecto era inocente, tierno i sentimental: me contemplaba contento i satisfecho, adoraba su inocencia i admiraba su virtud, pero por mi imajinacion no pasó ni la mas leve sombra de ese jigante que despues oprimía mi corazon, sin piedad.

Yo me habia sentado maquinalmente en aquella silla i meditando sobre todas las desgracias de mi vida, comprendía que todas juntas no eran comparables con la de haber perdido al ánjel de mi corazon. Me parecía estarla viendo delante de mí, sonriendo con el candor de niña. Pasó la noche; ví la primera claridad del dia, me levanté i me dirijí al huerto, donde me prosterné adorando con mis palabras balbucientes al creador, recordando la oracion de Jesus en el monte de las olivas.

anterior | índice | siguiente