CAPITULO 14.
UN SUEÑO.
¡Llorar! Sí, hai que llorar para cumplir la profética
maldición……….! I apesar de ser el llanto el signo
del dolor mas espresivo del idioma del alma, es un bálsamo de
consuelo para el desgraciado: cada lágrima desprendida, rueda
ardiente por la mejilla, para hundiese en el seno, como en un mar
de sentimiento. I ¡es entónces que se descansa del abrumante peso
del infortunio! ¡es entónces que, enajenado por un instante el
pensamiento i fascinado, quizá con insensatés, se percibe esa luz
que llaman esperanza! ese fuego fátuo que da pábulo a nuestros
deseos, reanimando la ilusion.
Yo lloraba, debajo del ciprés mi desventura, i despues de una
noche borrascosa en la que el ruido del huracan amenazaba
desolacion, sentí el blando oleaje del viento de la mañana; de ese
viento que enjuga las lágrimas del capullo para dar espansion a su
perfume, i tal vez a su pensamiento En esa hora en que se ve allá
sobre el Orizonte una luz pálida que va tomando por grados el color
de rosa hasta teñir de púrpura la orla del espléndido ropaje de los
cielos, vine a refrescar mi frente tostada por el fuego del
pensamiento. Vi entónces disiparse las sombras al presentarse esa
luz divina que anuncia el dia, ví desplegarse el pabellon de grana
que adorna la cuna dorada de un sol brillante; i posadas las nubes
sobre las colinas, dejaban ver el azul hermosísimo del cielo, que
reemplazaba el rastro luminoso que habian dejado las estrellas al
ocultarse.
Yo habia contemplado la belleza de aquella aurora misteriosa,
sentado ya al pié de uno de los sauces de mi huerto, así permanecí
embriagado con la suavísima ambrosía que exhalaban las flores,
hasta que asomé el sol su refuljente disco sobre las crestas de
Monserrate. Elevé entónces mis oraciones al Dios de la luz i sentí
ensanchar ni corazon de gozo; era un feliz presentimiento. Al
acabar mi oracion, se me presentó allí mismo Ricardo, el
pordiosero; descifrando en su fisonomía los sentimientos de
franqueza i de placer. Al verle, fué mi primer movimiento tal vez
feroz, iba a lanzarme sobre él como una fiera sobre su presa; habia
despertado mi venganza que debia ser terrible, como el infierno de
mis dolores; pero una mano invisible me detuvo i quedé parado al
frente de él, mustio i silencioso. Me dirijió una mirada
penetrante, impregnada de esa potente influencia magnética, i quedé
sometido; no sé lo que me sucedió en aquel momento: él desarmó mi
furia i mi rencor, i me hizo esperimentar un sentimiento de
compasion.
Despues de un instante de contemplacion mutua, me dijo con una
voz armoniosa:
-¿Triste? siempre triste?
- ¿Pérfido? siempre pérfido? le repliqué.
-¡Ah; miserias humanas! dijo, vive el hombre circundado de
felicidad i suspira! Se halla amenazado por el mal, quizá tocando
el dintel de la desgracia i canta o ríe: huye del hombre porque
piensa que hai muchas veces perfidia en la amistad, ¡busca la
amistad donde hai perfidia! Sus pensamientos i sus determinaciones,
sus juicios i sus obras, vienen a formar una serie de
contradicciones risibles. ¡Pérfido yo! Traidor ante tus ojos!
¡Traidor! no, jamás, nada tienen de comun, mis deseos, o mis
acciones, con la infame conducta de un traidor.
Guardó silencio por un momento, pero penetrándome mas
fuertemente con su mirada: yo habia perdido la facultad de accion;
me habia vencido ese hombre hasta el puntó de ponerme incapaz de
hacerle el menor cargo. Ese semblante noble i esa espresion franca
i desembarazada con que me hablaba, ponian en evidencia su
honradez: i sobre todo, esa mirada fija, me tenía inutilizado para
contestarle. Yo me sentía bañado por una atmósfera, cuyo flúido
emanaba del pensamiento de aquel hombre.
Luego que juzgó suficiente la descarga magnética, continuó
asi:
-¡El error es una de las mayores desgracias de la humanidad! él
es una especie de enfermedad contajiosa que vuelve a los hombres la
impericia de la infancia o las locuras de la niñez, sino se curan
con el estudio i la meditacion de las grandes verdades. La
exaltacion de las pasiones sociales, inflama la imajinacion i hace
brillar en esta el faro que conduce a la gloria, pero las mas veces
viene a ser una luz que por senderos floridos nos lleva al
precipicio.-La razon es una dádiva celestial, i la intelijencia una
gracia de la divinidad; ambas deben servir al hombre para que vea
indiferente las apariencias para que examine i busque la realidad
en sus dudas i se prosterne ante los altares de la justicia.
Piensa, Señor, si tus juicios han sido rectos; medita sobre si han
sido justas las sospechas que has tenido del infeliz pordiosero:
reflexiona si al pensar en mí has hecho uso de esos dones divinos;
pero ántes debes conocerme un poco mas:-sígueme.
I volvió la espalda. Yo estaba completamente sometido a su
influencia, lo repito. Seguí sin resistencia en pos de él, i al
llegar al cuarto, antigua habitacion del ánjel perdido, abrió i lo
primero que vi, fié a Rosina, mas bella que la vírjen de los
primeros amores de un sátrapa oriental. El traje era de terciopelo
azul turquí, adornado con flores de oro i pieles blancas: de sus
hombros pendía un magnífico shal de seda encarnada; en su cuello
resaltaba un cordon de pelo que suspendía una cruz de azabache, la
cual realzaba la blancura de su pecho; i sobre su espalda caían sus
rizos de ébano, undulantes i seductores.
Todo fué a la vez; vernos, dar un doble grito de placer, abrir
los brazos i estrecharnos: siguiéndose una escena muda, pero
sentimental. Ricardo estaba a nuestro lado, contemplativo i
silencioso, apoyadas las manos en su báculo: su mirada fija ácia
nosotros, ostentaba el orgullo de la satisfaccion que un bienhechor
siente al presenciar la dicha de sus protejidos.
Fué tal la conmoción que me causé aquella sorpresa que empezé a
temblar; flaquearon mis miembros i caí al suelo: al golpe ¡me
desperté!!
Tal fué el sueño que tuve la noche de ese dia en que fueron
aprehendidos los dos jóvenes, que juzgaba yo pudieran haber sido
Ricardo i Rosina. Sueño que produjo en mí una impresion tan viva,
que me parecía una realidad despues de haberme despertado. Fué tan
profundo el sentimiento que me causó, que por una especie de
encanto se animó mi esperanza i juzgaba que aquel sueño sería un
anuncio del cielo. Tal vez, pensaba, sería una especie de
revelacion, para que desechara las sospechas que habia concebido
contra Ricardo inocente.
Traté de recordar para escribir mi sueño i empecé a traer a la
memoria todo lo que habia pasado por mi imajinacion estando
dormido. Despues que repasé el cuadro que habia visto en sueños,
pasé a mi escritorio a tiempo que el reloj daba las doce de la
noche i empecé como sigue:
«La campana de mi reloj acaba de dar las doce de la noche del 21
de noviembre: empiezan los punteros a marcar las horas del dia 22.
¡Fechas fatídicas i memorables para mí! Del veinte i uno al veinte
i dos de mayo, fué ejecutado el rapto de mi querida Rosina: del
veinte i uno al veinte i dos de julio, este mismo reloj, repitiendo
con melancólico tañido sus campanazos, me despertó e hizo saltar de
mi lecho i salir desesperado en direccion a San Victorino en busca
de Rosina. Dios sabe cuales fueron i hasta donde llegaron mis
sufrimientos en aquella noche. Ahora.... voi a escribir un sueño
bajo la espada del martirio, pero ella merece mi sacrificio. La
memoria me tortura, exhibiéndome fielmente ese delirio, pero estoi
resignado. La hora es triste, domina un silencio sepulcral: me
hallo en medio de uno de los barrios de la poblacion i sinembargo
siento el horror que infunde la soledad. «Era noche, yo lloraba
debajo de las ramas del cipres mi desventura……
Así empezaba la relacion de mi sueño i al tiempo de escribir la
palabra desventura, resonó en mis oídos la palabra «¡ desdichado!»
seguida de una melodía ejecutada con limpieza en la guitarra, al
lado de la calle. Suspendí la escritura i puse toda mi atencion al
instrumento, i un minuto despues empezó a cantar un trovador los
versos que escribí a medida que él los cantaba, i fueron los
siguientes:
En mis sueños, delirante,
Oigo el tierno i dulce acento,
Siempre viene al pensamiento
La bellísima ilusion.
Vago triste, sin descanso
Como errante peregrino;
Sufro i lloro mi destino
Desgraciado. ¡ Maldicion!
¡Tarde! sí, tarde! a deshora
Vengo triste, solitario,
Al aspecto funerario
De las sombras a cantar.
A cantar mi desventura
Donde vi la vez primera
Esa vírjen hechizera
A quien juraré vengar.
Era noche, la postrera
Que mis trovas entonaba:
I mi bella suspiraba.
Dando pábulo a mi amor!
Esa noche venturosa
Díle aquí sentida queja,
i me dijo en esta reja:
«¡ Esperanza, trovador!»
¡Esperanza! burla horrible!
¿La esperanza qué es? Quimera:
Una maga lisonjera
Que pretende alucinar.
¡La esperanza! vil fantasma,
Que con el deseo crece,
I placeres nos ofrece
Cuando nada puede dar.
Calló por un momento, i exhalaba profundos suspiros, que yo
alcanzaba a oír desde la ventana en que me hallaba ya, la cual
habia entreabierto con precaucion para no ser sentido, habiendo
ocultado ántes la luz. Era la noche oscura i la brisa fuerte i
destemplada; la naturaleza presentaba un aspecto terrible. El cielo
estaba velado por un manto denso de negras nubes, i solamente ácia
el ocaso se veía la débil i dudosa luz de unas estrellas, que
apénas se divisaban al travez de la niebla que las velaba.
Pasado ese momento de silencio, esa pausa del trovador, repitió
un armoniosísimo preludio en la guitarra cantó con una voz mui
triste la octava siguiente:
Esa noche misteriosa
Rebosaba amor mi pecho!
Hoi.... venganzas i despecho
Solo abriga el corazon.
Dió un golpe de mano al diapason de la guitarra espresando un
arrebato de furor i continuó:
Ando errante, sin consuelo,
Sin pariente, sin amigo,
Cual el mísero mendigo
Desgraciado! ¡ Maldicion!
Al oir la palabra «mendigo» sentí un estremecimiento
indefinible; quise hablar, salir i lanzarme sobre el maldito
trovador, pensando que era el mismo Ricardo, que cantaba con el
designio de apurar la copa de mis sufrimientos. Pensamiento
inconsiderado i puramente repentino. Refrené mi exaltacion, con la
esperanza de oír algo mas que me sacara de dudas. Pero por
desgracia se alejaba, aunque lentamente i ya no pude oír sino dos
consonantes, a saber: «desesperado» i disfrazado. En el momento
bajé, tomé una linterna i mi sombrero, i salí a reconocer a ese
hombre. Yo estaba tan admirado, tan absorto por los pensamientos
que en su cántiga habia espresado, que hasta llegué a dudar por un
instante si yo efectivamente me hallaba despierto, pensando si
sería lo que acababa de oír una continuacion de mi sueño. En mi
memoria quedaron grabados los cuatro primeros versos, que
espresaban, por una coincidencia admirable, los sentimientos de que
yo estaba poseido al tiempo de empezar él el canto i yo la relacion
de mi sueño.
Salí, i al estar en la calle, advertí por la voz, que se
alejaba: apresuré el paso, tratando de seguirle, mas a poco trecho
me detuvieron dos hombres intimándome que volviera atras. Yo
resistí i entónces levantando un puñal, uno de ellos en amenaza de
herirme sino obedecía, cedí resignado. Al llegar al porton de mi
casa dijeron: «entrémos» Juzgué que serían ladrones, pero no
teniendo yo, medios de defensa, fui obligado a darles entrada
franca.
Al entrar a la sala traté de repararlos con el mayor interes a
fin de conocerlos, pero era esto imposible, porque ademas de estar
ámbos embozados en sus capas, calaban sombreros alones i gachos
sobre gorros negros, que les cubrían hasta las cejas.
-Necesitarnos, dijo uno de ellos, un recado de escribir; no hai
por qué temer.
-Mui bien, dije, ahí tienen mi escritorio. I encendiendo otra
vela, pasé a ponerla sobre, la mesa donde se hallaba el
tintero.
-Siéntese U, me dijo el mismo que habia hablado ántes; pasando
un taburete al frente de la mesa: Siéntese U. repitió, por ahora
va. U. a ejercer las funciones de Secretario.
-Estoi a la disposicion de UU. dije sentándome, sin poder
penetrar los fines de esos hombres.
Sacó entónces el mismo que hablaba un pliego de papel, escrito,
lo puso delante de mi, sobre la mesa y dijo:
-Firme U. al pié de pasaporte.
Traté de leer el contenido i me lo impidió, poniendo la mano con
guante sobre el papel, diciéndome:
-No tiene U. para qué molestarse en leer; nosotros no permitimos
a los que nos sirven de Secretarios que impongan del despacho,
firme U.; firma entera, i cuidado con variar la letra o la
rúbrica.
- ¡Cómo! ¿firmar sin saber el contenido?
-No importa eso, me dijo con una voz imperiosa, aunque siempre
finjida.
En el acto intenté pararme i el otro poniéndome sobre el hombro
una mano como de bronce, me lo impidió, levantando al mismo tiempo
su brazo armado del puñal. Mi decision no era dudosa; firmé. Vieron
ámbos la firma i guardando el papel me hicieron una cortesía i
salieron.
Yo me quedé apoyado sobre la mesa, con las manos en la frente i
la angustia en el corazon, meditando en lo que acababa de
sucederme. Estaba confundido i sin poder coordinar mis ideas: era
tan estraño, tan sorprendente, todo lo que me estaba pasando, que
los sucesos contenidos en los «Misterios de Paris» me parecian
triviales.
Me levanté luego para ir a cerrar con llave el porton, i al
pasar por el centro de la sala, retrocedí espantado, viendo dos
sombras que me parecieron las de esos dos embozados infernales,
pero advertí en el instante que era mi propia sombra trazada o
estampada por duplicado en la pared a causa de las dos velas que
habia encendidas. Salí, cerré i volví a entrar dirijiéndome a mi
cama. Al pasar el umbral de la alcoba, tropezé con una silla
poltrona en que Rosina acostumbraba sentarse a conversar conmigo
ántes de retirarse a dormir. Entónces vino a mi memoria ese ánjel
desgraciado, esa belleza encarnada a cuya suerte debia estar uncida
la mia; ya no la reputaba yó como pupila, sinó como el objeto mas
caro a mi corazon: es preciso confesarlo, yo la adoraba con
frenesí; su ausencia había despertado en mí la pasion mas
vehemente, el amor mas intenso; sí, el amor; pero esa llama que
incendiaba mi pecho, era pura, sagrada, celestial: Era el fuego de
un casto amor discurriendo hasta por la última vena de mi
organizacion.
Pensaba que cuando a su lado pasaba los días conferenciando
sobre las bellezas de la creacion, a orillas de alguna fuente,
sobre la desnuda roca o en medio de las flores de un jardin, no
habia sentido ni sospechado ese amor: mi afecto era inocente,
tierno i sentimental: me contemplaba contento i satisfecho, adoraba
su inocencia i admiraba su virtud, pero por mi imajinacion no pasó
ni la mas leve sombra de ese jigante que despues oprimía mi
corazon, sin piedad.
Yo me habia sentado maquinalmente en aquella silla i meditando
sobre todas las desgracias de mi vida, comprendía que todas juntas
no eran comparables con la de haber perdido al ánjel de mi corazon.
Me parecía estarla viendo delante de mí, sonriendo con el candor de
niña. Pasó la noche; ví la primera claridad del dia, me levanté i
me dirijí al huerto, donde me prosterné adorando con mis palabras
balbucientes al creador, recordando la oracion de Jesus en el monte
de las olivas.