INDICE





Introduccion

Reseña histórica

Capítulo 1 - El mendigo

Capítulo 2 - Una visita en palacio

Capítulo 3 - El cuarto de Rosina

Capítulo 4 - Los portales

Capítulo 5 - Una beata

Capítulo 6 - Una amenaza

Capítulo 7 - La prediccion cumplida

Capítulo 8 - Meditacion

Capítulo 9 - Una sorpresa

Capítulo 10 - La casa de los ejercicios

Capítulo 11 - Nuevo apostolado, la iniciada en el templo

Capítulo 12 - La choza de la muerte

Capítulo 13 - El espiritu de asociacion

Capítulo 14 - Un sueño

Capítulo 15 - Las dos cartas

Capítulo 16 - Los dos embozados

Capítulo 17 - Descubrimiento

Capítulo 18 - El sabio magnetizador

Capítulo 19 - La cartera

Capítulo 20 - El 10 de marzo

Capítulo 21 - Causa célebre - Russi ante el Jurado

Capítulo 22 - Preliminares de rebelion

Capítulo 23 - Rosina o Clodomira

Capítulo 24 - El refinamiento de la crueldad

Capítulo 25 - La revolucion

Capítulo 26 - Ricardo el sepulturero o el loco sentimental
CAPITULO 12.

 

LA CHOZA DE LA MUERTE

 

Dos dias despues de aquella fatal noche, salí a la calle, con el objeto de averiguar todo lo relativo al asesinato de esa mujer, que yo habia visto espirar. Llegué a los portales de la casa consistorial, como centro de donde irradian todas las noticias, pero nadie hablaba de aquel suceso; a cada uno de los conocidos que encontraba le hacía la pregunta vulgar de «¿qué hai de nuevo?» i por las contestaciones, comprendía que no se tenía noticia del asesinato. Pensé entónces que me hallaba en el deber de dar parte a las autoridades a fín de que no pasara en silencio el delito, i sin castigo el criminal; pero juzgando que pudieran recaer sospechas sobre mí, al declarar, que me habia hallado en la choza de la víctima a la hora de la muerte, sin poder dar esplicacion satisfactoria sobre mi llegada a ese tiempo, resolví consultarlo con un amigo. En efecto pasé a la casa este i le referí todo: despues de un momento de mieditacion, me dijo; le parecía conveniente, que ántes de dar parte a la autoridad pública, debíamos ir a reconocer el sitio donde se había cometido el delito, a la vez que podíamos obtener algunas noticias sobre él, cerca del teatro en que se cometió. Me conformé con su parecer, por estimarlo escelente i quedamos citados para ir a las cinco de la tarde a la choza de la desgracia.

Ambos fuimos puntuales en la cita: era el 25 de julio de 1850, el dia en que nos dirijíamos por la alameda a la choza mencionada: el sol acercándose al Ocaso, despedia una luz amarilla color de oro, animando con su viva claridad el paisaje. Las quintas de recreo, las casitas de los agricultores i aun las chozas del indijente, presentaban un conjunto risueño i agradable: era un campo adornado con mil verjeles o un verjel matizaios con todos los colores de un jardin. Los sauces entre-dorados, se bamboleaban blandamente al soplo de un viento suave i fresco, dejando caer alrededor, una llovizna de sus menudas hojas: las flores de los rosales, parecian sonriendo al sol cadente, como en muestra de gratitud por la belleza que les habia prodigado: la atmósfera estaba diáfana i brillante i el cielo azul retinto. La alameda estaba concurrida de jente de paseo; briosos i arrogantes corceles daban realce a la elegancia de sus jinetes; a pesar de que eran detenidos a cada paso por las partidas de hermosas i apuestas bogotanas, que completaban aquel panorama encantandor.

Distraidos llegamos a la choza de la muerte; aquí es, le dije a mi amigo: en el momento se presentó a mi memoria el cuadro horrible que dos noches ántes habia visto allí. La puerta se hallaba cerrada, i por la yerba que la circundaba i la apariencia ruinosa, parecía esa choza abandonada. Pasamos a la casa vecina i preguntamos, quién vivía en la choza, i nos contestaron que nadie; que estaba sola hacía mucho tiempo. Yo quedé pensativo al oír aquella respuesta: mi compañero preguntó nuevamente, si no era allí donde habia sucedido una desgracia dos noches ántes, i por toda contestacion nos dijeron, que no tenian noticia de acontecimiento alguno. Entónces nos dirijimos a la choza: la armella de la puerta estaba atada con una cuerda que tenía cien vueltas i mil nudos. Empezé a desatarla con sobresalto i un tanto de repugnancia; el cadáver de esa infeliz mujer debia hallarse aún en el mismo lugar en que yo la habia visto. Miéntras yo estaba desatando los nudos, algunos de los que pasaban, se fijaban en nosotros i yo temía su curiosidad, como si fuera cómplice en el delito; sin embargo, deseaba ver a la luz, quien era la que habia sido asesinada; pues la noche que la habia visto morir, no pude distinguir sus facciones, ni descifrar su fisonomía; estaba persuadido que era jóven, por el acento i espresion de su voz; pero ni aún pude cerciorarme, si era una mujer del vulgo, porque no tenía mas traje que tina larga túnica, ensangrentada; según alcancé a percibir a la vislumbre dudosa del candil.

Ya estaban sueltos los nudos de la cuerda i yo no me atrevía a empujar la puerta, me horrorizaba al pensar que iba a ver un cadáver, i por mucho deseo que tuviera de reconocerle, siempre me repugnaba entrar; el cadáver debía estar ya negro, desfigurado i tal vez fétido. Vacilaba, temía, estaba indeciso, cuando mi amigo dió de repente un puntapié a la puerta i esta se abrió al punto. Quedé pasmado, absorto, perplejo al ver aquella choza vacía i sin el menor vestijio de que en ella hubiera estado persona alguna desde mucho tiempo ántes: la cubierta pajiza estaba perforada, con claros que dejaba ver el cielo i daban libre entrada a las aguas que de este descendieran: el suelo estaba tan húmedo, que las huellas de nuestros piés quedaron marcadas, i esto probaba a no dejar duda, que hacía mucho tiempo que aquella choza no habia sido visitada por viviente alguno. I sinembargo, yo reconocía que era, la misma choza de la muerte: yo habia visto el candil, que medio alumbraba el cadáver, la noche mencionada, sobre un poyo arrimado a la pared; i allí estaba el poyo; habia visto, aunque sin fijarme bien, una pintura trazada en la pared como con carbon, i en efecto la pintura aparecía; pero ni un indicio, ni el menor rastro que pudiera indicar lo que yo habia presenciado. Mi compañero me dijo: «U. se ha equivocadó, aquí no ha pisado ser humano, sin duda es otra la choza en que se cometió el asesinato, que U. refiere.» Yo no pude contestar, estaba cierto, convencido hasta la evidencia que esa misma era la choza i tambien me asistía una conviccion profunda de que si alguna persona hubiera estado en ella, habría dejado la marca de sus piés. Se apoderó de mí en aquel momento, un terror sobrenatural, se me erizó hasta el último cabello; toda la filosofía que en muchos años habia acumulado en mi cabeza, se me fué a los piés, i yo temblaba como un niño o como un tonto. Mi compañero me tomó del brazo i me sacó de allí, hablándome yo no sé que cosas, hasta que me dejó en mi casa.

Mucho tiempo estuve tan impresionado por aquel acontecimiento, era tal el miedo, el pavor que me habia infundido, que no salía a la calle ni de dia, i al llegar la noche sentía un espeluznamiento indefinible, un horror espantoso; procuraba estar acompañado, i aún estándolo, pensaba que algun ser invisible estaba cerca de mí i que me habia de tocar, de cojer o de espantar. La imajinacion exaltada me representaba en cada sombra un espectro i a Rosina asesinada, mostrándome su túnica tinta en sangre, pidiéndo venganza.

Despues de algunos dias, cuando el curso del tiempo habia curado ese miedo pánico que yo sufrí, tomé la pluma con el objeto de escribir lo que me habia sucedido en la choza de la muerte, para publicarlo por la prensa i con mi firma; pero despues de escritas algunas líneas, pensé que el público debia reirse de mí i reputarme loco o visionario, que es poco ménos; suspendí la escritura i se me ocurrió que debia echarle el muerto a un periodista; obteniendo así el objeto, sin comprometer de frente mi bulto. El suceso era digno de publicarse, por lo mismo que era increible; a un periodista le venía de perillas, puesto que miéntras mas visos de inverosimilitud tuviera la narracion, tanto mas apreciable sería el artículo i de mucha mas aceptacion el periódico. Ademas, yo hacía un servicio, positivo al periodista de mi eleccion, evitándole el trabajo de buscar en el «Lunario Perpetuo » o en « Las mil i una noches,» los cuentos que le habian de servir de complemento a sus patrióticas, sabias i profundas tareas, que en obsequio del público vendía en estampa.

Me fuí, pues, a la casa de Don Ermerejildo Ariosto, Redactor de periódicos: entré con la franqueza de costumbre i lo hallé en su cuarto de estudio, sentado en una silla poltrona, leyendo atentamente un libro dorado por todos sus lados. «Buenas tardes, Don Ermerejildo» le dije, i no me contestó. Me quedé parado al frente de él, pensando sino me habría oído el saludo o si sería costumbre i buen tono de literatos, no contestar atentamente. «Buenas tardes Señor, Don Ermerejildo,» repetí un poco mas alto i me quedé como ántes, esperando la contestacion: el tal periodista estaba embebido en la lectura i yo en él. A poco rato de estar yo allí contemplándole, soltó la risa con todos los visos de un erudito, levantando los ojos al cielo i volviendo en seguida a clavarlos en el libro, sin hacer caso de mi presencia. Llegué a sospechar entónces que estaría hecho cargo de algun portafolio i le dirijí un nuevo sáludo diciéndole: «Señor Dr. Don Ermerejildo Ariosto, tenga su Señoría buenas tardes.» Entónces se paró haciéndome ceremoniosas atenciones i me dijo:

-Perdone U, mi buen amigo, cuando tomo por mi cuenta el «No me olvides,» pudiera caer la casa sobre mí, que no la sentiría; ¡qué estilo! ¡qué variedad! ¡qué elocuencia! Si todos los periodistas leyeran este ramillete de flores, cómo progresara el mundo!

-Oh! sin duda; pero tenga la bondad el Señor Dr. Don Ermerejildo de informarme ¿en rea1idad ha sido elevado al ministerio de gobierno?

-Porqué me hace U. tal pregunta?

-Lo he sospechado porque tiene U. todo el semblante de un Secretario.

-Estoi en cántara, pero yo no acepto destinos….

-Bien; tengo buen olfato, aunque no presumía que hubiera cántara: me alegro mucho i doi a U. mil parabienes, porque al fin, en estos tiempos que dichosamente hemos alcanzado, no es un grano de anis eso de estar en cántara. Dejemos esto para luego i hablemos del asunto que me ha traido cerca de su Señoría

-Mándeme U.

-Pues como su Señoría es uno de los mejores redactores de periódicos en esta tierra venturosa, he venido con el objeto de hacer la narracion de un suceso que llamará la atencion pública, si su Señoría escribe sobre él un artículo i lo inserta en su periódico.

- ¿sabe U. lo que dice? ¡Yo redactor de periódico! no Señor, estoi curado de esa enfermedad.

- ¿Ha dejado su Señoría de ser periódista?

-¡Ah! si Señor.

-Es verdad.... se ha contentado su Señoría con la fama conquistada i....

-Esta consignada en los periódicos de mis rivales; U. habrá visto que solamente ha faltado que me llamen rinoceronte.

-Cierto, pero los escritores públicos tienen la preferente ocupación de nivelar el estado social, rebajando el mérito donde sobresale, así no debe su Señoría renunciar los honores de periodista, los cuales no son incompatibles con los que se obtienen estando en cántara. I hablándo sériamente, ¿cree su Señoría que haya posision mas brillante, que la de un periodista? Yo creo que es el ser mas privilejiado en los paises en que la libertad de imprenta es absoluta: puede decirse mas, es un soberano vitalicio e irresponsable. Las personas notables, le rinden atenciones, por temor o esperanza: El rico le mima; el pobre le sirve; los funcionarios públicos le sonrien i la sociedad toda, paga periódicamente sus ocurrencias, i las mas vezes sus necedades. Al crujido de los cilindros, se rie de todos i cantando al golpe de la prensa, censura o elojia, hiere o cura a medio mundo. Es un conquistador sin mas espada que la pluma: es un Sultan disimulado: es, por decirlo así, un Semidios que reparte desde su bufete i con una sola plumada castigos i recompensas, difamacion i honores a todo un pueblo si se quiere, sacudiendo algunas vezes su pluma sobre la frente de los que puedan hacerle sombra: es...... un revolucionario temible. -

- Acabó U.?

-Oh! si hubiera dé enumerar las ventajas de un periodista, no acabaría en tres dias; bien sabe su Señoría que el periodismo hace temblar a los monarcas i conmover los imperios. ¿Comprende su Señoría la importancia, la elevada mision de un periodista?, ¿Se conoce ahora la influencia que ejerce en la marcha i progreso del estado social? ¿No es indisputable su poder, su gloria, su inmortalidad?

-La medalla tiene dos caras, ha presentado U. solamente la una, yo presentaré a U. la otra, vea ese cuadro que está sobre esa mesa.

I me señaló con el dedo un gran cuadro que contenía el prodijioso número de cinco mil artículos i que empezaba como sigue:

Código penal del periodista

«Art. 1.º Si publica artículos de costumbres, sufrirá la pena de enemistad de todos los que crean, que son el objeto o el tipo de tales artículos.

« Art. 2.° Sostendrá los duelos de cada uno de los que se juzguen injuriados, aunque en realidad no haya tenido voluntad, ni mira de injuriar.

« Art. 3.º Será tratado como infame, vil i cobarde, sino se presenta en el campo de marte a la primera provocacion de un espadachin.

« Art. 4.° Será tratado como despreciable mercenario si escribe elojiando los actos ejecutados por el gobierno en beneficio del pueblo.

« Art. 5.° Llevará el calificativo oprobioso de adulador, si encomia la virtud, la justicia o la ciencia, personificadas en algun hombre de mérito.

« Art. 6.° Sufrirá el dictado de egoista sino escribe apoyando los principios o doctrinas que se hallen en boga, aunque estas conduzcan a un abismo.

« Art. 7.° Llevará la nota de parcial e intolerante, si rechaza artículos insolentes e injuriosos, escritos con el único objetó de vengar ofensas o desahogar las pasiones del odio o antipatía.

« Art. 8.° Será tratado de errata humana por cualquier plumario, solamente porque un cajista puso bandoleras en vez de banderolas.

« Art. 9.° Será la burla de los eruditos a la violeta.

« Art. 10.º Sufrirá la bárbara censura de un noventa i cinco por ciento de las personas que leen el periódico i no entienden lo que leen o no leen lo que critican.

« Art. 11.º Anticipará los gastos de impresion i los reembolsará cuando los tranposos dejen el vicio.

« Art. 12.° Anticipará los gastos que en drogas de botica debe hacer para el caso en que le receten una paliza por vía de lenitivo medicinal.

Por este estilo era la serie larguísima de artículos contenida en ese gran cuadro que Don Ermerejildo habia colocado en su mesa de escribir. Despues que leí la primera columna le dije:

-Todo esto puede ser así, pero escribiendo su Señoría, artículos de periódico, sobre asuntos de interes jeneral, a mas de tener mui buena aceptacion, dejará utilidades el periódico, porque la venta será prodijiosa.

-Vaya! (me replicó,) no conoce U. el jenero masculino, ¿cree U. verdaderamente que habría quien leyera los periódicos si solamente contuvieran artículos de fondo, sérios por lo mismo? No advierte U que la sal de nuestros escritos está en la sátira i su mérita en la mordacidad?

-Pero

-No hai pero, en esta tierra vale mas ser pregonero, que periodista.

-De modo que su Señoría ha renunciado

-I para siempre, pues bien cara me costó la profesion.

Interrumpió nuestro diálogo la mujer de Don Ermerejildo, pues entró séria i regañona, diciendo que se habia cansado de esperarle. Yo me despedí en el instante i desde entónces me propuse escribir esta conferencia en la primera ocasion.

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