CAPITULO 12.
LA CHOZA DE LA MUERTE
Dos dias despues de aquella fatal noche, salí a la calle, con el
objeto de averiguar todo lo relativo al asesinato de esa mujer, que
yo habia visto espirar. Llegué a los portales de la casa
consistorial, como centro de donde irradian todas las noticias,
pero nadie hablaba de aquel suceso; a cada uno de los conocidos que
encontraba le hacía la pregunta vulgar de «¿qué hai de nuevo?» i
por las contestaciones, comprendía que no se tenía noticia del
asesinato. Pensé entónces que me hallaba en el deber de dar parte a
las autoridades a fín de que no pasara en silencio el delito, i sin
castigo el criminal; pero juzgando que pudieran recaer sospechas
sobre mí, al declarar, que me habia hallado en la choza de la
víctima a la hora de la muerte, sin poder dar esplicacion
satisfactoria sobre mi llegada a ese tiempo, resolví consultarlo
con un amigo. En efecto pasé a la casa este i le referí todo:
despues de un momento de mieditacion, me dijo; le parecía
conveniente, que ántes de dar parte a la autoridad pública,
debíamos ir a reconocer el sitio donde se había cometido el delito,
a la vez que podíamos obtener algunas noticias sobre él, cerca del
teatro en que se cometió. Me conformé con su parecer, por estimarlo
escelente i quedamos citados para ir a las cinco de la tarde a la
choza de la desgracia.
Ambos fuimos puntuales en la cita: era el 25 de julio de 1850,
el dia en que nos dirijíamos por la alameda a la choza mencionada:
el sol acercándose al Ocaso, despedia una luz amarilla color de
oro, animando con su viva claridad el paisaje. Las quintas de
recreo, las casitas de los agricultores i aun las chozas del
indijente, presentaban un conjunto risueño i agradable: era un
campo adornado con mil verjeles o un verjel matizaios con todos los
colores de un jardin. Los sauces entre-dorados, se bamboleaban
blandamente al soplo de un viento suave i fresco, dejando caer
alrededor, una llovizna de sus menudas hojas: las flores de los
rosales, parecian sonriendo al sol cadente, como en muestra de
gratitud por la belleza que les habia prodigado: la atmósfera
estaba diáfana i brillante i el cielo azul retinto. La alameda
estaba concurrida de jente de paseo; briosos i arrogantes corceles
daban realce a la elegancia de sus jinetes; a pesar de que eran
detenidos a cada paso por las partidas de hermosas i apuestas
bogotanas, que completaban aquel panorama encantandor.
Distraidos llegamos a la choza de la muerte; aquí es, le dije a
mi amigo: en el momento se presentó a mi memoria el cuadro horrible
que dos noches ántes habia visto allí. La puerta se hallaba
cerrada, i por la yerba que la circundaba i la apariencia ruinosa,
parecía esa choza abandonada. Pasamos a la casa vecina i
preguntamos, quién vivía en la choza, i nos contestaron que nadie;
que estaba sola hacía mucho tiempo. Yo quedé pensativo al oír
aquella respuesta: mi compañero preguntó nuevamente, si no era allí
donde habia sucedido una desgracia dos noches ántes, i por toda
contestacion nos dijeron, que no tenian noticia de acontecimiento
alguno. Entónces nos dirijimos a la choza: la armella de la puerta
estaba atada con una cuerda que tenía cien vueltas i mil nudos.
Empezé a desatarla con sobresalto i un tanto de repugnancia; el
cadáver de esa infeliz mujer debia hallarse aún en el mismo lugar
en que yo la habia visto. Miéntras yo estaba desatando los nudos,
algunos de los que pasaban, se fijaban en nosotros i yo temía su
curiosidad, como si fuera cómplice en el delito; sin embargo,
deseaba ver a la luz, quien era la que habia sido asesinada; pues
la noche que la habia visto morir, no pude distinguir sus
facciones, ni descifrar su fisonomía; estaba persuadido que era
jóven, por el acento i espresion de su voz; pero ni aún pude
cerciorarme, si era una mujer del vulgo, porque no tenía mas traje
que tina larga túnica, ensangrentada; según alcancé a percibir a la
vislumbre dudosa del candil.
Ya estaban sueltos los nudos de la cuerda i yo no me atrevía a
empujar la puerta, me horrorizaba al pensar que iba a ver un
cadáver, i por mucho deseo que tuviera de reconocerle, siempre me
repugnaba entrar; el cadáver debía estar ya negro, desfigurado i
tal vez fétido. Vacilaba, temía, estaba indeciso, cuando mi amigo
dió de repente un puntapié a la puerta i esta se abrió al punto.
Quedé pasmado, absorto, perplejo al ver aquella choza vacía i sin
el menor vestijio de que en ella hubiera estado persona alguna
desde mucho tiempo ántes: la cubierta pajiza estaba perforada, con
claros que dejaba ver el cielo i daban libre entrada a las aguas
que de este descendieran: el suelo estaba tan húmedo, que las
huellas de nuestros piés quedaron marcadas, i esto probaba a no
dejar duda, que hacía mucho tiempo que aquella choza no habia sido
visitada por viviente alguno. I sinembargo, yo reconocía que era,
la misma choza de la muerte: yo habia visto el candil, que medio
alumbraba el cadáver, la noche mencionada, sobre un poyo arrimado a
la pared; i allí estaba el poyo; habia visto, aunque sin fijarme
bien, una pintura trazada en la pared como con carbon, i en efecto
la pintura aparecía; pero ni un indicio, ni el menor rastro que
pudiera indicar lo que yo habia presenciado. Mi compañero me dijo:
«U. se ha equivocadó, aquí no ha pisado ser humano, sin duda es
otra la choza en que se cometió el asesinato, que U. refiere.» Yo
no pude contestar, estaba cierto, convencido hasta la evidencia que
esa misma era la choza i tambien me asistía una conviccion profunda
de que si alguna persona hubiera estado en ella, habría dejado la
marca de sus piés. Se apoderó de mí en aquel momento, un terror
sobrenatural, se me erizó hasta el último cabello; toda la
filosofía que en muchos años habia acumulado en mi cabeza, se me
fué a los piés, i yo temblaba como un niño o como un tonto. Mi
compañero me tomó del brazo i me sacó de allí, hablándome yo no sé
que cosas, hasta que me dejó en mi casa.
Mucho tiempo estuve tan impresionado por aquel acontecimiento,
era tal el miedo, el pavor que me habia infundido, que no salía a
la calle ni de dia, i al llegar la noche sentía un espeluznamiento
indefinible, un horror espantoso; procuraba estar acompañado, i aún
estándolo, pensaba que algun ser invisible estaba cerca de mí i que
me habia de tocar, de cojer o de espantar. La imajinacion exaltada
me representaba en cada sombra un espectro i a Rosina asesinada,
mostrándome su túnica tinta en sangre, pidiéndo venganza.
Despues de algunos dias, cuando el curso del tiempo habia curado
ese miedo pánico que yo sufrí, tomé la pluma con el objeto de
escribir lo que me habia sucedido en la choza de la muerte, para
publicarlo por la prensa i con mi firma; pero despues de escritas
algunas líneas, pensé que el público debia reirse de mí i reputarme
loco o visionario, que es poco ménos; suspendí la escritura i se me
ocurrió que debia echarle el muerto a un periodista; obteniendo así
el objeto, sin comprometer de frente mi bulto. El suceso era digno
de publicarse, por lo mismo que era increible; a un periodista le
venía de perillas, puesto que miéntras mas visos de inverosimilitud
tuviera la narracion, tanto mas apreciable sería el artículo i de
mucha mas aceptacion el periódico. Ademas, yo hacía un servicio,
positivo al periodista de mi eleccion, evitándole el trabajo de
buscar en el «Lunario Perpetuo » o en « Las mil i una noches,» los
cuentos que le habian de servir de complemento a sus patrióticas,
sabias i profundas tareas, que en obsequio del público vendía en
estampa.
Me fuí, pues, a la casa de Don Ermerejildo Ariosto, Redactor de
periódicos: entré con la franqueza de costumbre i lo hallé en su
cuarto de estudio, sentado en una silla poltrona, leyendo
atentamente un libro dorado por todos sus lados. «Buenas tardes,
Don Ermerejildo» le dije, i no me contestó. Me quedé parado al
frente de él, pensando sino me habría oído el saludo o si sería
costumbre i buen tono de literatos, no contestar atentamente.
«Buenas tardes Señor, Don Ermerejildo,» repetí un poco mas alto i
me quedé como ántes, esperando la contestacion: el tal periodista
estaba embebido en la lectura i yo en él. A poco rato de estar yo
allí contemplándole, soltó la risa con todos los visos de un
erudito, levantando los ojos al cielo i volviendo en seguida a
clavarlos en el libro, sin hacer caso de mi presencia. Llegué a
sospechar entónces que estaría hecho cargo de algun portafolio i le
dirijí un nuevo sáludo diciéndole: «Señor Dr. Don Ermerejildo
Ariosto, tenga su Señoría buenas tardes.» Entónces se paró
haciéndome ceremoniosas atenciones i me dijo:
-Perdone U, mi buen amigo, cuando tomo por mi cuenta el «No me
olvides,» pudiera caer la casa sobre mí, que no la sentiría; ¡qué
estilo! ¡qué variedad! ¡qué elocuencia! Si todos los periodistas
leyeran este ramillete de flores, cómo progresara el mundo!
-Oh! sin duda; pero tenga la bondad el Señor Dr. Don Ermerejildo
de informarme ¿en rea1idad ha sido elevado al ministerio de
gobierno?
-Porqué me hace U. tal pregunta?
-Lo he sospechado porque tiene U. todo el semblante de un
Secretario.
-Estoi en cántara, pero yo no acepto destinos….
-Bien; tengo buen olfato, aunque no presumía que hubiera
cántara: me alegro mucho i doi a U. mil parabienes, porque al fin,
en estos tiempos que dichosamente hemos alcanzado, no es un grano
de anis eso de estar en cántara. Dejemos esto para luego i hablemos
del asunto que me ha traido cerca de su Señoría
-Mándeme U.
-Pues como su Señoría es uno de los mejores redactores de
periódicos en esta tierra venturosa, he venido con el objeto de
hacer la narracion de un suceso que llamará la atencion pública, si
su Señoría escribe sobre él un artículo i lo inserta en su
periódico.
- ¿sabe U. lo que dice? ¡Yo redactor de periódico! no Señor,
estoi curado de esa enfermedad.
- ¿Ha dejado su Señoría de ser periódista?
-¡Ah! si Señor.
-Es verdad.... se ha contentado su Señoría con la fama
conquistada i....
-Esta consignada en los periódicos de mis rivales; U. habrá
visto que solamente ha faltado que me llamen rinoceronte.
-Cierto, pero los escritores públicos tienen la preferente
ocupación de nivelar el estado social, rebajando el mérito donde
sobresale, así no debe su Señoría renunciar los honores de
periodista, los cuales no son incompatibles con los que se obtienen
estando en cántara. I hablándo sériamente, ¿cree su Señoría que
haya posision mas brillante, que la de un periodista? Yo creo que
es el ser mas privilejiado en los paises en que la libertad de
imprenta es absoluta: puede decirse mas, es un soberano vitalicio e
irresponsable. Las personas notables, le rinden atenciones, por
temor o esperanza: El rico le mima; el pobre le sirve; los
funcionarios públicos le sonrien i la sociedad toda, paga
periódicamente sus ocurrencias, i las mas vezes sus necedades. Al
crujido de los cilindros, se rie de todos i cantando al golpe de la
prensa, censura o elojia, hiere o cura a medio mundo. Es un
conquistador sin mas espada que la pluma: es un Sultan disimulado:
es, por decirlo así, un Semidios que reparte desde su bufete i con
una sola plumada castigos i recompensas, difamacion i honores a
todo un pueblo si se quiere, sacudiendo algunas vezes su pluma
sobre la frente de los que puedan hacerle sombra: es...... un
revolucionario temible. -
- Acabó U.?
-Oh! si hubiera dé enumerar las ventajas de un periodista, no
acabaría en tres dias; bien sabe su Señoría que el periodismo hace
temblar a los monarcas i conmover los imperios. ¿Comprende su
Señoría la importancia, la elevada mision de un periodista?, ¿Se
conoce ahora la influencia que ejerce en la marcha i progreso del
estado social? ¿No es indisputable su poder, su gloria, su
inmortalidad?
-La medalla tiene dos caras, ha presentado U. solamente la una,
yo presentaré a U. la otra, vea ese cuadro que está sobre esa
mesa.
I me señaló con el dedo un gran cuadro que contenía el
prodijioso número de cinco mil artículos i que empezaba como
sigue:
Código penal del periodista
«Art. 1.º Si publica artículos de costumbres, sufrirá la pena de
enemistad de todos los que crean, que son el objeto o el tipo de
tales artículos.
« Art. 2.° Sostendrá los duelos de cada uno de los que se
juzguen injuriados, aunque en realidad no haya tenido voluntad, ni
mira de injuriar.
« Art. 3.º Será tratado como infame, vil i cobarde, sino se
presenta en el campo de marte a la primera provocacion de un
espadachin.
« Art. 4.° Será tratado como despreciable mercenario si escribe
elojiando los actos ejecutados por el gobierno en beneficio del
pueblo.
« Art. 5.° Llevará el calificativo oprobioso de adulador, si
encomia la virtud, la justicia o la ciencia, personificadas en
algun hombre de mérito.
« Art. 6.° Sufrirá el dictado de egoista sino escribe apoyando
los principios o doctrinas que se hallen en boga, aunque estas
conduzcan a un abismo.
« Art. 7.° Llevará la nota de parcial e intolerante, si rechaza
artículos insolentes e injuriosos, escritos con el único objetó de
vengar ofensas o desahogar las pasiones del odio o antipatía.
« Art. 8.° Será tratado de errata humana por cualquier plumario,
solamente porque un cajista puso bandoleras en vez de
banderolas.
« Art. 9.° Será la burla de los eruditos a la violeta.
« Art. 10.º Sufrirá la bárbara censura de un noventa i cinco por
ciento de las personas que leen el periódico i no entienden lo que
leen o no leen lo que critican.
« Art. 11.º Anticipará los gastos de impresion i los reembolsará
cuando los tranposos dejen el vicio.
« Art. 12.° Anticipará los gastos que en drogas de botica debe
hacer para el caso en que le receten una paliza por vía de lenitivo
medicinal.
Por este estilo era la serie larguísima de artículos contenida
en ese gran cuadro que Don Ermerejildo habia colocado en su mesa de
escribir. Despues que leí la primera columna le dije:
-Todo esto puede ser así, pero escribiendo su Señoría, artículos
de periódico, sobre asuntos de interes jeneral, a mas de tener mui
buena aceptacion, dejará utilidades el periódico, porque la venta
será prodijiosa.
-Vaya! (me replicó,) no conoce U. el jenero masculino, ¿cree U.
verdaderamente que habría quien leyera los periódicos si solamente
contuvieran artículos de fondo, sérios por lo mismo? No advierte U
que la sal de nuestros escritos está en la sátira i su mérita en la
mordacidad?
-Pero
-No hai pero, en esta tierra vale mas ser pregonero, que
periodista.
-De modo que su Señoría ha renunciado
-I para siempre, pues bien cara me costó la profesion.
Interrumpió nuestro diálogo la mujer de Don Ermerejildo, pues
entró séria i regañona, diciendo que se habia cansado de esperarle.
Yo me despedí en el instante i desde entónces me propuse escribir
esta conferencia en la primera ocasion.