CAPITULO 11.
NUEVO APOSTOLADO, LA INICIADA EN EL TEMPLO.
Exasperados los miembros del partido conservador, no solamente
por la pérdida del Poder Gubernativo, sino por la anulacion de su
influencia en los negocios públicos, (pues que el gobierno liberal
se habia declarado esclusivista, confiriendo los destinos
únicamente a los liberales i propagando las doctrinas de la mas
refinada democrácia, como consecuencia de la reaccion de los
principios proscritos en el transcurso de los doce años que gobernó
la República aquel partido,) empleaban cuantos medios les sujería
su imajinacion a fin de recuperar ambas cosas. Al efecto,
intentaron convertir la cuestion política en cuestion moral, dando
por base de las instituciones sociales la teoría relijiosa. (Véase
el periódico titulado "La Civilizacion.") Como un procedimiento
lójico de sus doctrinas, aspiraban al aumento del número de sus
prosélitos, formando sociedades o asambleas de ambos sexos; la de
hombres con el nombre de "Popular" i la de mujeres con el de
"Sociedad del Niño Dios.." I ademas para conciliarse el afecto del
pueblo, que por orijen i educacion ha sido esencialmente cristiano,
se apoderaron de los templos al efecto de que las mujeres dieran
lecciones doctrinales. Se fijó en distintos lugares, un aviso que a
la letra es el siguiente:
«Desde el dia 17 del presente mes de julio se dará principio a
la enseñanza de la Doctrina: al efecto estar abiertas todas las
iglesias a las cuatro de la tarde, ménos la Catedral. Se escita a
todos los padres de familia para que envíen a sus hijos, domésticos
&.
«Bogotá, julio de 1850.»
En uno de esos dias entré a un templo a la hora anunciada, con
el objeto de oír a esos nuevos apóstoles femeninos. Subí por la
nave del lado derecho i ví cerca del arco-toral una mujer con un
libro en la mano enseñando las obras de misericordia; su acento era
dulce i juvenil; su talle, aunque oculto en parte por una mantilla
de sarga, se veía que era esbelto. Yo estaba a su espalda i tuve la
curiosidad de ver si sus facciones correspondían a su voz, i pasé a
la nave opuesta para verla de frente. Me quedé sorprendido al
encontrar en esa maestra de la doctrina del Salvador, en esa mujer
cuya faz era de querubin, la misma iniciada, que pocas noches
ántes, habia hecho brillar un agudo puñal al tiempo de clavarlo en
el pecho de un hombre. Su faz anjelical tenía la espresion sublime
de la belleza, del candor i de la inocencia, i sin embargo al
contemplarla, no podía ménos que sentir el horror que infunde el
asesino; tal fué la impresion que hizo en mí esa práctica i
ejercicio de crueldad referidas en el capítulo anterior. Estaba
meditando sobre las perniciosas consecuencias que podría producir
esa direccion del pueblo ácia el fanatismo religioso, cuando se me
acercó una mujer i me dijo al oído, que me habia buscado en mi casa
para entregarme un billete i era el que me presentaba, aprovechando
la ocasion de haberme hallado: me lo entregó i volvió la espalda.
Luego que lo recibí traté de imponerme de su contenido, pero a ese
tiempo se me presentó un amigo, quien me llamó la atencion i salí
con él, poniendo el billete en mi bolsillo. Seguimos para el
«Consistorio » en donde estuvimos conferenciando, sobre la
situacion política de la República, hasta las seis de la tarde,
hora en que nos separamos.
Cuando llegué a mi casa, hallé a un oficial de imprenta, quien
me esperaba para que corrijiese un escrito, que iba a publicar.
Inmediatamente me ocupe en esto i a las diez de la noche le
despaché. Me prepararon la cena i un poco despues entré a mi
recámara a descansar, cuando me acordé de la iniciada en el templo
i vino a mi memoria el billete, que habia recibido i que habia
olvidado: en el momento lo saqué del bolsillo, me acerqué a la luz
i lei lo siguiente:
« Amigo querido:»
« Se presenta una ocasion favorable a sus pesquisas:
« a las siete de esta misma noche debe pasar una berlina por el
puente de San Victorino; en ella es conducida la pupila de U. i no
sé a donde. Si aprovecha U. los momentos, si U. puede ir acompañado
i la detiene, no seran inútiles las dilijencias que ha empleado
para hallarla; sino, tal vez en vano será toda otra requisitoria.
Yo me hallo impedido física i moralmente para dar a U. otra
noticia, i esta la doi a U. en pago de un beneficio que U. me hizo
hace tiempo.
«Un interesado. »
¡Maldicion! esclamé, un hado funesto me persigue! Ahora, mas que
nunca, veo perfectamente marcada la mano del destino. ¿Porqué al
tiempo de recibir el billete no lo abrí? ¿Porqué lo olvidé hasta
ahora? ¡No hai remedio! escrito estaba: la hora pasó. Me recosté
sobre los almohadones de mi cama, a meditar i no a dormir, que
siendo el sueño un alivio del desgraciado, se esquiva en las horas
de martirio. Me representaba la imajinacion, esa berlina de que se
me hablaba, pasando aceleradamente por San Victorino i me parécía
ver en ella a Rosina, ahogando el llanto i los suspiros; delante de
sus tiranos. Oí dar las doce en el reloj de sobre mesa i me
parecieron sus tristes i pausados campanazos, la espresion de mi
desventura: pasados algunos minutos me quedé adormecido en mi
meditacion. Un poco mas tarde, me despertó un golpe dado por el
martillo del mismo reloj; era la una. Diferentes cuadros, pero
todos sombríos, me representaba la imajinacion i en todos ellos,
veía a Rosina como la víctima de unos pocos malvados. Me hallé
segunda vez aletargado i dos nuevos campanazos me volvieron a
despertar. Figuréme entónces que aquel reloj era una centinela de
mi desgracia i que me daba la voz de «Alerta» cada vez que
adormecía. Fué de tal modo impresionado por esta idea, fué tal la
preocupacion que me causó, que tomé la capa i el sombrero i salí
desesperado en direccion al puente de San Victorino. En las calles
dominaba el silencio i la soledad, la noche estaba entre-oscura i
su aspecto era lúgubre: solamente el eco de mis pasos repetido por
las paredes, interrumpía ese silencio i me parecía ese eco, el
ruido que la berlina produjera. Pasé el puente citado i segui
maquinalmente para la Capuchina; allí me paré a contemplar en las
visicitudes humanas, recordando esos hombres de barba i capucha,
que antes ocupaban aquel edificio. Seguí adelante; el camellon o
alameda parecía enlutado por las sombras de los sauces i los
rosales de los costados; me parecía que iba por en medio de un
cementerio; i las quintas que percibía de trecho a trecho me
representaban sus mausoleos. Caminaba sin saber a donde me dirijía;
era que el destino me arrastraba ácia el punto en que debia
presenciar el fin terrible de una mujer desgraciada, de una
infeliz, que habia de perecer al golpe del puñal de un asesino.
Antes de llegar a la plazuela de « San Diego, » alcancé a oír
los ayes mas lastimeros que puede lanzar el dolor; llamaron mi
atencion i advertí que partían de una choza inmediata; corrí,
llegué i a los reflejos de una debil luz, a los relámpagos de un
candil, que estaba al espírar, ví una mujer tendida en el suelo,
bañada en sangre, quien con una voz, ya apagada decía: « ¡Ai!... me
ha dado la muerte ¡ai! yo.... no he sido infiel. ... ¡ai!...yo....
muero yo.... muero.» I espiró en aquel momento. La luz parecía
destinada a perecer al mismo tiempo que aquella mujer; poco mas de
un segundo despues de espirar esa infeliz, quedó en tinieblas la
choza. No habia por allí viviente alguno; el asesino habia escapado
en tiempo; el aspecto del lugar era siniestro; yo retrocedí con
horror. Regresé a mi casa temiendo hallarme, con algun ajente de
policía, cerca del teatro del asesinato; pues era mui verosímil,
que sobre mí hubieran recaído las sospechas, i tanto mas, cuanto
que yo no tenía esplicacion que dar a la casualidad de hallarme en
esos lugares, a esa hora, solo i sin motivo aparente: mis temores
me hacían ver el rayo de la venganza pública, sobre mi cabeza, a
pesar de mi inocencia: i lo que era peor, la tempestad de la
opinion vulgar, descargando sus golpes, sobre mi reputacion
intachable, por puras conjeturas. Mi paso era apresurado, a nadie
hallé en el tránsito i llegué a mi casa cuando asomaba en el
oriente la estrella de la mañana.