INDICE





Introduccion

Reseña histórica

Capítulo 1 - El mendigo

Capítulo 2 - Una visita en palacio

Capítulo 3 - El cuarto de Rosina

Capítulo 4 - Los portales

Capítulo 5 - Una beata

Capítulo 6 - Una amenaza

Capítulo 7 - La prediccion cumplida

Capítulo 8 - Meditacion

Capítulo 9 - Una sorpresa

Capítulo 10 - La casa de los ejercicios

Capítulo 11 - Nuevo apostolado, la iniciada en el templo

Capítulo 12 - La choza de la muerte

Capítulo 13 - El espiritu de asociacion

Capítulo 14 - Un sueño

Capítulo 15 - Las dos cartas

Capítulo 16 - Los dos embozados

Capítulo 17 - Descubrimiento

Capítulo 18 - El sabio magnetizador

Capítulo 19 - La cartera

Capítulo 20 - El 10 de marzo

Capítulo 21 - Causa célebre - Russi ante el Jurado

Capítulo 22 - Preliminares de rebelion

Capítulo 23 - Rosina o Clodomira

Capítulo 24 - El refinamiento de la crueldad

Capítulo 25 - La revolucion

Capítulo 26 - Ricardo el sepulturero o el loco sentimental
CAPITULO 11.

 

NUEVO APOSTOLADO, LA INICIADA EN EL TEMPLO.

 

Exasperados los miembros del partido conservador, no solamente por la pérdida del Poder Gubernativo, sino por la anulacion de su influencia en los negocios públicos, (pues que el gobierno liberal se habia declarado esclusivista, confiriendo los destinos únicamente a los liberales i propagando las doctrinas de la mas refinada democrácia, como consecuencia de la reaccion de los principios proscritos en el transcurso de los doce años que gobernó la República aquel partido,) empleaban cuantos medios les sujería su imajinacion a fin de recuperar ambas cosas. Al efecto, intentaron convertir la cuestion política en cuestion moral, dando por base de las instituciones sociales la teoría relijiosa. (Véase el periódico titulado "La Civilizacion.") Como un procedimiento lójico de sus doctrinas, aspiraban al aumento del número de sus prosélitos, formando sociedades o asambleas de ambos sexos; la de hombres con el nombre de "Popular" i la de mujeres con el de "Sociedad del Niño Dios.." I ademas para conciliarse el afecto del pueblo, que por orijen i educacion ha sido esencialmente cristiano, se apoderaron de los templos al efecto de que las mujeres dieran lecciones doctrinales. Se fijó en distintos lugares, un aviso que a la letra es el siguiente:

«Desde el dia 17 del presente mes de julio se dará principio a la enseñanza de la Doctrina: al efecto estar abiertas todas las iglesias a las cuatro de la tarde, ménos la Catedral. Se escita a todos los padres de familia para que envíen a sus hijos, domésticos &.

«Bogotá, julio de 1850.»

En uno de esos dias entré a un templo a la hora anunciada, con el objeto de oír a esos nuevos apóstoles femeninos. Subí por la nave del lado derecho i ví cerca del arco-toral una mujer con un libro en la mano enseñando las obras de misericordia; su acento era dulce i juvenil; su talle, aunque oculto en parte por una mantilla de sarga, se veía que era esbelto. Yo estaba a su espalda i tuve la curiosidad de ver si sus facciones correspondían a su voz, i pasé a la nave opuesta para verla de frente. Me quedé sorprendido al encontrar en esa maestra de la doctrina del Salvador, en esa mujer cuya faz era de querubin, la misma iniciada, que pocas noches ántes, habia hecho brillar un agudo puñal al tiempo de clavarlo en el pecho de un hombre. Su faz anjelical tenía la espresion sublime de la belleza, del candor i de la inocencia, i sin embargo al contemplarla, no podía ménos que sentir el horror que infunde el asesino; tal fué la impresion que hizo en mí esa práctica i ejercicio de crueldad referidas en el capítulo anterior. Estaba meditando sobre las perniciosas consecuencias que podría producir esa direccion del pueblo ácia el fanatismo religioso, cuando se me acercó una mujer i me dijo al oído, que me habia buscado en mi casa para entregarme un billete i era el que me presentaba, aprovechando la ocasion de haberme hallado: me lo entregó i volvió la espalda. Luego que lo recibí traté de imponerme de su contenido, pero a ese tiempo se me presentó un amigo, quien me llamó la atencion i salí con él, poniendo el billete en mi bolsillo. Seguimos para el «Consistorio » en donde estuvimos conferenciando, sobre la situacion política de la República, hasta las seis de la tarde, hora en que nos separamos.

Cuando llegué a mi casa, hallé a un oficial de imprenta, quien me esperaba para que corrijiese un escrito, que iba a publicar. Inmediatamente me ocupe en esto i a las diez de la noche le despaché. Me prepararon la cena i un poco despues entré a mi recámara a descansar, cuando me acordé de la iniciada en el templo i vino a mi memoria el billete, que habia recibido i que habia olvidado: en el momento lo saqué del bolsillo, me acerqué a la luz i lei lo siguiente:

« Amigo querido:»

« Se presenta una ocasion favorable a sus pesquisas:

« a las siete de esta misma noche debe pasar una berlina por el puente de San Victorino; en ella es conducida la pupila de U. i no sé a donde. Si aprovecha U. los momentos, si U. puede ir acompañado i la detiene, no seran inútiles las dilijencias que ha empleado para hallarla; sino, tal vez en vano será toda otra requisitoria. Yo me hallo impedido física i moralmente para dar a U. otra noticia, i esta la doi a U. en pago de un beneficio que U. me hizo hace tiempo.

«Un interesado. »

¡Maldicion! esclamé, un hado funesto me persigue! Ahora, mas que nunca, veo perfectamente marcada la mano del destino. ¿Porqué al tiempo de recibir el billete no lo abrí? ¿Porqué lo olvidé hasta ahora? ¡No hai remedio! escrito estaba: la hora pasó. Me recosté sobre los almohadones de mi cama, a meditar i no a dormir, que siendo el sueño un alivio del desgraciado, se esquiva en las horas de martirio. Me representaba la imajinacion, esa berlina de que se me hablaba, pasando aceleradamente por San Victorino i me parécía ver en ella a Rosina, ahogando el llanto i los suspiros; delante de sus tiranos. Oí dar las doce en el reloj de sobre mesa i me parecieron sus tristes i pausados campanazos, la espresion de mi desventura: pasados algunos minutos me quedé adormecido en mi meditacion. Un poco mas tarde, me despertó un golpe dado por el martillo del mismo reloj; era la una. Diferentes cuadros, pero todos sombríos, me representaba la imajinacion i en todos ellos, veía a Rosina como la víctima de unos pocos malvados. Me hallé segunda vez aletargado i dos nuevos campanazos me volvieron a despertar. Figuréme entónces que aquel reloj era una centinela de mi desgracia i que me daba la voz de «Alerta» cada vez que adormecía. Fué de tal modo impresionado por esta idea, fué tal la preocupacion que me causó, que tomé la capa i el sombrero i salí desesperado en direccion al puente de San Victorino. En las calles dominaba el silencio i la soledad, la noche estaba entre-oscura i su aspecto era lúgubre: solamente el eco de mis pasos repetido por las paredes, interrumpía ese silencio i me parecía ese eco, el ruido que la berlina produjera. Pasé el puente citado i segui maquinalmente para la Capuchina; allí me paré a contemplar en las visicitudes humanas, recordando esos hombres de barba i capucha, que antes ocupaban aquel edificio. Seguí adelante; el camellon o alameda parecía enlutado por las sombras de los sauces i los rosales de los costados; me parecía que iba por en medio de un cementerio; i las quintas que percibía de trecho a trecho me representaban sus mausoleos. Caminaba sin saber a donde me dirijía; era que el destino me arrastraba ácia el punto en que debia presenciar el fin terrible de una mujer desgraciada, de una infeliz, que habia de perecer al golpe del puñal de un asesino.

Antes de llegar a la plazuela de « San Diego, » alcancé a oír los ayes mas lastimeros que puede lanzar el dolor; llamaron mi atencion i advertí que partían de una choza inmediata; corrí, llegué i a los reflejos de una debil luz, a los relámpagos de un candil, que estaba al espírar, ví una mujer tendida en el suelo, bañada en sangre, quien con una voz, ya apagada decía: « ¡Ai!... me ha dado la muerte ¡ai! yo.... no he sido infiel. ... ¡ai!...yo.... muero yo.... muero.» I espiró en aquel momento. La luz parecía destinada a perecer al mismo tiempo que aquella mujer; poco mas de un segundo despues de espirar esa infeliz, quedó en tinieblas la choza. No habia por allí viviente alguno; el asesino habia escapado en tiempo; el aspecto del lugar era siniestro; yo retrocedí con horror. Regresé a mi casa temiendo hallarme, con algun ajente de policía, cerca del teatro del asesinato; pues era mui verosímil, que sobre mí hubieran recaído las sospechas, i tanto mas, cuanto que yo no tenía esplicacion que dar a la casualidad de hallarme en esos lugares, a esa hora, solo i sin motivo aparente: mis temores me hacían ver el rayo de la venganza pública, sobre mi cabeza, a pesar de mi inocencia: i lo que era peor, la tempestad de la opinion vulgar, descargando sus golpes, sobre mi reputacion intachable, por puras conjeturas. Mi paso era apresurado, a nadie hallé en el tránsito i llegué a mi casa cuando asomaba en el oriente la estrella de la mañana.

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