CAPITULO 10.
LA CASA DE EJERCIC1OS.
La esperanza es el mas bello fantasma de la imajinacion: es una
especie de maga que sonrie a todas horas i en todas las situaciones
de la vida. Ella me inspiraba el convencimiento de que hallaría
bien pronto a Rosina i que obtendría el conocimiento de sus
raptores. El mendigo sin duda lo sabía todo i la beata Doña
Lorenza, probable mente, era cómplice del rapto. Las reticencias de
esta, el sentido equívoco de la pregunta que me hizo, sobre si
había hallado yo alguna noticia, la noche que la encontré en la
calle de Santa Jertrúdis, disfrazada con enaguas de cintura, i su
desaparicion a la vez que la de Ricardo, me confirmaban aquellas
suposiciones. El hecho de haber hallado a Ricardo en la casa que la
beata me dijo habitaba, ella, me daba a conocer que entre ellos dos
habia connivencia: sin embargo, esto me confundía el
pensamiento.
Busqué a Otero i refiriéndole lo ocurrido, me ofreció averiguar
por el paradero de esas dos personas, sobre quienes mas
directamente recaían mis sospechas. El libertador de Otero se habia
ausentado de Bogota i este había quedado comprometido a servir en
la casa de una Señora, q vivía por la calle del convento de la
Concepcion. Un dia fué a mi casa i me dijo: que las noches
anteriores habían concurrido a la casa de su Señora, algunas
personas i entre estas dos caballeros, que no conocia, los cuales
entraban siempre embozados i que a estos les habia oído pronunciar
el nombre de Rosina, la noche anterior, al tiempo de salir; que él
no sabía el objeto de esas reuniones, porque desde la seis de la
tarde estaba comisionado para desempeñar el oficio de portero i no
podía abandonar su puesto. Entónces le pregunté:
-¿A qué hora se han reunido?
-A las siete, me contestó.
-¿I han salido?
-A las once o doce.
-¿Sería posible entrar de incógnito?
-No sería imposible, pero bien difícil.
-¿Está U. seguro de que seguirán reuniéndose
-Por lo ménos, sé que esta noche repetirán la reunion.
-Bien, procure U. informarse, le dije, mi querido Otero, si
continúan las tertulias, i avíseme; entre tanto piense, cómo puede
introducirme a ellas, sin que me reconozcan, en caso de que se
repitan.
-Mui bien, asi lo haré. Despues de diez minutos mas de
conversacion, se despidió repitiéndome su oferta.
Al siguiente dia volvió; a tiempo de saludarme noté por su
fisonomía, que alguna cosa favorable me iba a decir: era que habia
formado un plan para introducirme en la casa i me lo proponía, como
el ménos arriesgado. Luego que me informé que la noche anterior se
habia repetido la reunion i que continuarían reuniéndose, me
dijo:
-Si está U. dispuesto a tomar para disfraz un vestido comun, un
vestido de carbonero, creo que puedo introducir a U. en la casa,
sin peligro alguno, a la hora de la reunion,
- ¿Cómo así?
-Vea U: ayer tarde un hombre vendió a la Señora unas cargas de
carbon i me suplicó, que le pidiera a esta licencia para posar la
noche en el zaguan de la casa, manifestando que no tenía posada; a
lo que ella accedió, i en efecto durmió allí.
-Entiendo: aceptado, le dije, de manera que a las siete de la
noche tendrá U. un nuevo carbonero.
-Mui bien, Señor; al llegar le daré una instruccion a fin de que
obtenga U. algun provecho por la molestia.
A las siete i media de la noche me presenté al portero en la
casa indicada: el porton estaba entreabierto i Otero me esperaba
con impaciencia. Me hizo entrar al zaguan i despues que cerró el
porton me dijo:
-Falta todavía jente por venir, es preciso esperar, entre tanto
U. descansará a lo carbonero, sentándose en el suelo; cuando ya se
hallen reunidos todos, puede U. subir, con precaucion, en mi
compañía hasta el punto en donde verá i oirá todo lo que haya.
Poco despues entró alguna jente, Otero la acompañó hasta el pié
de la escalera i volvió a decirme que se acercaba el momento, pues
habian entrado los incógnitos, quienes a su modo de ver eran los
directores, pues que segun las apariencias, aquella reunion era una
especie de academia.
En efecto, pasados como cinco minutos, oímos tocar una
campanilla: dejamos pasar algunos minutos mas i Otero me condujo
hasta el descanso de la escalera espiando ántes, si habia quien
pudiera verme Allí me indicó el punto que podía servirme de
observatorio Era una ventana rasgada, con bastidores de cristal, la
que correspondía al salon de la asamblea. Me instalé pues en aquel
lugar favorecido de la luz de la pieza por la sombra de las
cortinas, i al lado de afuera me protejía la oscuridad de la
noche.
El salon era espacioso i estaba alumbrado por dos lamparas que
despedían una luz vivísima; ácia la cabezera colgaba de la pared un
retablo, en el cual habia un niño Dios hermosísimo, pintado al
óleo; debajo de este se veían tres sillas i delante de estas una
carpeta verde: ocupaba la silla de en medio una Señora i las otras
dos los incógnitos, vestidos con un leviton o saco de color oscuro,
a lo largo del salon habia dos hileras de asientos ocupados por
mujeres, vestidas con trajes negros.
Yo no podía oir, sino de cuando en cuando un murmullo confuso,
pero sí veía que algunas veces levantaban las manos; seguramente en
señal de aprobacion de alguna cosa que se había propuesto. Despues
de una hora alcancé a oír un campanillazo; ya me trataba de
escapar, pensando que terminaba la sesion; pero observé, que
permanecían sentados, i esperé. Entónces ví salir de la recamara,
una jóven hermosa, con un traje azul, cuyo cabello negro como el
ébano, caía hecho rizos, sobre su espalda; sin mas adorno que una
cinta negra puesta al cuello i de la cual estaba pendiente una cruz
de azabache, que hacía realzar la blancura de su pecho. Se dirijió
a la mesa i puesta al frente de la directora, dobló ante ella las
rodillas, haciendo al propio tiempo una notable reverencia. Al
momento llegaron donde ella, cuatro jóvenes, vestidas de blanco,
cubiertas con mantos de tul i ceñidas sus cabezas con guirnaldas de
mirto i azucenas: colocaron un libro dorado sobre la mesa,
arrodillándose en seguida a los lados de la primera: entónces esta
se paró i puso la mano derecha sobre aquel libro, a cuyo tiempo,
todas se pararon. Acto que me parecía ser tan respetable, como el
de un juramento solemne.
En verdad, yo no podía adivinar el objeto de aquella reunion, i
ménos el fin de aquellas ceremonias. Me parecía que estaba viendo
esas hadas seductoras de los palacios encantados, que en la niñéz
describen las madres a sus hijos para divertir su imajinacion,
burlándose del sueño. Me preguntaba interiormente: ¿será la
institucion de un nuevo culto? ¿será una lojia? Yo no podía
comprender, sinó que aquella jóven era una iniciada en los
misterios de una sociedad, teolójica probablemente.
Despues de prestado el juramento ví que la iniciada en compañía
de las cuatro, especie de vestales de que he hecho mension, se
dirijió al otro estremo de la sala en donde al mismo tiempo los dos
incógnitos levantaron dos cortinas, que velaban un solio ocupado
por un hombre de vestido rojo, cuya actitud demostraba que estaba
dormido. La iniciada llevaba en la mano izquierda una guirnalda de
laurel, llevando la derecha en el pecho; al llegar subió como
temblorosa las tres gradas que habia debajo de los piés del que
ocupaba el solio; se acercó i sacando de su seno un ancho puñal lo
clavó en el pecho de aquel hombre dormido, a cuyo golpe
descendieron por las gradas, el asesinado i la agresora, como caen
las espigas al corte de la hoz del segador. El espanto, el horror i
la sorpresa me hicieron lanzar un grito terrible, i en el momento
sentí que me tomó por el brazo una mano, como de hierro, i me
arrastró por la escalera, con tal velocidad, como la del águila
cuando arrebata un polluelo; diciéndome al mismo tiempo una voz
estentórea, aunque ahogada, "Vuela, sino quieres ser víctima."
Antes de un minuto, yo estaba en la calle. El portero mismo fué
quien me arrebató lo conocí a tiempo de llegar al porton, cuando me
dijo-"U. ha sido fascinado, no ha sido sino un ejercicio, despues
sabrá U. lo que realmente es esto; guarde U. reserva i a Dios." Me
echó a la calle i cerró el porton.
La noche, como he dicho, era oscura i la calle estaba tan
silenciosa, que cualquiera que hubiera estado a ocho pasos de
distancia de donde yo me hallaba, habría oído perfectamente las
fuertes palpitaciones de mi corazon. Me figuraba que habia sufrido
una de esas horribles pesadillas que dejan vivo el terror, la duda
i lo que es peor, el resto de la agonía, con evidentes muestras de
una realidad.
Seguí a paso vivo en direccion a mi casa, pensando en las
últimas palabras de Otero: "U. ha sido facinado." Yo advertía que
en apariencia, la jente que se hallaba en aquella sociedad, no
infundía sospechas de criminalidad i aun juzgué que sería esa la
que llevaba el nombre de "Sociedad del Niño Dios." Tanto porque sus
miembros pertenecían al sexo femenino a esepcion de los incógnitos,
como por el cuadro que presidía, i ceremonias que presencié.
Sociedad que realmente existía, que se habia formado como por
encanto contra todas las reglas de la sana moral, en apoyo de los
principios políticos del partido conservador, i que a la verdad no
era otra cosa que una escuela de fanatismo relijioso