INDICE





Introduccion

Reseña histórica

Capítulo 1 - El mendigo

Capítulo 2 - Una visita en palacio

Capítulo 3 - El cuarto de Rosina

Capítulo 4 - Los portales

Capítulo 5 - Una beata

Capítulo 6 - Una amenaza

Capítulo 7 - La prediccion cumplida

Capítulo 8 - Meditacion

Capítulo 9 - Una sorpresa

Capítulo 10 - La casa de los ejercicios

Capítulo 11 - Nuevo apostolado, la iniciada en el templo

Capítulo 12 - La choza de la muerte

Capítulo 13 - El espiritu de asociacion

Capítulo 14 - Un sueño

Capítulo 15 - Las dos cartas

Capítulo 16 - Los dos embozados

Capítulo 17 - Descubrimiento

Capítulo 18 - El sabio magnetizador

Capítulo 19 - La cartera

Capítulo 20 - El 10 de marzo

Capítulo 21 - Causa célebre - Russi ante el Jurado

Capítulo 22 - Preliminares de rebelion

Capítulo 23 - Rosina o Clodomira

Capítulo 24 - El refinamiento de la crueldad

Capítulo 25 - La revolucion

Capítulo 26 - Ricardo el sepulturero o el loco sentimental
CAPITULO 10.

 

LA CASA DE EJERCIC1OS.

 

La esperanza es el mas bello fantasma de la imajinacion: es una especie de maga que sonrie a todas horas i en todas las situaciones de la vida. Ella me inspiraba el convencimiento de que hallaría bien pronto a Rosina i que obtendría el conocimiento de sus raptores. El mendigo sin duda lo sabía todo i la beata Doña Lorenza, probable mente, era cómplice del rapto. Las reticencias de esta, el sentido equívoco de la pregunta que me hizo, sobre si había hallado yo alguna noticia, la noche que la encontré en la calle de Santa Jertrúdis, disfrazada con enaguas de cintura, i su desaparicion a la vez que la de Ricardo, me confirmaban aquellas suposiciones. El hecho de haber hallado a Ricardo en la casa que la beata me dijo habitaba, ella, me daba a conocer que entre ellos dos habia connivencia: sin embargo, esto me confundía el pensamiento.

Busqué a Otero i refiriéndole lo ocurrido, me ofreció averiguar por el paradero de esas dos personas, sobre quienes mas directamente recaían mis sospechas. El libertador de Otero se habia ausentado de Bogota i este había quedado comprometido a servir en la casa de una Señora, q vivía por la calle del convento de la Concepcion. Un dia fué a mi casa i me dijo: que las noches anteriores habían concurrido a la casa de su Señora, algunas personas i entre estas dos caballeros, que no conocia, los cuales entraban siempre embozados i que a estos les habia oído pronunciar el nombre de Rosina, la noche anterior, al tiempo de salir; que él no sabía el objeto de esas reuniones, porque desde la seis de la tarde estaba comisionado para desempeñar el oficio de portero i no podía abandonar su puesto. Entónces le pregunté:

-¿A qué hora se han reunido?

-A las siete, me contestó.

-¿I han salido?

-A las once o doce.

-¿Sería posible entrar de incógnito?

-No sería imposible, pero bien difícil.

-¿Está U. seguro de que seguirán reuniéndose

-Por lo ménos, sé que esta noche repetirán la reunion.

-Bien, procure U. informarse, le dije, mi querido Otero, si continúan las tertulias, i avíseme; entre tanto piense, cómo puede introducirme a ellas, sin que me reconozcan, en caso de que se repitan.

-Mui bien, asi lo haré. Despues de diez minutos mas de conversacion, se despidió repitiéndome su oferta.

Al siguiente dia volvió; a tiempo de saludarme noté por su fisonomía, que alguna cosa favorable me iba a decir: era que habia formado un plan para introducirme en la casa i me lo proponía, como el ménos arriesgado. Luego que me informé que la noche anterior se habia repetido la reunion i que continuarían reuniéndose, me dijo:

-Si está U. dispuesto a tomar para disfraz un vestido comun, un vestido de carbonero, creo que puedo introducir a U. en la casa, sin peligro alguno, a la hora de la reunion,

- ¿Cómo así?

-Vea U: ayer tarde un hombre vendió a la Señora unas cargas de carbon i me suplicó, que le pidiera a esta licencia para posar la noche en el zaguan de la casa, manifestando que no tenía posada; a lo que ella accedió, i en efecto durmió allí.

-Entiendo: aceptado, le dije, de manera que a las siete de la noche tendrá U. un nuevo carbonero.

-Mui bien, Señor; al llegar le daré una instruccion a fin de que obtenga U. algun provecho por la molestia.

A las siete i media de la noche me presenté al portero en la casa indicada: el porton estaba entreabierto i Otero me esperaba con impaciencia. Me hizo entrar al zaguan i despues que cerró el porton me dijo:

-Falta todavía jente por venir, es preciso esperar, entre tanto U. descansará a lo carbonero, sentándose en el suelo; cuando ya se hallen reunidos todos, puede U. subir, con precaucion, en mi compañía hasta el punto en donde verá i oirá todo lo que haya.

Poco despues entró alguna jente, Otero la acompañó hasta el pié de la escalera i volvió a decirme que se acercaba el momento, pues habian entrado los incógnitos, quienes a su modo de ver eran los directores, pues que segun las apariencias, aquella reunion era una especie de academia.

En efecto, pasados como cinco minutos, oímos tocar una campanilla: dejamos pasar algunos minutos mas i Otero me condujo hasta el descanso de la escalera espiando ántes, si habia quien pudiera verme Allí me indicó el punto que podía servirme de observatorio Era una ventana rasgada, con bastidores de cristal, la que correspondía al salon de la asamblea. Me instalé pues en aquel lugar favorecido de la luz de la pieza por la sombra de las cortinas, i al lado de afuera me protejía la oscuridad de la noche.

El salon era espacioso i estaba alumbrado por dos lamparas que despedían una luz vivísima; ácia la cabezera colgaba de la pared un retablo, en el cual habia un niño Dios hermosísimo, pintado al óleo; debajo de este se veían tres sillas i delante de estas una carpeta verde: ocupaba la silla de en medio una Señora i las otras dos los incógnitos, vestidos con un leviton o saco de color oscuro, a lo largo del salon habia dos hileras de asientos ocupados por mujeres, vestidas con trajes negros.

Yo no podía oir, sino de cuando en cuando un murmullo confuso, pero sí veía que algunas veces levantaban las manos; seguramente en señal de aprobacion de alguna cosa que se había propuesto. Despues de una hora alcancé a oír un campanillazo; ya me trataba de escapar, pensando que terminaba la sesion; pero observé, que permanecían sentados, i esperé. Entónces ví salir de la recamara, una jóven hermosa, con un traje azul, cuyo cabello negro como el ébano, caía hecho rizos, sobre su espalda; sin mas adorno que una cinta negra puesta al cuello i de la cual estaba pendiente una cruz de azabache, que hacía realzar la blancura de su pecho. Se dirijió a la mesa i puesta al frente de la directora, dobló ante ella las rodillas, haciendo al propio tiempo una notable reverencia. Al momento llegaron donde ella, cuatro jóvenes, vestidas de blanco, cubiertas con mantos de tul i ceñidas sus cabezas con guirnaldas de mirto i azucenas: colocaron un libro dorado sobre la mesa, arrodillándose en seguida a los lados de la primera: entónces esta se paró i puso la mano derecha sobre aquel libro, a cuyo tiempo, todas se pararon. Acto que me parecía ser tan respetable, como el de un juramento solemne.

En verdad, yo no podía adivinar el objeto de aquella reunion, i ménos el fin de aquellas ceremonias. Me parecía que estaba viendo esas hadas seductoras de los palacios encantados, que en la niñéz describen las madres a sus hijos para divertir su imajinacion, burlándose del sueño. Me preguntaba interiormente: ¿será la institucion de un nuevo culto? ¿será una lojia? Yo no podía comprender, sinó que aquella jóven era una iniciada en los misterios de una sociedad, teolójica probablemente.

Despues de prestado el juramento ví que la iniciada en compañía de las cuatro, especie de vestales de que he hecho mension, se dirijió al otro estremo de la sala en donde al mismo tiempo los dos incógnitos levantaron dos cortinas, que velaban un solio ocupado por un hombre de vestido rojo, cuya actitud demostraba que estaba dormido. La iniciada llevaba en la mano izquierda una guirnalda de laurel, llevando la derecha en el pecho; al llegar subió como temblorosa las tres gradas que habia debajo de los piés del que ocupaba el solio; se acercó i sacando de su seno un ancho puñal lo clavó en el pecho de aquel hombre dormido, a cuyo golpe descendieron por las gradas, el asesinado i la agresora, como caen las espigas al corte de la hoz del segador. El espanto, el horror i la sorpresa me hicieron lanzar un grito terrible, i en el momento sentí que me tomó por el brazo una mano, como de hierro, i me arrastró por la escalera, con tal velocidad, como la del águila cuando arrebata un polluelo; diciéndome al mismo tiempo una voz estentórea, aunque ahogada, "Vuela, sino quieres ser víctima." Antes de un minuto, yo estaba en la calle. El portero mismo fué quien me arrebató lo conocí a tiempo de llegar al porton, cuando me dijo-"U. ha sido fascinado, no ha sido sino un ejercicio, despues sabrá U. lo que realmente es esto; guarde U. reserva i a Dios." Me echó a la calle i cerró el porton.

La noche, como he dicho, era oscura i la calle estaba tan silenciosa, que cualquiera que hubiera estado a ocho pasos de distancia de donde yo me hallaba, habría oído perfectamente las fuertes palpitaciones de mi corazon. Me figuraba que habia sufrido una de esas horribles pesadillas que dejan vivo el terror, la duda i lo que es peor, el resto de la agonía, con evidentes muestras de una realidad.

Seguí a paso vivo en direccion a mi casa, pensando en las últimas palabras de Otero: "U. ha sido facinado." Yo advertía que en apariencia, la jente que se hallaba en aquella sociedad, no infundía sospechas de criminalidad i aun juzgué que sería esa la que llevaba el nombre de "Sociedad del Niño Dios." Tanto porque sus miembros pertenecían al sexo femenino a esepcion de los incógnitos, como por el cuadro que presidía, i ceremonias que presencié. Sociedad que realmente existía, que se habia formado como por encanto contra todas las reglas de la sana moral, en apoyo de los principios políticos del partido conservador, i que a la verdad no era otra cosa que una escuela de fanatismo relijioso

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