CAPITULO 9
UNA SORPRESA
Asomaba el sol su esplendoroso disco por la cima del alto
Monserrate i de la ciudad i la llanura se levantaba el trasparente
velo de niebla, formado por los vapores del rocío. Los campanarios
de todos los templos, daban la señal de la misa, que en cada uno de
ellos debia celebrarse, i la mayor parte de la jente de la
poblacion empezaba a salir de su morada. Eran las siete de la
mañana i yo iba en direccion de la calle de Curazao, con el objeto
de buscar la casa de Doña Lorenza; era interesante para mí una
entrevista con esa mujer misteriosa. Observé, estando ya en aquella
calle, en cuál de los portones se hallaba ese Jesus pintado de que
me habló, como seña de la casa en que habitaba, i efectivamente
hallé sobre el porton interior del zaguan de una mala casa, un
círculo en cuyo centro amarillo habia un Jesus en letras de molde.
Noté que habia sobre el porton la punta del cordon de una
campanillas i en vez de golpear, tiré ese cordon: inmediatamente se
abrió la puerta i lo primero que se presentó a mi vista, fué el
mendigo Ricardo, forrando con paño negro un ataud. Mi sorpresa fué
quizá igual a la suya; en el momento se levantó esclamando:
- ¡Señor! ¿Es posible?
-Si, Ricardo, nada debes estrañar ¿Doña Lorenza?
-Señor, no conozco aquí mujer de ese nombre, ¿Trinidad dirá
U.?
-Si, es verdad, me habia equivocado ¿en donde está?
Quise manifestar que me habia equivocado en el nombre para no
infundirle sospechas. ¿En dónde está? le repetí.
-Ha salido mui temprano, me contestó.
-¡Oh! ella me habia asegurado que a esta hora la hallaría
aquí.
-¿Ella? ¿cómo? ¡tal vez……!
-Efectivamente hai hechos que parecen inesplicables, pero que a
poco que se medite se halla la solucion que se busca. Dejemos esto
para despues i dime ¿no me reconoces?
-Estraña es la pregunta, nunca olvido los favores i solamente el
destino o la fatalidad me ha impedido volver donde U. ¿No advierte
que estoi aniquilado? pues no soi libre, mi condicion es aun peor
que la de mendigo, que era la mía cuando conocí al ánjel que U.
tenía bajo su proteccion.
- ¡Hombre! Dime……sabes......?
-Señor dispénseme U. que le interrumpa; es indispensable hablar
paso, pues aunque estoi ahora solo, hai que desconfiar siempre. Sin
duda U. estrañaría que no hubiera vuelto a donde U.; pero esto me
ha sido imposible de todo punto, sin grandes riesgos; repito que no
he tenido libertad: desde la noche que prometí ponerme en acecho de
los dos embozados, para informar a U. de lo que trataran, fuí
aprisionado......
-¿Cómo?
-Eran las nueve de la noche, yo ocupaba el rincon de los
portales, la oscuridad me protejía de la vista de los que pasaban
por allí. A esa hora llegó un hombre i se paró cerca de una de las
columnas que sostienen el edificio; poco despues llego otro i
empezaron a tratar de uno de esos complots infernales, que
solamente el demonio de la avaricia puede inspirar a los jenios del
mal. Yo estaba atento i sorprendido, ellos creían estar solos, como
nosotros aquí. La ambicion les sujería proyectos inicuos, contaban
con elementos para llevarlos al cabo. Oí perfectamente todo, pues
se acercaban al lugar en donde yo me hallaba sentado, sin duda con
el objeto de sustraerse a las miradas de los que pasaban. Hacía mas
de una hora que conferenciaban, cuando al volver el cuerpo uno de
ellos, tropezó en mi hombro la punta de la espada que ceñía: al
momento volvió de frente a reconocer el objeto estraño con que
habia tropezado i me descubrió. "¿Quién está aquí?" preguntó, i le
contesté inadvertidamente, cuando pude haber finjido que estaba
dormido: respondí que era un pobre que pasaba allí las noches. Se
hablaron al oído i en seguida me dijeron que siguiera con ellos,
que iban a darme un cuarto donde podía dormir con alguna comodidad.
Yo les manifesté mi reconocimiento por su oferta i me escusé de
seguirlos: entónces me ordenaron con imperio que los siguiera,
haciéndome al mismo tiempo amenazas terribles. Por un instante
pensé en resistir, pero luego juzgué que convendría mas obedecer;
seguí con ellos i al llegar a uno de los arrabales de la ciudad, me
vendaron los ojos i me tomaron de la mano, previniéndome que si
hablaba una palabra me pasarían con la espada. Me hicieron caminar
mas de ochocientos pasos, que tuve el cuidado de contar, despues de
los cuales me quitaron la venda i advertí que estaba en una casa i
dentro de una pieza mal alumbrada, que tenia el aspecto de un
calabozo. Desde entónces……
Iba en esta parte de la narracion cuando se oyó un ruido confuso
ácia la parte interior del edificio: suspendió el relato
diciéndome:
-Espere U. un momento, quizá he tenido una inadvertencia. Espere
U. i entró por un pasadizo dejándome en aquel corredor.
-Entre tanto observaba yo la casa en que estaba, era tan baja,
tan ahumada i tan oscura, que infundía mas que tristeza, fundados
temores; habia en ella semejanzas notables, con esas cuevas
subterráneas de los famosos criminales, que nos han descrito los
novelistas parisienses: no sabía qué creer, ni como debia obrar en
aquella situacion; me figuraba que habian de asaltarme a la luz del
dia, i a la verdad ningun inconveniente se presentaba, pues aun el
porton se ajustó por sí solo a mi entrada.
Despues de diez minutos de estar esperando la vuelta de Ricardo,
me asomé al pasadizo por donde él entró, i al lado izquierdo habia
una especie de cuarto oscuro, en donde ví otros dos ataudes
forrados, lo que me hizo juzgar que el oficio de la jente que vivía
en aquella casa horrible, seria el de aderezar féretros. Llamé una,
dos i tres veces, pero reinaba un silencio profundo: toqué
fuertemente en la segunda puerta del pasadizo i nadie respondía;
empujé i estaba cerrada como con llave. Esperé todavía diez minutos
mas inútilmente; resolví salir, i al volver la espalda, oí la
detonacion de una pistola, ácia el interior; apresuré el paso, tomé
el porton que abrí con dificultad, porque tenía un muelle que lo
ajustaba fuertemente; i no habría dado con este, sino hubiera visto
que el cordon de la Lampariilla estaba adherido al boton que lo
hacia saltar.
Gané pues la calle i el primer pensamiento que tuve al salir del
zaguan, fué el de dar parte a la policía sobre mis sospechas,
respecto de las personas que habitaban aquella casa; porque, segun
mis observaciones i la apariencia de ella, era de juzgarse que
podía ser una guarida de malhechores. En efecto, me dirijí a la
oficina de la Gobernacion; luego que llegué me informaron que el
Gobernador no se hallaba en el despacho, sino de las diez de la
mañana para adelante. Volví a dicha hora i me dijo uno de los
empleados, que yo no podía hablar al Gobernador, sino de las doce a
la una del dia, que era la hora señalada para audiencia a los
particulares. Esperé, pues, i al toque de las doce me dirijí por
tercera vez al despacho de gobierno: entré a la pieza de la
secretaría i pregunté si ya podría entrar a ver al Gobernador i se
me contestó que estaba ocupado, que habia dentro jente i que la
puerta de su despacho estaba cerrada; que si queria esperara. ¿Qué
habia de hacer? esperar: El reloj dió la una i yo esperaba;
entonces se me acercó un oficial de estos de pluma i me dijo: " ya
no puede ver U. al Gobernador hasta mañana, porque ha pasado la
hora de audiencia: vea U. el aviso que está fijado en la puerta de
su despacho." ¿Como haré? le dije; es un asunto
importante.-"Esperar a mañana," me respondió. Oh! este el "vuelva
U. mañana" español criticado con justicia por un gracioso escritor.
Dí una vuelta a la izquierda i tomé la escalera, resuelto a tener
la paciencia de esperar; virtud o requisito indispensable a todo
desgraciado que tenga que entenderse con el que llaman
Gobierno.
Al dia siguiente estuve ántes de las doce en la puerta del
despacho de la Gobernacion i tuve la felicidad que pocos consiguen,
la de ver al señor Gobernador sin guardar antesala. Le manifesté
las sospechas que me habla infundido la casa donde hallé al mendigo
i le exijí que en uso de sus facultades diera órden para que los
ajentes de la policía allanaran esa que me parecía guarida de
ladrones. Por toda contestacion me dijo: -vea U. al jefe de
policía.
Me despedi del señor Gobernador dándole las gracias por haberme
despachado tan pronto. En seguida busqué al jefe de policía, le
hallé despues de tres dias de hacer activas dilijencias: le referí
lo ocurrido i me dijo con mucha flema:
-Para allanar esa casa debe U. ocurrir a la Gobernacion i pedir
que se espida una órden al efecto.
-Si, señor, he dado ya ese paso i el señor Gobernador me indicó
que debia ver a U. para ello.
-Yo no puedo sin órden de la autoridad proceder al allanamiento;
sin embargo espere U. a mañana i lo consultaré.
-Pero, creo que el tiempo corre i acaso cuando se vaya a
practicar esa dilijencia, quizá se hayan escapado esas jentes.
-Tanto mejor, pues se evita la pérdida de tiempo que nos
proporcionarían.
-De manera que U. no procede sin dicha órden?
-No señor.
Me despedí espresándole mi reconocimiento por tan categórica
respuesta. Por una casualidad me encontré en la calle con el
Gobernador, i me preguntó qué resultado había obtenido del
allanamiento de la casa i le contesté que acababa de salir de donde
el jefe de policía i le referí lo que él me habla dicho:
- ¡Oh! dijo, en esta tierra todo marcha así: vaya U. mañana a mi
despacho i será servido.
-Gracias, le dije, estoi sumamente reconocido.
-Mui bien, mui bien, me repitió, apretándome la mano i continuó
su marcha majestuosa.
Todavía tuve la paciencia o la simpleza de ir al día siguiente
donde aquel atentísimo funcionario público i al entrar a la
Secretaría me dijo el portero: «Si busca U. al señor Gobernador,
puede U. volver mañana porque está encerrado, evacuando unas
dilijencias urjentes i ha dado órden para que no se deje entrar a
persona alguna.
Salí de allí un poco amostazado, dando al diablo el llamado
Gobierno político: habian pasado seis días i no habia podido
obtener una sencilla órden, a pesar de la urjencia con que la había
solicitado. Determiné escojitar otro medio de examinar quienes
habitaban aquella casa i lo que hubiera dentro de ella.
A los ocho días completos i contados desde aquel en que hallé a
Ricardo, iba yo con cuatro personas mas i a usanza de nuestros
relijionarios; con direccion a la calle de Curazao: es decir que
íbamos armados a la turca, con pistolas i daga al cinto, pero
ocultas bajo nuestras capas táles armas. Había pensado introducirme
en aquella casa sospechosa, con el pretesto de que éramos
comisionados para formar el padron; así podiamos averiguar quienes
vivian en ella i ademas observaríamos, disimuladamente, lo que en
ella hubiera, entrando sin ceremonia a todas las habitaciones.
Llegamos i vimos que el porton que daba a la calle estaba
cerrado, golpeamos en él i nadie contestó: pasamos a la casa
contigua a preguntar quien habitaba aquella casa i nos informaron,
que nadie, que estaba vacía desde unos ocho dias; í Entonces,
comprendí que las personas que la habian ocupado, seguramente
habían sospechado una pesquisa i el mismo día que yo estuve en ella
se escaparon de allí. Hice cuanto estuvo a mi alcance para
averiguar quien o quienes la habian ocupado i no pude obtener otro
informe que el del dueño de ella, quien me dijo, que un hombre a
quien no conocía, se la había pedido en arrendamiento unos meses
ántes, i que le habia mandado las llaves i el valor del
arrendamiento haría unos ocho o diez dias.