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JUAN C. TOBON.
 

 

Á MANUEL ACUÑA.

LIRA de hondos gemidos,

De amargos y cruelísimos reproches,

Suave como los ecos adormidos

Que vagan silenciosos y perdidos

En las tinieblas de enlutadas noches;

Arpa de melancólicos acentos,

Por la musa de un mártir inspirada,

En cuya mente alada

Germinaron tan grandes pensamientos;

 

Era imposible, arcángel, que vivieras

En un mundo prosaico y miserable,

Tú, poseedor del mundo de la idea,

Sacerdote del templo incontrastable

Donde se rinde culto á la Madona

Que la belleza y el amor pregona

En la lengua divina inimitable

Del olímpico Dios que hoy te corona.

¿ Permitirás á mi laud profano

Alzar un himno á tu inmortal memoria,

Tú que asombraste al ángel de la gloria

Y fuiste de las musas noble hermano ?

Si albergaba tu rica fantasía,

Tanto caudal de luz y poesía,

Fuente inmortal de amor y sentimiento;

Si ese nido de flores y armonía

Meció tu poderoso pensamiento !

Yo bien lo sé : tu espíritu fecundo

Se colmó de celeste nostalgia,

Tu espíritu dantesco no cabía

En los estrechos límites del mundo.

Y por eso rompiste el frágil vaso

En que lloraba tu alma prisionera,

Con la intuición sagrada

Del que no hallando en este mundo nada

Que alimente su espíritu fecundo,

Suspira por la luz de un nuevo mundo,

Por su patria que sueña abandonada.

 

Corta fué tu carrera:

Por este valle de amargura y llanto

Cruzaste como alondra mensajera,

Poblando nuestra esfera

Con las sublimes notas de tu canto.

 

La tierra mejicana,

Patria de Libertad, meció tu cuna

Bajo el cendal de límpida mañana ;

Al beso de las auras de ese suelo

De amor, de luz, perfumes y armonía,

Tu ardiente y rica inspiración abría

Sus alas de condor volando al Cielo;

Y cuando apenas tu arpa vibradora

Los misterios del mundo traducía

Con notas inmortales,

Soplaron sobre ti los vendabales

De la desgracia impía,

Que persigue las liras virginales.

Herido por el rayo

De un súbito dolor tu pecho noble,

Púdica y delicada flor de mayo,

Te doblaste en tristísmo desmayo

Al recibir el ósculo sangriento

Que la muerte te diera,

Divina y redentora mensajera,

Que á otros mundos llevó tu pensamiento,

Tus visiones de luz, tu sentimiento,

Tu arpa soñadora y hechicera.

 

Muy bien estás allá : la golondrina

Cuando llegan las nieblas otoñales,

A otro suelo más grato se encamina,

Donde soplen los céfiros vernales

Y esté verde el ramaje de la encina;

Así el poeta, arcángel desterrado,

En un mundo raquítico suspira

Por volver á templar su ardiente lira

En el mundo de luz abandonado,

Donde el calor fecundo

De un astro de pureza inextinguible,

Pueda su corazón noble y sensible

Olvidar el invierno de este mundo.

 

¡ Feliz quien ha pasado

Por las olas amargas de esta vida,

Con el valor estóico del cruzado,

Sin tomar parte en el venal mercado

De esta raza rüín y corrompida !

Y tú pasaste así: tu lira ardiente

Fué el remo que empuñaste

Cuando 'intrépido nauta' te lanzaste

Sobre las olas de este mar hirviente.

 

Las alas de tu ardiente fantasía

Manchaba el lodo de este mundo necio:

Por eso los raudales de armonía

Que tu lira inmortal nos ofrecía,

 

Llevaban la cicuta del desprecio

Para un mundo que no te merecía.

 

Perdón, poeta, al bárbaro que quiso,

Con ronca voz y empobrecido acento,

Alzar una plegaria

Sobre la tumba muda y solitaria

Donde tu roto corazón reposa,

Aguila audaz del mundo americano,

Al arrullo de brisas musicales

Que cantan del poeta la elegía,

Al mortecino albor de luna umbría

Y al silencio de noches estivales.

 

Yo sé que no estás muerto : cada nota

Que se arrancó de tu gallarda lira,

Sobre las perlas del torrente flota,

Sobre las alas de los vientos gira;

Modula entre las flores

Y titila en el rayo de la estrella,

Anida en la garganta del sinsonte,

Vive en la cresta del andino monte,

Y en la luz del relámpago destella;

Murmura con las almas soñadoras

Plegarias de infinita melodía,

Rueda en el manto de la noche fría,

Y tiembla en el carmín de las auroras.

 

¡ Adiós! ¡ Adiós! cantor incomparable,

Lira de arcángel, corazón de atleta.

Calle ante ti la lira miserable

Que no distingue el barro deleznable

Del corazón alado del Poeta !

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