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RAFAEL TAMAYO.
 

 

EL TRABAJO.

MIRAD la augusta selva: el éter puro

Con sus ramajes seculares hiende

Y de su fondo en el recinto oscuro

La enredadera su follaje extiende.

Bajo los densos toldos de verdura

Rueda sus turbias ondas fragoroso,

Rompiéndose al correr contra las peñas,

Indómito torrente, y hondas breñas

En sus lóbregos antros lo reciben ;

 

Y en medio la espesura,

Sin trabas, ni señor, ni leyes viven

Los salvajes monarcas de los bosques,

Del rey de la natura

Temidos por su fuerza y su bravura.

No penetran del sol los limpios rayos

El tupido dosel; y eterna sombra

La flor envuelve que con tintes gayos

No alza arrogante su corola al cielo,

Y mustia y sin olor se inclina al suelo

Que cubre espesa, enmarañada alfombra.

 

Hora mirad : al golpe del acero

Los centenarios troncos se estremecen

Y el campo cubren con su inmensa mole;

El tigre carnicero

Huye al mirar por extranjera planta

Su misterioso asilo profanado;

El sol que en el Oriente se levanta,

Sobre la parda alfombra brilla puro;

Las sombras dejan el recinto oscuro;

Y la antes mustia frente,

Del astro rey al cariñoso rayo

Yergue la flor que del festivo Mayo

Al amoroso ambiente

Al aire libre se desvuelve y crece,

Y el aura inquieta sus estambres mece.

 

La labor de las hachas viene luégo

El devorante fuego

Activo á completar: al cielo sube

 

De humo espeso vagarosa nube;

Centellas lanza el abrasado tronco,

Antes columna de la selva oscura;

Y en la feraz llanura,

Que en la extensión abierta se dilata,

Se ve rodar el mugidor torrente,

En cuyas crespas ondas se retrata

 

Del vivo sol el rayo refulgente

Y de la luna el resplandor de plata.

Después vendrá el arado, las entrañas

De la tierra á romper: leves cabañas

Al aire elevarán su frágil techo;

Y en los estivos meses

Con gentil susurrar, el vago viento

En blando juego doblará las mieses.

El rápido torrente sus furores

Y su vital aliento

Al hombre rendirá, y en su camino

Hará girar la rueda del molino,

O regará la tierra en los calores

Del sufocante, agobiador verano.

Del labrador la encallecida mano

Los frutos cogerá, que en los racimos,

Cual justo galardón de sus sudores,

Le brindará naturaleza opimos;

Y á la ambición y á la codicia agena

Su quieta vida correrá serena,

Como callada fuente entre las flores.

 

¿ A quien prodigio tál, á quien se debe

Tan benéfico cambio? ¿ Los portentos

 

Quién realizó de transformar la selva

En campo cultivado, cuyas galas

Con cariñosas alas

En trémulo vaivén doblan los vientos?

El genio del Trabajo : su alto influjo

En provechosos dones cambia el lujo

Con que vistió la próvida natura

La secular montaña;

El Trabajo, potencia que encadena

Las fuerzas de los libres elementos;

Que cambia la llanura

En alegres y ricas heredades;

La selva de los siglos respetada

En bulliciosos pueblos y ciudades,

Y en risueños y plácidos recintos

Sus misteriosos, densos laberintos.

 

Nada en el mundo á su poder resiste,

Nada á su empuje colosal : él viste

De edificios flotantes

Del vasto mar las procelosas ondas;

Y de flores fragantes

La campiña feraz y espigas blondas;

Y hienden á su esfuerzo

Las aéreas regiones del espacio,

Con agudas almenas el palacio,

Y con sus techos de livianas cañas

Del labrador sencillo las cabañas.

 

Monstruos formó que la ancha faz del mundo

Veloces surcan con potente aliento,

 

Y que alígeros más que el raudo viento

A impulso del vapor llevan doquiera

Los variados productos con que inunda

Activa industria la terrena esfera.

Una mano fecunda

Que millares de copias produjera

Del fugaz pensamiento el alma quiso,

De ansia noble de elevar su vuelo

Y de su imperio dilatar sedienta:

Y el Trabajo tenaz creó la imprenta.

 

Rasga el Trabajo con divina antorcha

Las densas nieblas de la mente humana,

Y con las nobles dotes del ingenio

Benigno la engalana,

Y la hace de las ciencias y las artes

Egregia soberana.

El de Colón el poderoso genio

impulsó á que trazara en blanca estela

Con la quilla de frágil caravela

De la ignorada América el camino,

Sobre el cristal enantes no empañado

De misteriosos mares;

Y dióle la constancia,

Para lanzarse tras ignota zona,

Por móviles, aliento y osadía,

Por alas, rizos de flotante lona;

Y por premio á su esfuerzo y gallardía

Y sin igual victoria,

Le discernió la Historia

De bienhechor del mundo la corona.

 

Calma el Trabajo el angustioso llanto

Con que la faz del hombre artera inunda

La desgracia cruel, y en las heridas

Del roto corazón bálsamo santo

Derrámale propicia

Con blanda mano la labor fecunda.

La sudorosa frente

Que á su yugo se rinde, no se abate:

No ; que antes bien altiva se levanta,

Y sobre ella el letargo

O el fastidio indolente

Nunca sus alas perezosas bate.

A la insegura planta

Que en la insidiosa senda de los vicios

Llega á posarse con potente mano

Benéfico el Trabajo la desvía;

Y á la región de la virtud excelsa,

Do brilla puro de verdad el día,

Lleva al mortal que en su poder confía.

 

Fácil conquista al ambicioso ofrece

La postrada nación que en la indolencia

Y en ocio blando y en miseria yace,

Y fácil presa de sus hijos hace

El despotismo audaz; no á sus furores

En cambio cede quien el fuerte brazo

Acostumbró desde la tierna infancia

Del obrador ó el campo á las labores;

No, que jamás el ominoso yugo

De extranjera legión la altiva frente,

Do brilla de los bravos la arrogancia,

 

Cobarde rendirá: arde en su mente

De libertad la sacrosanta llama,

Y altanero señor en la impotencia

Se verá de abatir su independencia

Y de apagar el fuego

Que su alto pecho poderoso inflama.

 

¡Oh Santa Providencia !

Tú, que colmas de encanto y de alegría

Cuanto creó tu bondadosa mano,

Y das al claro día

Su mágico esplendor, al oceano

Sus turbias ondas, misterioso arcano

Al corazón del hombre, y del destino

Llevaderos hicíste

El amargo pesar y la agonía,

Cuando la sabia ley nos impusiste

Del bienhechor Trabajo, que la vida

De almo consuelo y de esperanzas llena,

Haz á la patria mía

En alas del Trabajo á las regiones

Del progreso volar : sus altos dones

Prenda de paz y venturanza sean.

Caigan también sus gratas bendiciones

Sobre mi humilde frente;

Luzca en ella el sudor con que á los buenos

Ganar mandáste el terrenal sustento;

En incesante brío

Haz que jamás desmaye, ni indolente

Ante el cansancio ceje el brazo mío;

Y cuando llegue para mí el momento

 

De recibir el eternal salario,

Grabe una mano amiga

En la sencilla losa

Que cubra mi sepulcro solitario,

Una inscripción que al caminante diga:

Al fin aquí de su labor reposa;

Cumplió en el mundo su mortal tarea:

Blanda la tierra á sus cenizas sea.

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