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MIGUEL MEDINA DELGADO.
 

 

A LA MEMORIA DE FRANCISCO J. DE CALDAS.-EN EL CEMENTERIO.
 

 

A LA MEMORIA DE FRANCISCO J. DE CALDAS. 

DEL Asia las planicies abrasadas

A trechos corta gigantesco monte,

Cuyas cimas, de nieve coronadas,

Dominan el vastísimo horizonte.

 

Audaz se eleva á prodigiosa altura;

Y en la región que con su sombra abarca

Derrama la abundancia y la frescura,

Y es el término, el puerto y el monarca.

 

Del ecuador entre la zona ardiente,

Hijas quizá de lluvias trópicales,

Una con otra límpida corriente

Enredan sus magníficos raudales.

 

Acrecen en belleza y poderío,

Rodando siempre, sin hallar reposo,

Y marchan á perderse en otro río

Más ancho, más profundo y más hermoso.

 

Así en la humanidad: un hombre acaso

Se adelanta á su edad ; el velo, roto,

No existe para él ; y en solo un paso

La ciencia abarca del futuro ignoto.

 

Es como el monte (le argentada frente

Que el horizonte al caminante cierra;

Es corno el río de veloz corriente

Que en amplias zonas dividió la tierra.

 

Límite natural de dos edades,

Es prólogo, y epílogo, y resumen

Es faro de inextintas claridades

Que ni los tiempos ni el error consumen.

 

Los hombres portentosos son guirnaldas

Con que Dios á los siglos galardona:

Los Alfonsos, Copérnicos y Caldas

Son de la humanidad cetro y corona.

 

Caldas l orgullo de la Patria mía,

Pirámide robusta, magna estrella,

Tú, como el regio luminar del día,

Dejáste viva y majestuosa huella !

 

Llevando por auxilio el sentimiento,

Sin ambición de mundanal renombre,

Cavando en tu profundo pensamiento

La ciencia halláste que enaltece al hombre.

 

En medio de florestas intrincadas,

Entre angustias, zozobras y dolores,

Pasaste tus mejores alboradas

Buscando plantas, recogiendo flores.

 

Tú sorprendiste incógnitas, secretas

Leyes eternas que á natura rigen;

En su órbita seguiste á los planetas

Y te abismáste en su divino origen.

 

Como detiene al águila en su vuelo

La poderosa voz de los volcanes,

Así la guerra en tu nativo suelo

Suspendió tus pacíficos afanes.

 

-Guerra ! clamaba el Magdalena undoso,

Y - guerra ! repetía el Chimborazo;

Y á la guerra ofreciste tu reposo,

Tu ciencia, tus virtudes y tu brazo.

 

Lidiaste por tu Patria como bueno,

Sin esquivar la dolorosa ofrenda;

Y ejemplos diste de valor sereno

Hasta caer en la mortal contienda.

 

La Madre España, en cuya historia bella

Quisieran arrojar hediondo jugo,

No fué la victimaria...; También ella

Ha maldecido á tu feroz verdugo!

 

De libertad el árbol agitado

Tu sangre fecundó, como fecunda

En la seca estación el mustio prado

El cándido arroyuelo que lo inunda.

 

Así, tu nombre, contra el tiempo, fuerte,

Con vibración universal retumba;

No lo encerró, como á tu cuerpo inerte,

La piedra silenciosa de la tumba!

 

Sin manchas ni pasiones, en tu agravio

Ninguno puede recordar tu vida;

Y como sabio te proclama el sabio,

Sabio también el Pueblo te apellida.

 

¡ Honor á aquel que con su ejemplo blando

Condena nuestros hondos extravíos !

¡ Gloria á aquel cuyo nombre venerando

Pronuncio apenas en los versos míos!

 

¡ Gloria al genio inmortal! Su imagen sea

Iris de paz que en nuestra senda luzca;

Y su memoria, la encendida tea

Que al templo de la ciencia nos conduzca !

 

EN EL CEMENTERIO. 

-¿PARA quién, sepulturero,

Estás cavando la huesa

Bajo del sauce sombrío?

-¿ Para quién ?... ¡ Para el que venga !...

 

-Tú, camarero de muertos,

Trasegador de osamentas,

No conoces á tu huésped

Y le preparas vivienda,

 

Corno esposo enamorado

Que aguarda á su compañera !

Tu previsión espantosa

Ni te engaña ni te aterra,

Porque vives con la Muerte

Y la Muerte te sustenta.

Los pliegues de tu semblante

A las miradas revelan

Del sueño de los sepulcros

Las pavorosas leyendas.

Ese polvo que en tus manos

Deja la ruda faena,

Ese polvo que sacudes

Con glacial indiferencia,

Formó tal vez de una hermosa

La codiciada belleza.

Tú conoces los gusanos

Que en el corazón se ceban,

Y los que brota el cerebro

O en los ojos se aposentan.

Qué oficio el tuyo, qué oficio

El que á despreciar enseña

Las tristezas de la vida,

Las terrenales grandezas !...

 

Prosigue, sepulturero,

Tu inacabable tarea,

Mientras la Muerte descoge

Sus estandartes de guerra.

Si por ley inexorable

Ha de llegar el que esperas,

 

Prepárale cuidadoso

La morada postrimera.

Muy pronto, porque en el alma

Llevo ya la herida abierta,

Depositarás mi cuerpo

En el seno de la tierra,

Como infecunda semilla

Que inútilmente se siembra;

Entonces, sepulturero,

Que la piedad no consienta

Ni una inscripción en la losa,

Ni una planta que florezca,

Para que sólo el Olvido

Descanse sobre mi huesa !

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