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ALIRIO DIAZ GUERRA.
 

 

LA INUNDACION.

 

(FRAGMENTO.)

 

En un valle feraz que al sol de estío

Con su verdor encanta,

Junto á la margen de apacible río

Una pajiza choza se levanta;

Naranjos le dan sombra,

Y el verde césped su silvestre alfombra.

 

Circuye  el valle un cinto de colinas,

Por cuyas hondas quiebras,

A fecundarlo llegan cristalinas

De limpias aguas las movibles hebras,

Que en lechos de esmeralda

Del monte lamen la desnuda falda.

 

La abandonada choza se reclina

En sus muros de piedra,

Do asilo busca el ave peregrina,

Y arraiga firme la verdosa hiedra,

Cuyas tupidas frondas

Tiemblan del río en las serenas ondas.

 

Alumbra el sol que escala las ventanas

Un silencio sombrío,

Que turban en la noche las cercanas

Voces del aura en el cristal del río,

Y el lánguido murmullo

De ave inocente en su amoroso arrullo.

 

Abren allí las matizadas flores,

Al beso de la noche,

O de la blanca aurora á los fulgores,

Lleno de aroma el delicado broche;

Y ofrece aquel paisaje

Algo de encantador y de salvaje.

 

Aquella  humilde choza ya desierta,

Donde el hogar no arde,

Tristes recuerdos de pesar despierta

A la luz moribunda de la tarde,

 

Si evoca la memoria

El eco vago de su amarga historia.

 

Cuando corona la invernal neblina

Del monte la ardua frente,

Y entre flores el aura campesina

Se aduerme suspirando dulcemente,

Y tímidas y graves

Al nido vuelven las canoras aves;

 

Y oculta el sol tras nube oscurecida

Su lumbre bienhechora

Y el espacio recorre enardecida

La voz del ronco trueno bramadora,

Y vibran á lo lejos

De los fúlgidos rayos los reflejos.

 

En confuso tropel amontonadas.

Por el espacio flotan,

De rayos y relámpagos preñadas

Túrbidas nubes que torrentes brotan,

Y el huracán bravío

Concita airado al apacible río.

 

Informes piedras, robles corpulentos,

Al vaivén de las olas,

Como en tremendo alúd bajan violentos,

Terror llevando á las campiñas solas,

Cuya feraz simiente

Arrasa enfurecida la corriente.

 

Lleno de sobresalto el campesino

De la choza se ahuyenta;

 

Asilo busca en el breñal vecino

Que lo ampare mejor de la tormenta,

Y enjuga en su quebranto

Los mustios ojos que humedece el llanto.

 

Doquier que el vendaval airado ruge,

Y la corriente anega

La mies que fecundaba, y con su empuje

Los corpulentos árboles doblega,

Enluta oscuro velo

El limpio azul del dilatado cielo.

 

La corriente, antes mansa, se desborda,

De su cauce se lanza,

Con ronco estruendo la campiña asorda

Y enfurecida por el valle avanza:

Cerrando el horizonte

De turbias aguas, al opuesto monte.

 

¿ Quién pensara jamás que aquel asilo

De imperturbable calma,

Perdiera su quietud, su amor tranquilo,

Sumiendo en honda soledad el alma?

¿ Quién presumir pudiera

Que en desierto erial se convirtiera ?

 

¿ Que el grato nido que el amor formara,

Colmado de ilusiones,

El destino iracundo transformara

En antro de borrascas y aquilones ?

¿ Que de ese hermoso suelo

Afanoso el placer tendiera el vuelo ?

 

¡ Oh sino de la humana criatura

Que entre infortunios crece !

Lo que más dicha al corazón augura

Cual aroma de flor se desvanece;

Y en la implacable afrenta

La fe se extingue y el dolor se aumenta,

 

En oscuro rincón de la cabaña

Que el vendaval azota,

Y en la turbia corriente que la baña,

Ligera cuna combatida flota:

Entre su blanco armiño

Duerme sonriendo en su inocencia un niño.

 

¿ Dónde la madre está, que aislado deja

Al desdichado infante,

Y no le brinda, á la doliente queja,

El calor de su pecho palpitante?

¿En dónde está, que olvida

Que es aquel hijo vida de su vida?

 

¿ No abriga, acaso, el corazón materno

El pensamiento fijo,

Que es de la madre en el regazo tierno

Do más tranquilo se adormece el hijo;

Donde el sueño es más puro

Y se halla del peligro más seguro?

 

Imposible pensarlo! ¿ Quién no sabe

Que incesante se agita,

Una zozobra, al par que dulce, grave,

 

En la madre infeliz, cuando palpita

El corazón sereno

Del fruto del amor entre su seno?

 

¿ Que luégo, al arrullarlo entre los brazos,

Al vigilar su sueño,

Unenla á él indisolubles lazos,

Vive por él con amoroso empeño,

Y siente en sí la muerte

A las primeras lágrimas que vierte?

 

¿ Que cuando asoma la infantil sonrisa

En su entreabierta boca,

En el materno rostro se divisa

Festivo orgullo que al placer provoca,

Y mira su fortuna

Palpitar en el fondo de la cuna?

 

Angel de bendición y de consuelo,

Que en el revuelto mundo,

En tu alma noble descubriendo el cielo

Eres de dichas manantial fecundo;

Madre, á tu excelso nombre

Desciende Dios al corazón del hombre!

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