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ANTONIO JOSE RESTREPO.
 

 

UN CANTO.-EL DIOS PAN.
 

 

UN CANTO.

 

AL SR. DR. SALVADOR CAMACHO ROLDAN.

 

I

HOY que mi nave sin temor se lanza

A ignota lontananza,

Amplia la vela, y abandona el puerto;

Palpita aún mi corazón herido,

Y lloro el bien perdido

Y el mundo de mi amor está desierto;

 

II

Empero, no de maldición el canto

Mitigue mi quebranto;

Yo busco el bien con incansable anhelo.

Canta, oh inusa, lo grande, lo sublime,

Canta lo que redime:

La ciencia, la verdad... ¡ álzate al cielo!

 

III

Mira á los pies de Monserrate triste,

Que densa niebla viste,

La ciudad de Quesada y de Nariño;

Ella rompió de tu prisión los lazos

Y en sus amantes brazos

Te prodigó su aliento y su cariño.

 

IV

Hija de agreste, enmarañada sierra,

El eco de la guerra

Te arrancó á tus hogares y á tus montes. Cargada de esperanzas y de dudas,

A Bogotá saludas:

Qué cielo! ¡ qué llanura ! ¡ qué horizontes!

 

V

Cuál palpitó mi corazón de niño!

¿ La dicha en albo armiño

Bajo ese sol envolverá mi vida ?

¿ O ausente de los míos, pobre, paria,

Allí la suerte varia

Tumba impensada me tendrá escondida?

 

VI

Todo será; pero mi frente dora

En sempiterna aurora

De la esperanza el luminar fecundo;

¿ Quién sabe ?...Acaso tras borrasca fiera

Divise la ribera

Florecida y feraz de un nuevo mundo

 

VII

¡ Sueños del alma que en prisión estrecha

Cual voladora flecha

Quiere cruzar los insondables cielos ;

Fugaces alegrías,

Águila implume que ensayó sus vuelos!

 

VIII

Ya reposé mi frente polvorosa

En tu seno de diosa,

Ciudad bendita, del saber emporio;

Ya contemplé tu faz en pleno día,

Tu belleza sombría,

La regia majestad de tu Cimborio !

 

IX

Luégo á tu abrigo, en apartada estancia

Fatigué mi constancia

De amado libro en las plegadas hojas;

Que no enturbió mi paz remordimiento,

Que no faltó el aliento

Divino del deber en mis congojas.

 

X

¡Santa Inés inmortal! con cuánta gloria Renuevo en mi memoria

Las lentas horas de tu claustro frío;

Las que vieron nacer mis ilusiones

Y rodar en turbiones

« Como ruedan las ondas en el río.»

 

XI

¿ Y aquella juventud á dónde es ida,

Que con la sien ceñida

De la luz que irradiaba de sus ojos,

Buscaba del Derecho la ancha fuente,

O la vida latente

De la muerte en los míseros despojos?

 

XII

Pasaron mis amigos, ella queda;

En esa inmensa rueda

Saltan las gotas, el arroyo crece;

Ellas, brotadas de esplendente cielo, Fecundarán el suelo.

Jamás en ella el movimiento cese!

 

XIII

En férvido oleaje arrebatados,

De todos los Estados

Aquí venimos de saber sedientos;

Hallamos luz ; seguimos el camino,

Y en alas del destino

Nos desparcimos á los cuatro vientos.

 

XIV

Nuestra  fe liberal aquí se templa

Con orgullo contempla

De la Razón la fuerza vencedora;

Y ve lucir en lontananza el astro,

Cuyo tranquilo rastro

Será del mundo inacabable aurora...

 

XV

¡ Oh Bogotá! del mundo americano

Cerebro soberano,

Que del ídolo vil quemaste el solio,

Y junto á la pagoda miserable

La fuerza de tu sable

Los cimientos trazó del Capitolio!

 

XVI

En otros climas y otras latitudes

Tendrán otras virtudes,

Otra luz, otro amor, otras deidades

Dueños del riel dominarán la tierra,

Horadarán la sierra

Y robarán al tiempo las edades.

 

XVII

Tú, asida al brazo de Bacón y Rojas,

A lo moral te arrojas

Y á Dios increpas su falacia y miedo ;

Le sometes á juicio, y es vencido,

Le empujas al olvido

Y le muestras la nada con el dedo.  

 

XVIII

La nada nó: la ciencia también crea, Devastadora tea

Es ella para el mal y la mentira;

Mas en el árbol que á su sombra crece

El céfiro se mece

Y entre sus hojas plácido suspira...

 

XIX

Hay una sed eterna que nos lleva

Hacia una fuente nueva

Que mitigue del alma la tortura;

Que dé vigor al corazón cansado,

Que nos muestre del hado,

En sus ondas de luz, la ley futura.

 

XX

Allá va el hombre su fornida planta

Siempre allá se adelanta,

Alegre acariciando esa utopía ;...

Los antiguos senderos se borraron,

En noche se trocaron

Los que fueron ayer astros del día.

 

XXI

Calvario y Sinaí son hoy luceros,

Cuyos rayos postreros

Sólo nos dan confusos horizontes.

Mandar no es convencer; el dogma muere, Sálvelo quien pudiere,

Mas hoy la fe ya no traspasa montes.

 

XXII

Por todas partes recia catarata

Rugiente se dilata

Contra el antiguo credo y sus legiones;

El nuevo Dios su pabellón despliega,

Su omnipotencia alega

Y aguija en la carrera sus bridones.

 

XXIII

Nada es capaz á dominarle, nada:

En vano amedrentada

Huye la plebe al ecuador ó al polo

Él allá irá por montes y por valles,

Él vencerá en las calles,

Y alguna vez le adorarán á Él solo.

 

XXIV

Mirad el viejo mundo cómo cruje;

Al vigoroso empuje,

El secular imperio se desploma;

Entre sus ruinas queda sepultado

El rito sojuzgado;

Sobre ellas firme el zapador asoma.

 

XXV

Religión y Moral, Filosofía,

Debaten á porfía

Sus tendencias, sus dioses y sus mitos;

Mueven al hombre perdurable guerra

Y ensangrientan la tierra

Persiguiendo ideales infinitos.

 

XXVI

De la fe ignara y la traidora duda

Cobarde, en que se escuda

El alma del escéptico infecundo,

A la cima eminente de la ciencia

Hay más que Providencia:

Hay la razón que pesa como el mundo.

 

XXVII

La razón que analiza; el escalpelo;

La voz del cerebelo

En el aula del gran fisiologista;

La voz de Malthus que condena airada

La especie degradada

Sin que el brazo de Dios jamás la asista....

 

XXVIII

Ese perpetuo error en que navega,

Vilipendiada y ciega,

La humanidad al pie de los altares;

Esa sonrisa de desdén del cielo

Pintada en el anhelo

De quien en tempestad cruzó los mares;

 

XXIX

Ese imposible físico de un mundo

Único, sin segundo,

Habitado por seres intanjibles,

infierno y cielo y limbo y paraíso,

En que encerrarnos quiso

El autor de los grandes imposibles;

 

XXX

Todo la  ciencia en su rasero mide;

Por todas partes pide

Razón de ser, exéjesis, cauciones,

Y crece en fuerza, magnitud y brío,

Cual impetuoso río,

Y aguija en la carrera sus bridones.

 

XXXI

En tanto, los cantores del pasado

En són acompasado

Muestran al hombre el entreabierto abismo,

Y le llaman cuidosos á la senda

De la piadosa ofrenda,

Del diezmo y la primicia : al fetichismo...

 

XXXII

¡ Oh caterva de histriones eruditos

Centuplicad los gritos,

Que ya sonó la voz en el desierto

El espíritu humano se levanta,

Oíd, alegre canta;

Herido le mirásteis, nunca muerto.

 

XXXIII

Ya la Historia os juzgó ¡ raza maldita!

Ella os tiene proscrita

Del tálamo nupcial de sus amores,

Ella, reina del mundo, sólo os debe

Las lágrimas que bebe

Y el eterno dolor de sus dolores.

 

XXXIV

Pasad, pasad ...¿ mas dónde, arrebatada,

El alma entusiasmada

Quiere llevar su solitario vuelo ?

¿ A qué elevar el canto á las estrellas,

Si quedan nuestras huellas

Con sangre tintas en ingrato suelo?

 

XXXV

Vuelve en ti, corazón, y envanecido

Canta del patrio nido

Las que te dieron vida leves plumas.

Muévale guerra al mar nave altanera,

Tú, desde la ribera,

Mírala hender tremante las espumas...

 

XXXVI

Adiós, noble ciudad! en tus hogares

Jamás sentí pesares,

Ni miré de tus lágrimas la fuente.

Tus bellas hijas, la diadema hermosa

Te ciñen orgullosa

De alma virtud, en la nevada frente.

 

XXXVII

Tu pueblo, aún del sacerdote esclavo,

Luchará como bravo

Hasta romper la ley del fariseo.

Al fin del bien escalará la altura,

¡Oh día de ventura

En que se sacie mi mejor deseo !

 

XXXVIII

De tus claustros benditos al amparo,

El porvenir avaro,

Dela verdad nos mostrará el camino.

Y entonces reiremos de la suerte,

Del mal y de la muerte:

¡ Ser felices será nuestro destino !...

 

Bogotá, 1880.

 

 

EL DIOS PAN.

LA noche se acercaba lentamente,

La mar serena en majestad yacía,

La nave, desvelada y sin corriente,

En Paxos al cansancio se rendía.

 

Era alta noche ya: del mar profundo

Ni de la tierra un eco se escuchaba;

Nublado estaba el cielo, y moribundo

Un lucero no más le iluminaba.

 

Silencio y soledad: grave y en calma

Velaba entre las sombras el piloto,

Meditando en el fondo de su alma

Las tempestades de ese mar ignoto.

 

De repente una voz desconocida,

Una voz de tristeza y amargura,

Que remueve las fuentes de la vida

Y el desconcierto universal augura

 

Una voz que repiten las montañas,

Llama á Thamous con dolorida queja,

Conmueve del piloto las entrañas

Y á los viajeros aterrados deja.

 

«Thamous! Thamous!» clamó la voz de nuevo,

« Respóndeme, infeliz, ¿ por qué trepidas,

Si yo un dolor sin esperanza llevo,

Si mis horas de bien ya son perdidas ?»

 

« Aquí estoy; ¿ qué me quieres ? » el marino

Trémulo contestó, de espanto yerto.

« En Palodes publica mi destino:

¡Pan, el gran Dios, el inmortal, ha muerto ! »

 

Temblaron de pavor los de la nave,

La brisa melancólica gemía;

Huyó la noche, y con el viento suave

Continuaron el viaje al otro día.

 

Frente á Palodes, y de pie en la prora,

Mirando hacia la tierra con ternura,

 

Clamó Thamous: «¡ Naturaleza ! llora:

Murió el Dios Pan, el de eternal ventura !»

 

Las piedras con las piedras se chocaron,

Los árboles su copa estremecieron,

Suspiros y lamentos resonaron,

Y los cimientos de la mar crugieron.

 

La nueva infausta recorrió el imperio

Hasta sentarse altiva junto al solio,

Y al escucharla se inmutó Tiberio,

Y Júpiter cayó del capitolio.

 

Murió el Dios Pan !...A impulso de una idea

Rodó al abismo el cetro del pagano;

Y levantó la cruz en la Judea

Cristo, el amigo del linaje humano.

 

Se alzó la Cruz : su sombra bendecida,

Sombra fué de los reyes y naciones,

Y en sus abiertos brazos dió la vida

A mil y mil llagados corazones.

 

Y mientras algo conservó divino,

Siquiera la memoria del Calvario,

Fué de las buenas almas el camino,

Y de besos y lágrimas santuario.

 

Y miró en su redor la muchedumbre,

Y escuchó de los vates los cantares,

Y subió de los montes á la cumbre,

Y en raudo vuelo atravesó los mares.

 

La rindió sus laureles el guerrero,

La pudorosa virgen su hermosura...

Y debió ser del universo entero

Fanal eterno de la luz más pura.

 

Mas ¡ ay ! caída en lodazal profundo,

Es hoy carbón la estrella rutilante,

Es sucio polvo que desdeña el mundo

El en su origen límpido diamante.

 

La mano vil de envidia y de lujuria,

La mano de asesinos y ladrones,

De la avaricia la conciencia espuria,

El odre de los vicios y pasiones,

 

Rasgaron de Jesús la vestidura,

Corrompieron la mente de su credo,

Trocaron la verdad en impostura,

Y único Dios del universo-el Miedo.

 

Así la gran renovación cristiana

Tornóse en farsa de mentira y dolo

¿ Ya la muerte del Cristo está cercana ?

¿ Quedará el hombre abandonado y solo?

 

¿ Se borrará del mundo la memoria

Del divino sermón de la montaña,

Y esos lugares negará la historia

Que Tiberiades con sus ondas baña ?

 

Ah! nó, jamás! con ruano escrutadora

Reivindicó la ciencia el Cristianismo

De entre tinieblas lóbregas la aurora

Salió, y Jesús del entreabierto abismo.

 

Como otra vez y de virtud ejemplo

Se sentó con los sabios y doctores ;

Arrojó con su azote á los del templo,

Escoria vil de avaros y traidores.

 

Y lloró su doctrina abandonada,

Por manos corruptoras corrompida;

A la prole de Adán desheredada,

Miserable y esclava, embrutecida.

 

Lloró del sacerdote y del magnate

Que con el Pueblo cándido trafican,

Y tras artero, desigual combate

Le roban y después le crucifican.

 

Y dándonos su lágrima postrera,

Como señal de eterna despedida,

Cruzó su planta la celeste esfera

Que á olvido eterno al corazón convida.

 

Oh Pan ! oh Dios! oh gran palingenecia

De la belleza antigua voluptuosa,

Tus estatuas murieron con la Grecia,

Y pereció contigo el arte-diosa.

 

Del Parthenón los restos carcomidos

Nos muestran tu potencia genitora

Y tu grandeza escucho en los latidos

Del corazón de Roma vencedora.

 

Oh Pan ! oh Pan ! devuélvenos á Homero,

A Píndaro y á Horacio con sus odas;

Suene de César el clarín guerrero,

Y no haya más raquíticos rapsodas.

 

Vuélvele sus encantos á lo bello,

Su fuerza al numen, su vigor al canto;

Danos de tus creaciones un destello,

Dancen las ninfas, y que cese el llanto.

 

Mas tú duermes, oh Pan !-ya las vestales

No alimentan tu fuego cada día:

Ya las monjas vistieron sus sayales,

Y trocóse en tristeza la alegría.

 

Jesús echó sobre la vida un manto

De luto y lobreguez pesado y frío ;

Ajó las formas con mortal quebranto,

Y el pecado latente creció en río...

 

El mundo antiguo, vigoroso atleta

Que de lo bello la región explora:

El cristianismo, escuálido profeta

Que un cielo busca, y su flaqueza llora.

 

Dormid, oh Pan, oh Cristo ! vuestra losa

Sella dos mundos en opuestos polos;

La humanidad avanza silenciosa:

La libertad y el orden ya andan solos.

 

Dormid, oh Pan, oh Cristo ! vuestro paso

Siguió de vuestros siglos la corriente :

Hundióse ya la luna en el Ocaso,

Asoma el sol espléndido en Oriente.

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