JULIO AÑEZ.
LA RUEDA DE LA FORTUNA.-ANTIOQUIA.
LA RUEDA DE LA FORTUNA.
GIRA la tierra en órbita invisible,
En torno al sol que la calienta y quema,
Y la luna, tranquila y apacible,
Dar vueltas y girar tiene por tema.
Gira también el sol, gira la estrella,
Del coche y del vapor las ruedas giran,
Y gira la veleta que descuella,
Y todos, todos á girar conspiran.
Yo mismo, cuando alguno no me place
Y me encuentro con él manos á boca,
Porque no me salude ni me abrace
Tuerzo el camino que seguir me toca.
Aquí dejo el girar, y me pregunto
Echando á un lado sol y estrella y luna,
¿ Por qué será que está en el mismo punto,
Si todo gira, mi fatal fortuna ?
ANTIOQUIA.
(FRAGMENTO DE "LA VOLUNTARIA.")
DIVIDE en dos el raudo Magdalena
Fértil región que fué el asiento un día
Del pijao y del chibcha poderoso:
Allí siempre una atmósfera serena,
Que al cielo de la Italia desafía,
Presenta su celaje más precioso.
Y más allá, después de las llanuras
Teatro tántas veces de combate,
Se alzan gigantes, vírgenes y oscuras
Selvas ignotas y tupidas breñas;
El altivo condor salvaje nido
Arma en la cima de sus agrias peñas.
En las faldas del monte suspendido
Fundan su hogar y el huerto florecido,
Laboriosas, las gentes antioqueñas.
Es de ver el amor con que el labriego
En cultivar se esmera su labranza:
Trabaja día y noche sin sosiego,
Y ella es su pensamiento y su esperanza.
Pródiga la Grandeza soberana,
Da eterna primavera á aquellos campos,
Do mil pájaros trinan á los lampos
Primeros del albor de la mañana.
En donde la robusta platanera
Levanta, siempre verde, la ancha copa,
Y con amor de madre, placentera
La prole cubre y su verdor arropa.
Do entre el rubio maizal de la hondonada,
En serpentina, trepadora huella,
La enredadera del frisol, preciada,
Sobre el arbusto trémula descuella.
¡Cómo refresca la aromada brisa,
Antioquia, de tus vírgenes montañas!
¡Cómo al són que levanta en tus maizales
El viento, y en las hojas de tus cañas,
Siento volver al labio la sonrisa,
Se inunda mi alma en goces celestiales
Al recordar mis tierras cucuteñas,
Bellas como tus valles y tus breñas,
Nido de mis amores inmortales!
Desde allí, peregrino, sin fortuna,
Fui hasta tu hogar ¡ oh madre idolatrada!
Te acaricié con entusiasmo santo,
Y contemplé, ahogado por el llanto,
Aquel lugar do se meció mi cuna,
Por tu canción ternísima arrullada !
Y á los parajes fuí con la memoria
A refrescar la inolvidable historia
De mi amor y mis dulces regocijos,
Cuando inundar sentí mi alma en la gloria
De la primer sonrisa de mis hijos !