JOSE JOAQUIN CASAS.
EL DESIERTO DE LA CANDELARIA.
I
POR fin, tras larga tempestad bravía,
La pobre barca mía
Logró tocar la suspirada tierra;
Y aunque al abrigo de lugar sereno,
El ya distante trueno
Del ronco mar, mi corazón aterra.
II
Dios en la calma del retiro vive,
Y la oración recibe,
Nuncio de amor, celeste mensajera,
Que aquí los aires presurosa hiende,
Y asciende como asciende
A los impulsos del vapor la esfera.
III
Ya estamos en la cumbre : aquí el viajero
Se pára en su sendero.
Y la cercana soledad saluda,
Y al cuadro que de pronto se le ofrece
Ora, y luégo enmudece,
Oh soledad ! porque te observa muda.
IV
Faldas unidas de tostadas peñas
Las márgenes risueñas
Forman del valle que se extiende abajo,
A do concurren, como al mar las fuentes,
Por quiebras y pendientes,
Ancho camino, caprichoso atajo.
V
Tal vez á trechos la reseca falda
Salpica de esmeralda
Blondo trigal, do la paloma anida
Así, para templar nuestra amargura,
Hay horas de ventura
En la escabrosa senda de la vida.
VI
Bañando el fondo del profundo valle
El río se abre calle
Por entre alisos, y arrayán, y helechos;
Sepulta á veces su raudal de plata,
Resurge en catarata,
A trechos manso, rumoroso á trechos.
VII
Grupos circundan de tupidos sauces
Los hoy resecos cauces
Do en otro tiempo murmuraba el río:
Ay ! así quedan del amor ferviente,
Recuerdos en la mente,
En el postrado corazón hastío.
VIII
Las ilusiones que forjara un día
La ardiente fantasía,
Se dispersan después cual la hojarasca
Que el viento arranca, que el calor retuesta,
Y van de cuesta en cuesta
Perdidas al fragor de la borrasca.
IX
Sólo el amor de lo inmortal, los años,
Los rudos desengaños,
Los golpes de la suerte desafía;
Sólo en ti, soledad, encuentra el alma
La perdurable calma,
La paz del cielo, que encontrar ansía.
X
Sí, yo te adoro, soledad ! callada,
Gratísima morada
Al desgraciado fugitivo abierta,
En tu mudez, en tu quietud inerme;
Porque Natura duerme,
El fatigado corazón despierta.
XI
Se angosta el horizonte por do quiera
En calma placentera:
El valle abajo, el firmamento encima
Todo á la paz, á la oración propicio,
Los vientos sin bullicio,
Las aguas quietas, apacible el clima.
XII
Blanda esencia los ámbitos perfuma;
A veces en la espuma
Hunde el aliso polvoriento ramo;
En bamboleo reposado y hondo,
Sacude el manto blondo,
Regando flores, el pomposo guamo.
XIII
Riega el naranjo perfumadas flores,
Y alterna sus colores
La flor de gualda de la penca hirsuta;
Del aura á impulso. el granado oscila,
Y su carmín destila
La ya en extremo sazonada fruta.
XIV
Erguida al pie de prominente peña,
Su tosca cruz enseña
Vetusta torre, por el musgo cana.
Vuela de allí la errante golondrina,
Si surge repentina
La adormecida voz de la campana.
XV
Yace á sus pies el monasterio mudo :
El parapeto rudo
Enmarañan las yedras y el cenizo.
A modo de plegaria ó de lamento,
El fugitivo viento
Silba en las rejas de metal macizo.
XVI
Aquella enorme venerable puerta,
Tan rara vez abierta,
Toda erizada de ásperos cerrojos ;
Las inscripciones que en el fondo oscuro
Del tortüoso muro
Descifra el corazón, más que los ojos;
XVII
El claustro á media luz por cada lado,
El patio amurallado,
Florido un tiempo, sin cultivo ahora,
En cuyo fondo, sobre losa bruta,
Los brazos abre enjuta
La austera cruz, la insignia redentora;
XVIII
Pronto á volar, cual pájaro del nido,
Del órgano adormido
Tanto acorde de amor, tanta armonía
El facistól en la penumbra enhiesto,
A cuya planta, puesto
Ve un monje en oración la fantasía
XIX
La roja luz que ante el altar se inflama,
Y su fulgor derrama
Sobre los cuadros de incipiente artista;
La humilde Virgen en recinto estrecho,
Las manos sobre el pecho,
Buscando el cielo con ansiosa vista;
XX
Hondas ventanas, pórticos con reja,
Tras de la cual semeja
Que un ojo ardiente fugitivo anima
Alto pilar que en su gastado asiento
Parece sin aliento,
Gemir al peso que soporta encima:-
XXI
Todo al ansioso corazón del hombre
Una emoción sin nombre
De amor, de espanto, de tristeza inspira,
Y el alma entonces, desplegando el ala,
En oración se exhala,
Cual nube de humo de reseca pira.
XXII
Cuánto recuerdo de las sombras brota !
Como en edad remota,
Vagar los monjes por el claustro veo;
Y en el fondo de celdas solitarias,
Sentir breves plegarias,
Hondos sollozos y pisadas creo.
XXIII
¡ Tánta ignorada tumba que no advierte
La planta, y do la muerte
Con las cenizas el recuerdo encierra !
Insondable lugar en que limita
Lo que en el cielo habita
Con lo que guarda el polvo de la tierra !
XXIV
Paréceme que el órgano sonoro
Despeña desde el coro
Su voz solemne en rauda catarata,
A cuyo acento de dolor sublime,
El corazón que gime,
Ancho raudal de lágrimas desata.
XXV
La noche el manto por el cielo tiende.
Pausado se desprende
De la alta torre el són de la campana,
Y surge con tristísima armonía
El himno que á María
Tributa humilde la piedad cristiana
XXVI
El canto acaba y el silencio apura.
La multitud oscura
De errantes sombras, por el claustro vuela,
Y á media luz, escueto y solitario,
Se yergue el campanario,
Del valle y el convento centinela.
XXVII
De la luna á los pálidos reflejos,
De un golpe y á lo lejos,
Oh valle adiós ! tus ámbitos diviso;
Y el corazón absorto, en la penumbra
Parece que vislumbra
La luz crepuscular del Paraíso.