PRÓLOGO*.
BREVES sean las presentes líneas.
Y líbreme Dios de pensar que necesite de ellas este libro, tanto
porque mías no las há menester ninguno, como porque no las requiere
en prosa una obra en verso, pues que por sí sola forma ésta, ó
tiene de formar, un cuerpo integro de ideas, sin ampliaciones ni
notas, á causa de que el arte, por serlo, no es susceptible de
enmienda ni adición, siendo como es la reducción de lo infinito á
lo finito, eterno en intensidad, si bien en extensión limitado.
Empero, trazo estos renglones porque, aunque formada esta obra
de elementos heterogéneos (pues tampoco se presenta en lo
intelectual esa? homeomeria de los griegos, que refutó Lucrecio tan
poéticamente), constituye de suyo un conjunto de ideas que
engendran deducciones claras para el tinoso lector ; tan claras,
que á pesar de que abrigo muy poca confianza en mí mismo, la tengo
bastante en las razones que se desprenden de este libro, para que
ellas brillen por sí solas y hagan que el crítico lea entre líneas
lo que en las mías propias, por defecto de estilo, no se exprese
debidamente.
Algunos amigos, interesados por el lustre de las letras patrias
é iniciados en el movimiento intelectual que de años á esta parte
se verifica entre nosotros, concibieron á la vez la idea de un
libro que marcara el camino recorrido y enseñara el que debía
transitarse en lo venidero ; y, como de acuerdo, vinieron al
humilde autor de estas lineas para que lo formara, acopiando las
poesías que corrían perdidas en nuestras colecciones de periódicos,
ó requiriendo privadamente las que, por humildad ó por el
sentimiento contrario, guardaban inéditas los autores, como en
verdad lo son las más de las que figuran en LA LIRA NUEVA.
Esa coincidencia de pensamiento denota que había necesidad de
una obra como la presente.
Notábase dondequiera, á principios de este siglo, si bien no
queremos determinar lugares ni épocas, una necesidad de despertar
el arte, adormecido en cierto seudo-clasicismo que sólo participaba
de la escuela clásica verdadera por la frialdad marmórea de las
estatuas helénicas, mas no por el calor de líneas que enseñan las
obras de los maestros. Byron en todas las suyas, Hugo en las que
dió á luz después de las Baladas y antes de las Contemplaciones, y
luégo Heme en Alemania y Zorrilla en España, entre otros tantos,
respondieron á la necesidad indicada. De ese movimiento general, y
del particular que el último de los poetas citados imprimió en la
Península, se engendró entre nosotros, como ya se ha observado,
cierta escuela que fué seguida con juvenil arrebato por los que
sentían ardores en las venas y deseos de ritmos marcados que
respondieran á sus decantadas pasiones. Los pocos que no quisieron
dejarse arrastrar por la corriente, callaron esperando á que
pasase, ó buscaron por solo refugio contra la oriental francesa la
casera letrilla castellana.
Sólo que toda reacción va más allá del justo medio, y engendra
así nuevas acciones y reacciones que se compensen.
Esto por lo que respecta á nuestro pasado en literatura, al
pasado anterior á las nuevas causas generadoras de este libro. Y de
todo aquello ¿ qué nos resta? La memoria simpática, si bien débil,
de unos caballerescos caracteres que, mejor conducidos, más
alumbrados y menos deslumbrados, sin influencias de artificio y no
artísticas, hubieran aprovechado el calor juvenil en labores que
hoy nos sirvieran de ejemplo.
Este sólo nos lo han dado los que se apartaron de la escuela
indicada, ya por consciente movimiento, ya por natural
instinto.
Por eso los autores que figuran en este libro recuerdan hoy día
con tanto amor como en los que fué escrita, la poesía nerviosa de
Caro, padre, nerviosa en el doble sentido de la palabra, así
pujante como sensible; al par que los trabajos de Ortiz, con
especialidad aquellos que enseñan nuestra franca y llena poesía
explotada por Bello, el americanista por excelencia, y seguida en
los Colonos, donde el artista ansía por vindicar los días idos, y
los hace renacer á nuestros ojos, no con la sombra de las cosas
muertas, sino con la morbidez de las cosas primitivas.
El señor Caro, hijo, eminente por tantos esfuerzos y apreciado
por tantos títulos, se ha conservado seguro modelo, pues lleva en
sus varios tonos, clásicos todos ellos, para los que gustan de la
ingenuidad de los primeros años, la magna sencillez de su poesía
intitulada Sueños, y para los que buscan cuerda de nota más grave,
la sencilla magnitud de la Vuelta a la patria. Por la delicadeza
del pensamiento y de los ritmos, no puedo menos de recordar aquí
algunas estrofas de la primera.
Reclinado sobre hojas macilentas
Que el tronco cercan del anciano aliso,
En tu verde ribera solitaria,
Oh claro río!
Miro los montes,
Los cielos miro;
Doy suelta al pensamiento, y el pensamiento
vago
Se aduerme de tus ondas al amoroso ruido.
Si Adán resucitase no hallaría
Señal ninguna de su Edén perdido
En moradas de reyes ni de damas. Pero este
sitio, Estos aromas, Estos sonidos
Le traerían ensueños floridos á la mente
Y olvidados afectos al corazón marchito.
Ay, que todo lo bello es momentáneo !
Ay, que todo lo alegre es fugitivo!
Las espumas, las nubes, los amores. ¡ Oh claro
río!
Miro los montes, Los cielos miro;
Doy suelta al pensamiento, y el pensamiento
vago
Se aduerme de tus ondas al amoroso ruido.
Ay, que para morir las alegrías
Toman de la tristeza el colorido!
Tus murmullos en ecos se prolongan
Que son suspiros,
Y en sombras mueren,
Oh claro río
Así á las frescas voces de los primeros años
Los años que en pos vienen responden con
gemidos...
Gutiérrez González, que no escribía español sino
antioqueño,> nos ha dado muestra, y muy alta, de lo que
podemos hacer con los elementos que nos brinda la Naturaleza por
estas tierras, pues de la que cría el maíz como ninguna otra, salió
el afortudado cantor de aquel afortunado grano cantor ingenuo y
querido que, así como Epifanio Mejía, nos halaga con ese sabroso
paisanaje característico en los cuadros rimados de Groot, quien
para descansar en ocasiones de sus empresas, y no infructuosas, por
limpiar los timbres de la gloria nacional y enderezar conceptos
erróneos, buscaba en el campo, con cierta tendencia al realismo
flamenco, ocasionada tal vez por inclinaciones de sangre, lejos de
las afectaciones de la época, la lozana poesía en las mejillas
sonrosadas por el buen aire y el trabajo noble, que ostentan
nuestras mujeres de aldea, y en las atléticas formas de nuestros
gañanes, domadores de robles en la selva y de torvos novillos en
el llano.
No omitiremos, por cierto, á Pinzón Rico y á Isaacs, ambos de
imaginación generosa, y orgullo de las letras que han ilustrado. El
primero, menos singular y vago en concepciones que el segundo, y
deseoso de consultar el oído de los lectores, aspira ante todo á
hacer cadentes sus estrofas, como lo son en verdad las muy
originales del Despertar de Adán, que vibran en el labio de cuantos
las han leído, y que encierran notas tan altas como las
siguientes:
Palpó sus miembros: túrgidos, ilesos,
Aun conociendo en Eva sus pedazos;
Y palpitaron en sus labios besos,
Como vibraron en su pecho abrazos.
...........................................................
Se infiltraron doquier fuerzas secretas
De gestación inmensa en los afanes,
Y el éter, envidioso, ardió en cometas,
Y la tierra, envidiada, hirvió en volcanes.
.................................................................
Y del Edén los ámbitos, estrechos
Quedaron á los seres trasfundidos;
Y el mar cerúleo se pobló de lechos,
Y el bosque inmenso se colmó de nidos.
.................................................................
Isaacs es poeta por sus páginas en prosa y por sus versos, pues
ha escrito el libro más popular en Colombia, uno de los más
conocidos en América, la María, á la vez que sus fantasías de
colorido oriental,-á causa de su sangre judía, en lo cual tiene
orgullo el autor del Saulo,-como son esos sus avestruces de gordo
plumaje sobre el cual salta la idolatrada, y aquellas sus estrofas
colombianas con nostalgia de tierra hebraica, flores de cactus
andino guardadas en las amarillas páginas de una Biblia.
Extraño rimador de extrañas filosofías, seduciendo á unos con su
frase loca, y espantando á otros con su herejía condensada en
estrofas que golpean, Núñez ha hecho impresión marcadísima en los
ánimos, y se nos presenta como quien levanta con mano segura, en
presencia de soñadores que quisieran mirar el lado azul de la vida,
los pliegues de sudarios viejos, y enseña, en medio de una
repugnancia que atrae, el vacío de cosas que se creían llenas y la
plenitud de cosas que debieran estar vacías.
A fe que hemos de hablar de Pombo, «amamantado en el
romanticismo,» sin que la originalidad le haga perder la severidad,
enemigo personal de los lugares comunes, y amigo, en consecuencia,
de pensar lo que nadie haya concebido ó de expresarse en frases
que nadie haya gastado; cuya inspiración, así en las
interpelaciones de la Hora de tinieblas, que cierto círculo de
admiradores se empeña en presentar como la mejor poesía de tan
alto poeta, como en las dulzuras tristes y de melancolía yankee,
con retoques de Longfellow, contenidas especialmente en la Elegía,
halla siempre, en espasmos de ideal, una frase que vibra como
saeta, y que como saeta se clava.
De Fallon podríamos decir lo que todo el mundo dice, y así
escribir mucho sobre quien finca su gloria en haberlo hecho con
parquedad así como con perfección. Basta recordar, si alguien por
ventura lo ha olvidado, ó por desventura, que es el autor de La
Luna. La poesía de Fallon tiene la serenidad de las cosas
grandes.
Consignaríamos aquí un nombre querido para nosotros, que figura
al frente de páginas llenas de rica fantasía, si no temiéramos que
se llegara á interpretar nuestros conceptos por afecto de sangre;
así como trataríamos más en extenso el asunto, estampando opiniones
sobre otros autores que se han distinguido, aunque no en tono
sostenido, por alguna página feliz; pero el temor de cansar con
nuestro estilo, nos hace prescindir de comentar el de otros.
Autores hay de éstos que han querido fijar el pié en la huella de
algún maestro del siglo de oro, y pretendido marcar tendencias
clásicas en sus estrofas, y han logrado en alguna ocasión feliz
resultado, si bien las más de las veces caen en rebuscamientos, se
engolfan en un clasicismo que no lo es, traen por los cabellos
arcaísmos, gastan cierta amanerada sencillez, si cabe la frase, y
enseñan á las claras que no ven á las idem ni alcanzan á distinguir
entre el espíritu vivo del maestro y la palabra muerta de la obra.
Hay escritores de los mismos que omito, que se distinguen por
algunas buenas estrofas, pero llevan por lo general rumbo tan
perdido en materia de gusto, y se muestran, por el manejo de
lengua, tan poco acostumbrados al manoseo de los clásicos en
castellano, que hacen olvidar lo que en momentos de calma y seso
escribieron.
Esos que atrás mentámos son los que, como ya lo dijimos, han
dado ejemplo á las nuevas generaciones.
Pero no ellos solos, que también han ejercido influencia, muy
marcada por cierto en los nuéstros, los literatos contemporáneos
de la Península, como también los que han escrito en otras lenguas
á contar de fecha no remota. Ante todo queremos hacer mención de
Núñez de Arce, que desechando asuntos baladíes y respetuoso por la
forma y en la forma, ha regenerado la lírica española. Su estrofa
predilecta, pero no de su invención como generalmente se cree, ** es leída con deleite, casi con
veneración, y hace que hoy gran número de los poetas jóvenes, como
puede verse en este libro, quieran consignar en ella sus
pensamientos, imaginando quizás, lo cual no carece en cierto modo
de razón, que esa combinación sugiere ideas nuevas y de determinado
género, ó que por lo menos las ya usadas alcanzan á no
parecerlo.
Campoamor, ese travieso de las cosas serias, revolucionario
como ningún otro en ideas y formas, menos en fórmulas de
gobiernos; viviente paradoja de la filosofía del arte en
contraposición con la autoridad del autoritario ; más osado en su
pusilanimidad que el autor de la Visión de Fray Martín, el cual es
pusilánime en su osadía; Campoamor (á quien, dicho sea entre este
paréntesis, tal vez se estima mejor en América que en su patria, á
juzgar por ciertos escritos) con su ingenioso ingenio ha colmado
entre nosotros la medida que él mismo da para conocer la
excelencia de un poeta,-la popularidad, manifestada en el mayor
número de personas de gusto que sepan sus versos de memoria, aunque
aquéllas no la tengan privilegiada. Sin embargo, no tenemos aquí un
solo imitador (al menos úno que valga la pena de llamarse tál), del
inventor de las Doloras y de los Pequeños Poemas; y eso por razón
muy sencilla :-porque éste es inimitable.
Todo lo contrario diremos de Becquer, nunca bien llorado; pues
antes milagro sería el encontrar un joven que no hubiera, al
ponerse á medir versos, intentado hacerlos en becquerianas. La
regular irregularidad de forma, la sencillez de pensamiento, cierta
vaguedad de tono germánico, que forma escuela aparte, constituyen
la de Becquer. Y á fe que si ha habido muchos que lo han calumniado
con imitaciones que no lo son, no han faltado muchos que den á la
estrofa un color blanco de perla que tienen todas las del poeta
español, así como en el pensamiento la tristeza delicada de una
alma de quince años que ha soñado cuarenta.
Víctor Hugo, que física y moralmente ha llenado el siglo, como
privilegio concedido de lo alto, y que al comenzar, visto sólo el
artista en el arte, ideó imposibles ideales, inició imposibles
conquistas, y al concluir, si puede decirse que ha concluido, deja
fundadas esas conquistas y realizados esos ideales, sin restricción
alguna; Victor Hugo, con sombras del Dante, osadías de Shakespeare,
gritos de Job, coloridos de Góngora y frescuras de selva aprendidas
en Lucrecio, ha tenido como ninguno otro atracciones para los
espíritus abiertos, y muy especialmente (bueno es consignarlo,
aunque pleonástico decirlo) para los poetas de LA LIRA NUEVA. Es
opinión general entre éstos que quien no estudia el procedimiento
de el Maestro, que registró toda el arpa, no alcanza ni á mediano
versista.
Vistas someramente las causas, aunque sin atender á las
facultades poéticas de los que han sido así encaminados, podríamos
entrar en consideración de los efectos y estudiar los versos que á
continuación verá el lector; pero preferimos que éste doble la hoja
y lo haga por su propia cuenta. Sólo sí llamamos la atención hacia
algunos rasgos principales y generales que hacen del libro un
cuerpo íntegro de ideas, como son, en el fondo, la aspiración á los
asuntos filosóficos docentes y la ausencia de otros baladíes, en
antes gastados por individuos egoístas é insulsos que referían al
público intimidades que éste ni necesitaba ni quería saber, y
desdenes de ingratas, pérdida de ilusiones, flaquezas ante la
suerte, ó desventuras por el estilo, que dejaban al relator
malparado á los ojos del oyente, y aburrido al oyente con los
lugares comunes de versificador tan sin fortuna; así como, en la
forma, el deseo de revestir la idea con imágenes que destaquen
objetivamente sus contornos, y la carencia absoluta de versos
agudos, agonizantes ó ya muertos, pues si se atiende á los
síntomas, se ve que los maestros contemporáneos de la lengua los
han echado en completo desuso, y si á las causas, se viene en
cuenta de que no tiene razón de ser aquello que no está en armonía
con la índole del idioma. Séales á los agudos, así como á los
esdrújulos, en otro tiempo unos y otros tan en boga, y también á
los temas sin trascendencia, ya eróticos ó epigramáticos, al par
que á ciertos rasgos de subjetivismo inverosímil, ligera la tierra,
si bien se la deseamos pesada caso de que pretendan levantarse.
Con diversos propósitos y con tendencias filosóficas distintas
han escrito los que figuran en esta obra ; de consiguiente, en tal
divergencia de asuntos, sólo me restaba requerir de cada cual
aquello que más lo caracterizara, aquello donde mejor exprimiera su
propio sér, siguiendo yo de talé suerte esa liberal independencia
de ánimo resaltante en el eminente Menéndez Pelayo, á quien me unen
doblemente la admiración por sus obras y el afecto que me inspira
por haberme dispensado su amistad y accedido á ejecutar cierto
trabajo que le pedí para una obra colombiana; independencia por la
cual el autor de los Heterodoxos lo es en el arte, y como ninguno
otro se dice pagano en estética y da todo su corazón á los poetas
ante y anticristianos.
Deseamos la prosperidad de este libro, como es natural, y para
esto hacemos votos por que le salgan al paso críticos de toda
suerte silos Hermosillas, que sólo estudian un lado del asunto, el
detalle, sin hacerse cargo de los propósitos más altos ó más
hondos, y tienen por paradójica la paradoja y el pleonasmo por
pleonástico, á fin de que, como siempre han servido, sirvan de
escabel al pretender cruzarse y cerrar el paso; y si un Macaulay ó
un Revilla, para que, abarcando todo el tema, haciendo hincapié en
la obra con el propósito de presentar desarrollos generales,
muestren el movimiento del arte, no perfectible pero sí mudable, y
el camino determinado que debe seguirse en determinada época.
De los que figuran en LA LIRA NUEVA, tres poetas hay que ya
reclinan la cabeza en esa sombra donde mejor se destacan las
auréolas de las frentes pensadoras. Obeso, Espinosa y Escobar
murieron todos tres al empezar la vida. En distintas circunstancias
de origen, con diversos propósitos y carreras, y con fines
ocasionados por causas diferentes, nacieron, lucharon y pasaron;
pero ello es lo cierto que á cortos intervalos llegaron á reunirse
en lo que empieza donde todo acaba.
Era Obeso colosal de estatura y de ambiciones. Nacido de la
raza que han vindicado entre nosotros caracteres como Infante,
criado en regiones donde estalla la Naturaleza, y llegado luégo á
la ciudad para consagrarse al estudio en una sociedad que le era
desconocida, tuvo el noble negro que encauzar sus fuerzas, las que
en ocasiones le servían para emprender en estudios que fatigarían
á otros, y en ocasiones pidiendo cuenta A la vida, se rebelaban y
desbordaban en pasiones y aventuras extrañas. De Obeso quedan, por
ambas razones, algunos libros didácticos y de sana labor, y la
Lucha de la vida, cuyo título indica el vigor de sus estrofas, á la
vez que los Cantos de mi tierra, libro que, por sus tendencias y
peculiaridades hará escuela poética entre nosotros; como también
quedan los recuerdos de su carácter dulce y sombrío, de sus amores
tan intensos como infortunados, de su caballerosidad unida á una
voluntad de hierro, con la suavidad de la mano del león, y las
hazañas á que lo impelía todo el fuego que una raza oprimida había
puesto en su pecho de bardo atleta.
Decía un amigo nuéstro que Obeso fué un Otelo sin Desdémona que
lo amara, y que hoy aguarda un Shakespeare que lo cante.
Opuestos á Obeso en constitución y carácter fueron Espinosa y
Escobar: debilitados por el estudio, deseosos de afrontar la vida,
al par que flaqueando físicamente al hacerlo, demasiado sensibles,
como esos pobres instrumentos que abandona el artista sin poner á
flojo las cuerdas, sufriendo la atrofia del cuerpo á expensas del
pensamiento, aspiraron al ideal y pasaron, al lado de tantos que ni
pasan ni aspiran.
Temeroso de que luégo me asaltara tardío arrepentimiento,
cuando supe que Emilio Antonio Escobar estaba desahuciado, resolví
ir á visitarlo, pues conocía varias composiciones suyas, si bien
es cierto que no tuve ocasión de ver su drama. Fuíme con dos amigos
á casa del poeta. Un zaguán oscuro nos condujo á la puerta de un
cuarto estrecho, con olor de humedad y de cirios apagados, como si
ya se presintiera que allí, no muy tarde, había de velarse á un
muerto. Y casi lo parecía el poeta, ahí, á la orilla de la cama,
enjuto, alisado el rubio cabello que le caía sobre los hombros, por
detrás, vestido con una especie de sayal, y sentado enfrente de
una mesita cubierta de rimeros de libros, entre los cuales
parpadeaba una vela con una claridad amarillenta que iluminaba ese
rostro y esas manos entre las cuales yacía un libro viejo, y los
alumbraba con esa caliente luz de oro que destaca las peregrinas
figuras sobre el fondo extrañamente oscuro de los mas hermosos
cuadros de Rembrandt. Volvía la espalda al muro, sobre el cual se
levantaba una sombra grotesca que se partía en el ángulo y se
encorvaba en el techo con gesticulaciones torpes, dignas de una
frase de Poe, que habrían hecho reír á un loco; y sobre esa sombra
que tenía deslumbramientos, relucían en la palidez moribunda de la
cabeza unos ojos grandes, sondeadores, animados por la fiebre, que
contrastaban con la dejadez de unos labios entreabiertos, de donde
salían las palabras lenta y débilmente, á suaves pausas, como de
quien ve que en cada sílaba se sale un aliento de vida, y no quiere
agotarse en un esfuerzo.
Nos recibió con afabilidad, nos enseñó, fija en la pared, la
corona que le había remitido el ATENEO ; nos habló de las
esperanzas que había concebido respecto de su drama, de la lluvia
que impidió la concurrencia la noche del estreno, de sus deseos de
gloria ó al menos de que no lo olvidaran, de sus contrariedades en
la vida, de que se sentía morir, llevándose muchas creaciones en
esa cabeza que pronto iba a descansar sobre una piedra; de que no
alcanzaría á concluir su otra pieza dramática, el Infierno de los
Santos, de que estaba resignado á todo. Y se expresaba así,
encadenando unas ideas á otras, con melancolía, es verdad, pero sin
alteración en la voz, sin anublársele los ojos, como habituado ya á
ver claro en esa sombra donde se van hundiendo en silencio, uno á
uno, y sin que podamos acompañarlos, tantos seres queridos que
dejan las peregrinaciones de aquí abajo.
Le prometí volver muy pronto, y salí aturdido, sin reconocer el
camino, pensativo, y reconciliado con la muerte, que iba á desligar
esa vida de aspiraciones y miserias en que el poeta, en aleteo
insensato, se había roto las alas contra los barrotes de hierro de
la realidad ; lleno de emociones extrañas, llevando en el oído el
eco de esas palabras que parecían revelaciones, presente ese perfil
que ya se disolvía en penumbras desconocidas, é impresionado al
sondear ese espíritu que tenía desbordamientos de ternuras.
Espinosa, por circunstancias especiales, no está enterrado en el
recinto común, espolvoreado de cal, cercado por tapias amarillas
que se agrietan, donde hay sombras que aguardan cuerpos, y ecos que
aguardan pasos, sino en medio de un campo que redondea la alfalfa y
blanquean flores silvestres, donde da el sol de lleno y se oyen
palpitaciones de alas en el espacio, al par que llega el mugido de
perezosos bueyes. El cuerpo endeble del poeta que en la vida vibró
demasiado y se ajitó en estrecheces, hoy, como un niño ciego que al
fin, á tientas, hallara el regazo donde puede dormir, reposa allí,
reposa en los ámplios descansos de todas las transfusiones tibias
de la savia, en todas las corrientes amorosas de la madre
tierra.
Ya que tratámos de indicar cuál ha sido el movimiento
intelectual entre nosotros, considerado en el pasado, y enunciámos
cuáles son, de los antiguos, los más recordados por los poetas de
la nueva generación, y quiénes, del exterior, han llegado á ser
queridos en nuestra patria como gloria propia é imitados con afecto
; y ya que cumplimos con el sacratísimo deber de consagrar un
recuerdo á tres amigos que fueron y ya no son, por lo que toca á la
materia, permítasenos hacer, con toda humildad, algunas
indicaciones que se desprenden naturalmente de los precedentes de
este libro y del libro mismo. Vernos que en éste algo resta por
suplir y que el tiempo se encargará de retocar, mas hay también, á
no dudarlo, y sin que nos ofusquen simpatías personales, muchos
buenos escritores, varios que han tocado no lejos de la altura á
que se aspira, y algunos que han dado tál nota que jamás será
olvidada por quien la haya escuchado. De consiguiente, ¿ cómo no
habrá entre tántos poetas que han alcanzado á formarse idea
bastante exacta del arte, y que tienen el presentimiento del
ideal, un poeta que llegue á formar época, que llegue á ser el
verdadero poeta, que llegue á ser el Poeta?
Claro se está; mas no habrá de bastarle la inspiración para
hallar admiradores entre los contemporáneos, para formar escuela y
tener séquito, para ser considerado por los del futuro, y para
ejercer en todo tiempo ese extraño sacerdocio de los pueblos, ni
mezquino ni mezquinado; pues que debe responder, á imitación de los
pensadores ya inmortales, á ciertas necesidades que se encuentran
en todos los ánimos, y que vamos á presentar, desconfiados de
nuestro modo de exponerlas, aunque llenos de confianza en las
razones que surgen muy naturalmente. Indicaremos, así, los asuntos
que están por explotar y harán caer en desuso los ya rimados y
luégo mostraremos las cualidades esenciales que soñamos para el
bardo.
Quien llegue á pensar que las fuentes de poesía están agotadas,
ó al menos probadas todas, y gastados los temas dignos de vasto
desarrollo, ó que sólo pueden revestirse de alguna novedad los de
género erótico, vuelva los ojos por un momento á nuestra Historia
nacional, patente y llena de amenidades en la de Groot, donde al
lado del fallo que no falla se muestra la crónica que regocija y
destaca como de relieve figuras nobles, caracteres trágicos,
episodios curiosos, costumbres y vestidos, todo ello sin las
arideces de la especulación, al par que sin las vacilaciones de
quien no conoce plenamente los hechos, y mire allí cuánta belleza
digna de metros abundantes hay en los encuentros que tenían, tras
largo batallar con ríos y selvas, los venidos de España, lorigados
y caballeros en sus caballos de guerra, fuerte el brazo, retorcido
el bigote, fija la espuela de plata, bien puesto el cuerpo sobre el
bridón y mejor puesta el alma dentro del cuerpo, con los nobles
indios de estas tierras de América, sabios en sus consejos,
tranquilos en sus ritos, tan sonrientes al trabajar en sus maizales
como feroces en la guazabara, é indomables con todo el refuerzo que
puede dar el choque de dos razas que por primera vez se miden, al
efectuarse en escenario tan singular como estas cordilleras de los
Andes. En todos esos cuadros se mira la antítesis (verdadero
recurso de poesía, quizá el principal porque es el más de acuerdo
con las muestras que da lo real) que forma la civilización de la
raza europea, vinculada en esos conquistadores de pueblos y de
tierras, con el vigor primitivo de los individuos y comarcas
conquistados. Y así vemos á Jiménez de Quesada, en el prado, al
pié del cerro, arrancando un puñado de hierba y, fundador de un
símbolo, arrojándola al aire en señal de posesión, y clavando su
acero en el punto donde más tarde há de alzarse la ciudad de los
Virreyes ; á Núñez de Balboa, extraño visionario de realidades,
golpeando una ola con su espada y metido entre el mar hasta la
cintura, para hacerlo suyo ; á Aguirre, loco con la doble
paradójica locura, por una parte santa, por otra terrible, que da
la lucha por el bien en el futuro y la comisión del mal en el
presente ; á Galiano, la víspera del combate, que mira con
desconsuelo é inquietud despeados sus pocos caballos, y así
imposibilitados para dar una carga, por falta de herraduras,
gastadas en correr á los indios por esas serranías de Une, y que se
resuelve, en tales escaseces, dice el historiador, *** á echarles á los brutos las herraduras de
oro. Viene luégo la época de la Colonia, con menos magnitud en las
empresas, pero más enredo en los episodios, con sus leyendas mitad
de los españoles, mitad de los aborígenes, sus autos de fe, sus
mancebos de espadín y capote, sus escándalos, dignos de cortes
decrépitas, sus fundaciones, sus ensayos en las letras y en el
estudio de las lenguas que hablan las varias tribus ; los primeros
frailes que destacan sus siluetas en los primeros claustros, donde
se entregan á escribir la historia de la comunidad ó la general de
los tiempos que abarcan ; el bautismo de los volcanes; el tallado
de escudos que hoy vemos en tal cual fachada de piedra sobresalir,
desmoronado y musgoso, como demandando un poema, una estrofa, antes
de desplomarse; y las corridas de toros, las festonadas
procesiones, los paseos al Tequendama, y otros festejos que
forjaban los caballeros, tanto para regocijo propio como para
quitar á sus castellanas la nostalgia de tierras allende el mar y
los deseos de ir á desplegar sus abanicos orillas del
Manzanares.
Tenemos más tarde la epopeya de nuestra Independencia, el genio
de Bolívar, la altivez de la nobleza criolla, el martirio de
Caldas, el ferreo carácter de Santander, la muerte de Ricaurte,
inventor de un volcán que fuera su pedestal y su tumba, los
imposibles posibles de Páez, y tanto caballeroso carácter, y tanta
hazaña que hoy se dijera insensata, ideas y hechos que forman el
tejido prodigioso de esa nuestra fábula histórica.
Hay otra vena tan escasamente explotada como rica en efectos,
renovados siempre, cual es la que podríamos llamar de la poesía
científica, no ciertamente con los prosaísmos de la especulación,
porque el arte es esencialmente antianalítico, sino en la síntesis
de sus resultados, con los cuales el hombre, en bien luchada
lucha, se presenta quebrantando ó duplicando las fuerzas
naturales, en antes rebeldes ó menguadas. Cierto es que tal
escuela necesita que el poeta lo sea en un todo, pues fácil es caer
en los estilicidios de Melchor del Palau y otros que, atendiendo
sólo á la verdad del tema, y no á las imágenes con que deben
presentarlo, se tornan iconoclastas del arte.
Hay ejemplos felicísimos de este género, entre otros,
verbigratia, el delicioso Tren expreso, donde el poeta da calor de
nido á ese coche que tenía < la forma de la tapa de una
tumba ;> y una hermosa composición de Sully Prudhome,
titulada Efecto de noche; y, jara no citar más, Víctor Hugo mismo,
apellidado el poeta del siglo, no podía llevar dicho nombre sin
cantar especialmente las conquistas de la época, de suerte que en
más de una ocasión se muestra forjando sus <<
alejandrinos centelleantes,» como los llama Menéndez Pelayo,
particularmente en una sección de la Leyenda de los siglos, donde
se dignifica éste en que por suerte vivimos. Caro, para limitarnos
á lo acontecido entre nosotros, en el Bautismo tiene notables
cuartetos donde estampa no pocos descubrimientos, y tan bellos
todos aquéllos como estos tres que copiamos :
Potentes más que el genitor de Palas,
Al rayo señalaron su camino;
Y á los vientos alzándose sin alas,
Siguieron sin temblar su torbellino.
Ellos al Leviatán entre cadenas
Sacan de los abismos con su mano,
Y pisan con sus plantas las arenas
Del fondo de coral del Oceano.
De un hilo con la curva retorcida
Los cabos juntan de un inerte leño...
¡Y el secreto perturban de la vida,
Y agitan el cadáver en su sueño!
Por lo dicho se ve cuán feliz en efectos puede ser un poeta que
transite por ese camino, si bien es cierto que há de escoger, como
ya lo expresámos, las imágenes con que debe revestirse la verdad.
Preciso es que, como la hiedra á las severas torres, presten
sombra á la frente de Minerva los verdescuros pámpanos de
Baco.
Vamos al otro punto.
El poeta há de tener fe, fe profunda, fe alta, con todas las
generosas amplitudes que puede producir lo absoluto al bajar á las
almas. Pasaron los egoísmos de los trovadores que aspiraban tan
sólo, en tanto que llegaban los Cruzados trayendo adelante la
gloria, atrás la peste, á cantar sus pasiones al pié de caladas
almenas, mudos al anatema ó al encomio; ó de bardos cortesanos que
trabajaban sus madrigales al lado del fuego, mientras se
balanceaban en los árboles del camino los cadáveres que un buen
señor mandó colgar allí para regocijo propio y escarmienta ajena.
Hoy día el poeta há de saber, y sabe, que el pueblo llora, que el
pueblo ama, que el pueblo aspira; y que la Humanidad no concede una
corona que está en sus manos, la inmortalidad, si el poeta no
concede algo que tiene en el alma, la compasión. Hoy día el poeta
há de asomarse á todos los abismos, há de gemir sobre todos los
dolores, há de vendar todas las heridas; como Cristo, há de
levantar á todos los débiles caídos, como Cristo, há de llorar con
los vivos que lloran á sus muertos, y como Cristo, há de llamar
bienaventurados á todos los desheredados de la vida.
Podremos decir que en este siglo el poeta tiene el severo
pontificado de las sombras.
Y ¿ cómo velará el poeta sobre los miserables ; por qué há de
tener el alma exenta de todos los odios y llena de todas las
abnegaciones ; con qué derecho luchará en la guerra de la vida en
favor de los que tiñen la arena con su sangre; qué espíritu de
progreso, qué esperanza de días mejores en las peregrinaciones de
aquí abajo podrá abrigar, si no mira á lo alto, si no tiene
conciencia de que somos jornaleros de una cosecha cuyos frutos no
hemos de coger, que es ley impuesta al hombre el que avance, aunque
no sepa á dónde, y que aspire, aunque no comprenda á qué infinitos;
y si no tiene fe en las verdades anteriores y posteriores á la
Naturaleza, á esta Naturaleza que es hermosa como la parte del
Todo, pero que tomada en sí sola se nos muéstra con la lucha
incesante, áspera, en que todos los que fuimos marcados para la
vida estamos marcados para la muerte, y en que ni hay lugar para el
soñador ni puesto para el sacrificio Naturaleza sorda y ciega,
sorda para el grito, ciega para la llaga, que se sustenta con sus
propias entrañas ?
Veneremos al que hizo los astros y las madres.
Y como natural consecuencia viene la fe en que la Patria no es
sólo un nombre grabado al frente de templo sin aras. Así, el bardo,
como nadie altivo, será el guardián de todas nuestras libertades,
al par que el que unja en la frente todos nuestros deberes.
Si, como dicen, la concha marina guarda en sus variantes de
crepúsculo el fulgor de la fosforescencia pálida del abismo, y el
color verde de la ola que se quiebra al sol, en luminosa cresta ; y
conserva, al aplicársele el oído, en hora de silencio, el rumor
balanceado de la marca que, como con lengua amorosa, la contorneó
allá en el fondo salado; tal vez, asimismo, guarde la Naturaleza
para el poeta que se úna á ella en las plenitudes rumorosas de una
selva, cierta enseñanza de sus días primeros, revelaciones de sus
anteriores génesis, verbos de sus primitivos arcanos; y al par
descubra allí al soñador de realidades las correspondencias
misteriosas de la montaña con el nido, del mar, que aún se
estremece por haber visto á Dios una sola vez, el día de su
creación, con la luna, que es como ya se dijo, la herradura que
dejó caer el caballo negro de la Noche.
Y allí, á la sombra de troncos patriarcales, rodeado por
estremecimientos de claroscuros, suelto el cabello al soplo que
dispersa y confunde las semillas, olvidado de todo y lleno de todo,
en una inmersión sagrada de la Naturaleza, descubrirá el poeta
vibraciones desconocidas, corrientes ignoradas, ritmos ocultos
dignos de nuevas liras, desde el rumor sedoso y no escuchado del
botón que en la rama se deshoja, al apuntar el fruto azucarado,
como un idilio que se redondea en geórgica, hasta el rugido del
huracán que hace un órgano de las arcadas de la floresta, y pasa
con un trágico derrumbamiento de sombras.
Así, el poeta, llena la pupila de las claridades de la altura,
las conquistas sociales en la diestra, fija la planta sobre la
tierra generosa, oficie ante esa austera trinidad de los ideales,
lleve el alma abierta á todas las virginidades de lo desconocido,
y sea su lema
"CRISTO, LA REPUBLICA Y LA NATURALEZA " .
RIVAS GROOT
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Prólogo del doctor Camacho Roldán á las POESÍAS de Gutiérrez
González.
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Zorrilla la tiene, y en Olmedo encontramos la siguiente, tal
vez de casual combinación:
La tiniebla de sangre y servidumbre
Que ofuscaba la lumbre
De tu radiante faz pura y serena
Se disipé, y en cantos se convierte
La querella de muerte
Y el ruido antiguo de servil cadena.
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Fr. Pedro Simón, t. II de las Noticias Historiales, inédito
en la Biblioteca nacional de Bogotá.
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