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ENRIQUE W. FERNANDEZ.
 

 

ECOS DEL MAR.-CAPRICHO.-LA NOCHE.
 

 

ECOS DEL MAR.

Oh! Vasto Mar, oh! Piélago profundo

Que socavas el mundo

Al perdurable són de ronco estruendo;

Titán que te retuerces en cadenas

De rocas y de arenas,

La raíz cíe los montes conmoviendo;

 

No te conozco aún, mas te presiento,

Mi espíritu sediento

Tus sublimes horrores finge, ansioso,

Y sin haber estado en tus riberas,

En él, oh Mar, imperas,

Dilatado, bullente y majestuoso.

 

Más de una vez tus recios oleajes,

Tus ímpetus salvajes

Resonaron en mi alma combatida

Más de una vez mi espíritu doliente

Hacia tu playa ardiente

Voló, á expandir con el terror mi vida.

 

Sentí las tempestades revolverte,

Te vi rodar, romperte

Y de turbias espumas coronarte

Desde roto peñasco sentí el trueno

Retumbar en tu seno,

Vi la luz del relámpago alumbrarte...

 

¡Inmenso Mar bajo infinito cielo!

Allí, tendido velo

De siempre vastas y tupidas nieblas,

Más allá, promontorios y arenales,

Insulas de corales...

Después, silencio, soledad, tinieblas.

 

Tinieblas...nó! que como el sol, tu abismo

Se ilumina á si mismo,

Con fosfórica luz que en torno fluye

Cuando el turbión contra la playa choca

O se estrella en la roca,

Y en manojos de chispas rueda y huye.

 

Hay en tu fondo mundos encubiertos,

Y cóncavos desiertos

Y sótanos de perlas y diamantes

De ti manan los ríos y á ti vuelven,

Tus abismos envuelven

Las cenizas de imperios ya pujantes.

 

En tus senos recónditos un día

La Atlántida se hundía,

Y ni el sol ni los hombres más la vieron;

Siglos después, tres naves españolas,

Domeñando tus olas,

El país de los Andes descubrieron.

 

Oh Mar, oh Mar ! yo habré de conocerte,

Yo necesito verte

Y temblar una vez sobre tu abismo

Envolverme en el manto de tus brumas

Y en tus rizas espumas

Recibir de poeta el gran bautismo.

 

Yo fío en Dios y en Él pongo este anhelo

De ver el combo cielo

En tus diáfanas ondas reflejado

De mirar en tu seno rota un día

Esta melancolía

Con que vive mi espíritu enlutado.

 

De tus olas saldré, como la diosa

En su leve carroza

De purísimo nácar, tal vez grande;

Tal vez á ti me llamará la suerte

Para morir sin verte,

Como muere el vapor cuando se expande.

 

Mas no espanta el morir al vate herido,

Le espanta, sí, el olvido

De su nombre mortal sobre la tierra ;

Porque el olvido, oh! Mar, desierto y hondo,

Es otro mar sin fondo

Que sólo frío y lobreguez encierra.

 

El Desierto y el Mar. La muerte hallada

En su inmensa explanada,

A todo el sol y á todo el firmamento,

Es el reposo del león dormido

Al agreste ruido

De las selvas, arqueadas por el viento.

 

CAPRICHO. 

ENTRE cojines de damasco hundida,

Envuelta en tibio resplandor de perla,

Adormecida te encontré una noche,

Oh ! noche de dulcísimas tristezas.

 

Como el artista al modelar su estatua,

Los breves labios con primor le aquea

Y un indeciso asomo de sonrisa

Allí, viviendo en lo insensible, deja;

 

Así estaba tu rostro, medio oculto

Bajo los hilos de tus rubias trenzas,

Y entre los pliegues de tu falda, un libro

Dejaba ver dos páginas abiertas.

 

Crucé los brazos, te miré, anhelante,

Luégo con paso de ladrón, sin fuerzas,

Llegué á tu oído, susurré : « yo te amo »

Y huí como ladrón de tu presencia.

 

LA NOCHE.

 

A MI AMIGO EL SR. ISMAEL E. ARCINIEGAS.

 

AQUÍ, mirando al cielo,

Desde oculta morada campesina,

No fijo en el señuelo

De la ambición indina,

Corre el vivir cual onda cristalina.

 

¡Oh noche que desciendes

Sonando á la manera de arpa triste,

Y que lenta te extiendes

Por todo cuanto existe!

Préstame aliento y á mi canto asiste.

 

¡ Oh, cuál en ti se siente

Que la casa del alma está en el cielo!

¿ Quién alzará la frente,

Sin querer que alce el vuelo

El alma, de este vaso y de este suelo ?

 

Tú, de vivos luceros,

De pálidas estrellas coronada,

Me acuerdas los primeros

Solaces de la amada

Edad, que como ensueño es ya pasada.

 

¡ Oh candor de la infancia,

Cuando llegué á subir en monte erguido,

Pensando en mi ignorancia,

Que con brazo tendido

A Véspero lograra ver asido !...

 

Y esa es la edad más cuerda

Del hombre aquí; son de ángel sus errores;

Cuando el hombre la pierda,

En copa de dolores

Del mal exprime las vedadas flores.

 

¡ Ay del hombre, apegado

En donde sólo es cierta la mudanza;

Que sólo en lo pasado

Lo no precario alcanza;

Mas ya cual ruina, nó como esperanza !

 

Cercado de pasiones,

Escaso de saber y de inocencia,

Alimenta ficciones,

Desoye la conciencia,

Y allí está el mal, do pone su querencia.

 

Malgasta en devaneos

El sentido del bien, que á Dios le inclina;

Fabricando deseos,

Por do ciego camina

No ve que deja flor y coge espina.

 

II 

El tráfago y rüído

Con que turba la paz el largo día

Cesaron, y al oído

Confusa melodía

Pone vago deleite, y extasía.

 

Cuando se hunde á lo lejos

El monte que tu mudo pie traspasa,

Todos, niños y viejos,

Congréganse en la casa,

Y en ingenua expansión el tiempo pasa.

 

En fácil cantinela

Melancólico adiós al sol envía

El ave, y rauda vuela

Al dulce nido, y pía

Lleva el sustento de la tierna cría.

 

El grave, majestuoso

Toque de la oración da la campana

El eco sonoroso

Vibra en cumbre lejana,

Y se hace oír en la conciencia humana.

 

Y bajo el techo amado

Del pacífico hogar se aviva el fuego

El niño, ya cansado

Del bullicioso juego,

Busca el regazo y se adormece luégo.

 

El campo vierte aromas

Y en el aire el olor se desparrama;

Sobre las verdes lomas,

Rastrera se derrama

Alegrando la vista, inquieta llama.

 

Por la tendida vega

Resbala lento y murmurando el río;

En hoja que se pliega,

Por prado y bosque umbrío,

Cuaja efímeras perlas el rocío.

 

Así en gotas se baña

De enamorada virgen inocente

La púdica pestaña,

Cuando entre sueños siente

Casta sombra pasar del bien ausente.

 

¡ Oh! todo, todo encumbra

A serena mansión el pensamiento

                Los ecos, la penumbra,

La niebla, el firmamento

¡ Hé aquí la paz, aquí el recogimiento!

 

Dios, en el cielo escrito

Dios, en todo patente ó reflejado;

Se mira lo infinito

En lo inmenso enmarcado.

Si se copia en la mar cielo estrellado.

 

Este es el gran momento

Cuando al Señor el universo adora:

En la caverna, el viento;

Muda el ave canora;

¡Prostérnate, mortal ; medita y ora!

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