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FEDERICO RIVAS FRADE.
 

 

MEDITANDO. 

EN una de esas noches tan brillantes,

Que mucho más que noches son auroras,

En que vuelan las almas soñadoras

Y viajan los espíritus errantes;

 

En que del cuerpo el alma se desprende

Y entre mil vaguedades confundida,

Dejando los senderos de la vida,

Por lo impalpable caminar pretende;

 

En esas horas de éxtasis profundo

Mi alma, que con serlo, está ya dicho

Que tiene, como todas, el capricho

De viajar en la noche por el inundo,

 

Vaga y sueña y contempla muchas cosas

Que van y vienen, huyen y se alejan,

Y al cabo convertida me la dejan

En un niño cazando mariposas;

 

Pero, acaso, las huellas de algún llanto,

O recuerdos sonámbulos de penas,

De esos que tienen algo de sirenas

Porque cantan y gimen en su canto,

 

Detienen de mi alma el raudo vuelo

Y le murmuran quedo en el oído:

-Decidnos: ¿ dónde el bien está escondido?

¿ Dónde la dicha está sobre este suelo?

 

Ante preguntas tales, asombrada

Queda mi alma extática, lo mismo

Que el que parado al borde de un abismo

Lo quiere sondear con la mirada.

 

Y como el aire que á su paso toca

Ya en el cristal del lago, ya en el barro,

En la nube, en la flor, en el guijarro,

En el valle, en el cerro ó en la roca,

 

Así, buscando solución alguna

Para aquella pregunta tentadora,

Va mi alma pasando, hora tras hora,

Las sendas de la vida, una por una.

 

Primero, por la escala de la vida

Desciende hasta llegar á la materia,

Y toca de los hombres la miseria

Por ver si la ventura allí se anida.

 

Encuentra ahí los goces más sensuales,

Olor de cieno embarga sus sentidos

Y en su redor escucha confundidos

Ayes de manicomios y hospitales.

 

Al final de la senda en que camina,

Entre gasas manchadas y hojas mustias,

Cargados de dolores y de angustias

Ve gemir á Luis Quince y Mesalina;

 

Subiendo más, brillar contempla el oro

Y, á su deseo, el techo se levanta

Del dorado palacio donde canta

Un himno la ambición ante un tesoro;

 

Y mira algunos ojos animados

Y escucha de placer algún acento;

Mas fijándose, ve al remordimiento

Triturar corazones disecados.

 

Ascendiendo penetra en los salones

Donde el regio poder su trono ostenta,

Allí la confusión y el ruido aumenta

Al vaivén de diversas ambiciones:

 

Junto de alegrías enmascaradas,

Ve á la verdad llorando de tristeza,

A la ambición sirviendo á la bajeza,

Y de sangre y traición huellas marcadas;

 

Al través de este ruido oye distinto

Un eco de dolor y de misterio

Es que de Yuste el vacuo monasterio

Repite la oración de Carlos Quinto.

 

El alma sube en su deseo, y en tanto,

Para llegar al templo de la gloria,

En las páginas halla de la historia

Luto y sangre, cadáveres y llanto;

 

Y al cabo con dolor la vista aparta,

Por no ver en el fondo de esta escena

Cautivo á Bonaparte en Santa Helena,

Y á Bolívar muriendo en Santa Marta;

 

Huyendo de este cuadro la presencia,

Con tintes dé miseria y desconsuelo,

Tiende hacia arriba el poderoso vuelo

Y llega á los umbrales de la ciencia.

 

« He terminado,» piensa, « aquí se encierra

Todo lo grande que contiene el mundo,

Del pensamiento en el luchar fecundo

Concluyen las miserias de la tierra.»

 

Pero al tocar en el umbral apenas

Ya mira del dolor en el mareo

Que ante los necios tiembla Galileo

Y que gime Colón entre cadenas;

 

Y guardando su nuevo desengaño

Respira fatigada de la carga,

De tanto llanto que la vida amarga,

Y sube de la escala otro peldaño.

 

Entre flores, perfumes y ambrosía,

En medio de ilusiones y celajes,

Vistiendo de las nubes los encajes,

Ve dormida á la joven Poesía;

 

Mas el sopor de virgen tan sencilla

Ignora si es ensueño ó desvarío,

Y no sabe si es lágrima ó rocío

La gota que humedece su mejilla

 

Duda el alma si aquí termina el llanto,

Si aquí concluye del dolor el giro,

Al oír de la virgen un suspiro

Que entre sus labios se convierte en canto.

 

Duda pues si la dicha allí se encierra;

Pero á su vista llegan de improviso

Milton que ofrece en venta « El Paraíso »

Y Byron que se aleja de Inglaterra.

 

Gime el alma con triste desaliento

Contemplando estas nuevas desventuras,

Y escala otra región de las alturas,

Para el mundo encontrar del sentimiento;

 

Duda, pero el amor le manda un beso

Con sabor de jazmín y olor de rosa,

Y la amistad serena y generosa

La abraza del cariño en el exceso;

 

Penetra en ese templo y oye ruido

De gorgeos, idilios y ternuras;

Pero al través de sombras muy oscuras

Divisa á la perfidia y al olvido;

 

Escucha entre el gemido de la brisa

El « Tú también !» de César espirante;

Y mira en un convento muy distante

Las cartas de Abelardo y Heloísa;

 

Otro nuevo dolor el alma lleva

Y pretende subir ; mas siente el frío

Del que toca á sus plantas el vacío

Cuando á oscuras camina en una cueva.

 

« ¿ Dónde está la redoma cristalina

Del bien y sólo el bien ?» pregunta. «¿ En dónde ?»

Y con un ay! profundo le responde

La Humanidad que entre el dolor camina.

 

Y sus lágrimas mira el alma mía

De fantasmas tornarse en turba inmensa,

Como aquellos que el niño mirar piensa

Al postrer resplandor de una bujía.

 

Pero de estas tinieblas sin auroras,

Vuelvo al mundo real de los sentidos

Del reloj á los golpes repetidos,

Con que anuncia la muerte de las horas;

 

Y, como se despierta atormentado

Por la visión de un sueño de tristeza,

Busqué por los contornos de mi pieza

Las sombras de mi sueño disipado;

 

Y vi, para colmar mi desconsuelo,

De la alborada con la luz dudosa,

Un cuadro de la Virgen Dolorosa,

Juntas las manos y mirando al cielo.

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