PRÓLOGO
"LA LIRA NUEVA"Y LA POÉTICA DE SU TIEMPO
En 1886, hace ahora 100 anos, el poeta y novelista José María
Rivas Groot publicó en Bogotá una antología de poetas colombianos
en la cual, al lado de algunos nombres que habían merecido cierta
consagración, se juntaron otros enteramente desconocidos del
público. La precedió un prólogo del antologista. En él se señalaron
los rasgos que, según su criterio, eran aquellos que con mayor
generalidad mostraban los poemas reunidos.
|La lira nueva fue
su título. El volumen alcanzó a un poco más de cuatrocientas
páginas.
José María Rivas Groot nació en Bogotá en 1863 y murió en Roma
en 1923. Pertenecía a una familia de letrados: fue hijo del
escritor costumbrista Medardo Rivas y nieto del historiador José
Manuel Groot. Estudió inicialmente en Inglaterra y luego en
Francia. Desde joven se consagró a la tarea literaria y es conocido
sobre todo por dos obras: el poema "Constelaciones" y la novela
|Resurrección. Fue varia su inteligencia, extendiéndose a
otros campos: la crítica, la historia, la religión, la política
internacional. Se ha creído que su principal atención la consagró a
la novela, sin que la poesía y la historia le desmerecieran afecto.
Se destaca igualmente su actitud de avanzada en la vida intelectual
colombiana de finales del siglo diecinueve.
Otra célebre colección poética publicada en ese mismo año,
|Parnaso colombiano, que escogió Julio Áñez, lleva también
prólogo suyo. En ambos textos liminares se propuso renovar el
concepto sobre la poesía que venia imperando en esos años en el
país. Mostró la actitud diferente que los jóvenes querían tomar
ante ella: la misión del poeta a manera de servicio social en la
que irrumpiera con derecho propio la divagación filosófica.
En "Constelaciones" se ha pretendido advertir, sin evidenciarlo
demasiado, un eco de las
|Contemplaciones de Víctor Hugo. El
poeta francés, cuyo influjo se extendió enormemente en los países
hispanoamericanos, venía siendo lectura predilecta de tiempo atrás.
Y halló en Rivas Groot a uno de quienes le seguían, acaso entre los
últimos, con más fervor y comprensión. A su culto consagró,
igualmente, un conjunto de traducciones (algunas suyas) que lleva
el nombre de
|Víctor Hugo en América.
A
|
su predilección por los poemas de Víctor Hugo y de
Núñez de Arce se añade la que debió profesar por la obra de Gustavo
Adolfo Bécquer. Desde antes de 1880 verso y prosa,
|Rimas y
|Leyendas del sevillano tuvieron amplia difusión en América.
Mas acaso fueron la voz y las visiones del "Hugo fuerte" (ya que
sólo después vendrían las del "Verlaine ambiguo") las que tuvieron
mayor ascendiente en Rivas Groot. Escribió el señor Gómez Restrepo:
"La antítesis, recurso supremo del arte de Víctor Hugo, presta
también sus contrastes a los versos de Rivas Groot; y cuando la
emoción lo caldea interiormente, pone al lector, como sabía hacerlo
su maestro, en presencia de lo infinito. Tal ocurre en el magnífico
canto "Constelaciones", una de las más finas joyas de la poesía
colombiana; meditación digna de Lamartine, por el vuelo de la
inspiración idealista, pero que recuerda a Víctor Hugo por la
mezcla de luces y de sombras, pues es un canto "tan lleno de
dulzura, tan lleno de tristeza", para emplear las propias palabras
con que el poeta calificó las temblorosas miradas de las
estrellas":
Vendrá noche de siglos a todo cuanto existe;
y expirarán, en medio de hielos y amargura,
los últimos dos hombres sobre una roca triste,
las últimas dos olas sobre una playa oscura.
|Y moriréis, oh estrellas, en el postrero día ......
mas flotarán espíritus con triunfadoras palmas,
y alumbrarán entonces la eternidad sombría,
sobre cenizas de astros, constelaciones de almas.
En dos novelas cortas y varios cuentos la figura de José María
Rivas Groot se ha reconocido con más seguridad como actor, en sus
días, del naciente modernismo hispanoamericano. El orbe cultural
europeo de comienzos de siglo es el ambiente de
|Resurrección
(1902) y de
|El triunfo de la vida (1916). De él,
principalmente, el parnasianismo, el decadentismo, el simbolismo,
el prerrafaelismo. Así como el impresionismo pictórico y la música
de Wagner. Un malogrado crítico colombiano señaló que en
|Resurrección están "en forma narrativa las mismas ideas, el
mismo diálogo entre el hombre y el infinito que encontramos en las
'Constelaciones'
|
|".
Sin embargo, frente a otras
novelas modernistas, como la misma
|De sobremesa de José
Asunción Silva, eco nuestro de la decadencia europea finisecular,
en las de Rivas Groot se da no sólo la afirmación de un profundo
espiritualismo, con el cual pueden aquellas concurrir, sino,
igualmente, la exaltación estética del catolicismo.
|¿ Conoció Rivas Groot el manuscrito de la novela de
Silva, que permaneció inédito hasta casi 30 años después de la
muerte del poeta?
Lo católico luce en las páginas de Rivas Groot ennoblecido con
un halo de poesía y de sublimidad: contra el naturalismo, el
cientifismo y la crítica positivista.
La redención final del espíritu es el asunto tanto en
|Resurrección como en
|El triunfo de la vida. Dominio
de la espiritualidad conquistado mediante la fusión del Arte y la
Religión. El regreso al misticismo fue también dirección importante
en el vasto, individualista y anárquico horizonte del total
modernismo. En esta corriente se inserta la narrativa del notable
escritor colombiano. También en su regreso a la naturaleza.
Coincidía así, como George Castellanos lo ha puesto de presente,
con la vuelta al misticismo, con la vuelta a la naturaleza, que
Manuel Díaz Rodríguez señaló dentro del movimiento modernista.
Tendencias, según el venezolano, "predominantes y constantes que,
siempre en armonía, discurren por cauces fraternales y paralelos,
cuando no se entrelazan y confunden, hasta quedar las dos, en un
principio separadas y distintas, convertidas en una sola"..
En la obra de Rivas Groot tales tendencias "se dan
frecuentemente unidas". Ese entendimiento espiritualista recuerda,
según el mismo Castellanos, la lección de Emerson y de Martí acerca
de la naturaleza como reflejo constante del espíritu". La prosa de
José Martí debió divulgarse en Colombia, cuando menos, a partir de
1880. No sorprende por lo tanto encontrar en la narrativa de Rivas
Groot la misma noción de la armonía universal que relaciona al
hombre con el mundo físico. La cual va a ser constante, luego, en
la prosa y en el verso modernistas.
* * *
De los
|35 poetas que figuran en
|La lira nueva casi
no se hace ahora remenbranza, como tales, sino del propio
antologista y de Belisario Peña (1834-1906), Candelario Obeso
(1849-1884), Ernesto León Gómez (1853-1892), José Asunción Silva
(1865-1896), Ismael Enrique Arciniegas (1865-1938), Joaquín
González Camargo (1865-1886), José Joaquín Casas (1865-1951), Julio
Flórez (1867-1923), Diego Uribe (1867-1921) y Carlos Arturo Torres
(1867-1911). Apenas de tarde en tarde se recuerda a otros de
quienes integraron sus páginas. Los demás cayeron en olvido. Pero
entre todos ellos sólo la obra de José Asunción Silva iba a
constituir, en el final del siglo pasado, la de uno de los más
grandes creadores del modernismo hispanoamericano. Y la del más
intenso lírico de esa gran época de innovación, raras
individualidades y abierto universalismo (sus caracteres
esenciales, según Federico de Onís) en que cada uno de sus
principales actores contribuyó al enriquecimiento de la poesía en
lengua española.
El juicio colombiano ha sido uniforme en pensar que
|La lira
nueva no es importante por la calidad de las muestras poéticas
que allí aparecen sino por las orientaciones que algunas de éstas
ofrecieron. Y por haber asomado en ella inicialmente, al lado de
Silva, varios poetas que irían mas tarde a descubrir su
personalidad. La gran mayoría de ellos era de muchachos que apenas
ligeramente excedían el segundo decenio de su existencia. Un fiel
investigador de nuestra poesía, Carlos Arturo Caparroso, ha escrito
con certeza: "Representan los poetas de
|La lira nueva, por
una parte, la declinación romántica; por la otra, los comienzos del
modernismo. Lo primero, en cuanto a lo que significa una atenuación
o un rechazo de ciertos recursos típicos de escuela; lo segundo, en
cuanto al ensayo de estilos poéticos más depurados, y en la
aparición de una sensibilidad lírica menos afectada y más discreta
y tasada, particularmente notoria en los discípulos de Bécquer,
allí abundantes". La influencia del autor de las
|Rimas fue,
para decirlo de una vez, la única beneficiosa entre las que
recibirían de España, en su adolescencia, los modernistas
americanos.
Porque junto con el de Bécquer otros ejemplos llegaron a los
poetas de
|La lira nueva. Ya no tan favorables cómo lo
requería la transformación poética que en breve iba a operarse,
primero en Hispanoamérica y luego en España. Sin olvidar que dicha
transformación se manifestó primero en la prosa, francamente, en
textos como los de José Martí y Manuel Gutiérrez Nájera, en las
décadas de 1870 y 1880. Y porque el universo romántico de Víctor
Hugo, a pesar de su fulgurante idealismo, dejaba ya de ser novedad.
El prosaísmo de Campoamor, pese a la revaluación que de él quiera
intentarse, descendía con mayor frecuencia en lo chabacano. La
entonación civil de Núñez de Arce contribuía a exaltar la
altisonancia temperamental que no ha cesado del todo de
acompañarnos. El esmalte frívolo de Zorrilla no dejaba tampoco de
contribuir al verbalismo. Ni, menos, la arrogancia fácil de
Espronceda. No olvidaron tampoco esos jóvenes, al entregar al
público sus producciones primeras, el ascendiente sobre ellos de
anteriores poetas colombianos. Con lealtad nacionalista, como
veremos, no dejaron de mencionar especialmente a José Eusebio y
Miguel Antonio Caro, Jorge Isaacs, Rafael Pombo y Diego Fallon.
Es la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer representativa del más
puro lirismo que pueda encontrarse en las letras españolas. Sin
aquellas desviaciones (la sonoridad, lo folklórico, el preciosismo,
el ingenio) que con desmedro dañan la apreciación de lo poético. La
frecuencia con que tales desviaciones se presentan en la poesía
hispánica ha hecho pensar, incluso, en lo difícil de ser en ella,
exclusivamente, poeta lírico. Se tiene asiduamente por poético lo
que con sensatez no debería tomarse sino a lo sumo por destreza
verbal. A tan ordinarias ocurrencias se opuso como centella súbita
el verso alado y soñoliento de las
|Rimas. Las
|Rimas:
ese "fuego escrito" que alguien dijo. A la airada o gemebunda
desesperación de los románticos, más cercana del alarido que de la
cadencia, vino a contrastar la voz natural, leve y punzante de
Bécquer. Que anunció, entre las primeras, la llegada del
simbolismo. Con lo que contribuyó, a través de su trabajo solitario
y casi secreto, a ser posible la próxima aparición americana, anos
mas adelante, del mundo modernista. Porque tampoco el modernismo
nació repentinamente entre solos estímulos parnasianos, decadentes
o simbolistas. Entre solos ejemplos franceses.
Su ascendencia tiene también otros orígenes, remotos o
contiguos. De los más inmediatos no deberán olvidarse las
|Leyendas, en prosa, y las
|Rimas, en verso, que hacia
1876 gozaron de acogida amplia tanto en Hispanoamérica como en
España. En ambas se da el amor al misterio, a lo inefable, al
matiz, al ensueño, a la alusión, que va a ser característico de los
simbolistas. De ahí que en ellas la palabra deja oír su modulación
con tanta delgadez como al par sugiere el símbolo. De ahí también
que su visión de la realidad aparece dentro de un realismo
idealista como sumergida en la fugacidad crepuscular. En el
nacimiento del modernismo la influencia becqueriana no se dio sólo
en la prosa, como cierta crítica tradicional lo pretende. Ella, y
en qué grado, se propagó también en el verso. Bécquer creó una
nueva tradición en la poesía española. Su hechizo se hizo sentir en
los primeros modernistas y no ha dejado de notarse en el siglo XX
en los más esenciales líricos de la lengua. No exagera por ello
quien lo llamó primer poeta español contemporáneo. En una de sus
últimas páginas, Juan Ramón Jiménez enlaza la actitud visionaria de
Edgar Allan Poe y de Gustavo Adolfo Bécquer con la de José Asunción
Silva, a quien define "el colombiano ansioso de órbitas eternas". Y
señala:
|
|"...
con Bécquer, libre y nuevo, empieza en
España y en Hispanoamérica la poesía moderna.., y la modernista,
como lo prueba el hecho de que Bécquer no ha cambiado de lugar en
todo el tiempo transcurrido. Y que el hermoso acercamiento
espiritual de España y estos países de lengua española, que luego
realiza el modernismo, acercamiento que nada pudo promover sino la
poesía, viene ya con la simpatía profunda con que Bécquer imanta a
los mejores de los entonces jóvenes poetas hispanoamericanos que
presagiaban nuestro siglo".
¿ Cómo se cumplió, hablando no sólo de Colombia sino de
Hispanoamérica, aquella etapa inaugural del modernismo?
En diáfano ensayo acerca de lo que ocurría en Hispanoamérica
antes del modernismo ha mostrado Bernardo Gicovate que también de
Campoamor y demás románticos de su época "han de aprender y derivar
todos los poetas del fin de siglo hispánico, ya que no les es
posible desentenderse de lo que es el ambiente en que les es dado
vivir". Pues Campoamor fue fatalmente, junto con Bécquer, la mayor
influencia de los primeros modernistas: "es el resultado de una
equivocación crítica que les hace ver en su filosofícula negativa y
burguesa el tedio que llevan dentro". El mismo critico encuentra un
eco de este prosaísmo campoamoriano en un instante de Antonio
Machado y aún en los comienzos de alguno de la Generación de 1927.
Lo cual "iluminaría el problema de la utilización de lo prosaico
con propósitos poéticos". Como ocurre en ciertos poemas del siglo
xx. Ello al menos asignaría una precedencia al asturiano. No debe
dejar de mencionarse que en
|De sobremesa José Asunción
Silva, después de elogiar a Baudelaire y a Verlaine, hace que un
mentecato alabe a Campoamor como poeta que "es claro y se
entiende". Siendo que tales claridad y entendimiento eran
despreciables en quien, como el autor de los "Nocturnos", se
ufanaba, con sus maestros simbolistas, de no pretender decir, de
querer sólo sugerir. El ascendiente becqueriano lo estima Gicovate
en términos bien diversos: "La influencia de Bécquer, por lo
contrario, no es la asimilación de un rasgo ni una equivocación
ineludible. Hay aquí un aprendizaje lento que trata de nutrirse de
todo lo que hay en Bécquer. A través del sentimentalismo de buena
ley de las
|Rimas se van a apoderar las generaciones
modernistas de una poética parecida a la del fin de ,siglo francés.
En Bécquer se había producido como resultado de sus lecturas
inglesas y alemanas algo muy parecido a lo que habría de ocurrir
más tarde, como resultado de las mismas lecturas, en los poetas
franceses, en Verlaine mismo. Pero lo extraordinario es que el
lector español no hubiera visto a Bécquer en Bécquer hasta después
del descubrimiento de lo francés en el modernismo".
Gicovate señala además cómo "una imprecisión, una vaga
sugestión" fue constante en el mejor Bécquer. Al validar su
quehacer con el lenguaje, ineludible a todo poeta verdadero, a que
se refiere la Rima I ("Yo sé un himno gigante y extraño...") en la
que demanda para su verso
|
|"...
palabras que fuesen a
un tiempo / suspiros y risas, colores y notas", afirma: "Nadie en
español había proclamado tan claramente la necesidad de un trabajo
de persecución de la forma: el ideal romántico-simbolista de
transformar en música y color las palabras poéticas". Recordemos la
concordancia de "Un poema" de Silva con este ideal: "Soñaba en ese
entonces en forjar un poema / de arte nervioso y nuevo, obra audaz
y suprema...
|
|".
Por eso la valiosa observación de
Gicovate: "Ecos de estos deseos de transformación de los sentidos
se van a dar en Silva y en Darío, y aunque en ellos actúe ya el
programa sinestésico de Baudelaire o de Verlaine, son las palabras
sencillas de Bécquer las que han preparado el terreno y las que
ofrecen. el hilo conductor dentro de la tradición. Este Bécquer de
las musicalidades extrañas, de las combinaciones métricas novedosas
y sutiles y de los asonantes imperceptibles es el que guía la
iniciación modernista". Y habiendo llegado la fascinación por el
"huésped de las nieblas" hasta nuestros días, se explica igualmente
el comentario del mismo escritor: "Gracias a los atisbos
becquerianos (...) les es posible a las generaciones sucesivas
apoderarse de muchas novedades extranjeras sin dejar de continuar
una tradición inmediata. En este esfuerzo el siglo XX ha restaurado
en Bécquer, lo mismo que en Lope o Gil Vicente, muchos aspectos
necesarios. Sólo así puede ahora rehacerse la historia y volverse a
comprender el curso ininterrumpido de la poesía del idioma. (...).
Por ello es que no se debe nunca dar por sentado que tal concepto
de la poesía o tal manera poética es producto total de una
influencia extranjera, cuando en realidad la influencia
generalmente viene a acentuar lo que se tenía ya en esencia por
familiaridad juvenil con la tradición inmediata anterior, pero sin
nombre todavía".
* * *
Es bien reconocido que la renovación modernista se inició en la
prosa y sólo más tarde transformó también el verso. Antecedentes de
tal mudanza se han encontrado en Sarmiento, en Ricardo Palma, en
Juan Montalvo. Pero apenas hacia 1875 ha visto la crítica la
aparición de aquellos rasgos que, con franco impulso reformador,
vendrían a caracterizar la lengua del modernismo. En ese año
comenzaron a salir en periódicos de Ciudad de México las
colaboraciones de Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895). Y en el
siguiente publicó este poeta y prosista su ensayo sobre "El arte y
el materialismo": en él ya se esboza cierta estética
modernista.
Sus
|Cuentos frágiles vieron la luz en 1883. Sin embargo,
es el año de 1882 aquel que se toma más exactamente como de
nacimiento del modernismo. Tanto en lo que se refiere a la época
que cubre como al "movimiento de entusiasmo y de libertad hacia la
belleza" que llevó a cabo. Y si se transcriben esas palabras de
Juan Ramón Jiménez, acompañémoslas de otras en las que aclara lo
que fue substancialmente el modernismo: "Porque lo que se llama
modernismo no es cosa de escuela ni de forma, sino de actitud". Es
decir, actitud de época regeneradora. En ese último año, 1882,
cuando escribe José Martí (1853-1895) páginas de prosa que van a
situarle entre los grandes creadores literarios del idioma. Es
también cuando publica
|Ismaelillo, primera colección suya de
poemas. Dentro de la agilidad rítmica y la desnudez de su emoción,
el tono es allí extremadamente sencillo y natural.
Tanto Martí como Nájera venían practicando de algún modo, desde
mediados del decenio de 1870, teorías y técnicas simbolistas
(musicalidad y vaguedad verlenianas, primordialmente, y empleo de
símbolos, lenguaje y colores simbólicos). Asimismo procedimientos
parnasianos e impresionistas. Inician ellos la "prosa poética" del
modernismo. Martí, con su clasicismo de raíz española. Nájera, con
la fertilización francesa que después enriquecerá también a Darío.
Esas dos vertientes nacen simultáneamente. El verso demorará algún
tiempo, opinan historiadores de nuestra poesía, para asumir el
propio ademán modernista. Según Manuel Pedro González, "la
metamorfosis que se opera en América en el arte de la prosa entre
1880 y 1890 es tan radical y profunda como la que sufrió la
expresión en verso y la precedió en casi una década". Añadiendo:
|
|"...
ambas se manifestaron en prosa mucho antes de
que la reforma invadiera el campo de la poesía en verso. Esta
precedencia de la prosa artística con relación al verso se dio
hasta en Rubén Darío.
|Azul antecedió en varios años a los
poemas modernistas de Rubén, precisamente porque desde 1882 se
había consumado ya el proceso renovador del arte de la prosa en las
dos vertientes aludidas".
Esa prioridad en la renovación de la prosa con respecto al verso
puede explicar, hasta cierto punto, que en los poemas de
|La lira
nueva se reconozcan más fácilmente los temas y el acento del
romanticismo que los comúnmente asimilados al estilo modernista. La
extrema juventud de aquellos poetas refuerza la sospecha de que
apenas unos pocos, hacia 1886, estuviesen próximos a aventurarse en
la conquista de una expresión personal e inconfundible, con plena
libertad artística, buceando en literaturas antiguas y modernas de
otras lenguas. Animados auténticamente de la intención de conmover
y de remozar el idioma poético. Esta tentativa comenzaba apenas a
insinuarse en Hispanoamérica. Las fuentes que la estimulan no
provienen, hablando con propiedad, del simbolismo (el manifiesto de
Jean Moréas es, precisamente, de ese mismo año). Sino que, como lo
observó Alfonso Reyes, "la corriente viene de más lejos y se nutre
con todas las aguas que bajan desde la cumbre huguiana: románticas,
parnasianas y decadentes". Son éstas las que con mayor evidencia
pueden conjeturarse, desde México hasta la Argentina, en los poemas
de esos años. Silva seguramente conocería meses después la edición
primera de
|Poésies de Mallarmé.
El modernismo que comenzaba a asomar en escasos trozos de
|La
lira nueva (antes de que se conociese el término que así los
designaba) correspondió a una corriente universal del espíritu,
reflejo de "un mundo en estado de transformación", que
ineludiblemente iba a manifestarse también en lengua española. Uno
de los
poetas que figuran en el volumen, Carlos Arturo Torres, mejor
conocido por su
|Idola Fori, ensayo sobre las supersticiones
políticas, lo atestigua: "Para mí el modernismo existe como una
orientación general de los espíritus, como una modalidad abstracta
de la literatura contemporánea, como una tendencia intelectual..,
es, para valerme de una definición de Emile Fog, la totalidad de
obras en que se formulan, viven y combaten las necesidades y
aspiraciones de nuestro tiempo". Se comprenderá entonces por qué
Iván Schulman, uno de los comentadores más lúcidos de ese
movimiento, ha anotado:
"No hay una definición capaz de precisar todos sus atributos
estilísticos e ideológicos, precisamente porque el modernismo es el
estilo de una época".
* * *
En el prólogo a
|La lira nueva José María Rivas Groot
quiso definir la poética que, a su juicio, debería orientar a los
jóvenes reunidos en ella. Lo intentó también en el estudio que
precedió al
|Parnaso colombiano de Áñez. Ambos escritos
merecieron el elogio del pensador uruguayo José Enrique Rodó. No
debería interpretarse que en ellos se desplegó enteramente el
pensamiento que animaba a la unanimidad o, siquiera, a la mayoría
de esos poetas. Se nos ocurre que sólo unos cuantos lo
compartirían. Era más la propia actitud suya juvenil ante la
poesía. No, por ejemplo, la de José Asunción Silva que,
inicialmente impulsado por lo inefable misterioso de Bécquer, iba
después a profundizar en esta misma atmósfera a través de sus
lecturas francesas decadentes y simbolistas. Las ideas poéticas de
Rivas Groot se orientaban de distinta manera. No es difícil
sospechar que, de, haber continuado su creación en verso, después
de
|Constelaciones y
|La Naturaleza, sus opiniones
sobre
éste se hubiesen modificado encaminándose al modernismo. Como sí
avanzó hacia él su prosa, con arte y sobriedad, en novelas y
cuentos. El género narrativo fue en adelante su predilección. Y en
él discurrió con tramas, teorías y maneras de acendrado
espiritualismo (idealistas, impresionistas y esteticistas) propias
del ambiente y de la escritura modernista.
Rivas Groot, en esos ensayos, proclamó la "necesidad de
despertar el arte, adormecido en cierto seudoclasicismo que sólo
participaba de la escuela clásica verdadera por la frialdad
marmórea de las estatuas helénicas, mas no por el calor de líneas
que enseñan las obras de los maestros". A quienes así alude fueron
los del "verdadero clasicismo latino y griego", que siguieron al
"gran modelo, la Naturaleza". Manifestó también su admiración por
Núñez de Arce, "que desechando asuntos baladíes y respetuoso por la
forma, ha regenerado la lírica española". Y lo consideraba "el
actual dueño de la forma". A José Zorrilla le creyó "la primera
figura poética de España en este siglo". Su calificación a
Campoamor fue de "inimitable". En Bécquer encontró "la regular
irregularidad de forma, la sencillez de pensamiento, cierta
vaguedad de tono germánico". Pero su mayor admiración inicial era
Víctor Hugo, de quien supuso que "física y moralmente ha llenado el
siglo". Y en el siguiente párrafo sintetizó la estética de los
poetas de
|La lira nueva:
|"...
llamamos la atención
hacia algunos rasgos principales y generales que hacen del libro un
cuerpo íntegro de ideas, como son, en el fondo, la aspiración a los
asuntos filosóficos docentes y la ausencia de otros baladíes,
enantes gastados por individuos egoístas e insulsos que referían al
público intimidades que éste no necesitaba ni quería saber, y
desdenes de ingratas, pérdida de ilusiones, flaquezas ante la
suerte, o desventuras por el estilo, que dejaban al
relator malparado a los ojos del oyente, y aburrido al oyente
con los lugares comunes de versificador tan sin fortuna; así como,
en la forma, el deseo de revestir la idea con imágenes que
destaquen objetivamente sus contornos, y la carencia absoluta de
versos agudos, agonizantes o ya muertos, pues si se atiende a los
síntomas, se ve que los maestros contemporáneos de la lengua los
han echado en completo desuso, y si a las causas, se viene en
cuenta de que no tiene razón de ser aquello que no está en armonía
con la índole del idioma
Entre los poetas colombianos que antecedieron a los reunidos en
|La lira nueva alabó Rivas Groot especialmente a José Eusebio
Caro, cuyos versos le parecieron "resultado de una larga meditación
(...) con sus ideas arropadas en graves imágenes". Su poema "El
bautismo" lo aprecio como "una feliz muestra de lo que ha de ser la
poesía comúnmente apellidada
|científica". Entendiendo por
|poesía científica la referida "no propiamente con los
prosaísmos de la especulación, porque el arte es esencialmente
antianalítico, sino en la síntesis de sus resultados, con los
cuales el hombre, en bien luchada lucha, se presenta quebrantando o
duplicando las fuerzas naturales, enantes rebeldes o menguadas".
|Poesía científica sobre los descubrimientos de la ciencia,
sobre las "conquistas de la época". Como correspondía a una era
utilitaria, racionalista y de predominio de las ideas. Y de la cual
indica estos ejemplos: "El tren expreso" de Campoamor, "Efecto de
noche" de Sully-Prudhomme y la sección que dedica Víctor Hugo al
siglo XIX en
|La leyenda de los siglos. Elogió también Rivas
Groot a Miguel Antonio Caro, sobre todo por su poema "Vuelta a la
patria". Similar riqueza de pensamiento encuentra en la poesía de
Rafael Núñez: del "Que sais-je" supone que "la mano que trazó esas
estrofas las trazó con tan íntima convicción, que no hay en todas
ellas ni una idea débilmente expresada". En Rafael Pombo encuentra
dominio del lenguaje, sinceridad espontánea, "alta suavidad". Tal
elogio no impidió que el autor de "Noche de diciembre", aún no
endurecido por la edad, mostrase desdén hacia
|La lira nueva,
según se dijo. Destaca Rivas Groot el poema "Saulo" de Jorge
Isaacs, que suena con toda aquella poesía de la Biblia, el libro
más poético de la tierra". En Gregorio Gutiérrez González ve al
"poeta observador, no de libros, sino de su tierra". Menciona
también al ágil trovador José María Pinzón Rico. A Diego Fallon,
que estima tan pulido y minucioso como Belisario Peña. A Epifanio
Mejía, apasionado de su naturaleza antioqueña.
Desecha Rivas Groot las poesías amatorias o eróticas. Causantes,
a su juicio, de "insoportable monotonía" con "la uniformidad de las
expresiones" quejumbrosas dominantes en el verso de la época. Menos
dignos del arte sus motivos (señala) que los espectáculos del
cielo, el mar y la tierra. Y que la infinitud de los asuntos
históricos. Abomina asimismo del epigrama, de la prosaica moraleja
de los apólogos. Y de las composiciones burlescas o jocosas,
atentatorias de la grandeza inviolable que, en acuerdo con su
maestro Víctor Hugo, es patrimonio de la auténtica poesía. Su
aspiración mayor era la de tratar lo "filosófico docente". Al mismo
tiempo que evitar cuanto no sea: "profundamente sincero en la
expresión, universal en la esencia, salido del fondo del alma,
igualmente sentido que pensado". Escribe: "Lo solo que puede
pedirse de antemano a los poetas es que en una de las infinitas
formas que elijan sean profundos en las ideas, naturales y humanos
en el sentimiento, sinceros en la ficción misma, objetivos en la
imagen con que la vistan". Acentuando el valor de la imagen
poética, trae una frase de Hegel: "El carácter de lo poético es ser
esencialmente figurado". Ampara igualmente algo que contradice el
esfuerzo hacia el verso libre en que, por los años de
|La lira
nueva, se empeñaban los poetas simbolistas franceses: "No puede
aplicarse una teoría de libertad caprichosa en cuanto al verso
(...) son imperdonables las licencias y las arbitrariedades en la
escritura del verso". Y el ideal del buen poeta lo resume en
palabras que conceden al pensamiento, a las ideas, un valor central
en la poesía: "Requiérese a un pensador profundo en un artista
perfecto".
Entre los temas que merecen ocupar la atención del poeta
advierte Rivas Groot en primer término a la naturaleza y,
principalmente, a la naturaleza americana. Víctor Hugo había
concretado: "El poeta no debe tener más modelo que la naturaleza ni
mas guía que la verdad". Este afecto a la poesía descriptiva es
revelador, podemos suponerlo, de la simpatía temprana que debió
sentir por el tono objetivo de los parnasianos franceses. También
da su estimación a la historia: la universal y la colombiana.
Añadiendo: "es preciso (al poeta) atender a los sentimientos de la
época presente". Y con acento huguiano expone: "El poeta tenderá a
todo lo grande, sin restricciones; porque todo lo grande en la
Humanidad, sea cual fuere el origen, se acerca de algún modo al
ideal". La fe católica le era manantial de poesía. El sentimiento
religioso que siempre lo animó, tanto en sus poemas como en sus
narraciones, le afirma en que "la Humanidad, en un sentido
abstracto, se presenta como una resultante entre esa Fe (la
cristiana, la católica) y esa Naturaleza". Determinando que "el
poeta, en sus inspiraciones, deberá doblemente el ser a la Fe,
nuestra eterna madre, y a la Naturaleza, nuestra eterna nodriza". O
diciendo que "la aspiración de lo infinito, de lo absoluto, de lo
divino, es tan necesaria para ella (la Humanidad) como la
aspiración del aire". Y le lleva a concluir en la afirmación de que
el poeta "ha de venerar y defender cuanto ella (la Humanidad) ame
al constituírse, ya como esencia, ya como símbolo, llámese patria,
libertad, familia".
En esta deducción última no debe extrañarnos su concordancia con
la teoría de Andrés Bello, expresada años atrás, de que el Bien, la
Verdad y la Belleza son el objeto de la poesía. Y sus temas, entre
otros, los héroes nacionales, la ciencia, el suelo americano, las
faenas agrícolas, la familia. Porque nunca, anota Luis Monguió en
erudito estudio, "dejó Bello de creer que la autoridad de la razón
debe prevalecer, hasta en la poesía". La filosofía moral y "los
grandes intereses de la humanidad" hermanados con lo poético. La
filantropía, inseparable del didactismo. Así como la inspiración,
de la reflexión. Y se podrían relacionar también las palabras de
Rivas Groot con la creencia del argentino Esteban Echeverría de que
"el poeta moderno cede a la inspiración romántica y cristiana".
Víctor Hugo había reiterado anteriormente la idea de "el
cristianismo como base de la poesía moderna" al hablar de "la
poesía nacida del cristianismo, la poesía de nuestro tiempo". Con
lo que el romanticismo se unía así al "progresismo". Echeverría no
dejaba de considerar que el poeta "se abrevara en la viva e
inagotable fuente de toda poesía: la verdad y la naturaleza".
Además, leyó en Víctor Hugo que "la poesía no está en la forma de
las ideas, sino en las ideas mismas". De donde derivaba el poeta de
"La cautiva":
"La poesía consiste principalmente en las ideas". A pesar de su
reconocimiento de lo pasional y de su afecto a los poderes de la
imaginación. Llegaría a discernirse entonces, sin mayor temeridad,
que el romanticismo hispanoamericano, hasta su crepúsculo tardío,
no evitó del todo ciertos nexos con el neoclasicismo anterior.
Ellos debían ser gratos a firmes convicciones religiosas, morales,
cívicas. Que de tiempo atrás estaban íntimamente enraizadas en el
corazón y en el orden social.
En otra tradición americana entendió Rivas Groot que una "misión
del poeta será cantar las labores fecundas, las tareas honestas; el
afán vividor de los que aceptan gozosos la bendita pena del
trabajo". Y el poeta, solidario como lo quería con la humanidad y
sobre todo con sus sufrimientos, se empeñaría en traer "en los
labios el gemido para las desdichas ajenas y la imprecación para
las ajenas maldades, pronto a proteger y a llorar, como lloraban y
protegían los antiguos Cides, los antiguos Orlandos". Deteniendo a
"los fuertes que abusan", amparando a "los débiles que caen". De
conformidad con esta ambición, cuando haya justicia en las
relaciones entre los hombres, "cuando el cristianismo haya
alcanzado cuantos beneficios quiere realizar" y no existan
desdichados sobre la tierra, "podrá el poeta pasar a sus
contemplaciones personales". Entonces, sólo entonces. Se notará
fácilmente que no afirman cosa distinta quienes, en nuestra época,
asignan a la poesía, queriéndola comprometida con las luchas
populares, una función de servicio y de denuncia social. Pero en
Rivas Groot, a diferencia de como se plantea en estos años, tal
esperanza se sustentaba sobre el presupuesto de que únicamente la
aplicación del cristianismo podría traer el logro universal de la
equidad y de la civilización soñadas. La consecuente simetría de su
pensamiento fue que, a más de lo terrenal, el poeta debe, "con el
vuelo de su estrofa, mirar al Cielo". Y, también con ella,
conquistar esa mirada de todos sus semejantes.
Sí, un antecedente remoto de estas creencias sobre la poesía y
sus fines llegaría a rastrearse, pasando por voces románticas, en
preceptivas neoclásicas (Boileau, Muratori, Luzán) de los poetas de
la independencia hispanoamericana. Se penso entonces que la belleza
de lo poético se liga inexorablemente a la bondad y al beneficio
social que motiva su asunto el amor a la patria, la honestidad de
los afectos, la sobriedad, las nobles hazañas, por ejemplo. El
fondo o pensamiento (y el pensamiento sanamente orientado)
precediendo e imponiéndose, inexorablemente, a la forma o dicción.
La ya olvidada diferencia entre fondo y forma. La poesía: forzosa
comunicación de las ideas dominantes en la época. Monguió recuerda
que Pedro Henriquéz Ureña habló de la generalidad con que todos
aquellos años se practicó en nuestra América "la utilidad pública
de la poesía". Pero recuerda también que, mucho más tarde, "algunas
expresiones teóricas de (Rubén) Darío sobre la poesía como vida,
verdad, luz, santidad, belleza, no están muy alejadas de las de sus
antepasados románticos ni hasta de los neoclásicos". Y que "en
otras expresiones teóricas suyas respecto a la forma de la poesía
también se observan analogías con las de los románticos". Ello, en
pleno modernismo triunfante. Y aun de Leopoldo Lugones, ya en el
segundo período de ese movimiento, anota que "la tradición ética
muestra su imperio sobre él - la verdad, bellamente dicha, es
objetivo de la poesía: 'En espejo de belleza / el rostro de la
verdad'
|
|".
A lo confrontado por Monguió debería añadirse que Rafael Pombo,
tenido generalmente como cultor, en sus poemas afortunados, de un
romanticismo menos ampuloso al que se juntó cierto ademán clásico
de contención y sencillez, entendía igualmente lo poético como
combinación de lo bueno, lo verdadero y lo bello. Mucho tiempo
después, ya en la generación de "Los Nuevos", el distinguido poeta
y crítico Rafael Maya, contemporáneo de las vanguardias
hispanoamericanas de los años 20 pero sin la menor simpatía por
éstas, apreciará la poesía, no como emoción a través del lenguaje
(que así ahora juzgamos la que ella suscita) sino, con parcialidad
clasicista, exaltando los que llamó sus "valores sustantivos de
fondo". En 1944 se preguntaba el autor de
|Coros del
mediodía: "¿
|
Cuándo la poesía colombiana alcanza mayor
altura de pensamiento, resonancia emotiva más universal, expresión
más completa y adecuada?". Y respondió: "Me parece que cuando deja
de atender exclusivamente a las formalidades de la perfección
artística por sí misma, como término de la fatiga estética, y se
convierte en vehículo de las ideas, de las preocupaciones humanas,
de los sentimientos arraigados en el fondo de la conciencia".
Además, repitámoslo, una intención ética, fatalmente mezclada a la
intención política, sigue siendo común a poetas contemporáneos en
cuyas creaciones, como aquellos antecesores, quisieran ver
realizada la alianza entre bondad, utilidad, verdad y belleza. Nada
tiene así de insólito que hacia 1886 un joven colombiano, lector de
románticos franceses y españoles, estuviese animado de un ideal
que, llegándole de la tradición, no ha dejado de pervivir hasta
nuestros días. Pero debe aclararse, como antes se indicó, que los
estudios de Rivas Groot en
|La lira nueva y en
|Parnaso
colombiano son obra primicial suya. Y, ya lo conjeturamos, de
haber prolongado su labor poética habría ido ella sin reservas al
modernismo. Como fervorosa lo hizo, en la madurez vital y
literaria, su prosa narrativa.
|* * *
De ningún modo fue
|La lira nueva escuela de poetas. A
varios de quienes figuraron en sus páginas los unía, sin embargo,
la pasión de una aventura: renovar el acento de nuestra poesía, que
sospechaban demasiado quejumbroso y atrasado con respecto a la
sensibilidad y al clima intelectual que comenzaba a vivirse.
Algunos lo consiguieron. El solo hecho de que allí se haya
presentado por primera vez un conjunto de poemas de José Asunción
Silva, quien inicia en Colombia la poesía moderna, justificaría
esta recordación. No deja de ser cierto que, al estudiar el
desarrolló de las letras hispanoamericanas, poetas de esa antología
siguen mereciendo interés. En líneas anteriores hacemos mención de
Silva y de Rivas Groot. Entre quienes, además de ellos, empezaron
la innovación prometida (por lo que se omite a los que ya entonces
habían realizado su obra, como Peña u Obeso) estuvo Joaquín
González Camargo: muerto a sus 20 años, cuando en pocas
composiciones, una de las cuales encomió desde España Juan Valera,
llegaba a lucir raro talento poético. También murió joven el
becqueriano Ernesto León Gómez. La figura de Ismael Enrique
Arciniegas, a quien desde México saludó entonces Manuel Gutiérrez
Nájera como "mimado hijo de la musa francesa", se miró con especial
simpatía: traductor excelente y diverso, poemas originales suyos
como "En Colonia" y "El poeta mira al parque" los conservaron en la
memoria varias generaciones hispanoamericanas. Si Arciniegas
incursionaba en lo parnasiano, José Joaquín Casas mantuvo fidelidad
a los modelos clásicos españoles, evitando además con lo vernáculo
el cosmopolitismo, invasor y victorioso, de sus contemporáneos
modernistas. Rezagado en sincero romanticismo permaneció Julio
Flórez, "el último trovador", que fue acaso, en ciertos versos
recordables, el más popular de los poetas de aquel tiempo y el
reconocido intérprete de su opresora melancolía. En Diego Uribe
(más afín con Flórez a "La gruta simbólica", años después) se
dieron, en emoción dolorida, la espontaneidad, la sencillez, el
pesimismo. El don culto y meditador de Carlos Arturo Torres era el
de un celebrado ensayista, pero, devoto sin tregua de las ciencias,
la historia y la filosofía, inevitablemente llevó su verso al
adoctrinamiento: lo que explica en parte su distancia poética del
modernismo. Estos fueron los poetas en mayor o menor grado próximos
a la nueva expresión que en
|La lira nueva comenzó a
insinuarse. Son asimismo, entre los 35 nombres reunidos, los que
generalmente se mencionan como mejores en la poesía colombiana de
finales del Diecinueve. En la América nuestra José Asunción Silva
irá a sobresalir, hasta los años presentes, como el más intenso
lírico que en ella ha nacido.
FERNANDO CHARRY LARA