Señor Julio Arboleda.
Me voy!
Composición escrita por la noche, el 27 de julio de 1852,
después de presenciar durante algunos instantes el baile
Dado por el whist- club en la ciudad de lima.
I.
Me voy de las playas alegres, suaves
Do el Rímac corriendo tranquilo murmulla,
Do el céfiro alienta, la tórtola arrulla,
Do nunca ha apagado sus rayos el sol;
Do anuncian la aurora con trinos las aves,
Y en cantos acordes al alba saludan,
Do nunca los hielos al árbol desnudan,
Do nunca del cielo faltó el arrebol:
Me voy de las playas que el aura acaricia
Besando las flores que crecen en ellas;
Do el céfiro borra las tímidas huellas,
Que deja en la arena la esbelta mujer.
Se quedan los campos do amor y delicia
Respiran los aires y el labio respira,
Do en plácidos sueños el joven suspira,
Mecido en los brazos del blando placer.
Se queda la tierra que Marte aborrece,
Y evita los ecos de trompas marciales,
Do el bárbaro ruido de roncos metales
No arranca, tronando, sus gritos de horror.
Me voy de las playas do blando se mece
El cándido lirio al soplo del viento;
Adiós, gaya Lima! do no hay un acento
Que no nos inspire deleite y amor!
II.
Me voy y nada dejo, ni un suspiro;
Nadie dará una lágrima a mi ausencia;
Para mi no ha existido ni la esencia
Plácida de los árboles aquí.
He estado en un Edén, testigo he sido
De los placeres que ese Edén brindaba,
Mas cuando yo sus árboles buscaba,
Ni la sombra era fresca para mí.
Oyendo estoy el melodioso acento,
Que para otros oídos se destina,
Pero ese acento, que al deleite inclina,
Viene tan solo a herir mi corazón:
Viendo estoy las miradas y las risas
Dulce y afablemente contestadas,
Pero esas risas ¡ ay! esas miradas
Son para otros, para mi no son.
En mi redor la música se anima,
Y, al grato son, en mi redor se danza,
En mi redor se enciende la esperanza,
En mi redor se mueve la mujer;
Y su forma de sílfida, que vuela
Por el salón, en brazos de su amante,
Y su rostro de júbilo radiante,
Y sus ojos de fuego y de placer;
Música, baile, amor, deleite, -nada
Le pertenece al infeliz proscrito,
Que vive, como Tántalo maldito,
Viendo la dicha ahogada en el dolor:
Ni vibra para él acento amigo,
Ni se perfuma para él la brisa,
Ni brilla para él la dulce risa
De amistad, o de lástima, o de amor.
Mira el proscrito hacía el jardín vedado
Como pudo, lanzado de improviso,
Mirar, desde la puerta, al Paraíso
El desterrado, el infeliz Adán.
Luego si piensa en el hogar nativo,
Y se trasporta a playas apartadas
Mira la Patria, y a su amor cerradas
Ve que sus puertas para siempre están!
III.
En la turba que esa sala
Llena sonriendo, amando,
Y conversando, y burlando,
Do todos contentos van,
Aquel suspiro, que exhala
De la boca coralina
La bella, que el cuello inclina
Sobre el alegre galán;
La dulce risa, el acento
De placer y de alegría,
Y la blanda melodía
Que hace los aires vibrar,
Todo aquello que contento,
Deleite y amor inspira,
No consuela al que suspira
Por su patria y por su hogar:
El no es ave de este nido,
Ni oveja de este rebaño;
Para todos es extraño,
De todas desconocido:
En el lujoso salón
Ve mujeres tiernas, bellas,
Mas, para él, no hay en ellas
Oídos ni corazón.
Si hacia el labio del proscrito
Un abogado acento vuela,
El corazón se rebela,
Y aquel acento bendito
Sobre su labio se hiela:
Se hiela, como la gota
Que el frío torna en cristal
Cuando entre la escarcha brota,
Ante el oyente glacial;
Cuya indiferencia nota.
¿ Quién va a atender al ingrato
Son del dolor que se queja,
Abandonando el boato
Y el dulce y alegre trato
Donde el amor se refleja?
¿ Quién ha de apartar los ojos
De tanta riqueza y gala,
Por atender, en la sala,
Al que oculto entre sonrojos,
Su queja tímida exhala?
Por el pesar carcomido,
Solo entre la muchedumbre,
Mudo en medio del ruido,
Está el proscrito escondido,
Y a oscuras entre la lumbre.
IV.
Tal vez en selva espléndida, en medio de los robles
Que cubren con sus sombras la tierra en derredor,
Inclina al suelo lánguida sus hojas casi inmobles
Una enfermiza, pálida, desconocida flor.
Y los alegres árboles, que juegan con el viento,
Y cuyas ramas crujen al son del huracán,
Reparten sus despojos, y al ímpetu violento
Ahogando con sus hojas la florecilla van;
Y mientras que, en el júbilo, el aire se alborota,
Y suena por las ramas su acento silbador,
Al pié del tronco yace, oculta, helada, ignota,
Y muda entre el estrépito, la solitaria flor;
Así entre la magnífica comparsa que se mueve,
Y empújame, y ahógame, y oblígame a quejar,
No hay uno que hacía abajo la alegre vista lleve,
No hay uno que, por lástima, me venga a saludar.
Y oculto y melancólico, entre el común contento,
No salgo de la esfera donde penando estoy,
Y, lejos de mi patria, engaño mi tormento,
Diciendo: a quién le importa? de vuestro Edén me voy.
Y si hay una entre tantas, cuyos azules ojos
Hacia el proscrito errante se vuelvan por ventura,
Los ojos del proscrito evitan su hermosura
Y elévanse hacia el cielo en busca de su Dios;
Que la mujer, sus risas, sus tímidos sonrojos,
No encuentran en el pecho, para el deleite muerto,
Sino la arena estéril de un árido desierto,
Do apenas queda un eco para decir: ADIOS!