Señor José Joaquín Ortiz.
El Tequendama.
Oír ansié tu trueno majestuoso,
Tremendo Tequendama! ansié sentarme
A orillas de tu abismo pavoroso,
Teniendo por dosel de parda nube
El penacho que se alza por tu frente,
Que cual el polvo de la lid ardiente
En confundidos torbellinos sube.
Quise también mezclar mi acento débil
Al grande acento de tus muchas aguas;
Y respirando el aire de tu gloria,
Ensalzarla también con voz ferviente,
Mi lira haciendo digna de memoria
Y arrojarla después a tu corriente.
Héme aquí contemplándote anhelante
Suspenso de tu abismo......
Mi alma atónita, absorta, confundida
Con tan grande impresión, te sigue ansiosa
En tu glorioso vuelo,
Y al querer comprenderte desfallece
De tanta fuerza y majestad vencida!
Tu voz es cual la voz de un Dios que pasma
De asombro y de terror a las naciones,
Cual rimbomba el cañón en la pelea,
Y anuncia así de lejos al viajero
La hórrida majestad que te rodea.
Los ecos ensordecen, y se cansan
Da repetir la horrible melodía
Que de ti suena en torno,
Cual si fueran los himnos de un triunfo
Llenos de pompa y bélica armonía.
El águila asustada alza sus vuelos
Por el éter brillante, a las montañas
Donde chillan hambrientos los hijuelos.
Te avanzas presuroso, omnipotente,
Lleno de majestad, de gloria suma,
Y saltas de un abismo a otro mas hondo
En sábanas lumbrosas de alba espuma.
La roca al golpe contrastada gime;
Hiere la onda atormentada y gira;
Se rompe, se revuelve, se comprime
Con clamoroso y desigual estruendo,
O como quien se queja y quien suspira,
Y como el humo de una grande hoguera
En torbellinos al Olimpo sube
De clara niebla en argentina nube.
El Ángel guardador de tus raudales
Aquí de tarde a contemplarte viene,
Y en este altar de piedra que se avanza
Lleno de algas, de espuma zarpeado,
Se sienta, el ruido de tu choque oyendo.
Su cabeza de juncos ven ceñida
Y de silvestres ovas,
Y su capa de púrpura teñida
Los montañeses, y oyen el concierto
De su laúd divino, al brillo incierto
De la pálida luna,
Cuando en silencio está todo el desierto.
Prodigio del Criador! Oh! nada falta
A tu gloria: pictórico horizonte
Delante se abre; antiguos como el mundo
Los árboles se elevan en tu monte;
Solemnes armonías
Resuenan en tu seno ancho y profundo;
Flores, perfumes, luz y movimiento,
Aire esencial de vida en cada aliento;
Un cielo claro encima,
Cual el alma de un niño, ven los ojos;
Y por diadema para ornar tu frente
Iris de oro, de púrpura y diamantes
Que cruzan sobre ti reverberantes.
Mas ¿dónde están, oh río! aquellos pueblos
De esta región antiguos moradores?
¿Qué se hicieron los cipas triunfadores
Qué se asentaban sobre el trono de oro,
Y que, padres mas bien que augustos reyes,
Sonriendo con delicia y frente leda,
De paz y amor dictando iguales leyes,
Cual se gobierna a una familia, al pueblo
Con el cayado patriarcal llevaban
Cual con riendas de seda?
¿En dónde el templo en láminas de oro,
Resplandeciente al sol? ¿ A qué comarca
Trasladaron las aras en que ardía
El aroma suavísimo entre el coro
De voces virginales noche y día?
Dónde Aquimin, el Bogotá, el Tundama?
A dónde el santo Sugamuxi? a dónde?
Tu trueno asordador, como un lamento,
Es la voz sola que a mi voz responde!
Pobres indios, abyectos, decaídos
Del vigor varonil, desheredados
De este tan bello y tan fecundo suelo,
Vosotros no poseéis de vuestra Patria
Sino el dulce aire y el brillante cielo
O una heredad cortisima! El arado
Rompe la tierra y de las tumbas seca
Los ídolos pequeños, confundidos
Con el polvo sagrado
De un sacerdote, un cipa, un rey de Iraca.
Como se avanzan a este abismo oscuro,
Y en él se pierden las pesadas ondas,
Así su pobre raza desparece:
Parte cayó bajo el acero duro
De los conquistadores; en los hierros,
En infectas prisiones y sombrías
Se marchitó su juventud lozana;
Otra se pierde en el extraño abrazo
Con sangre de verdugos confundida..
Nación ayer, no existirá mañana!
Y este río caudal sigue corriendo
Como corrió desde la edad antigua;
Y este trueno feroz que estoy oyendo
Sonaba entonces como suena ahora,
Duro, rabioso, asordador, tremendo,
Como una eternidad devoradora;
Y sonará cuando al sepulcro caiga
Este hombre oscuro, débil, ignorado
Que oyéndolo a su borde está sentado.
Oh! qué objetos, el hombre y Tequendama!
El hombre sin poder, pincel ni acento
Con que pintar lo que su mente inflama;
Que ayer nacido, vivirá un momento,
Y mañana en el polvo del sepulcro
De su vivir se apagará la llama!
Y esta tremenda catarata, eterna,
Con esa voz cual la de mil tambores;
Cual ruido estrepitoso
De cien y cien caballos triunfadores
En el afán de una total derrota;
Y ese hervir fragoroso, inextinguible,
Y esa su roca firme, estable, inmota,
Que alcanzará a los años de los años
Y del mundo a una edad la mas remota!
Calma un momento el torbellino raudo
En que ruedas, oh río! al ciego abismo,
Y ese fragor y la explosión del trueno;
Disipa el pabellón de negra nube
Que a cada instante de tu lecho sube
Para velar tu majestad! Mi alma,
Mis deslumbrados ojos, mis oídos
Sordos ya con el ruido de tus aguas,
Anhelan comprenderte un solo instante
Y dejarte después, agradecidos!
Porque tu vista horriblemente bella
Asombro, pasmo, horror sublime inspira,
Y de verdad severa lección grande
Deja en la mente con profunda huella.
Aire de gloria y de virtud respira
El hombro en ti ; capaz de mas se siente:
De legar a los siglos su memoria,
De ser un héroe, un santo o un poeta,
Tasso, Bolívar, Casas;
De sacar de su lira un son sublime
Como el iris que brilla por tu frente,
Como el eco de gloria que en ti gime!