Señor José Caicedo Rojas.
El duende en un convento.
Era una tarde de julio,
Y la oración poco menos:
En la sucia portería
De un masculino convento,
Con semblante adusto y agrio
Sentado se hallaba un lego,
En una silla de brazos
Que cuenta ya siglo y medio.
Rezando estaba el rosario
Por no malgastar el tiempo,
Y a cada cuenta que pasa
Hace un diabólico gesto.
Aguardando estaba allí
Este ambiguo cancerbero,
A que el toque de oraciones
Trajese la chusma adentro,
Para echar llave a la puerta
Y dejar en duro encierro,
Hasta la aurora siguiente,
Novicios, frailes y legos.
El Duende que, como duende,
Goza el doble privilegio
De conocer y palpar
Los negocios más secretos
Y lo que otros no verían
Con el mejor catalejo,
Siendo por su condición
Invisible al propio tiempo;
Se introdujo callandito
Y a las barbas del portero,
Sin que este lo recelase,
Con el ánimo resuelto
De pasar aquella noche
En el dichoso convento,
Y observar muy bien de cerca
Lo que otros miran de lejos.
Atravesando los claustros
Los corredores inmensos,
Y cruzando galerías
Y escaleras ascendiendo,
Llegó enfrente de una puerta
De color algo mugriento
Con un Jesús en el marco
Y tiradera de rejo.
Era la bendita celda
Del bendito Fray Anselmo,
Varón insigne y sapiente
Lumbrera de nuestros tiempos,
Colorado como un chocho
Y cebado como un cerdo,
Y se hallaba a la sazón
Merendando de lo bueno
Sobre una mesa cuadrada
De antigua forma y perjenio,
Que si no fue de caoba
Fue por lo menos de cedro;
Confundidos y hacinados
Veíanse mil objetos,
Ya profanos, ya sagrados,
Que daba escrúpulo verlos:
Escapularios, cigarros,
Libros de a folio cubiertos
De polvo y de telarañas
Que jamás se sacudieron:
Cuaresma de Massillón,
Santo Tomas el Angélico,
Pláticas del padre Parra,
Fábulas de Iriarte y Fedro.
En una blanca bandeja
Un blanquísimo cordero
De alfeñique filigrana
Con cintillas en el cuello,
Lazos, flores y banderas
Que le rodean el cuerpo.
Un azafate luciente
Lleno de bizcochos tiernos
Bizcochuelos de canela,
Palacinos y cubiertos:
De un convento de hembras vino
Tan azucarado obsequio,
Regalito de las Madres
Que quieren a Fray Anselmo.
Entre tanta golosina
Campeando por sus respetos
Descollaba un Santocristo
Con un par de candeleros,
Y una imagen milagrosa
De San Juan Nepomuceno,
Abogado de la honra
Y el deshonrado médico.
El bendito padre estaba
Alborozado y contento
Calentando la barriga
Con un jicaron espeso
De chocolate molido
Con canela y con esmero,
Y a cada sorbo que daba
Un gran mordisco embutiendo,
Temblaban las colgaduras
Y aun el tabique de lienzo.
Acabada la tarea,
Llama a la puerta Fray Pedro
Y empujándola, Deo gracias!
Dice, y se zampa derecho.
A Dios sean dadas! contesta
El hermano desde adentro,
Mientras enciende un cigarro
Que parece un bramadero.
-Qué hay de bueno ?-Qué hay de malo?
Preguntara yo por cierto.
-Pues cómo! qué ha sucedido?
Por ventura está lloviendo?
-No me afano por tan poco,
Que el agua me importa un bledo,
Mas el Padre Provincial
Nos tiene espías secretos.
-Dejémoslo que nos cele
Que a la fin nos burlaremos;
Lo que nos importa ahora
Es con maña adormecerlo,
Y así los dos esta noche
En el convento quedémonos.
-¿No vendrá Fray Antonino?
-Que no parezca me temo:
Salió esta tarde a las cuatro....
-Entonces no lo esperemos,
Porque dormirá en la casa.
-Y Fray Telésforo ?-Menos:
Salió desde esta mañana
A informarse de ese pleito
De su sobrino, y no vuelve.
-Pues, señor, estamos frescos!
Cada padre por su cuenta
Toma un camino diverso,
Y las celdas están solas
Y están los claustros desiertos.
Salieron del coro ya?
-Qué coro, ni qué embeleco!
Buenos tiempos hace, a fe,
Que no probamos el rezo.
-A la verdad ¡ quién se afana
Por el coro en estos tiempos!
Eso antaño era gran cosa,
Más ogaño es lo de menos.
-No hay duda, amigo, las luces
Han entrado por parejo,
Y no es justo que nosotros
En tinieblas nos quedemos.
En esto fueron entrando
Otros varios reverendos,
Los únicos que de bamba
Viven de puertas adentro,
Y entre el tabaco y la charla,
Y la broma y el bureo
La crónica relataron
De lo mas corriente y nuevo:
La guerra del Ecuador,
Los papeles de Acevedo,
Los novios reconciliados,
Los matrimonios deshechos,
Los juicios ejecutivos,
Las quiebras en el comercio,
Los que vienen, los que van,
Los nacidos y los muertos.
Después de larga tertulia,
Se levanta Fray Anselmo,
Y tomando la baraja:
Acerquemos los asientos,
Les dice, que se hace tarde;
Deme ese maíz, Fray Pedro.
Acercáronse a la mesa
Y arreglaron un cuarteto
Digno de ser retratado
Por un pincel mas experto:
Un viejo con antiparras
Y gorro de seda negro,
Con mas achaques que dientes
Y mas arrugas que pelos:
Un moceton mofletudo
De ojo alegre y zalamero,
De carrillos abultados
Que brotaban sangre y fuego:
Otro ídem mas maduro
Con un capote mugriento,
Y pañuelo en la cabeza
Con grueso nudo sujeto:
Era el cuarto un veterano
Inválido y macilento;
Llevaba guantes y medias
De lana verde, y sombrero
A la Bolívar, cubano,
Con cinta de terciopelo.
-En el nombre de Dios Padre
Vamos a romper el fuego,
Dijo el mozo: quién las da?
Comienza por el izquierdo?
-Délas él, que yo estoy malo,
Dijo el del capote negro.
-Pues se fueron. Venga el plato:
Irá la polla de a medio?
-No, señor, que no es garito;
Esto es solo un pasatiempo.
-Vaya! padre, que usted chilla
Más que una puerta de cuero:
Saque la bolsa de lana
Y dejémonos de cuentos.
-Sí, sí, dijeron los otros,
Va de a medio, va de a medio.
-Pues paciencia y barajar,
Supuesto que no hay consuelo.
Decir esto y dar principio
Fue todo obra del momento:
Despabilaron las velas,
Las cartas se repartieron,
Y empezaron las miradas,
Los dichos y los reniegos;
Y el rascarse las orejas,
Y el refregarse los dedos,
Y enderezarse los gorros,
Y arrugar el entrecejo.
Por de pronto se callaban
Embebidos en el juego,
Y solo se percibía
En medio de aquel silencio
Tal cual palabra cortada
Pronunciada sin concierto:
-Esta carta me asesina.
-Es chipolo, sin remedio.
-El demonio de la sota!
-Jesús ¡ y qué punto tengo!
-Qué cosa es triunfo ?-Son oros.
-Ya de copas.-Voy-No quiero.
-Válgame San Juan de Dios!
-Usted las da, Fray Anselmo.
-Tengo el as.-Tengo el caballo.
-Venga el platillo, y oremus.
Entretanto un attaché
Que vivía en el convento,
Y que enseñaba a los padres
El contrapunto y solfeo,
Cantinelas amorosas
Entonaba a voz en cuello
Con la guitarra en las piernas,
Acompañando en arpejios.
Eran cerca de las doce,
Y los pobres recoletos
En lo que menos pensaban
Era en dejar el recreo;
Hasta que al fin el mas grave
Abandonando su asiento:
Señores, es media noche,
Dijo en tono algo severo;
Yo estoy malo, y además
No es ya poco lo que pierdo.
Imitáronlo los otros:
Dejó cada uno su puesto,
Mas con distinto talante
Y con humor muy diverso.
Veinte pesos dos reales
Le faltaban a Fray Pedro,
El del sombrero cubano
Largó también el pellejo;
Solo salió ganancioso
El moceton reverendo,
Quien al embolsar la plata
Dijo entre dientes: Laus Deo,
Si a ellos no les hace falta
A mí me hará buen provecho.
Enorme pérdida fue,
Enormísima por cierto:
¿ Podía ser de otro modo,
Siendo la polla de a medio?
Retiróse la tertulia,
Quedó solo Fray Anselmo
Con la barba sobre el hombro,
Sumido en sus pensamientos;
Mas el dulce retintín
Del argentino cubierto,
Y el mantel de alemanisco
Que desenvuelve un mancebo,
De su profunda abstracción
Lo sacaron al momento.
Era la cena del padre
Apetitosa en extremo,
Y que las ganas me abrió
De ayudarle, lo confieso.
Un plato de Talavera
De fragante ajiaco lleno,
Una torta de manteca,
Una rosca de pan tierno,
Una tacita de barro
Con un ají tan cerrero
Que llorara cualquiera otro
Al probar aquel cauterio.
La colación escoltaba
A la izquierda, en primer término,
De plata un enorme jarro
Hasta los bordes relleno
De aquel licor amarillo
De los indios alimento.
Miraba el buen religioso
Este parco refrigerio
Como una muestra cristiana
De su régimen severo,
Y engullóselo todito
En santa paz y sosiego.
Sonó el reloj media noche,
Levantóse Fray Anselmo
Y se dirigió a la alcoba
Dando un enorme bostezo.
Al cabo de un corto rato
La luz apagó el mancebo,
Y yo me quedé en tinieblas
Con buena hambre y con buen sueño,
Envidiando la ventura
De que goza un reverendo
A quien nada el sueño turba,
De quien nadie usurpa el fuero;
Y con sueño, hambre y envidia,
Salí triste del convento.