Señor Manuel Maria Madiedo.
Al Magdalena.
¡Salud, salud majestuoso río!...
Al contemplar tu frente coronada
De los hijos mas viejos de la tierra,
Lleno solo de ti, siento mi alma
Arrastrada en la espuma de tus olas
Que entre profundos remolinos braman,
Absorberse en las obras gigantescas
De aquel gran ser que el infinito abraza.
¿Qué fuera aquí la fábula difunta
De las ninfas de Grecia afeminada,
Al lado del tremendo cocodrilo
Que sonda los misterios de tus aguas?
No en tus corrientes nada el albo cisne,
Solo armonioso en pobres alabanzas;
Pero atraviesan tu raudoso curso
Enormes tigres y robustas dantas;
Cadáveres de cedros centenarios
Tus varoniles olas arrebatan;
Como del techo del pastor humilde
Las tempestades la ligera paja.
No nadan rosas en tus aguas turbias
Sino los brazos de la ceiba anciana,
Que desgarró con hórrido estampido
El rayo horrendo de feroz borrasca.
Yo veo serpientes que tus aguas surcan,
Cuyos matices a la vista encantan,
Y oigo el ronquido del hambriento tigre
Rodar sobre tu margen solitaria;
Mientras salvaje el grito de los bogas
Que entre blasfemias sus trabajos cantan
Vuela a perderse en tus sagrados selvas
Que aun no conocen la presencia humana.
¡Oh, qué serían sátiros y faunos
Bailando al son de femeniles flautas,
Sobre la arena que al caimán da vida
En tus ardientes y desiertas playas!…..
¡Ah, qué serian cerca de los bogas,
Que rebatiendo las calludas palmas,
En el silencio de solemne noche
En derredor de las hogueras danzan;
Acompasados al rumor confuso
Da sus mugientes y espumosas aguas,
Que acaso llega a interrumpir no lejos
Del ronco tigre seca la garganta!….
Yo los he visto en una oscura noche
Dando a los aires la robusta espalda,
Sobre la arena que marcado habían
De las tortugas la penosa marcha,
Y del caimán la formidable cola,
Y de los tigres la temible garra.
Yo los he visto en derredor del fuego
Danzar al eco de sonora gaita,
Mientras silbaba el huracán del norte
Sobre tus olas con sañuda rabia:
Yo los he visto juntos a la hoguera
Cavar ansiosos tus arenas blancas,
Y en sus entrañas despreciar el lecho
Del mas pomposo femenil monarca.
Aun me figuro que sus rostros veo
Del trémulo relámpago a la llama,
Con los ojos cerrados cual si fueran
Los despojos de un campo de batalla.
No muy lejos de allí, menos salvaje
Sobre tu arena inculta y abrasada,
El caimán abandona tus corrientes
Y junto al boga sin temor descansa.
En vano busca en tu desierta margen
El hombre, que cual débil sombra pasa,
Palacios y ciudades de una hora,
Que derrumban del tiempo las pisadas.
El pescador que en tus orillas vive,
Bajo su choza de nudosas cañas,
Que a nadie manda ni obedece a nadie,
De sí mismo el vasallo y el monarca;
¿No es mas dichoso que el abyecto esclavo
Que entre perfumes sus cadenas carga?……
¡Yo te saludo en medio de la noche,
Cuando en un cielo plácido y sin mancha
Mira la luna en tus remansos bellos
Su faz rotunda de bruñido nácar!
Yo te saludo, nuncio del océano!
Todo eres vida, libertad y calma;
Y el hombre libre que sus redes seca
En tu sublime margen solitaria,
Como en Edén nuestros primeros padres,
Solo de Dios adora la palabra.
Tu te deslizas al través del tiempo
Como la sombra de la acuátil garza,
Sobre la faz de tus fugaces olas
Que de los montes a los mares bajan.
En tus riveras vírgenes admiro
La creación saliendo de la nada,
Grandiosa y bella, cual saliera un día
Del genio augusto que tus olas manda.
¡Corre a perderte en los ignotos mares
Como entre Dios se perderá mi alma!
Cedros y flores ornan tu rivera,
Aves sin fin que con tus ondas hablan,
Cuyos variados armoniosos cantos
De tus desiertos la grandeza ensalzan.
¡Yo te saludo, hijo de los Andes!
Puedas un día fecundar mi patria,
Libre, sin par por su saber y gloria,
Y habrás colmado toda mi esperanza!