Señora Silveria Espinosa
Una corona y unas flores.
A la señorita María Ignacia Vergara, niña de tres años.
Ángel bello de Dios, niña inocente,
Que cariñosa logres enjugar
De tu madre y tu padre el llanto ardiente,
¡Cómo quisiera yo para tu frente
Una corona hallar !
Una corona sí, cuya belleza,
Cuyo brillo, magnífica riqueza
Y mágico esplendor,
De tu vida alejara la tristeza,
Las penas y el dolor!
Cómo quisiera yo para tus ojos
Las flores y los frutos de un Edén;
Y un jardín, sin espinas, sin abrojos,
Donde pudieras tú, libre de enojos,
Sobre el musgo doblar la blanca sien!
Un jardín esplendente y perfumado,
Donde el hielo jamás haya secado
El lirio y el rosal;
Donde el llanto jamás haya bajado
Al claro manantial!
Cómo quisiera yo que luz y calma
Hallara en todo tiempo tu vivir;
Y que siempre llevases tú la palma,
De la santa virtud, que eleva el alma,
Y alegra el porvenir !
Y que este sol de tus presentes días,
No enlutasen jamás esas sombrías
Nubes de tempestad,
Ni huyesen de tu faz las alegrías
De tu primera edad!
¡ Mas la tierra es tan pobre! No hay corona
- Que no lleve consigo espinas mil:
Toda riqueza al fin se desmorona,
Y la gloria del mundo nos pregona
Que es pasajera y vil.
Mas hay una corona noble y bella,
Que nunca deja dolorosa huella
De pena o de inquietud………
No busques otra, pues te basta ella:
Se llama la virtud.
Y si del mundo las escasas flores,
Perecen al soplar el huracán,
No te aflijas por eso, no, no llores,
Que otras hay de hermosísimos colores
Que nunca morirán.
Esas son las que tu ángel bondadoso
Te brinda compasivo y generoso,
En cada bella acción,
Que dicta con acento fervoroso,
Niña, a tu corazón.
Esa es pues la corona que yo quiero
Que lleves en tu frente virginal,
Esas las flores son que yo prefiero,
Porque ese ramillete es mensajero
De dicha celestial!
Sea cual fuere, oh niña! tu existencia,
Dirige hacia los cielos con frecuencia
Tus ojos, tu oración,
Para que guardes ay! con tu inocencia,
La paz del corazón!