Señor Andrés Maria Marroquín.
El chocolate.
Del vencedor de Troya esclarecido
Hizo Homero perpetua la memoria:
De publicar su historia
El clarín de la Fama está cansado,
Y su nombre ha ilustrado
Mas que de Ilion el encendido fuego,
La épica lira del famoso griego.
Cantó la tuya, mi querido Ignacio,
Del chocolate la grandeza y loores;
Y en poéticos primores
Tal lo pintaste, que será dudoso
Si brilla mas hermoso
En el pozuelo rebosando espuma,
O dibujado en tu valiente pluma.
Hacia tres siglos que a su imperio suave
Se sujetara el orbe complacido,
Y ya se había extendido
Del Antártico a la Osa,
Sin que de su excelencia primorosa
Hubiese quien cantara
El don precioso, la grandeza rara.
Las deidades que al mundo concedieron
Con fraternal y bienhechora mano
Este precioso grano
Para su utilidad y su recreo,
Destinaban el ramo de Timbreo
A coronar las sienes
Del que cantase sus inmensos bienes.
En las tuyas, Ignacio, lo han ceñido:
Ya miro en ellas el laurel sagrado,
Que en tiempo dilatado
Ninguno osó desear, ni es permitido,
Pues han establecido
Que en la sonora cítara de Apolo
El chocolate cante Ignacio solo.
Menos digno sin duda
De lograr tan honroso testimonio,
El héroe macedonio
Ordenó presuntuoso y arrogante
Que solo retratasen su semblante,
Velado a otros buriles y pinceles,
Lisipo en bronce, y en la tabla Apéles.
Tal decreto de Jove no ignoraba
Yo que intenté, cual Ícaro, algún día
Volar con osadía
De esta cumbre sagrada hasta la altura.
Orgullosa locura!
Que derretidas vio con escarmiento
Las alas que le dio su atrevimiento.
Tú mi caída infausta contemplaste;
Y al modo que el impávido guerrero
Viendo a su compañero
Morir al golpe de enemiga lanza,
Intrépido se avanza
Y ocupa el puesto tanto mas honroso
Cuanto se ha acreditado peligroso;
Así volaste con heróico aliento
A coger el laurel que no era mío,
Y en la trompa de Clio
Del cacao celebraste la grandeza;
Oh bien lograda empresa!
Bendición de tal fruto a la memoria,
Y gratitud al que nos dio su historia!
Eterna gratitud: pues, si se debe
A quien tan salutífera bebida
En pequeña medida,
Aunque para dar vida suficiente,
Ofrece a una persona solamente,
¿Cuál se te debe a ti que en mejor modo
Le diste chocolate al mundo todo?
Lo diste embrión en su preciosa planta;
Lo diste en la mazorca producido;
Lo disto ya molido;
Lo diste con canela y con vainilla;
Lo diste en la pastilla,
Y lo diste cayendo
Entre la olleta con el agua hirviendo.
Diste también la música sonora,
Qué hace el molinillo cuando bate
Con sabroso rumor el chocolate;
En jícara también lo diste en suma;
De cuya bella espuma
Mejor que en la del mar Venus naciera,
Si digna de tal cuna Venus fuera;
Y para hacer completo tu servicio
Lo diste en plato de dorada loza,
Con la corte que le hacen numerosa
En torno de su silla
El bizcochuelo, queso y mantequilla;
Cual otra vez del mundo a los señores
Acompañaban fasces y lictores.
Tu nombre unido, inseparable siempre,
Con el de este alimento delicioso
Será grande y famoso,
Y llenará con auge sin segundo
Los ámbitos del mundo,
Mientras que su existencia se dilate;
Mientras los hombres beban chocolate.
Así el que a Fidias, ateniense ilustre,
Su Júpiter Olímpico le ha dado,
La fama ha eternizado;
Y veinte siglos, que después corrieron,
Primero destruyeron
El mármol duro de la estatua bella
Que el nombre del autor grabado en ella.
¿Y qué imperio jamás tendrá el olvido
Sobre el nombre perenne y duradero
Que sea del chocolate compañero?
¿Del chocolate cuyo aplauso entona
De la una a la otra zona
El pobre, el rico, el sabio, el ignorante,
El viejo, el mozo y el pequeño infante?
Por tantas bocas tu obra celebrada,
Atrevimiento sin igual seria
El de la musa mía
Si añadir a tu fama algo quisiese;
No, mi intento no es ese,
Sino improbarte cuando dar ordenas
A obra tan grande un ínfimo Mecenas.
La distancia que hay desde tu númen
Hasta la pequeñez que me limita
Mi gratitud excita,
Que no puedo expresar como quisiera:
Este lugar hubiera
Mejor que yo cualquiera merecido,
Tanto cual yo, ninguno agradecido.