Señor José Manuel Marroquín
La vida del campo
A mi amigo el señor Santiago Pérez
Oh! ¡cuántos que en ciudades populosas
Vida agitada y turbulenta pasan
Envidian la quietud de mi retiro
Y mi choza pajiza y solitaria¡
Ay amigo! quizás ignoran ellos
¡ Afortunado yo si lo ignorara!
Que las penas se albergan en las chozas
Como en ciudades y opulentas casas!
Quien no lleva consigo la ventura,
Ora viva en palacio, ora en cabaña,
En vano busca fuera de sí mismo
El bien supremo de la paz del alma.
Al pié de las colinas más hermosas
De todas las que ciñen la Sabana,
Que con los prados en verdor compiten
Y en la vistosa variedad y gala,
Y en paraje repuesto y escondido,
Hice mi alegre y rústica morada:
A sus pies se dilata una llanura
Que las mieses y flores engalanan.
Los árboles robustos y frondosos
Dejan caer sus undulantes ramas
Sobre el techo pajizo de mi choza,
Y abrigo ofrecen y su sombra grata.
Pájaros mil que entre su copa anidan
Me despiertan cantando a la mañana;
Y en su follaje, al declinar el día,
Suspiran melancólicas las auras.
Un arroyuelo rápido y sonoro
Desde la cumbre de la sierra baja
A ofrecerme sus aguas cristalinas,
Por un lecho de guijas y esmeraldas.
Mi esposa tierna, mi sin par esposa,
Disfrutando también bellezas tantas,
Vida les da y el seductor hechizo
Que, para mí, sin ella, a todo falta;
La esposa tierna, la sin par esposa,
A quien adora arrebatada el alma;
Por quien conserva el corazón enteras
Las ilusiones de la edad pasada.
Por la mañana, cuando el sol la cumbre
Empieza a iluminar de las montañas,
Salto del lecho y en el campo aspiro
Frescas y vivas y fragantes auras.
La vista vuelta hacía el vecino prado,
Miro venir las mugidoras vacas
En busca de los tiernos becerrillos,
Que hambrientos las esperan y las llaman.
Ellas me brindan la sabrosa leche,
Que en los sonoros tarros ordeñada,
Forma ligeros copos de alba espuma,
Que crece y por los bordes se derrama.
Luego me llevan lejos las tareas
A que su vida el labrador consagra,
Y cuando acaban, al caer la tarde,
Me vuelvo a descansar en mi cabaña.
Al volver, me divisan desde lejos
Mis fieles perros que la choza guardan,
Y salen a mi encuentro cariñosos,
Y, en torno mío, alborozados saltan.
¡Cuánto al que tiene corazón sensible
Es grato, amigo, conocer que le aman,
Que, ausente, le recuerdan con cariño
Y que su vuelta con anhelo aguardan!
Salen también gozosos a mi encuentro
Mis tiernos hijos, prendas de mi alma,
El pecho a enajenar con sus caricias
Y sus amables e infantiles gracias.
Al recibir al sol que va a esconderse,
Tiende el ocaso sus pomposas galas
De vivísimos tintes luminosos,
De rosa y oro y de zafiro y grana.
Y esa escena que pasma cada día
Cual si por vez primera se admirara,
Siempre sublime, pero nueva siempre,
Al través la contemplo de las ramas.
En tan plácida hora mis ovejas,
Que pacían dispersas en la falda
De la sierra vecina, se reúnen
Y vienen al redil apresuradas.
Llega la noche al fin, ¡oh cuán hermosas
Son las noches de luna en mi cabaña!
¡Qué plácida tristeza comunica
Su lumbre a las campiñas solitarias!
¡Dichoso asilo, si perenne fuera
Tanta risueña amenidad y calma!
¡Dichoso yo si, esenta de inquietudes,
Siempre pudiera el anima gozarlas!
Mas ¡ay! que muchas veces pavorosa
Sobreviene en la tarde la borrasca;
El ánimo conturba, y las campiñas
Despoja de atractivos y de galas.
En los cercanos montes y en los valles
Los desatados huracanes braman
Y arrastrar en su rápida carrera
Los árboles y chozas amenazan.
Sigue la noche lóbrega: en los campos
Reina siniestra y pavorosa calma,
Y solo turba el lúgubre silencio
El torrente que ruge en la cañada.
Así también mil veces en mi vida
Esenta de ambición y retirada,
Las negras inquietudes y zozobras
La calma de mi espíritu arrebatan.
Quien no lleva consigo la ventura,
Ora viva en palacio, ora en cabaña,
En vano busca fuera de sí mismo
El bien supremo de la paz del alma.