Señor Mario Valenzuela
Desengaño.
¿Y no bastó tu célica hermosura
Ni de tus negros ojos el fulgor,
A prolongar un punto tu morada
En este mundo donde gimo yo?
¿Para esto vi de lágrimas henchidos
Tus dos vivaces ojos relumbrar,
Cuando a tu alma se rindió la mía
Que no pudo rendirse a tu beldad?
Me parece que es hoy aquella tarde
En que un anciano, a punto de morir,
Buscaba ansioso el llanto de sus hijos
Y de su esposa los sollozos mil.
Y solo vio la muerte allí sentada
De otros infortunados a los pies,
Y escuchó solo el sufrimiento ajeno
Y el corazón sintió desfallecer.
Mas tú viniste. y a tu voz piadosa
Los apagados ojos entreabrió,
Y por tu dicha levantó ferviente
Sus últimas plegarias al Señor.
Y a creer llegué, infeliz! que acaso el cielo
De mis pesares apiadado al fin,
Un porvenir de paz me concedía,
Y a conocerte me llevaba allí
Y embriagado, creyendo en mi fortuna,
Tu victoria canté y mi esclavitud,
Y por el mundo se escuchó en voz alta
La pasión que ignorabas solo tú.
Y, necio! no juzgué que acaso había
En tu pecho ocultándose otro amor,
Ni juzgué que ya entonces empezabas
El esposo a buscar de tu elección.
Y era así! que esa cruz con que supiste
De un enfermo calmar la ansia cruel,
Anunciaba lo que hoy tu blanca toca
Y tu sayal publican por doquier.
Quisiste ser el ángel del que llora;
Cúmplase, pues, la voluntad de Dios;
Mas esa cruz con que de mí triunfaste
Dame, para triunfar de mi dolor!