Señor Mario Valenzuela
Triunfaste!
Sí, yo te vi los lomos oprimiendo
De un fogoso corcel; ligera gasa
Te velaba la faz, mirar dejando
Tus bellas formas y tu tez nevada;
Gracioso sombrerillo detenía
Tus negros bucles; la undulante falda
Desde tu airoso talle en anchos pliegues
Hasta los cascos del bridón bajaba,
Y, sin esfuerzo, con flexible rienda
El ardoroso bruto sujetabas.
Tus hechizos mis ojos cautivaron,
Más no pudieron cautivarme el alma.
Te vi después, cuando al compás del piano
Volar dejabas la ligera planta:
Blanco cendal finísimo vestías,
El cuello y brazos cándidos mostrabas;
Graciosamente tu cabello undoso
Sujetaba levísima guirnalda;
Cual los ojos de incaute golondrina
Que un niño sorprendió, reverberaban
Tus vivos ojos; y al pasar danzando
Arrastrabas de todos las miradas.
Nuevamente mis ojos cautivaste,
Mas no pudiste cautivarme el alma.
Y ayer, ayer te vi! Vestido humilde
Y un blanco delantal solo llevabas,
Y con un crucifijo entre las manos
Del Hospital cruzabas por las salas.
Su frente el sol en el ocaso hundía,
Y su postrera luz por las ventanas
Entraba, largas sombras dibujando
En las toscas baldosas. A la cama
De un moribundo anciano te acercaste,
A decirle palabras de esperanza.
El te escuchó; los apagados ojos
Fijó un momento en tu doliente cara:
Dios os lo premie! murmuró, y sus labios
Vino a sellar la muerte. Tu nevada
Mano cerró sus párpados convulsos,
Mientras ardiente lágrima brillaba
En tus ojos suspensa, hasta que al cabo
Rodó por tus mejillas sonrosadas.
Y te amé, que hasta entonces solo había
Conocido tus formas delicadas,
Y en ese instante conocí de un golpe
Todo tu corazón en tu mirada ¡