Señor Santiago Pérez.
Fragmento de la "Leonor."
I
Los Descubridores
La nave voladora que, solo con un paso,
Los mundos de la aurora juntó a los del ocaso,
Otra arca santa fue;
Que, salvos, a otra tierra del hombre los destinos,
Que el porvenir encierra, llevó por los caminos
Del sable y de la fe.
El sable vino al cinto del bárbaro soldado,
Que, en llanto y sangre tinto, cumplió el apostolado
Feroz de la ambición.
La Cruz vino en la diestra del santo misionero,
Que, en nombre de Dios, muestra de la alta fe el sendero
De paz y bendición.
Los dos juntos vinieron; los dos su obra acabaron;
Al uno maldijeron, y el otro levantaron
De gratitud altar.
Cual polvo deleznable fue la obra del guerrero;
La hundió su propio sable; y aún mira el misionero
La suya al sol brillar.
Quien hizo al INDIO esclavo; fijó su nombre y gloria
Con mal seguro clavo de la imparcial historia
Al diamantino umbral;
Quien al Americano en Dios y por Dios hizo
Igual, libre, cristiano, al cielo satisfizo,
Y en él vive inmortal.
Oíd! Con su profundo eco vuelve la fama
La voz que un nuevo mundo mejor que el otro aclama;
Y al mundo viejo ved,
Que, en él los ojos fijos, las palmas hacia él tiende;
Y sobre él de sus hijos la muchedumbre extiende,
Como una inmensa red.
Su faz vuelve al Poniente, y abre con hábil mano
Sendero trasparente por sobre el océano;
Y a América al mostrar,
Al cabo del sendero, cual ígneo meteoro,
Muestra al aventurero alzándose un sol de oro
De perlas sobre un mar.
Pronto a su margen puso el Incola de España,
Osado nauta el Luso, y altivo el de Bretaña
Su vario pabellón.
Y bajo de él cubierto, sus tiendas levantaron
En medio del desierto; y al otro sol hallaron
En él una nación!
Del Tajo las coronas sus propios hijos dieron,
Delante el Amazonas, a las que no vencieron
Guerreras del Brasil.
Y de oro la melena del Porce, que peinaron,
Y el largo Magdalena, de la memoria echaron
Al Ebro y al Jenil.
Y a la costa vestida de ardientes arenales,
Llegó a arbolar Bastida los símbolos reales
De su natal región;
Y vino hasta la playa, abriendo con su proa
Azul marina raya, el ínclito Balboa
A izar su pabellón.
Del monte el agrio escombro le supo dar camino;
Del monte sobre el hombro alzado él, cristalino
Vio en lontananza, azul,
Igual, tendido y denso, en álveo de granito,
Como otro cielo inmenso bajo el cielo infinito,
El virgen mar del Sur....
Con incansable quilla de AtIante atrás dejando
De allá y de acá la orilla, y a selvas penetrando
Sin número y sin sol,
Desiertos atrás deja, desiertos delante halla,
Ya peña alta y bermeja, ya secular muralla
De bosque, un Español.
Y sube; y son los montes peldaños de su escala;
Sube, y los horizontes estrechos son a su ala,
Parécenle sin luz.
Por fin, para su vuelo: qué encuentra?
- Otra GRANADA Que está al umbral del cielo.
Y quién es él ? - Quesada
Con la cristiana cruz!
II
Los Aborígenes
Los años han borrado de Atrato en la ribera,
Y en playa, selva y prado, y en la alta
cordillera,
Las huellas de Julián.
Y cien aventureros, como él, tras él venidos,
En los mismos veneros, de la riqueza nidos,
Su sed saciando están.
Ya el hijo de Castilla dos veces ha fundado
Cristiana, noble villa; dos veces la ha arrasado
Ya el natural también;