Señor Santiago Pérez.
Atila.
El rojo imperial manto desgarrado,
Un jirón al ocaso, otro al naciente,
El cetro roto, trémulo el tridente,
Ruina de César la nación ya no es!
No como antes son diámetro del mundo
Las alas de sus águilas, ni es solio
Del pueblo rey su viejo capitolio,
Que de Brenno crujió bajo los pies.
Desde el helado setentrion ahora
La cólera de Dios sobre él avanza;
Ya brilla cual relámpago la lanza
Que el bárbaro entre hielos aguzó.
Duerme el Romano, en tanto, entre mujeres.
Asfixiado del lujo en el aroma,
Y no ve el rojo lábaro que asoma
Do de la tierra el término creyó.
De su solio de brumas baja Atila,
Cual de montaña altísima un torrente,
Y en las gradas del trono del Oriente
Su sandalia de hielo hace sonar.
Y, al volver al ocaso, do le llaman
Los mil perfumes del jardín de Europa,
En cenizas los pueblos con su tropa
Hace en su curso de huracán volar.
El nebuloso Júpiter del polo,
El hijo ensangrentado del Danubio,
Atila, Atila al cráter del Vesubio
Su hueste de osos viene a calentar.
Italia bella, abate tus cien montes,
Abre tus mil praderas de esmeralda;
Italia vil, desnúdate la espalda,
El azote de Dios la va a cruzar!
Como vidrios las losas de tus templos
Reventarán bajo el redondo callo
Que de Atila el indómito caballo
Supo en la ártica nieve endurecer.
En su crin, hoy trenzada por el hielo,
Italia, el fierro de tus dardos quiebra;
Suelta esa crin mañana, en cada hebra
Atado un pueblo, le verás volver.
Italia, mira el tope de ese otero
Donde sentada una ciudad tenías,
Ahora en la lumbre de sus cien orgías
Su hacha de guerra Atila encenderá!
¿Conoces tú la luz de sus festines?
Ve esa ciudad que es solo ya una hoguera;
Ve ese arco inmenso de humo, es su bandera
Que a otra ciudad mañana arropará!
O rica Italia! bellas islas tienes
Que un anillo de mares ciñe y moja;
Mas ve esa nueva mar hirviente y roja
Que en torno suyo Atila hace girar.
Es sangre de tus hijos y tus hijas
Que casi va a la cumbre de tu monte:
¡Cuánto prefiere Atila este horizonte,
A su horizonte pálido polar!
¿Oyes el agrio son que de eco en eco,
Cruje en tu dentellada cordillera?
De potros del desierto es la carrera,
De Atila a sus jinetes es la voz.
¡Cómo borran tus huertos y tus éras
Mira, Italia! Y tus mirtos y laureles
Los llevan enredados los corceles
En su casco cortante cual la hoz.
Oh! siquiera las sombras de tus héroes
Lanza, Italia decrépita, ante Atila;
Haz que en la noche en majestuosa fila
Frente a su tienda en el desierto estén!
Y esa enervada juventud que arrastra
La clámide entre flores, que despierte!
Sepa al menos morir, y que la muerte
Atila, no tus hembras se la den.
Y tú, Roma, que estrecho el orbe hallabas
Para tender tu pabellón sagrado,
Que, un senado de reyes tu senado,
Reina eras de las islas y del mar;
Hoy tu pendón, que sombreó la tierra
De alfombra echaras a los pies de Atila,
Si en tu trono, que ante él ahora vacila,
Te dejara su látigo besar.
Mas, recóbrate, reina del poniente;
No a tu muro, por dioses levantado,
Llegará la avalancha que el airado
Polo lanza por rápido taluz.
Ya no tienes legiones cuyo escudo
Pare el golpe del mundo; más tranquila
Roma a su senda salve a ver a Atila,
Sale y la vence solo con la cruz...
El nebuloso Júpiter del Polo,
El hijo ensangrentado del Danubio,
Atila, Atila al cráter del Vesubio
Vino y su hueste de osos calentó.
Italia bella, encumbra tus cien montes,
Abre tus mil praderas de esmeralda;
Italia vil, arrópate la espalda,
Et azote de Dios ya la cruzó!