Señora Silveria Espinosa
Al pie de los altares
Es triste referir la negra historia
De nuestra amarga vida terrenal!
Es muy triste traer a la memoria
Tantos instantes de mentida gloria
Y verdadero mal.
Mas referirte ¡ oh Dios! nuestros pesares,
Llorando de rodillas a tus pies,
Bañar con nuestro llanto tus altares,
! Oh qué dulce, mi Dios, qué dulce es!
Triste fuera mostrar la cruda herida
Que sufre silencioso el corazón,
A quien halló la senda de la vida
De flores y de fuentes revestida
Con grata profusión.
Pero mostrarla a ti, mi dulce dueño,
Que aquí no hallaste do posar la sien,
Sino una helada piedra y duro leño;
Es un grande consuelo, es un gran bien.
Triste fuera que un mísero tirano
Se alzara ante nosotros como juez,
Con nuestra dicha en su mezquina mano,
y nosotros, quizá, pidiendo en vano
Consuelo a su altivez.
Pero llorar, mi Dios, en tu presencia
Esperando una muestra de tu amor,
Es encontrar la perfumada esencia
Que mitiga del alma el sinsabor.
¡Oh! muy triste será pedir favores
A un orgulloso y bárbaro sultán,
Referirle del alma los dolores,
y del desdén helado los rigores
Hallar en nuestro afán.
Mas pedirte favor a ti, Dios mío,
y en tu rostro dulcísimo no hallar
Ni enojo, ni dureza, ni aun desvío;
Así es dulce pedir y suplicar!
¡ Es muy triste fundar nuestra esperanza
Del mundo en la inconstante vanidad,
y divisar la calma en lontananza,
y no encontrar del gozo y la bonanza
Jamás la realidad!
Pero esperar en ti, Señor eterno,
y en tus manos dejar el porvenir,
Casi es, mi Dios, del gozo sempiterno
La santa dicha y la quietud sentir!