Señor Julio Arboleda.
El jinete.
(Fragmento del Gonzalo de Hoyon.)
-Ven, mi alazán! prorumpe el desdichado;
Ven por la última vez, sírveme ahora,
Y este cancro mortal que me devora
Hunde conmigo en los infiernos ya.
Tú eres mi único bien; yo nada tengo,
Nada que me detenga aquí en el mundo,
y si contigo en los infiernos me hundo,
Ningún pesar el alma llevará.
Ya es inútil luchar: es imposible
Sufrir la ingrata, abrumadora carga
De esta existencia degradada, amarga,
Que no puede a la infamia resistir.
Ante el soplo del viento del delito
Mi virtud como lámpara se apaga.
Ya que solo al delito el mundo halaga
Huyamos dél; dejemos de vivir.
La calumnia me asalta como a Anteo.
En vano con mis hechos la confundo;
Al caer, nuevas fuerzas la da el mundo
Y vuelve más pujante a aparecer.
Adiós, oh Patria! Por haberte amado
He perdido mi honor, estoy proscrito!
Sí; amarte demasiado es el delito
Que me hace hasta la infamia merecer.
Todo cede a la astucia! El vulgo es eco
Ciego como esa roca que me infama:
Me oye llamar traidor, traidor me llama
Y calumnia porque oye calumniar.
Mi nombre está manchado sin remedio....
Va a maldecirme España..... Eso es la historia;
Eso vale tu infamia, eso tu gloria;
Esos tus fallos son, Humanidad!
-Ven, mi alazán ! -Y rápido se arroja
Sobre el corcel; le aguija con fiereza,
Y atraviesa veloz por la maleza,
Desesperado y de la muerte en pos.
Por sobre arbustos, zarzas, ramas, troncos,
El caballo frenético se lanza.
En alas del temor y la esperanza
Van corcel y jinete. Adiós! Adiós!
Salva el caballo a saltos los arroyos
Llevando entre los dientes el bocado,
Y, del rudo acicate atormentado,
Va su escape aumentando sin cesar:
La rienda tesa con entrámbas manos
Lleva el jinete; la entreabierta boca
Del fogoso animal los pechos toca,
Y su hirviente nariz se oye tronar.
Hay en el corazón de la montaña
Raudo torrente, que de breña en breña,
De una sima a otra sima se despeña,
Y como en un sepulcro va a correr.
Ronco rodando, y turbulento siempre,
Estrella sus hirvientes borbotones
Sobre enormes y negros pedrejones,
Y conviértese en nieblas al caer.
Ante la masa de sus turbias ondas
Que al abismo frenéticas descienden,
Aquellas nieblas móviles extienden
Un velo denso de flotante tul;
Y al través de sus pliegues misteriosos
Vese relampaguear la catarata
Cuando, en rápidas ráfagas, desata
Y mece el viento el cortinaje azul.
Del hondo lecho al uno y otro lado
Alzan dos rocas sus excelsas crestas,
Ocultando sus frentes contrapuestas
De nubes tempestuosas al vapor:
El águila imperial la cima alcanza,
Y en sus cavernas lóbregas anida;
En el bajo peñasco halla acogida
Para su prole, impávido el cóndor.
En la inferior región, el triste búho
Cual visión vaga que la noche exhala,
Leve despliega de fantasma el ala
Y halla en las sombras lóbrego solaz.
Y hacia el borde empinado de esa roca
Que la profunda cavidad domina,
El español frenético encamina
Del noble potro la carrera audaz.
Álzase entre la selva estéril risco
Desprovisto de arbustos y de grama,
Do, por senda torcida, se derrama
Le arena, y forma un vasto caracol.
Por allí va Gonzalo, y con esfuerzo
Súbito al potro en la pendiente para,
Y cual si un enemigo divisara
Lleva la diestra al sable el español.
Al rayo de la luna que dibuja
Su luenga sombra en la pardusca roca,
Vese mover su convulsiva boca,
Y su faz cadavérica vibrar.
Mas luego con desdén suelta el acero,
Al estrellado firmamento mira,
Y con la mano trémula de ira
A ese cielo parece amenazar.
¡ Que tentación sacrílega le asalta !
Cuántos días se apiñan de amargura!
Cuánta ponzoña en ese instante apura!
Cuántos se pintan años de aflicción!
La venganza tal vez vino a llamarle,
Al ver su honor a la merced de un hombre,
Ay! y al sentir caer sobre su nombre
Infamia eterna, eterna maldición.
O algún genio satánico, evocando
Sus pasados recuerdos y tormentos,
Dio formas y sarcásticos acentos
A los delirios hondos del amor.
Y hablaba el infeliz, y con la diestra
Algo de sus oídos sacudía,
Y, golpeándose el hombro, pretendía
Desechar algún peso abrumador.
Dice y como sintiendo la demora
Y delirante, al alazan anima,
Que, rápido partiendo, por la cima
Despeñe los guijarros de tropel;
Y de arena entre el pardo remolino
A saltos y acezando el risco escala,
Y cual visión que ante la luz se exhala,
Dobla la senda y piérdese con él...
Mas vedle allí! que ya otra vez asoma
Dominando el altísimo peñasco!
Oh! cual relumbra el argentado casco
Sobre el manto de negro vellorí !
Adiós! adiós ! que rápido galopa
El corcel empujando hacia el abismo!
Adiós ! adiós ! que en un instante mismo
Muerte y alivio va a buscar allí!
Ya llega al precipicio, ya en la orilla
Contempla ufano el vórtice profundo
De la sima espantosa, do iracundo,
Hierve el torrente en turbio borbotón.
"A morir ! " grita en éxtasis demente;
Pero ante el borde, que a su peso cede,
El caballo espantado retrocede
Sordo a la brida, sordo al aguijón:
Saltado el ojo, eriza la melena,
La espesa cola encoge zozobrado;
Tiembla de pies y manos azogado;
Bufa poniendo en arco la cerviz:
La inquieta oreja hacia el peligro vuelta,
Y el ancho pecho cándido de espuma,
Brota de fuego una radiante pluma
De la convulsa, anchísima nariz.
Las ijadas rasgándole a espolazos,
'Oh! mil veces cobarde y maldecido
(Exclama el castellano enfurecido)
Quieras o no, conmigo morirás!"
Y al acero llevando la impía diestra
Va a desnudarle, el alazán lo siente,
Y partiendo al sonido, de repente
Salta a derecha, a izquierda, al frente, atrás.
Ya en el pié sostenido, ya en la mano,
En corcovos listísimos se mueve;
No hay posición que rápido no pruebe;
Siempre en el aire estremecido va:
Contra la roca, el pedrejón, el tronco,
Se azota, y se alza, y clavase, y palpita,
Y bufa ronco, y la cerviz agita,
Mas siempre a plomo el castellano está.
En la izquierda la rienda, en el estribo
Firme la planta, amargo sonreía,
Y con la diestra la cerviz le hería
Despreciando su vano frenesí. ...
Mas ¡ ay! la planta en una grieta oscura
Hunde el caballo, y se desploma, y rueda,
Y herido, opreso, ensangrentado queda
Bajo su peso, el caballero allí.