PROLOGO.
Treinta y seis años transcurrieron desde el descubrimiento de
nuestras costas por COLÓN (14 de septiembre de 1502) hasta la
fundación de la capital del Nuevo Reino, y creación de la colonia.
(6 de agosto de 1538).
El tiempo que faltaba para completar aquel siglo, lo emplearon
nuestros padres en su grande y laboriosa tarea de conquistar un
país inmenso, domar tribus belicosas y fundar ciudades, con lo cual
consumaron su gloriosa usurpación.
He aquí, en dos palabras, suprimidos cien años, y libres
nosotros, por lo tanto, de dar cuenta desde entonces de nuestra
literatura, que no pudo existir durante aquel siglo laborioso y
guerrero.
Fundada la capital y establecidas algunas familias de españoles
entre las destrozadas tribus de los mal domados indígenas,
siguieron los pleitos de los conquistadores entre sí, o con la
corte, y los litigios judiciales sobre la vida civil que empezaba
para ellos en el suelo conquistado, presa rudamente disputada a la
sombra de las selvas americanas. La espada no había dejado todavía
de representar un papel importante; y si la pluma trazaba rasgos
por primera vez en Santafé no era sobre las páginas de los libros
sino en las fojas timbradas del expediente.
Ved otro medio siglo completamente perdido para la historia
literaria.
Los primeros sonidos que se consagraron a las Musas españolas en
el suelo de los Chibchas, fueron los de la lira del P. Castellanos,
nuestro historiador poético. Pero allí todavía no se encontraba la
expansión poética, ni el lirismo: las obras de Castellanos no son
sino la crónica guerrera versificada.
El tiempo iba mientras tanto, dando consistencia a la colonia,
tranquilidad a las costumbres y vida a la sociedad. Entonces
algunos hijos de Santafé, empezaron a levantar altares a las Musas,
ensayando su pluma en presencia de los destrozos que había dejado
la reciente conquista, y en medio de una sociedad infantil y
turbulenta.
Ni uno solo de aquellos manuscritos ha llegado a nuestros días.
Perecieron junto con documentos históricos de la mayor importancia,
conservándose solamente las historias que se imprimieron en España,
y un curioso códice que, bajo al nombre de "El Carnero", atravesó
incólume los años, y fue salvado, merced a sus anécdotas
escandalosas y a la particular estima en que desde su nacimiento se
le tuvo.
Sabemos, porque el laborioso Ocariz lo asegura, que el
Ilustrísimo señor Lúcas Fernández de Piedrahita, Francisco Cardoso,
Hernando Ospina, Bruno de Valenzuela y otros hijos de Santafé
(1660), escribieron comedias, novelas y autos sacramentales.
Empero, nada ha quedado que pudiera servir de proceso para lanzar
un juicio; aunque estudiando los sincronismos literarios de esa
época, se puede sospechar el ningún mérito de aquellas
producciones, atendido el culteranismo y el espantoso atraso en que
se encontraban por aquel periodo las letras en España bajo la
dominación de Felipe III.
De 1700 para adelante, la educación que se daba en nuestras dos
Universidades difundía algo el amor a los estudios literarios; pero
el culteranismo ayudaba a esterilizar unos espíritus empobrecidos
en la inacción, por falta de impresiones y sobra de rigidez
oficial. Así es que durante los cinco lustros que precedieron a
1800, no se registra ni un nombre apreciable para la historia
literaria. Fue sin embargo en la última década de aquel siglo que
se sembró el grano cuyos frutos empezaron a recogerse en el
nuestro. Bajo el gobierno de nuestro liberal Virrey, el
Excelentísimo señor Ezpeleta (1777-1794), fue llamado por él, el
señor Manuel del Socorro Rodríguez, primer bibliotecario, y
patriarca del periodismo en Nueva Granada. Aquel literato carecía
de cualidades poéticas eminentes; pero era de una laboriosidad
fabulosa: aparte de otros trabajos científicos y literarios dejó
escritos cinco gruesos tomos de poesías, entre ellos ¡ uno de
sonetos !. Su pronunciada afición por las letras formó muchos
discípulos que a su turno vulgarizaron después esta noble ciencia
del espíritu. Débase a Rodríguez y a la señora Santamaría de
Manrique fundadora de la tertulia del "buen gusto," la educación
poética de los que veinte años después figuraron con algún
aplauso.
Ya sea por una disposición providencial, o porque realmente el
orgullo de ser independientes despertó en el alma de nuestros
padres las más nobles sensaciones; ello es que nuestra literatura
no empieza sino en este siglo. Al comenzar los albores de nuestra
libertad, comenzaron también a sonar las liras y las flautas
pastoriles como despertadas por el ruido del cañón. Himnos a la
Patria, al Amor y a todas las otras Divinidades del corazón, se
escucharon desde entonces en todas nuestras selvas.
Madrid, Salazar, Grueso, Valdez, Rodríguez, Manrique, Baños,
Marroquín y otros abrieron la marcha de ese escuadrón sagrado.
Siguiéronles de cerca Vargas Tejada, Lleras, los dos Ortiz, Alvarez
Lozano, Madiedo, Caicedo Rojas; y detrás de ellos se escuchaba
sonar la armoniosa lira de José Eusebio Caro. En el brevísimo
período de medio siglo se centuplicaron los poetas, y cada poeta
señala una época o una década literaria. Arboleda y la señora
Espinosa llegan a su turno e inician otra en 1840: cinco años
después viene Gutiérrez González con Samper, Pombo, Pereira,
Valenzuela: diez años mas tarde aparecen Santiago Pérez y Rafael
Pombo al frente de otra brillante generación.
El lirismo conquista un campo y gana palmas: la musa épica
nacional se ensaya y adquiere algunos triunfos, y la dramática
llena con sus voces el ámbito de nuestro Coliseo. Todos son
ensayos, es cierto; pero ya se adivina una literatura rica y
brillante, de la que presentamos una cortísima muestra.
Si este libro obtiene la aceptación que le deseamos, nuestro
trabajo no terminará con él. Hemos escogido de tal manera sus
materiales que merezca ser enviado a los países hermanos que hablan
nuestro idioma; pero todavía quedan mil y mil joyas literarias con
que se honra nuestra patria.
LOS EDITORES