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Doloritas, la señora de la silla, que sirviera de modelo para una madona, se ruborizó e inclinó la cabeza sobre el pecho.

Ramón sonriendo y mirándola malicioso:

-Las muchachas son muy guapas, Alejandro y Rafael no dan qué hacer; la mula en que va mi mamá..

-No hay con qué pagarla-interrumpe don Miguel, sacando las manos de los bolsillos y haciendo carrizo.

-¡La Guitarra? En esa mula no tenga miedo, misiá Santos; la saca por cualquier parte. Más mañosa ya no sirve.

-Ella la conoce, Liborio.

El Cónsul, Carmen y Elvira, trataban de sus asuntos en el círculo que habían formado.

Carmen, mirando de cuando en cuando a un joven de ruana que estaba cerca a Herlindo, invitaba muy insinuante a sus amigas.

-A Semana Santa tienen que ir niñas.

Herlindo, que tenía un pie sobre la rodilla, con el botín zafado, pasándose el dedo por «la rajadura», y despegando mañosamente las medias de las reventadas ampollas, añadió:

-Ahora que nosotros estamos allá, les queda muy fácil. Les prometo llevarlas al teatro y sacarlas en coche.

-Y volviéndose al mozo de ruana, y palmeándole en una pierna:

-Vos Javier las acompañás, y te comprometés a escribirme todo lo que pase aquí.

Una niña blanca, de ojos traviesos, graciosa como ella sola, que reía siempre, replicó:

-Y que le cuente de allá-señalando el «allá» con gracioso movimiento de cabeza.

-Pues eso es lo principal, barbotaron dos o tres riendo.

-Nosotras le contamos lo que Javier no le cuente.

Javier, un efebo de cabellos que parecen sortijas de bronce, ojos claros, airoso y gallardo, contestó echándose la ruana al hombro.

-Y voy todas las tardes a verla por vos.

Carmen hizo un mohín de enojo.

Para contentarla preguntó Javier:

-¿Y a mí quién me cuenta?

-A Javier le cuenta Ana.

Ana siempre riendo y pasándole a Carmen el brazo por la espalda:

-No, Enriqueta, a Javier le cuesta un pajarito que voy a regalarle yo.

-Le cojo la palabra, Ana.

-Y cuando ustedes vayan me cuentan a mí.

-Pero, Carmen, ¿usté sí cree que nosotras vamos?

Por repuesta, levantando Carmen la voz, preguntó:

 -¿No es cierto, misiá Victorita, que usted sí deja ir a las muchachas a que nos hagan un visita en Semana Santa?

-Quién sabe Carmelita, cuesta tanto un viaje de mujeres, y ahora que se echó Liborio el empeño de la finca....

-Lo que una se propone lo hace-tomó a decir Carmen, cargando la voz en una.

-No, Victorita-replica doña Santos-a las muchachas me las manda, y se va usté con ellas.

-Y Liborio, todos van ahora-dice don Miguel paseándose y paseando la mirada por el auditorio; yo, Miguel Castañeda, (palmada en el pecho) y mi casa, y cuatro riales que tengo, todo está a la disposición de los amigos.

-Muchas gracias, don Miguel, así quedamos nos otros aquí.

-Ya lo sé; pero si van a Floridablanca, y no se van a nuestra casa, no les volvemos a hablar.

Dirigiéndose a Rosinda:

-Hija, ¿aquí no les encienden tabaco a las visitas?

-Creo que ni aun hay, papá, todos los echaron en los hatillos.

-En mi saco tengo yo. Allá lo dejé colgado en un clavo en el corredor.

Mientras Rosinda busca y enciende los tabacos, don Miguel habla:

-Miguel Castañeda no ha sabido mentir. Puedo levantar mi frente limpia. (La palmada ahora es en la frente). Que levante el dedo aquel a quien yo le haya andado con mentiras y patrañas. Ustedes todos tendrán que seguirnos; pues todos los negocios se los están aprovechando los de Floridablanca y los que se han ido de los pueblos, que son la mar: eso está lleno de gente de todas partes.

Doña Victoria, la señora pálida, la vecina e íntima de doña Santos, insinúa la idea de ir a acabar de arreglar lo que faltara. La señora de las pestañas de ternero, doña Catalina y Rosinda, la apoyaron.

Doña Santos todo lo preveía: «No me dejen nada, porque un zoco d'escoba que sea le hace a uno falta». Que la tabla apuntadora de ropa; que el plato dulcero con todo y lezna; el frasco de los cominos, el cuchillo cocinero, la carrasca raspadora de arepas, el colador, el cedazo.... «Mi mata de josefina. Yo no la dejo, y tan escasas que son en Floridablanca.... El coco del chocolate de harina, y mi camándula. Ya se me olvidaba mi camándula que tiene indulgencias pa la hora de la muerte. Allí, está, Rosinda, en la barandilla de mi cama. Vea, Vitorita, el jarro de plata. Acomódemelo con la Virgen de los Dolores (una tosca imagen de alto relieve en antiguo mareo de oro). La quiero tanto, era de mamita Luz, mi tatarabuela.... ¡Por Dios! mi novena de Nuestra Señora de los Desamparados, que se la presté a Genoveva el otro día que tuvo el muchachito tan malo.... y que no se encuentra.... Ya no es más que una hilacha....».

Y saliendo afanosa al patio, manda a los niños, que con los amiguitos cabalgaban en las monturas que corrieran que volaran a reclamarlas.

A lo anacoreta hubieron de dormir esa noche en casa de don Miguel en duras esteras y peores almohadas. En esas eternas despedidas como se cruzaban los ofrecimientos a ley de caballero y de todo corazón, como se sonsacaban las promesas de una visita a Floridablanca.

-Tía Catalina, usted va con Ramón en el primer viaje que haga a traer surtido.

-Usté, misiá Victoria, con Doloritas. Ramón nos tiene prometido llevarla en julio que hace verano.

-Eva está loca por ir a Floridablanca. Cuenta cómo no nos la manda, misiá Anselmita; y usté, misiá Encarnación, a las muchachas.

-La novena de San Rafael no vayan a echarla en saco roto, a ver si él nos saca con bien de esos pantanos.

-Y ustedes, los escapularios de la Virgen del Carmen, que ya los que tenemos no son sino hilachas.

-La comunión de mañana voy a hacerla por ustedes, misiá Santicos.

-Dios te lo pague, querida.

-Allá la esperamos, Catalina-dice arrogante don Miguel, poniéndole la mano en el hombro a su cuñada-Y mándenos a David para ponerlo en el colegio. Pueda ser que se saque algo de ese muchacho, y algún día le sirva de apoyo. Usted sabe que sus hijos son míos; así se lo prometí a mi hermano Bernardo antes de morir.

Hubo ojos encharcados, y lágrimas que corrían como gotas de vela encendida.

***

Cuando estuvieron solos, refunfuña la señora:

-¡Estas cismáticas!, nada más que echando lengua, como sino no hubiera qué madrugar.... Sin rezar el rosario.... -Y sin más, echándose la bendición, entona:

-Abrid Señor mis labios para alabaros y bendeciros.. El Santamaría vaga en un bostezo; el Dios te salve, en otro.

El sueño dobla las cabezas. Pellizco va y pellizco viene.

-Dios te salve, ánimas fieles....

-Hupa, ¿ques eso? se durmieron todos. Vos fuistes lo que yo soy.... Contesten, Carmen, Herlindo

-Yo seré lo que vos sos, mascullan quejándose, y rascándose.

Cuando ya todos duermen, interrumpe los ronquidos y el acompasado respirar de una voz quejumbrosa como de ánima en penas que masculla:

-Vos fuistes lo que soy yo....

Era Herlindo, que parecía un ajusticiado en el taburete donde su madre le dejó dormido en castigo de su indevoción.

***

-Mamá querida-mimosa suplicaba Eva-ahora sí me deja ir a Floridablanca ahora que están allá las Castañedas. Yo no aguanto más esas ganas, mamá.

-Usté no sabe, Eva, lo penoso que es estar en casa ajena; deje que la mina nos dé oro, su papá la lleva a un hotel d'esos donde reciben señoras, Ai tengo prendido a San Cayetano, él nos socorre, allá verá-San Cayetano, no, mamá-replica gitanesca la muchacha,-San Cayetano, no le da a uno plata, lo que hace diz que es darle conformidad con la pobreza.

-¡Que más nos quisiéramos!.... Y no se fíe de gente que anda con uno Santo ónde te pondré. A Santos la conozco yo como a mis manos, buena como el pan, y caritativa como ella sola.... Pero Miguel.... Si conciencia tuviera debía llevarse a doña Catalina con toda la runfla. ... Mucho brega Santos por taparle las perreras y lo Alejandroempuña ques.

-Pero siempre se les ven las cabuyas-terció diciendo don Eudoro- y el que le oiga las flotas pensará ques gente. Y dígame, Eudoro-continuó la señora bajando la voz- eso que dicen que hizo con doña Catalina sí será cierto?

-¿Que le quitó los derechos de La Pobreza? Como que Dios es Cristo. Con las cortas y las largas que él usa, hizo decretar un contingente que a ella le era imposible pagar; le puso la casa de cebo; y ella, temerosa de quedarse sin donde vivir, convino en todo lo que él quiso.

-¡Ave María! Ese hombre nadando en la plata, quitarle a una pobre viuda, su cuñada, la mina que le da el pan de sus hijos. Da lástima verla pegada del amasijo y de ese horno. Hay días que la cogen la diez de la noche sin sacar. Ya siquiera le va a educar a David. Mi Dios que le tocaría el corazón por lo buena que es Santos.

-Ese hombre es culebra brava siente crecer la yerba Cuando uno menos piensa allá va el zarpazo.

-¡Así plata para que! Y sabiendo eso todavía quiere esta novelera írseles a ensotar allá.

-Qué le hace mamá, que les choque Pa qué convidan a uno.

-No parecés hija mía.

Don Eudoro, abrazando cariñoso a su hija:

-Cuente hijita con que la llevo a Floridablanca apenas se libre la mina

Cuando uno esté bien viejo y bien feo ya pa qué.

-Con un mes de verano tenemos, pues nos ha dado pinta hasta de dos pesos.

-Hace tiempos que le estoy oyendo decir lo mismo-refunfuñó la muchacha, poniéndole la mano en la boca a D. Eudoro-y el oro no parece.

-Verdad más grande no has podido decir-replicó la madre.

-De ilusiones vivimos los mineros-exclamó el señor.

Doña Victoria, que va camino de su casa apoyada en el brazo de su marido, rompe el silencio diciéndole:

-Ahora sí creo yo, Liborio, que don Miguel nos estima.

-A mí cada rato me pone su caja a mis órdenes y me da quejas porque no lo Ocupo; pero tanto cuentan de él, Victoria, que hasta miedo le tengo.

-Ramón sí vale lo que pesa.

Ana interrumpiendo:

-¿No recuerda, mamá, lo formales que estuvieron, con nosotras la semana que estuvimos con ellos en la finca?

-¿Y no vieron el interés con que don Miguel y Herlindo y todos nos convidaron? afirmó Enriqueta con viveza.

-A mí me regaló Carmen esta pulserita de medios. Vea qué tan linda, mamá.

-Y a mí un valaca.

-Ahora sí vamos a conocer a Floridablanca, ya sabe, mamá.

-Eso, mis queridas, es negocio de su papá. El es el que tiene que sacudirse el bolsillo para sayas de seda y guantes y sombreros, que por lo que es mi parte las mando con toda confianza a donde Santicos.

-Mi papá sí nos lleva.

-Allá lo veremos, hijas.

-Javier nos lleva. ¿No es cierto, Javier?-gritó Ana, halando de la ruana al joven, que por acompañarlas iba con ellas.

Javier, que acariciaba en la imaginación la dulce, la triste, la inmensa y larga mirada con que su novia le dijo adiós, maquinalmente contestó:

-Pues demás.

***

Floridablanca, la ciudad bella.... Floridablanca que el arizá y el búcaro arrebolan, que se adorna de acacias y carboneros, de gualanda y curazaos; que el naranjo dora y riega de azahares; que aspira voluptuosa los aromas del rosal, el limonero y el jazmín; para quien la granada de heráldicas nostalgias abre su seno encarnado, y se deja caer de las alturas el madroño salvaje; para quien florecidas enredaderas cuelgan festones, y velos y cortinas que el viento sacude acariciador; esa Floridablanca a quien el río de ondas apacibles rinde pleito homenaje, y orla de orillas que incitan al ensueño; a quien la quebrada Saltadora corona de espumas y adormece cantándole amorosa; a quien ciñen setos de hojasanta, de zarzas y piñuelas, y del cactus que da el higo purpurino; a quien sauces, cabeceando soñolientos, cobijan con sombra de largos fantasmas; esa Floridablanca a quien el sol fatiga y refrescan brisas embriagantes con susurros de cita amorosa; que oye extasiada el secreto que murmuran las hojas de la ceiba y las frondas de los jardines, y arrullos, y trinos, y gorgeos en los aires y en los nidos; esa Floridablanca que no tiene que levantar los ojos al cielo, porque las aguas se lo reflejan azul, estrellado y tembloroso: a quien pone miedo el alto de Las Rocas, donde la fe plantó la cruz para amansarle, a quien velan risueñas eminencias y guardan misteriosas serranías.... A Floridablanca, donde el trabajo es ley, donde la esposa gobierna la casa y reza, donde la Virgen sueña, ama y ora; donde Juventud bosteza y frunce el seño.... A Floridablanca levantó el vuelo con sus penates la familia Castañeda.

Don Miguel entró con pie derecho por los vertiginosos e intrincados laberintos de la bolsa: su acierto se hizo proverbial, Que a ley de soborno, aseguraban sus émulos. Pero fuera por fas o por nefas, podían contarse en los dedos de las manos las veces que a don Miguel se le iban los pies. El día que despavorida corrió la noticia «¡Las letras al 20.000!», don Miguel se atuzaba el bigote de puro gusto. Habia jugado al alza. Y el día en que corrió la no menos pavorosa para los que veían escaparse la fortuna: «¡Se acabó la guerra!», don Miguel hizo la olla gorda. Había jugado a la baja.

Pero su mujer sí no podía hallarse. El calor la afligía: en cuerpo y con delantal andaba en el trajín de señora y ama.

-¿Quién me metió a mí salir de mi pueblo!-exclamaba-yo no sé cómo pueden vivir en esta Floridablanca, donde hay que comprar desde la sal hasta el agua. En Sanisidro todo lo tenía yo de las fincas: mis huevos, mis quesitos, mi mantequilla.... y mis vacas, que esta leche que venden aquí sí es una porquería. Pero si fuera eso no más, ya me diera yo por bien servida.... Miguel se muere, si el Señor no voltea su santa mano. Ese hombre no sabe lo que es dormir. No pega los ojos en toda la noche. Ai lo siento voltiarse pa un lao y pa otro.... Y si se logra dormitar un rato, es con la misma cantaleta. Que los dollars; que la bolsa; que jugó al alza; que las libras.... ¡Qué voy a saber yo de esos enredos! Pero la verdá es que ese hombre ni come ni duerme tranquilo, y que la vida aquí cuesta un sentido.

Los muchachos, Alejandro y Rafael, encerrados en la casa todo el día de Dios, renegaban de esa Floridablanca como unos arrieros. «Aquí donde los muchachos no juegan en la plaza ni en las mangas, ni se encuentran mortiños ni dulumocos, donde no dejan a uno ni irse a bañar al río diz que por que sihoga». Su imaginación allá en el poblado, donde retozaban como cabras por riscos y cañadas, les había forjado una ciudad encantada, una jaula donde rodaban por las calles trompos y corozos, colaciones y confites, donde cada morada era un áureo palacio igual a los que las sirvientas les describían en los cuentos de La sierpe de siete cabezas y El gigante de los dientes de oro.-«Venido a ver-rezongaban, bostezando y desperezándose- un pueblo grande más feo que volverlo a decir. » Sólo en el colegio de La Juventud Católica a donde fueron internos, hallaron consuelo.

¿Quedarse ellos atrás en el No soy, que gritan a una los jugadores de La chucha, o dejarse pinchar en la carrera?-¡Quién lo dijo!-Caer prisioneros en el de Los partidos?-¡Ni por pienso!-¿Quién botó el balón con más habilidad, quién resistió más la jira vertiginosa del volante?-Ninguno-Pero allá en los bancos, en las luchas estudiantiles de romanos y cartagineses, era el llanto y el crujir de dientes. Cuando no era el uno el condenado a sufrir el tormento de La Pared, esa pena de la mujer de Lot, era el otro, si no los dos.

¿Y Herlindo? Sus cartas a Javier, el amigo íntimo, que allá en Sanisidro vivía para Carmen, eran una jeremiada. El motejaba de «vinagre» la gente de Floridablanca. «Las muchachas parecen comiendo limón a toda hora»; y evocaba las jiras y paseos, los amigos y amigas de Sanisidro; las tertulias en casa de doña Victoria, con guitarra y canto, y «esa Ana tan cuarta»; las cenas de envueltos los sábados en la de ña Verónica, donde lo más apetitoso eran las muchachas que los servían; las salidas a caballo, los baños y.... esa juanita Romero-la novia-tan dulce y sencilla como la albahaca. El se quejaba de las aes, las bees, los más y los menos, las zetas e incógnitas de esa álgebra tan ruda como el deber. Aislado en los claustros, como si dijéramos en el banco de la paciencia, soportaba las cuchufletas y las risas de los traviesos condiscípulos, y esas presentaciones burlescas del desconocido por el otro desconocido; él juraba y perjuraba tomar soleta para Sanisidro el día menos pensado, si su papá insistía en no permitirle la salida de «ese infierno de Universidad». La muletilla de todos: «yo lo que quieto es trabajar.»

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