LENGUAS Y CORAZONES
BAULES abiertos, baúles cerrados con letras y arabescos de
estoperoles antiguos; hatillos a medio llenar, derramada la sábana
que hace de tendido; colchones enroscados y envueltos en esteras;
trajes y atados sobre las desnudas camas; en ventanas, mesas y
taburetes, sombreros con blancas fundas de ancho volante, capitas
de viaje, guantes, foetes, encomiendas con cartas por rotulata; en
la mesa y en la tarima del comedor, gallinas que huelen a gloria,
bandejas de carne molida, de pastillas de chocolate-redondas y
lustrosas las de harina, ovaladas las sin harina con los dedazos
estampados; rimeros de arepas, carros de panelas, haces de guascas
y de hojas de achira quebrantadas. Una mujer-ña Honorata, la vieja
sirvienta que comparte con la señora el manejo de la casa-entra
agobiada con una niña dormida.
-¡Que Babel doña Santos por mi Amo y Señor! ¿Onde echo yo esta
angelita?
Acude doña Santos-una señora jamona, sin canas, que debió ser
guapa en sus mocedades-. Al ver esa niña, y otra tirada por ahí
cual un ángel caído del cielo, con los rizos de oro sobre los ojos,
y en la boca el dedo pulgar que chupa de cuando en cuando,
confundida y llevándose las manos a la cabeza, vocifera:
-¡Válgame la corona de espinas! ¿Quién me manda a mí volverme de
mi casa? No podía menos q'estar tentada del enemigo cuando di el
sí.... Pues será, ña Honorata, que la acueste en su cuarto, que
será lo único que se ha escapado de este rebrujo.
Incorporando a la niña, la vieja responde contrariada:
-¡No lo quiera María Santísima!
-Y que sí, ña Honorata, porque su cuarto es el Santa
Santorum
-La verdá, siñora: a yo no me gusta que naide se acueste en mi
cama.... y muchachos, menos.
La señora, como Dios le ayuda, acuesta las «angelitas.»
-¿Aquellas almártagas, dónde estarán? ¿No sabrá Rosinda que yo
no puedo repicar y andar en la procesión? Ver las horas que son y
esas mujeronas solas en la calle.
-Ellas se estén despidiendo con Herlindo.
-¡Bonita compañía! ¿Hasta cuándo durarán esas despedidas? Yo no
sé como es que tienen el coleto de aplastarsen en las casas ajenas,
hasta dejar el hoyo.
La Canela-esa hembra que no pudo menos de ser creada por el
pecado para la perdición del humano linaje, pero de quien había que
decir: «están verdes», que doña Santos la guardaba como a propia
hija-entró con un cabo de vela de sebo, que chirriaba y chorreaba,
diciendo de mal talante:
-No hay ni una tutuma en esa cocina para servir la merienda.
-¡No digo yo que esas mocosas todo lo volvieron manga por
hombro!
-Miguel, venga a ver donde están los trastes, las cobijas y las
almuhadas que se dejaron para esta noche.... ¿O es que piensan
dormir como gallo en estaca?
Don Miguel, que andaba afanado en lo de avíos de montar,
contesta distraído:
-Hay que esperar las muchachas que son las que saben d'eso.
-¡Si ya vienen las señoritas! Usté qué.... Pero yo sabré
hacerles saber quién soy.
-No se apure, que el día del juicio no es mañana.
-Como usté no tiene qué acostar muchachos, ni qué envolver
fiambre, ni....
-Pero sí tengo que aflojar la plata. ¡Barajo!, que es te viaje
me cuesta ya un sentido.
-Yo ya no tengo pies de tanto trajinar.... ¡y a las ocho de la
noche unas mujeronas andando la calle como moro sin señor!
Alejandro, Rafael, ¡hupa!, busquen esas señoritas yomemando, y
tráigamenlas aquí de las mechas.
Los muchachos, como si no fuera con ellos.
-Papá-se queja el uno-la sillita que me prestó Misael no tiene
estribos.
-Le inventamos unos de lazo.
-De lazo nó, yo quiero de aro como los de Rafael.
-¡Y no obedecen estos zánganos!-grita doña Santos, avanzando
hacia ellos amenazadora.
En ese momento cruza el patio un perro con una gallina en la
boca.
Doña Santos, a voces y tirándole con un zapato:
-¡Virgen de los Siete Dolores! Ura! langaruto, use! ¡Alejandro,
Rafael! ¡Atajen, corran todos!
Sale don Miguel, sale doña Santos, salen los arrieros, los
niños, y la Canela, desde la cocina, de vela en mano.
Rebotan las piedras y se confunden los gritos de maicero,
ladrón, langaruto, mátenlo.
Los niños, al salir a la plaza, toma cada uno por su lado.
Viéndose el galgo perseguido a dos fuegos, abandonando la rica
presa sigue a más correr. Préndense de la greña los pequeños
héroes, empecinado cada cual en llevar el trofeo de la victoria.
Doña Santos que presencia la gresca desde la esquina alumbrada con
la vela que le quitó a la sirvienta les amenaza con encerrona y
aquella tanda de nalgadas.
Los granujas dejando la gallina regresan insultándose y alegando
cada cual sus derechos.
La Canela, vigilada por su ama, y de vela en mano, busca la
gallina en la desierta plaza.
-«Que boten eso»-, manda un arriero como si fuera el amo. «Que
como a usté no le costó nada», replica la ña Honorata que siempre
saltó en defensa de los derechos de los amos. Que «eso quién lo va
a comer babiao de perro», refunfuña la Canela. Que «se les da a los
cargueros», contesta el señor.
-¡Y aquellos hombres no vendrán a arreglar los cajones?-pregunta
éste, sulfurado.
Las hojas quebrantadas envuelven gallinas y carnes en el
comedor; los periódicos, conservas y chocolates; los talegos
reciben en su seno panes y arepas. Mientras amarra y envuelve, ña
Honorata le recuerda a la Canela el cuido del marrano; El Mono,
como la vieja le llamaba.-«Yo me voy», decía compungida, «yo me
voy, por seguir a doña Santos y esos muchachos que los he criao yo,
y por don Miguel que lo quiero como las niñas de mis ojos; si no
juera por eso yo no dejaba mi pueblo ni al padrecito Romero.... Lo
que más siento es mi Mono, que lo tengo pa comprar el hábito de mi
siñora del Carmen y los zapatos pa que me echen al joyo. Cuidalo en
concencia Pastora, recojé puay todas las aguamasas que te den. Doña
Vitorita me las tiene prometidas.»
-El cajón que prestó don Zoilo no sirve pa las niñas, don
Miguel. Pesa mucho y quedan muy estrechas.
-Pero hombrecito, ¿por qué no lo vió con tiempo? ¡Ahora dónde
diablos se va a encontrar cajón!
Doña Santos, amarrando contra el pecho un envoltorio de
carne:
-Mande mijo, donde su cuñao Joaquín por la silleta en que
trajeron los muchachos de la finca.
-Corra usté, hombre.
Cuando el peón ya había desaparecido, saltando don Miguel al
contraportón, le grita:
-Y que me haga el favor de prestarme un encauchado, que usté
mismo lo vuelve a traer con todo lo demás.
La algarabía sube de punto con la llegada de las muchachas.
-Está su madre que si la chuzan echa veneno.
No le valieron a Rosinda su abnegación (hacía de madre de las
niñas Irene y Sofía, que doña Santos hubo de recoger a la muerte de
su hija Teresa, pues el yerno se recostó a los abuelos-según la
señora-y andaba por esos mundos requiriendo de matrimonio «a todo
lo que se pone camisón») no le valieron a Rosinda su papel de
madre, ni el ser «el yunque de la casa»,-que era la que se entendía
en el ramo de ropa para los hombres, ordeñada y cuido de gallinas.
No le valieron a Carmen su sabiduría en el uso del pronombre tú, ni
el decir camisón por camisa de dormir, crencha por partido,
calabaza por vitoria, jilguero por cucarachero.... Nada, ni su
carácter de modista. Ni a Elvira, su aplicación en la escuela, ni
sus inclinaciones culinarias, que tanto cotejaba la señora.
Doña Santos al verlas entrar dicharacheras y campantes, suelta
la sin hueso.
-En mis tiempos no se veía que mujeronas como ustedes anduvieran
de casa en casa, solas, y a la hora de merienda, de rezo y de
acostada de muchachos...
Allí predica doña Santos; aquí se oye el reclamo de encerados y
de cinchas; allá clavan cajones, lían bultos y calculan peso; el un
neón sale antes de que cierren las tiendas, a comprar el sudadero
de junco que es preciso falsear; el otro, en busca del pesado freno
para el macho boquiduro y por el pretal para la yegua de leonadas
formas.
Un mozo de varonil talante entra cargado con una jíquera de
trapos de oro.
-Mire papá-dice mostrando los redondos, blancos y lacrados
trapos-: este es el comprado, veinte libras y dos tomines; este, el
de veta, que debe fundirse aparte, y este es el de La Pobreza,
nueve libras cabales. Creo que haremos una bonita venta, pues se
asegura que el gobierno va a comprar, y que muy ligero tendremos
las letras al 5.000.
Abriendo tamaños ojos, y las piernas para no caer, exclama
aterrado don Miguel:
-¡Imposible, Ramón! Hijo, ¿será cierto7
-Un agente del Banco de Colombia, dizque vino diciendo que la
guerra se prolonga, y se asegura que el gobierno pidió un buque de
mar, lo que quiere decir que va a necesitar oro, Hay quien sostiene
que se van las letras al 20.000.
-¿Quién entiende esto? Nos hundimos todos, con el papel.... Y yo
que no le quise comprar al 3.000 a Pepe González.
-A ése ya lo cojí, papá; por eso subió el comprado a veinte
libras y pico.
Irguiéndose don Miguel y accionando con el índice al viento,
exclama, saboreando el placer de la venganza:
-Bueno, Ramón. Nos sacamos el clavo del que nos vendió al 1.100
sabiendo el so pícaro que las letras habían bajado al 700.
-Y con intereses y todo, papá.
Herlindo, a quien doña Santos llamaba el Cónsul por exigente y
«regodión», fue enviado en solicitud del carguero, que no
parecía.
-El Cónsul dónde va ir; si desde el domingo que se caló los
botines, duque para irse enseñando, no puede dar paso.
-Hombre, ¿te matan?-le pregunta Ramón-En Floridablanca te van a
calentar.
-A ratos me hacen ver hasta chispas. Tengo una rajadura en la
planta del pie y unas empollas en los jarretes que no digás
nada.
-Ampollas, corrige Carmen.
El peón que le reemplazó, en regresando, da a todo pecho la
noticia fatal.
-Que le ha caído dolor de barriga y no puede ir.
-¡Sinvergüenza! don Miguel-yo le conozco las marrullas a ese
k.... ; es para ver si saca tajada. E irguiéndose sacudiendo la
cabeza y dándose una palmada en el pecho, añade inexorable:
-Yo lo haré cumplir; de don Miguel Castañeda nadie se ha
burlado. Vaya usté. Ramón, dígale a ese almártaga, que viene, o que
lo hago reclutar en el momento.
La palabra «reclutar» curó al taimado como por ensalmo,
quitándole las ganas de alargar la mecha.
Vecinos, amigos y parientes invaden la casa; van a ofrecer sus
servicios a hacer encargos a la última despedida.
Caminando a tiento, ño Lucas el ciego, caratoso a modo de
pescado bagre, terror de los niños, el mendigo de todos conocido,
va por la «mechita» que la señora debía dejarle «de memorias».
-Aunque yo me hubiera vuelto trapos viejos, no habría alcanzado
para tanto pobre como ha venido. Y para eso que todos lo que
quieren es muda.
Carmen se propuso consultar en las Apuntaciones Críticas de
Cuervo si muda era palabra castellana.
-Yo sé que sumercé a todos les ha echao su trapito encima.
-Pero a estas horas, qué se le va a dar, ño Luquitas de mi
vida!
-Pues una gorrita vieja unos calzoncitos una ruanita. Puay no
falta una hilachita vieja de mi amigo de los niños. En lotra vida
lo topa sumercé.
Rosinda compadecida que ño Lucas era el coco con que dormía las
dos criaturas-las princesas como ella las llamaba-dio al viejo su
cobija con lo que le hizo feliz.
-Agora sí se acaba de limpiar el pueblo con la ida de doña
Santos y las niñas el viejo compungido-¿Quién me dará mis dos
tablitas de cacao todos los lunes?
-Allí queda la nuera, ño Luquicas; se lo voy a recomendar a
Doloritas.
Don Miguel en mangas de camisa y enjugándose el sudor por cara y
cuello, entra a la pieza de las visitas se repantiga donde puede, y
exclama resoplando:
-¡Por fin se arregló todo! ¡Gracias a Dios! ¡Un viaje de mujeres
sí es la del diablo!
-Obra de romanos, señor; es que si los galápagos tienen cincha,
no tienen grupa, ni estribo. Algo les ha de faltar.
-No diga nada Liborio, que allá adonde Joaquín, a todos los he
tenido que molestar. Y que no hay nada pior que prestar los avías
de montar; a nadie le gusta; pero en estos casos, no hay remedio;
tiene uno que pegarse del que puede.
-Nosotros lo hacemos con mucho gusto.
Doña Santos se queja de tener que dejar el pueblo, al señor
Cura, su confesor desde hace treinta años, y a Ramón, y al nieto, a
sus pobres, a sus amigas.
-Porque no me digan la familia regada es la pior de las
calamidades; si se enferma alguno, aquí se tiene qué morir sin yo
verlo; pues. ¿cómo vengo yo desde tan lejos y tan vieja con voy
estando? y tan miedosa que me he vuelto pa montar.
Una señora delgada y pálida, afirma:
-Sólo con todos los hijos puede uno arrancar.
-Y ni aun así, Vitorita; yo quisiera llevarme a Catalina, esa
hermanita que va a pasar tanto a trabajos sin mí..
Don Miguel, abriendo las piernas y con las manos en los
bolsillos le interrumpe:
-Ojalá pudiéramos llevárnoslos a todos, a Liborio, a misiá
Victoria, a usté Eudoro, a doña Anselma, a todos nuestros amigos y
vecinos. La necesidad es lo que me obliga a dejar este pueblo que
quiero tanto. Aquí ya no hay qué hacer. Todos los negocios se han
reconcentrado en Floridablanca, que es donde está el billete. Con
la guerra se han acabado las escuelas. Tenemos que educar a
Herlindo, a Alejandro, a Rafael y a Elvira.
-Y a las princesas también papá,-observa Rosinda-que ya están de
ponerlas en la escuela infantil de las Hermanas.
-A todos, hija. Y es que en este pueblo ya no se puede con las
contribuciones. Aquí los pobres pagamos más que los ricos de
Floridablanca.
-El peje grande se come al chiquito.
Sin hacer caso de la observación, el señor continúa:
-Ya Ramón tiene un hijo, y es necesario colocarlo. Pensamos
asociarnos. El se queda aquí al frente del chuzo y de la
fincas.
-Todo eso es lo que me hace salir a mí de mi casa-anota la
señora con resignación;-pues cómo me opongo yo, cuando los hombres
son los que tienen el palo y el mando. El camino es otra cosa que
me aterra. Yo tan gorda; si no me derrito con el sol, por al me
dejarán en esos tragadales, porque dizque está el camino que no hay
por donde pasar.
Una señora de párpados caídos, y pestañas despobladas y rectas
como fleco de cerda, pregunta:
-¿Y Ramoncito no nos acompañará?
-Yo no puedo moverme ahora, señora, contesta Ramón, volviendo a
mirar a una mujer joven, muy hermosa, que con el pañolón echado
hacia adelante, y en lánguido abandono se hallaba sentada en una
silla.
-Ojalá, Anselma, que Ramoncito pudiera acompañarnos, agrega doña
Santos, volviendo también a mirar a la señora: él me sacaba de esos
andurriales. Y bajando la voz, agregó :-Si está Doloritas, más hoy,
más mañana. Eso es otra cosa que me confunde.