LOS CONVENTOS - JOSE MARIA SALAZAR
No se nos oculta que cada época tiene sus gustos, y que, por
tanto, cuando se pretende estimar la obra literaria de alguno o de
varios autores remotos, es preciso trasladarse con la imaginación a
tiempos que no nos es dado apreciar sino imperfecta mente. ¿Qué
sabemos hoy, por ejemplo, ni cómo podemos medir el grado de belleza
en que se colocaran muchas composiciones místicas del tiempo de la
Colonia? El encendido espíritu religioso, que puede decirse
limitaba a las funciones de iglesia los únicos esparcimientos
externos de las familias, el sólido, afectuoso cariño y respeto
profundo de los hijos para con sus padres, la especie de vida
sencilla, frugal, ajena si se quiere a toda y boato, que llevaba la
sociedad santafereña, eran motivos que habían influido, seguramente
en mayor grado el último, a conservar en la plebe ignorante, el
instinto por lo común bueno y generoso de sus impulsos, y a hacer
que la mujer, tan inclinada siempre a la vida contemplativa,
tornase con fe viva sus ojos a Dios.
Confesar y comulgar anualmente, oír misa y rezar el rosario
todos los días, hacer novenas y peregrinaciones a visitar las
imágenes que se veneraban en algunos santuarios célebres, eran las
obras del culto externo que los pueblos creían más agradables al
Ser Supremo. Si a esto añadimos el hacer donaciones a las iglesias
y conventos, fundar capellanías y enriquecer al clero, tendremos un
cristiano completo y digno de compararse a los que florecieron en
los primeros siglos de la Iglesia, segán la opinión de nuestros
moralistas".
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En ese medio la literatura no tenía para qué ir a buscar otras
manifestaciones de la belleza que las que le procuraban el
solitario claustro, las naves del templo oscurecidas con el
incienso y la mirra de los altares, la vida recogida y meditada; la
creencia siempre inefable en un Dios todo justicia y perdón, y la
aspiración constante a ganar el cielo, a trueque de lastimar
nuestro sentidos con lo repugnante, y de apartarnos cada vez más
del mundo y de sus goces.
De un régimen civil, indolente a las exigencias y
transformaciones de la marcha progresiva de los pueblos, de la
pasiva sumisión a la autoridad, de la quietud obligada, del
aislamiento sistemático, no habían de surgir grandes lumbreras. Esa
era mostraba el terreno abonado para la literatura mística que es
como consecuente y conforme con un estado determinado de ánimo. Las
gentes que habían formado su modo de ser moral mediante tales
influencias, ¿cómo iban a estimar de un golpe el alcance y
verdadera significación de la independencia? No era posible que
siguiesen otro derrotero que el que sus costumbres e ideas
anteriores les trazaban. No debe extrañarse, por tanto, que los
beneficios de la revolución hayan sido tan tardíos, puesto que las
ideas han tropezado en su curso ascendente con la resistencia, unas
veces meditada y otras inconducente y hasta caprichosa, de
obcecados espíritus.
En la exposición que D. José Manuel Restrepo dirigió al Congreso
de 1826, como Secretario de Estado en el despacho del interior de
la república, decía:
"En Colombia hay treinta conventos de religiosas, que en la
actualidad contienen cerca de ochocientas monjas profesas...
Todos los días observamos que jóvenes de edad de diez y seis años o
poco más, arrastradas por motivos de piedad o por otros que no es
del caso analizar, corren a sepultarse para siempre en los
claustros, haciéndose monjas. Hay sobradas razones y experiencia de
que muchas maldicen después su precipitación y se consumen por un
tardío arrepentimiento que las hace felices toda su vida, sin
hallar remedio para sus males".
En aquel documento pedía el señor Restrepo se dictase una ley
para impedir que ninguna mujer pudiese tomar el hábito hasta que
tuviese veintiocho años de edad, y que tal disposición se hiciera
también extensiva a los religiosos.
Volviendo a considerar la obra de los precursores del movimiento
literario, debemos decir que a Juan de Castellanos lo nombramos sin
poder calificarlo de escritor nuestro, puesto que tanto él como
Jiménez de Quesada, el Padre Simón, D. Diego Martín de Tanco, Juan
Flórez de Ocáriz y otros escritores de los siglos XVI y XVII, eran
hijos de la Península. Castellanos, con el lujoso caudal poético
que atesoró, debió de contribuir, de modo muy loable, a la
divulgación del gusto por la poesía y hasta influir en la forma y
manera de las composiciones, que no en balde se trabaja con
ejemplar perseverancia hasta lograr ser maestro en el arte. Pasma
saber, como tan acertadamente lo insinuó en uno de sus escritos
literarios D. Miguel A. Caro, que Castellanos, tan solo para las
Elegías, compusiese cosa de cien mil versos! Los poetas de menor
cartel, que entonces, como ahora, eran los más, enderezaron muchas
composiciones a Castellanos, prodigándole melifluas alabanzas por
sus obras.
Algo diéramos por poder leer en prosa, aunque fuese des aliñada
y tosca, la Historia del Nuevo Reino de Granada, de Castellanos,
publicada por el editor español señor Paz y Melia, la que, por
estar escrita en verso, ha quedado circunscrita a corto número de
lectores.
Será capricho o temeridad, pero lo cierto es que no mueve a
leer con atención a esos autores sino deliberado propósito de
investigación. Marchamos en pos de sus conocimiento tras de sus
aptitudes y bueno o mal discernimiento, de modo que apartamos con
indiferencia concepciones que reputamos como sencillas e ingenuas.
El hecho es que concedemos mayor atención a producciones de género
cómico. Irresistible inclinación de estos tiempos es la que nos
lleva a minuciosa investigación y análisis de cuanto nos rodea, de
donde, como poco productiva o estéril, ha de resultar la de reparar
en el corte clásico pulidez de formas de poesías líricas no
despreciables.
Muchos años antes de que D. José Fernández Madrid publicara en
Londres la colección de sus versos, ya se había dad a conocer en
Bogotá, como poeta discreto y de fácil versificación, D. José María
Salazar, antes nombrado como colaborado de El Semanario; era vate
de estro galano, pulcro, de dicción esmerada, y que estudiaba los
modelos extranjeros con provecho Este fue el juicio que
afortunadamente mereció de sus contemporáneos. El compuso e hizo
imprimir en 1804, en la imprenta real dirigida por D. Bruno
Espinosa de los Monteros, el poema El placer público de Santafé, en
el que celebraba el arribo a la capital del Virrey D. Antonio Amar
y Borbón. Tradujo en ven un Arte Poética de Monsieur Boileau, que
dedicó, en 1810, a Ignacio de Pombo; antes había impreso su canto
heroico La Campaña de Bogotá, 1820.
Existe una colección muy escasa de sus poesías, y como nuestra
de ellas reproducimos el principio del Himno patriótico que compuso
en 1827, cuando desempeñaba en Bogotá el empleo de Ministro de la
Alta Corte de Justicia; composición que apareció en El Conductor,
de esta ciudad.
CORO
A la voz de la América unida
De sus hijos se inflama el valor,
Sus derechos el mundo venera,
Y sus armas se cubren de honor.
Desde el día que en este hemisferio
De la gloria la aurora brilló
Vivir libre juró nuestro pueblo,
Convertido de esclavo en señor:
Este voto del cielo inspirado
A la faz de la tierra ofreció,
Con placer las naciones le oyeron,
Los tiranos con susto y pavor.
Tú primera, inmortal Venezuela,
Dar supiste el ejemplo y la voz,
Y con gloria la Nueva Granada
Sus cadenas al punto rompió;
Buenos Aires y Chile a porfía
Se disputan el mismo blasón,
Y hasta el suelo del México hermoso
Libertad comunica su ardor.
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J. M. Restrepo Historia de la
Revolución de la República de Colombia.
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