LOS CIRCULOS LITERARIOS
CALDAS Y "EL SEMANARIO" JOSE FERNANDEZ MADRID
En la vasta sabana o altiplanicie de Bogotá, dividida en enormes
sementeras y grandes dehesas, desprovistas de árboles que den
descanso a la vista, cobijada por un horizonte brumosa en que de
continuo soplan brisas heladas o se dejan sentir los rayos de un
sol calcinador, uno se siente dispuesto a llevar vida medio
indolente y de muelle laxitud.
La capital, recostada con negligencia en las faldas de
Monserrate y Guadalupe, duró larguísimos años, viendo sus calles
empedradas cubiertas de menuda yerba, ajena a todo ruido que no
fuese el de los espantos nocturnos. Apenas circulaban por sus
calles dos coches, el del Arzobispo y el del Virrey, que iban por
la Alameda hasta poca distancia del convento de San Diego. No
comenzó a generalizarse el uso de los coches y ómnibus sino hasta
1854 en que el señor Guillermo París tomó por su cuenta esta
industria. La población vivía dedicada al rezo; las fiestas y
funciones de la iglesia se sucedían unas a otras con poco intervalo
de tiempo, y los comerciantes dedicaban sus ocios, que eran la
mayor parte del día, a recoger noticias callejeras y a imponerse en
los vaivenes del gobierno. De otro lado es preciso reconocer que la
vida era sencilla, con fácil y franca comunicación social entre
todos, pues la única división que se h sentir era la que es
cristianamente tolerable; la de pobres cos, pero aquellos no vivían
divorciados de los segundos, antes solían tomar parte en sus
diversiones y no era infrecuente el caso de que jóvenes acaudalados
llevasen al altar muchas muy pobres y de humilde origen.
Las agitaciones políticas fueron ya desde entonces el ven lo
obligado que los pensadores y humanistas buscaron para el formar a
su antojo la sociedad. Desvirtuando poco a poco influjo que España
procuró ejercer y ejerció desde la conquista con su comercio, mando
e ideas, los colonos se dieron a leer libros franceses, y surgió de
pronto el ansia de ilustrar la m y de adquirir nuevas ideas y
conocimientos sobre todos los mismos del saber humano; relevante y
singular manifestación espíritu colombiano, que no ha amenguado en
casi un siglo llevamos de gobierno propio.
"La forma principal de trabajos con que comenzó a desarrollarse
y comunicarse el espíritu en Nueva Granada, fue la de círculos
literarios".
En el espacio de veinte años (1790 a 1810), se cuentan como
centros principales de esta clase de reuniones, la que mentó en su
casa el célebre patriota y hombre público Antonio Nariño, traductor
de Los derechos del hombre y el entendido divulgador de las obras y
teorías filosóficas de Europa; la tertulia llamada eutropélica,
debida a la iniciativa del bibliotecario D. Manuel del Socorro
Rodríguez, quien daba vida en sus periódicos a todos los escritores
que se le enviaban, e impulsado por su amor al arte llevaba su
prolijidad hasta el punto de coleccionar aquellos que por su
extensión podía publicar, y los colocaba, empastados, en seguro y
cómodo lugar de la Biblioteca, la tertulia del Buen Gusto,
encabezada por una señora de campanillas, Da Manuela Santamaria de
Manrique, madre del ilustrado D. José Angel Manrique, autor del
poema festivo La Tocaimada, pero el centro de mayor importante era
el de los naturalistas y hombres de ciencia, en el que figuraban D.
Francisco José de Caldas, D. Jorge Tadeo Lozano, D. Eloy
Valenzuela, D. Francisco Antonio Zea, D. José Manuel Restrepo, D.
Joaquín Camacho y algunos otros varones de connotada ilustración e
inteligencia, como el discreto poeta José I María Salazar, que, de
estudiante en San Bartolomé, compuso Soliloquio de Eneas y el
Sacrificio de Idomeneo, piezas que fueron en el teatro de
Bogotá.
Caldas llevó a cabo la publicación de El Semanario de la Nueva
Granada, fundado el día 3 de enero de 1808, revista científica que
fijó nuevos rumbos al periodismo, penetrando en el estudio de la
geografía del país y ocupandose en otros ramos del saber humano y
que duró hasta 1809. Tanta fue la notoriedad de este periódico
publicado en los malos tipos de imprenta que entonces se empleaban,
que el historiador D. Joaquín Acosta hizo en una segunda edición en
París, en 1849, ilustrada con el retrato de Caldas, y suprimiendo
algunos trabajos ya de escaso interés.
En 1810 se publicaron, también bajo la dirección de Caldas y de
Jorge Tadeo Lozano, once memorias o cuadernos, más como apéndice
del Semanario, que contiene útiles e instructivos escritos, en
gran parte de los autores nombrados y otros traducidos por ellos.
La impresión de estos folletos está hecha en malos tipos y es Debe
saberse que hasta ese año no existían en la capital sino dos
imprentas.
Caldas, entendido naturalista, con entrañable amor a los dios de
matemáticas, a quien cupo la buena suerte de dirigir los primeros
trabajos llevados a cabo en el Observatorio de Bogotá, es una
figura inolvidable que ocupa especial lugar en anales científicos y
literarios de Colombia. En 1801 hizo un y. de exploración a Quito,
que prolongó hasta la provincia del Azuay en los confines con el
Perú. Recogió interesantes muestras ¡ II h los productos naturales
de aquellas vastas regiones, estudió gráficamente casi todo lo más
importante del Ecuador y admiro los caracteres indelebles de la
raza quichua, fuerte en su mi debilidad, profundamente melancólica
y apegada a sus tradiciones, como hija de esa naturaleza que parece
confundir las cumbres de sus montañas con las pahdas nubes que se
ocultan desdeñosas a los rayos del sol.
Los naturalistas, físicos y matemáticos de entonces, si
exceptuamos a Caldas, cuyo privilegiado talento todo lo avasallaba,
podían encontrarse a grande altura; así es que la importar del
Semanario como repertorio científico y de conocimientos les, ha
disminuido mucho por el ensanche considerable que estos tiempos han
recibido las ciencias y por la divulgación de ellas se ha hecho.
Caldas, como geólogo, dio importancia a los estudios que de algún
modo daban a conocer el suelo de Nueva Granada, sus divisiones
físicas y políticas, las condiciones del clima y sus productos, y
estos son los escritos que en mayor parte componen el periódico con
que aquel distinguido hijo de la altiva Popayán quiso ayudar al
progreso intelectual y moral de su patria.
En El Semanario hizo su estreno como poeta el célebre José
Fernández Madrid, acusado de traidor a la República haber intentado
y logrado salvar su vida en momentos en creyó todo perdido para la
causa de los patriotas.
Cantor sencillo, pero de nobles y elevados sentimientos,
perfectamente humano y sin incurrir en las extravagancias que son
de moda en la época presente, Fernández Madrid fue en su tiempo
popular: alcanzó, merecidamente, los laureles de poeta que le
llevaron hasta componer dos obras dramáticas: Atala, sobre el
conocido episodio de Chateaubriand, y Guatemoc o Guatimozin, ambas
representadas en el teatro de Bogotá.