LUCAS FERNANDEZ DE PIEDRAHITA
JUAN FLOREZ DE OCARIS - ALONSO ZAMORA
Como dato bibliográfico, que no de otra suerte puede señalarse
el nombre de Alonso Garzón de Tahuste, de quien el diligente
historiador Vergara nos dice que dejó dos obras: Historia antigua
de los chibchas y sucesión de prelados y jueces seculares del Nuevo
Reino de Granada. Una y otra andaban manuscritas y desaparecieron
sin que se imprimiesen de ellas ni si quiera cortos fragmentos.
La Historia General de las Conquistas del Nuevo Reino de Granada
por el doctor D. Lucas Fernández de Piedrahita, es un libro que
goza de gran crédito y que ha circulado profusamente entre los
eruditos dedicados a investigar el origen de los pueblos
americanos. El estilo es irregular y confuso, las apreciaciones
vagas y a veces incoherentes, y en lo general carece de sin
déresis.
'vio la primera luz en la ciudad de Santafé de Bogota el 6 de
marzo de 1624, y su educación corno a cargo de los Padres Jesuítas
en el antiguo Colegio de San Bartolomé. Dícese que de joven compuso
piezas dramáticas, de lo cual apenas queda la memoria, que no las
obras. Dedicado a la iglesia ganó rápidos ascensos en su carrera, y
con sus puntas de abogado se le encaró a uno de los visitadores de
la Real Audienca por defender sus prerrogativas como Provisor. Tal
pleito dio por resultado que tuvo que ir a España a sustentar en la
Corte sus derechos; allí duró seis años, épocas en que escribió el
lii que hemos mencionado, consultando para redactarlo los
manuscritos de Quesada, Castellanos, Aguado y Medrano. Regresé
América con el nombramiento de Obispo de Santa Marta. II entonces
reedificar de piedra la catedral de esa ciudad, que un edificio de
paja muy dispuesto a los incendios. Sorprendió en aquel lugar la
expedición de los piratas Cos y Duncan, quienes le llevaron preso a
la isla de la Providencia; pero Morgan, el jefe de los corsarios,
le devolvió la libertad e hizo que le condujeran a Panamá, de donde
había sido nombrado últimamente Obispo. En esta ciudad terminó su
vida, Vergara dice que 64 años de edad, y Acosta que ya
octogenario.
Pertenece a la pluma de Piedrahita la descripción de batalla de
Las Vueltas, entre los ejércitos del Zaque de Tunja el Zipa de
Bogotá, página digna de ser citada porque con ella comprueba el
valor y arrojo con que peleaban los naturales este país,
condiciones que este autor reconoce en los medios pero que otros
historiadores han amenguado muchas veces negado en absoluto. Véase
el principio de tan interesante relato:
"Seguía el sol su carrera poco antes de rayar el mediodía y
hallándose los tunjanos no menos deseosos de venir a las unos que
los bogotaes, bien ordenados de ambas partes los escuadrones,
después de un corto razonamiento que los dos re hicieron para
aumentarles el ánimo que mostraban, a la mera señal empezaron a
resonar los caracoles, pífanos y fotut y juntamente la grita y
confusión de voces de ambos ejércitos que llamaban guazabara, y
acostumbraban siempre al romper de la batalla; cuyo ataque primero
corrió por cuenta de Zaqzazipa con tanto estrépito y efusión de
sangre por aquella muchedumbre, de bárbaros derramada, que nadaban
las yerbas en arroyo de ella. El primer estrago causaron los
pedreros de las dos alas de cada ejército y entre el restallar de
las hondas, y silvar de las saetas, se fueron mezclando las hileras
con tanto coraje, que no se malograba tiro, ni golpe entre los
combatientes. Veían- se los campos sembrados de penachos y medias
lunas de sus dueños, a quienes desamparaban en las últimas
angustias de su vida... Nunca Marte se mostró más sangriento y
sañudo, ni la muerte recogió más despojos en las batallas más
memorables. . . ".
No cabe terminar las citas de Piedrahita sin imponer a los
lectores del caso sucedido en Popayán (año de 1563) entre un
eclesiástico, una india y el Obispo Fray Agustín de la Coruña,
Gobernador entonces de aquella Diócesis. Copiamos del libro in
concluso de Piedrahita:
"Díjole al Obispo un clérigo relajado, que una india de mal
vivir (de las que en aquellas provincias son bien conocidas por el
nombre de mamas), había hechizado a un hombre secular que la había
tenido encerrada en su casa viviendo en mal estado con ella; no
siendo en la realidad celos de la honra de Dios el que le apremiaba
a la denunciación, sino impulso de celos bastardos que lo
atormentaban, por haberlo dejado a él por el secular. Sintió la
culpa de la india el buen prelado como propia, agradeció al clérigo
la noticia que le daba y mandóle a un ministro llevase la india a
su presencia. Ella, aunque llorosa, hubo de comparecer forzada:
tenía el Obispo bajos los ojos, y sin levantarlos para verla,
comenzó a afearle su culpa, diciéndole que si la cometía por
necesidad, él de su renta le daría lo necesario por que no
ofendiese más a su Criador, y si era de vicio, temiese mucho su
condenación, y más cuando para mayor desdicha suya se valía de
hechizos y de tener pacto con el demonio, de que debía afrentarse
mucho, siendo redimida con la sangre de Jesucristo. La india
aumentaba sus lágrimas al paso que la reprensión crecía, y bajando
el manto de la cabeza (que en su idioma se llama anaco) respondió
humilde: que ella no sabía qué cosa fuese hechizos; que si usaba de
ellos, dijese aquel sacerdote que estaba presente y le había
acusado, dónde los tenía, pues para afirmar lo se gobernaba por el
enojo que tenía con ella por haberse apartado de su amistad.
Levantó los ojos entonces el Obispo par mirarla y reparando en la
extremada hermosura de la india en la turbación del sacerdote, a
quien volvió a mirar despacio díjole escandecido: ¿Cómo es esto
Angel de Dios?
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que su mismo Obispo quiere hacer alcahuete? El hechizo de la can se
lo dio el cielo a esta india, y quiebra el corazón que los
sacerdotes busquen semejantes hechizos. Lloró la mujer enternecida
y lloró mucho. . . ".
El historiador añade que tanto la mujer como el culpad se
enmendaron, mediante las exhortaciones del Obispo.
En la fila de historiadores antiguos sigue a Piedrahita el
célebre D. Juan Flórez de Ocariz, nacido en la península, y auto de
las Genealogías del Nuevo Reino de Granada. El historiado Acosta
analizó con tan seguro criterio la índole y trabajos de Flórez de
Ocariz, que es de rigor el copiar sus propias palabras:
"El Presidente de este Reino lo destinó a varias comisione
importantes de cobranzas y conducción de caudales a Cartagena Santa
Marta y Antioquia. Nombrado Tesorero de Santafé, después de la
expedición contra los piratas de Providencia, en que se halló como
contador y veedor de la Armada y mostró aptitudes marciales,
recibió el título de capitán de infantería y acompañó en esta clase
a D. Juan B. de Beaumont, Presidente d Panamá en la guerra contra
los Chocoes. Fue Alcalde ordinario de Bogotá en 1666 y designado
como procurador general a la Corte. Casó con Da. Juana Acuña y
Angulo, natural de Muso
y de Campo y Minipi. Escribió las Genealogías del Nuevo Reino de
Granada, que se imprimieron en Madrid en 1674; trabajo ímprobo,
lleno de noticias interesantes, en el cual lo me nos útil es
precisamente lo que fue el objeto principal de la obra, que
consistía en desenmarañar la ascendencia de los descubridores, la
mayor parte personajes oscuros, y aquí es donde brilla el arte
técnico del genealogista, el cual se funda en el hallar por las
ramas un noble tronco. No se anda Ocariz por éstas mucho tiempo; y
remonta, con el atrevimiento propio del oficio, a los más remotos
períodos. Así es que hace descender a Martín Galiano, fundador de
Vélez, del Emperador Galeano... Sin embargo, el preludio que
compone la mitad del primer volumen encierra noticias locales las
más interesantes, que no se hallan en otra parte y que suponen un
trabajo asiduo de muchos años, y aunque comienza por la creación
del mundo y la etimología de las palabras más usuales, llega por
fin a la época y cosas positivas que nos importa conocer"
El Padre Alonso Zamora, bogotano, cronista del Convento de Santo
Domingo, en donde, con el Padre Bernardo de Lugo, autor de una
gramática del idioma chibcha, consagraba gran parte de sus ocios
monacales al estudio de la historia, escribió, por orden de sus
superiores, la Historia del Nuevo Reino y de la Provincia de San
Antonio en la religión de Santo Domingo, obra que fue impresa en
Barcelona de España en 1701, en un grueso volumen infolio.
Los frailes dominicanos de Bogotá, lo mismo que los de Quito,
eran los poseedores de las obras curiosas y de estudio, y los que
se consagraban al aprendizaje de los idiomas de los indios.
Algunos otros eclesiásticos se dedicaron también en ocios
provechosos al cultivo de las letras, pero, si exceptuamos los
hemos nombrado y aquellos que consagraban paciente esfuerzo al
aprendizaje de los dialectos de las diversas parcialidades de
indios, las obras que compusieron esos escritores forman un acopio
de novenas, libros de rezo, apologías de santos de prebendados y de
monjas; laudatorios en verso, así de magnificantes producciones
como de virtudes dudosas de manda nos y dignidades. Parece como si
la ciencia y el simple raciocinio fuesen transmitidos por la
autoridad -civil o ec1esiástic en proporciones medidas, y que los
cantores o expositores pensamiento, se contentaban, a más no poder,
como las aves corral implumes, en alzar el vuelo hasta el alero del
convento para desde allí mirar, con solo un ojo, el verdor y la
frescura del suelo.
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Piedrahita nos hace saber que este
Obispo, en su candorosa pie dad, llamaba familiarmente a todos los
sacerdotes ángeles de Dios.
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