LA INSTRUCCION PUBLICA COLEGIOS - BIBLIOTECAS - TEXTOS
La instrucción pública atrajo la atención de los hombres del
gobierno luego de organizada la república. Tratóse de divulgar los
conocimientos a fin de formar ciudadanos que tuviesen con ciencia
de sus derechos.
Cuando en 1826 se dictaron una ley y plan general de estudios,
el gobierno se preocupó con los nombramientos que debían hacerse
para Rector de la Universidad, Director General de estudios y
miembros de la Academia Nacional. El periódico El Censor, de aquel
año, indicaba como muy competentes e instruí- dos a los ciudadanos:
Benedicto Domínguez, Leandro Ejea, Fran cisco Urquinaona, y a los
eclesiásticos José María Estévez y Juan Sotomayor.
Desde 1804 la Biblioteca pública de Santafé de Bogotá poseía más
de veinte mil volúmenes, y en el año de 1822, cuando se abrió al
público en el local que hoy ocupa, se le agregó la librería del
botánico Mutis.
El doctor Estanislao Vergara, Intendente entonces del
Departamento de Cundinamarca, y el Ilustrísimo señor José María
Estévez, como Director del establecimiento, hicieron la traslación
respectiva de los nuevos volúmenes.
En 1835 había ya en el territorio de la República 700 escuelas
primarias, a las que concurrían 20.000 niños de ambos sexos, 3
universidades y 20 casas de educación. Y debe recordarse que
durante la dominación española no se contaban otros
establecimientos de instrucción pública de alguna importancia, sino
los Colegios del Rosario y de San Bartolomé, incluso en este el
Seminario; en Cartagena, Santa Marta, Popayán y Panamá, cuatro
seminarios conciliares y una universidad a cargo de los frailes
dominicanos.
En 1835 el gobierno había logrado organizar los siguientes:
en Bogotá un colegio para ordenados, en Antioquia un colegio, en
Casanare una casa de educación, en Cali un colegio, en Buga una
casa de educación, en Mompox existía ya, pero se mejoró muchísimo,
el Colegio Pinillos; en Pamplona un colegio, en Florida- blanca
otro, en Panamá se reorganizó el que de antiguo existía y lo mismo
en Santander; también sendos planteles en Tunja y Chiquinquirá; el
colegio de niñas de la Merced, en Bogotá; y las siguientes
universidades: La Central de Bogotá, la del Cauca en Popayán, y la
del Magdalena que tenía su asiento en Cartagena.
En el año de 1844 varias personas competentes se consagraron a
redactar textos adecuados a la enseñanza. He aquí la lista de las
publicaciones de carácter científico y literario, editadas en dicho
año, en Bogotá.
Breve extracto de los principales conocimientos de aritmética,
para los niños que concurren a las escuelas de la Nueva Granada,
por el señor Espinosa, preceptor de la Escuela Parroquial de San
Victorino.
Elementos de pronunciación, prosodia y ortografía de la lengua
inglesa, por el doctor Lorenzo María Lleras, Rector del Colegio del
Rosario y catedrático de literatura.
Instrucción popular sobre partos, por el profesor de medicina,
doctor Juan de Dios Tavera.
Teneduría de libros, por partida doble, por el señor Simón de
Lavalle.
Octavario de la Divina Pastora, por la señora Margarita
Sarmiento de Silvestre.
Ensayo sobre los deberes de los casados, obra de la sentimental
poetisa Josefa Acevedo de Gómez.
Catecismo de Geografía de la República de la Nueva Grana da, por
el señor Domingo Martínez, Preceptor de la Escuela Normal de la
Provincia de Bogotá.
Exposición de vacuna, dirigida a los padres de familia, por el
profesor de medicina, doctor F. J. Salas.
Geografía Universal, y uso de los globos, por el señor Simón de
Lavalle.
Opúsculo sobre instrucción primaria, por el señor P. F. Madrid,
Oficial Mayor de la Secretaría de Relaciones Exteriores.
Aritmética para la juventud estudiosa. Anónimo.
Catecismo de ortografía castellana, por el señor Valentín
Cote.
Método sencillo en que se explican los caracteres de la
verdadera y la falsa vacuna, el método de practicar la inoculación
y de fomentar depósitos de buena vacuna, por el doctor Andrés María
Pardo, catedrático de anatomía de la Universidad del primer
distrito.
En aquel tiempo vieron la luz en Kingston, Jamaica, las dos
primeras novelas de un autor colombiano: Ingermina o la Hija de
Calamar y Los Moriscos, ambas modeladas por su autor, Juan José
Nieto, sobre asuntos históricos. La primera teniendo a la vista un
manuscrito de Fray Alonso de la Cruz Paredes, del Convento de
Agustinos, de la ciudad de Cartagena, sobre los usos, costumbres y
religión de los habitantes del pueblo de Calamar. De ese manuscrito
son los siguientes apartes:
"Este pueblo adoraba al sol, pero prestaba un culto especial a
la luna, porque conocía alguna parte de la influencia de este astro
sobre la naturaleza. En cada luna nueva había una demostración de
regocijo, anunciada por el Jefe de los Ministros del Templo...
"Por la ley todas las mujeres debían tener hijos; las que por
devoción se querían retirar a vivir reclusas en los templos,
estaban obligadas a unirse a cualquiera de los monjes que había en
ellos, sin cuyo requisito no se les permitía la abnegación. Los
hijos varones de esa clase de matrimonios eran dedicados al culto,
y las hembras quedaban en libertad de ser madres".
El mismo General Juan José Nieto, antiguo gobernador de
Cartagena, y autor de un resumen geográfico, estadístico e
histórico de la misma provincia, publicó después una novela
original en el folletín de La Discusión, de Cartagena, titulada
Rosina, o la prisión del Castillo de Chagres.
Desde 1848 puede apreciarse mejor el desarrollo que adquirió la
instrucción pública y el grado de notoria importancia que se
concedió al cultivo de las letras. No se ahorraron esfuerzos en el
sentido de propagar los conocimientos intelectuales, a fin de
acrecentar el número de las gentes instruidas y de las que se
dedicaban a escribir para el público. Hubo una corriente
espontánea, útil y civilizadora, con tendencia a ilustrar la mente
por medio de especulaciones filosóficas y con la divulgación de
enseñanzas morales. Los resultados de esa propaganda no se hicieron
esperar. A dar impulso a ella contribuían, en primer término, los
acreditados planteles de enseñanza establecidos en la capital.
Idóneos maestros eran Lorenzo M. Lleras y Ulpiano González; el
segundo dirigía, con notable emulación y buen criterio, el Colegio
de La Concordia, en unión de su hermano D. Narciso González
Lineros.
Con iguales propósitos a los de La Crónica mensual del Colegio
del Espíritu Santo, en el de D. Ulpiano González se publicaron
varios números del Eco del Colegio de la Concordia, periódico que
contenía varios prospectos de las materias de enseñanza, y la
reseña de los actos públicos con algunos artículos
instructivos.
"Si hay algo de positivo y tangible en los resultados de nuestra
gloriosa emancipación política: si alguna prueba de bulto puede
darse de los inmensos progresos morales e intelectuales que debemos
a la libertad que conquistamos, es el estado de la educación
pública. A este argumento poderoso no se resisten sino los
obstinados enemigos de las instituciones democráticas, que no ven
en la ilustración una fuente de bien sino de mal, y que al progreso
intelectual lo llaman corrupción, y al amor a las luces y cultivo
de los conocimientos universales, extravío, delirio, perdición"
|
(1)
.
El 24 de mayo de 1848 apareció el número 1° de El Cachifo,
periódico literario del Colegio del Espíritu Santo, y en la
introducción, o primer artículo, se leían los siguientes conceptos,
estampados por los jóvenes estudiantes que redactaban aquel
semanario:
"La Nueva Granada, pues, eminentemente libre por sus
instituciones y por el carácter mismo de sus habitantes, no
conservará
aquellas ni hará felices a estos sino a favor de la difusión de
las luces. Es el astro de la sabiduría el que conduce a los pueblos
por el sendero de la verdadera libertad; es el que les revela sus
fueros y derechos, es el que les muestra sus respectivos des tinos
y les ayuda a llenarlos. Fue la ignorancia la que mantuvo nuestra
patria envilecida bajo el más degradante yugo por el largo espacio
de tres siglos; pero cuando un solo reflejo del saber se derramó
por nuestras comarcas, la voz de la libertad fue la voz de la
naturaleza en la América, y a la tempestad de la guerra siguiose la
calma de esa misma libertad".
D. Ulpiano González hizo imprimir, en el año anteriormente
citado, un manual de Observaciones curiosas sobre lengua
castellana, muy útil para difundir el conocimiento de las voces
castizas que reemplazaban las de uso bárbaro o caprichoso y
provincial que se imponían con mengua de los buenos escritores
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(2).
Un comentador de la obra del doctor González, ponderando el
servicio que a la juventud debía prestar ese trabajo, decía que aun
cuando no era muy viejo, recordaba perfectamente que en la escuela,
cuando oían la campanilla con que el maestro los llamaba a rezar,
hubiera podido aplicarse la copla que dice:
"Ya tocan las campanillas.
Ya nos llaman a rezar;
El maestro que nos enseña
No se sabe persignar".
Y agregaba el caso del maestro que decía a sus discípulos:
"Si no aprenden bien la lesión del Gramática y me la tré mañana
que ni agua, verán lo que les va por la pierna arriba".
En Antioquia, país que por lo montañoso y por el carácter
indomable y un tanto exclusivista de sus habitantes en el
sentido
de no admitir extraña influencia, los provincialismos debían ser
abundantes, era de usanza, y aún lo es, la característica frase de
bien pueda, para significar proceda usted como guste, los términos
provinciales: eyo sí, eyo no, para afirmar o negar. Decíase:
" Kuy! si Pedro es tan haragán", queriendo manifestar que es
cobarde; la señora está de groja, por de buen humor o chancera;
estoy muy tomao, por enfermo o mal de negocios, y empleaban las
palabras magamiento, tonga, tomín, en lugar de una peseta, chimbo,
por medio real.
" le costó a usted ese poncho, amiguito de la chamarra? Diez
tomines, contesta un culatero. ¿Y la dentrodera en cuánto compró la
panela?"
Una niña se bogaba una postrera de leche y se ponía popocha. Aun
en el día bogarse la leche es bebérsela. Dentrodera es la sirvienta
de adentro.
Bien podían quedar, y quedaban sin duda por entonces resabios de
la época colonial, pero, con todo, fue muy grande la preponderancia
que tomaron las ideas civilizadoras, extendiéndose con impulso
avasallador. El periodismo aumentó en órganos de publicidad, en
seriedad de propósitos y en afluencia de vocablos y de locuciones
con que los escritores se comunicaban con el público. Ortiz, obrero
infatigable de las labores del pensamiento, recogió con mano
cariñosa las primeras muestras poéticas que constituyeron una
antología de vates colombianos; surgieron las primeras tentativas
en el género de la novela: El Mundo Secreto de Bogotá, y Nuestro
Siglo XIX, eran manifestaciones sinceras de los usos sociales,
pintura de caracteres muy bogotanos, quizás trazados con pincel un
tanto áspero pero no por esto menos exactos ni verdaderos. José
María Samper y Santiago Pérez reunían sus ensayos poéticos para
lanzarlos en breve al viento de la publicidad
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(3)
. El segundo aparecía de una vez
con la pluma demoledora de innovador político. En ese año de 1848
la discusión de las ideas, por medio de la prensa llegó al apogeo:
todo se discutía y comentaba con desenfado y cierto grado de
ilustración y de filosofismo.
Entonces es cuando ve la luz la importante obra, fruto de largos
y perseverantes estudios y de prolija investigación, no me nos que
de cordial amor al suelo natal del señor D. Joaquín Acosta,
Compendio histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva
Granada, considerada como primer sillar del movimiento histórico
contemporáneo.
¡Con cuánta energía, fuerza de argumentación y lucimiento
discutían asuntos de índole filosófica que preocupaban a la
sociedad, plumas como la de don Julio Arboleda, enamorado de la
justicia, en admirable consorcio con la libertad! ¡ Elocuente
orador que brilló muy alto en el Congreso, exhibiéndose con fuerza
de lógica incontrastable!
Mariano Ospina, José E. Caro, Florentino González, y algunos
otros publicaron folletos de discusión sobre asuntos políticos, y
el doctor Manuel Murillo lograba atención sostenida del público
para el periódico que publicaba en Santa Marta con el título de
Gaceta Mercantil
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(4)
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|(1)
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Artículo de D. José Caicedo Rojas,
en elogio del Colegio del Espíritu Santo, publicado en el número 31
de El Aviso, de 1848.
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(2)
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Entonces se decía frecuentemente:
Arismética, Monenillo, Mallugar, Excena, Relós, Sepoltura,
Charratera, por charreteras; bestión, por bastión; encurrucar,
camapé, zarnícalo, culeca, disipela, piano, paragua, etc. etc.
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(3)
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La colección de Flores Marchitas, del
doctor Samper, primer acervo poético de su incansable pluma que vio
la luz, contiene las siguientes composiciones:
Dedicatoria a don Manuel Pombo en verso; El Tequendama, La
Juventud, El Sueño de Adán, La Esperanza, El Día de Difuntos de
1846.
Tus ojos, Tu sonrisa, A la luna, A un lirio, En el álbum de la
señorita..., La soledad de María, Flores para mi bella. Al bardo de
Tequendama. Mi joven amigo señor Gregorio Gutiérrez González, Ayes
nocturnos, El cementerio de Bogotá, Las ninfas del trovador, Amor,
La realidad de la vida, Tu día, El mendigo, A Tilcia, Hoy cumplo 19
años, Inconstancia, Antes, ahora, después, A Abigaíl Lozano, ¿ Me
amas aún? Al retrato de mi padre, El mundo y el poeta, fantasía;
Vives feliz, Sueños del corazón, Las doce de la noche, Ayer y hoy,
Entradas y salidas, La criticomanía, Voluptuosidad, A Ofelmina,
Epístola moral, El cementerio clásico, Tumbas y Orgías, Re cuerdos,
Clara y Tilcia, Amor y desdén, La Virgen de los Andes, leyenda
dedicada al doctor Antonio María Pradilla, y Boyacá.
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(4)
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En el mismo año la prensa de Bogotá
contaba los siguientes:
Gaceta Oficial, El Constitucional de Cundinamarca, El Día, La
Epoca, El Nacional, El Conservador, El Siglo, El Progreso, El
Organo de la Opinión, El Estudiante, La Crónica Mensual del Colegio
del Espíritu Santo, La Amé rica, El Aviso, El Tribuno, El Clamor de
la Verdad, El Neogranadino, El Minuto, El Charivari Bogotano, Las
cartas del Fraile a los señores de El Zancundo, por Fray Nicolás
Niporesas (se publicaron 12 cartas): El joven y el Tío Santiago,
redactado íntegramente por D. Juan Francisco Ortiz. En Medellín
aparecían La Estrella de Occidente, El Censor y El Bobo. En la Ceja
(Antioquia), El amigo de la educación. En Popayán, El Ciudadano y
El Patriota. En Tunja, El Oteador. En Cali, La Opinión. En Santa
Marta, El Tribuno y El Semanario Noticioso. En Cartagena, El
Independiente y El Semanario de Cartagena. En Panamá, La
Administración Mosquera. En San José de Cúcuta, El Curioso.
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