JUAN RODRIGUEZ FRESLE
Trataremos de la Conquista y Descubrimiento del Nuevo Reino de
Granada, obra de Rodríguez Fresle, que circuló por más de dos
siglos en copia manuscrita, conocida del público con el nombre de
El Carnero, que, como se sabe, quiere decir crónica, y es lectura
por demás entretenida y curiosa. Comprende los sucesos más notables
de Bogotá durante los primeros cien años que siguieron al de 1538.
No hay que imaginarse que el lenguaje anticuado disminuya el
atractivo del conjunto, que antes parece que suele comunicarle
cierto valor de autenticidad, convirtiéndola en verdadera historia
de la familia, en la que los hechos escandalosos de la época de la
colonia están narrados con una iuntua1idad y buena fe, dignas solo
de aquellos tiempos. Tal sello de veracidad de Rodríguez Fresle es
sin duda lo que ha impulsado a varios de los historiadores que han
venido después de él, a que prohíjen sus noticias e inserten en sus
obras largos trozos de aquella. Entre los que más acuciosamente le
han seguido, figura D. José Manuel Groot, investigador paciente,
muy dado a compulsar los archivos, a fin de poder rectificar fechas
o conceptos dudosos; prolijo, particularmente, en el estudio de la
vida de la colonia, y el que demuestra con citas que hace de El
Carnero, que encontró apreciables y dignas de entero crédito las
noticias de Rodríguez Fresle.
Hay, pues, que otorgarle la palma de animado cronista, imparcial
en sus juicios, que no rehusa aplaudir a dos manos la conducta de
los visitadores, oidores o presidentes que dejaron buen nombre en
esta tierra, y que censura sin ambajes las acciones desdorosas y
menguadas de aquellos que dieron ocasión a los cortos males y
disturbios en la vida civil de la naciente sociedad santafereña. Es
innegable que el autor de El Carnero era un espíritu inquieto y
observador. La agudeza de las sátiras que empleó contra los
gobernantes que las merecían, son a modo d testimonio que comprueba
el origen de Rodríguez Fresle, que desde entonces ha sido tendencia
irresistible entre los bogotano la de buscar el lado flaco de los
que mandan para zaherirles con mano larga.
Al ilustrado escritor D. Felipe Pérez se debe que El Carmen
dejara su furtiva y misteriosa existencia, para aparecer en letra
de molde y convertirse en una de nuestras primeras fuentes
históricas de indispensable consulta. El citado publicista afirmaba
que El Carnero, por lo raro y bien sostenido de su estilo y por la
imparcialidad de sus conceptos, era superior a la época y al país
en que se escribió, y aún añade que en España mismo no se
encontrarían mejores libros sobre asuntos históricos como puestos
en el siglo XVI o principios del XVII. También D. José María
Vergara lo elogia en estos términos:
"El estilo de Rodríguez Fresle es natural y correcto,
animadísimo a las veces: ningún escritor de su tiempo le aventaja
el sabor local que supo dar a su vivaz relación".
Las crónicas de Rodríguez Fresle que, como ya lo dijimos
comprenden un período de más de un siglo, tratan de los primeros
conquistadores de este Reino, de las costumbres y ceremonias
religiosas de los muiscas o chibchas, de la historia o explicación
de la fábula El Dorado, del número y nombre de los soldados que
acompañaron a los tres conquistadores Quesada, Belalcázar y
Federmán, de los principales sucesos desde la venida de D. edro
Fernández de Lugo, primer Gobernador de Santa Marta, D. Martín de
Saavedra Guzmán, octavo presidente de la Real Audiencia, y a par
que de la vida civil de la incipiente población, nos imponemos en
esa lectura de todos los actos de los Obispos y deanes y
prebendados de las dos catedrales del Virreinato, Santa Marta y
Bogotá, desde D. Juan Fernández de Angulo hasta D. Cristóbal de
Torres, nono Arzobispo, fundador del Colegio del Rosario, y
adquirimos noticia de la fecha de fundación de las ciudades de la
Colonia, del origen de los respectivos nombres de éstas y del de
los individuos que las poblaron.
Algunos de los episodios de El Carnero hanse popularizado hasta
en romances y leyendas, como sucede con la alevosa muerte que el
Oidor Cortés de Mesa dio a Juan de los Ríos; pero hay otros
ignorados, que bien valdría la pena de que se les conoçiese. Da una
idea de aquellos apartados tiempos y de las costumbres sencillas de
entonces, en lo que toca a lo religioso y lo moral, el siguiente
pasaje que tomamos de la página 147 de dicha obra:
"El sacristán Clavijo tenía la costumbre de cerrar, en siendo
hora, la puerta principal de la iglesia Catedral, y luego subía al
campanario a tocar la oración del Ave-María, lo cual hecho, ceba su
sacristía, y por la segunda puerta, que tenía postigo, sea a cenar
a casa de su hermano Diego Clavijo, a donde se detenía hasta las
nueve o diez horas de la noche. El ladrón deja muy bien contados
los pasos. Entróse en la iglesia como quien iba a hacer oración,
aguardó a que saliese al campanario, y al punto se metió debajo de
la tumba que estaba en la iglesia. El sacristán cerró sus puertas y
fuese a cenar; el ladrón salió de a tumba, fuése al altar mayor,
quitóle a la imagen de Nuestra la corona y una madeja de perlas que
tenía al cuello, la lámpara de la Virgen, que era grande, y apagó
la del Santísimo; lo cual hecho, aguardó al sacristán; el cual, 1
habiendo venido, como entró a la iglesia y vio la lámpara apaga
tomó un cabo de vela y salió a buscar lumbre por aquellas tiendas
dejando el postigo abierto. A este tiempo salió el ladrón con
hurto, encaminándose a su casa, que estaba a tres cuadras de
iglesia, en las casas de María de Avila, encomendera de Síqui y
Tocarema, a donde el clérigo su amo era doctrinero. Pues ninguna
manera el ladrón pudo acertar con la puerta de su casa pasó hasta
el río de San Francisco, a donde lavó la lámpara; fue a la puente,
y de ella a la Calle Real hasta la iglesia, y de e fue otra vez
hacia su casa, y tampoco pudo topar con la puerta. Volvió al río y
a la puente y viniendo por la Calle Real, yacer de la iglesia,
comenzaron a cantar los pajaritos. Entonces allegó a la puerta de
la iglesia por donde había salido, y soltó lámpara, corona y
madeja, y fuése a su casa, y entonces topo con la puerta de ella,
donde se entró. El sacristán Clavijo con la lumbre, encendió la
lámpara y fuése a costar. Muy de mañana se levantó a aderezar el
altar mayor, y estándolo componiendo alzó la cabeza y vio la imagen
sin la corona y madeja echó de menos también la lámpara grande. Fue
corriendo, abrio la puerta; iba tan desatinado, que hasta que
tropezó con la lá] para, no la echó de ver. Llamó algunas personas
que andaba ya levantadas para que viesen lo sucedido, y como no
faltó nadie no se hizo ninguna diligencia, ni se supo hasta que
este ladrón confesó; al cual, substanciada la causa, le condenaron
a muerte de fuego, y se ejecutó la sentencia en esta plaza pública.
1 querido decir todo esto para que se entienda que los indios hay
maldad que no intenten, y matan a los hombres por robillos".
"En el pueblo de Pasca mataron por robarle la hacienda, después
de muerto, pusieron fuego al bohío donde dormía, dijeron que se
había quemado. Autos se han hecho sobre el que no se han podido
substanciar; y sin esto otras muertes cosas que han hecho. Dígolo
para que no se descuiden con ellos".