LORENZO MARIA LLERAS
(Continuación)
Antes dijimos que al doctor Lorenzo María Lleras cupo en suerte
la meritoria y honrosa tarea de ilustrar y educar una gran parte de
la juventud de 1848; debe recordarse como a un profesor muy culto,
discreto y bien intencionado, quien desde luego concedió grande
importancia a su empeñosa tarea, constituyéndose en apóstol y
mentor de los jóvenes, a quienes profesaba especial cariño; los
triunfos de los más aprovechados le enorgullecían, y estimulaba
mejor que nadie las disposiciones felices de algunos. En un período
que pudiera fijarse de 1847 a 54, poco más o menos, hubo una
corriente de simpatía más acentuada que de ordinario en favor de
los colegios y casas de educación, y los directores de éstas
gozaban de ciertas preeminencias y de consideraciones sociales muy
valederas. El doctor Lleras, con intuición moral muy encomiable de
los deberes que le aparejaba el cargo, diose a convertir su colegio
en centro de progreso intelectual y de social cultura, para lo cual
hubo de difundir entre sus discípulos el amor a la bella
literatura, estimulándolos a que hiciesen composiciones. En su
colegio construyó un teatro, en un vasto y espacioso salón,
adornado con los emblemas y requisitos del arte, local en el cual
daba con frecuencia funciones dramáticas dirigidas por él, y en las
que hacía que tomaran parte muchos de sus más aventajados alumnos.
Tales representaciones fueron muy concurridas; llamaron en grado
notorio la atención del público, y la prensa se ocupaba en dar
cuenta de las piezas y de los actores.
En aquel intelectual palenque comenzaron ya a lucir sus
facultades Santiago y Felipe Pérez, que años después habían de
figurar en primera línea, entre los escritores de mayor nombradía.
Allí también apareció, en el número de esos tiernos actores,
Enrique Cortés, quien en nuestra época ha figurado como Director de
Instrucción Pública y autor de notables trabajos.
No sin fundamento presumimos que la serie de representaciones
que dio o hizo dar a sus alumnos el doctor Lleras, en su renombrado
Colegio del Espíritu Santo, y a las que asistían la mayor parte de
las familias notables de la capital, hubieron de prestar un
servicio más a la sociedad bogotana, cual fue el de despertar
entusiasmo por el teatro, y rehabilitar así el antiguo Coliseo, un
tanto decaído por las mediocres compañías y piezas de mal gusto que
a veces se daban en él.
Es indudable que el doctor Lleras fue el iniciador más eficaz en
asuntos de teatro; a su iniciativa persistente y oportuna, a sus
conocimientos como escritor literario muy versado, se deben los
primeros ensayos de algunos ingenios criollos que, con sus
primicias en el arte teatral, acrecentaron el corto caudal de obras
y autores dramáticos nacionales.
Grato es para el que escudriña en los empolvados anaqueles de
nuestros archivos, encontrar huellas imborrables de género con
esfuerzos en el adelanto social. Engrandecer el ánimo por medio de
enseñanzas útiles, despertar los sentimientos morales del hombre,
son hechos elocuentes que no pueden olvidarse.
Infunde alegría al espíritu el suponer al doctor Lleras rodeado
de animosos jóvenes, rindiendo éstos y aquel culto fiel a
Melpómene. Entre esos improvisados actores, que desde los bancos
mismos del colegio empezaban, por medio de la escena, a imponerse
en las agitaciones y luchas de la existencia, figuran Isidro Plata,
José Quijano, Wenceslao Barrientos, Claudio Abeha, Fructuoso Durán,
Eugenio Orjuela, Alcides Isaacs, Antonio Ortega, Guillermo
Martín.
La Crónica mensual del Colegio del Espíritu Santo fue el
periódico que fundó el doctor Lleras con el propósito de dar mayor
auge a su instituto. En las columnas de ese periódico daba noticia
de los alumnos que se distinguían por su aplicación y conducta,
publicaba los discursos que en distintos idiomas re citaban en las
fiestas o exámenes de fin de año, y con ocasión de la celebración
del 20 de julio. También se insertaban en sus columnas las piezas
dramáticas representadas por los alumnos.
El doctor Lleras fue luego Director del Teatro de Bogotá,
durante dos años (1856 y 57), y cierto que esa ocupación debía
corresponder perfectamente con sus gustos, pues desde que comenzó a
escribir la escena le atrajo con sus misteriosos encantos y con sus
inmarcesibles triunfos. Ya desde 1838 había hecho imprimir, por
Juan Triana, las piezas tituladas Nacimiento, fortuna y mérito, o
la prueba electoral, de M. Casimiro Bonyour, y Domingo, o el
Endemoniado, de los señores D'Epagny y Dupin, que hizo subir a la
escena en el teatro de Bogotá.
En Nueva York publicó, en 1831, sus Ocios juveniles, precedidos
de la tragedia en cinco actos, Altorfo, traducida del inglés, de
Madama Wright. Las poesías originales de Lleras son cantos
inspirados a su musa por un sentimiento patriótico. A este número
pertenecen: La Libertad de la Nueva Granada. La Batalla del
Santuario, El día 8 de Mayo, etc., estas dos incluídas en la
antedicha colección: la Elegía que compuso en Nueva York con motivo
de "la triste jornada del 28 de agosto de 1830 en Puente Grande;
destrucción del gobierno legítimo y restauración del poder
detestable de Bolívar".
Los versos de Lleras que se apartan del amor a la patria son
muestra de íntimos afectos, expresados en la forma más pulcra y
castiza que podía encontrar aquel vate enamorado de los
clásicos.
Del inglés tradujo y publicó dos comedias tituladas El Jorobado
y Cada cual tiene su flaco, representadas por alumnos del Colegio
del Espíritu Santo y publicadas en cuaderno y en la Crónica Semanal
del Colegio.
En 1837 insertó la Enciclopedia Británica un largo estudio
titulado Colombia, que tradujo al castellano el doctor Lleras, y
que se publicó en libro pequeño, precedido de una carta del General
Santander, en que rogaba al traductor hiciese saber al público que
era inexacto lo que afirmaba El Imperio de los Príncipes cuando
decía que ese escrito sobre Colombia, que contenía algunas
apreciaciones erróneas, era inspirado por el mismo General
Santander.
En abril de 1848 alguno hizo presente al doctor Lleras que era
válida en el público la voz de que Lleras era redactor de la
Zurribanda, papel gracioso de cargos ofensivos e hirientes; des
mintió tal especie calumniosa en El Día, y en su escrito agregaba:
"Soy franco, y cuando debo decir la verdad, la sé decir cara a cara
y bajo mi firma". En el mismo periódico sostuvo, en unión del señor
José María Triana y también en el año antes citado, ilustrada
polémica contra el señor Manuel Groot, sobre asuntos de enseñanza
relacionados con el antiguo Colegio de la Merced.
No siempre fue soñadora la musa del doctor Lleras, que algunas
ocasiones acertó a emplear sus estrofas en la censura de las
costumbres sociales. Recuérdese con particular aprecio la Epístola
a Ernesto, en que, pretendiendo rehusar el escribir contra una
colmena de poetastros que infestaban el ambiente con sus milífluos
acentos, les dio una felpa provechosa.
"Que mida cada uno como quiera,
Con esparto, o con hilo sus renglones,
Cual los medía Taita Pan Cabrera:
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(1)
Que llenen los estantes y cajones
De la nunca leída biblioteca
Nuevas Tapas de Cóngolo a millones:
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(2)
Que escriba sin cesar todo babieca,
Y llame versos su menguada prosa,
Y cual gallina espónjase hueca;
Y de la mano Lora y Espinosa
|
(3)
Al templo le conduzcan de la fama
Inmortal, magnífica y gloriosa.
Y los tipos den pábulo a la llama
De la celeste inspiración del vate;
Y por leerle muérase la dama,
Deje el fraile enfriar el chocolate,
Y mercader, soldado y artesano,
También hagan por él su disparate.
Qué me importa esto a mí? Contento, sano,
Vivo lejos del mundo y su falsía
Mejor que de la Rusia el soberano.
El día 25 de marzo de 1849, fue para Bogotá día de regocijo y
alboroto, porque llegó el General José II. López, quien, aclamado
Presidente de la República, venía desde Neiva, lugar de su
residencia, a ejercer el honroso cargo.
Desde Funza se encontró rodeado de cerca de mil personas que le
acompañaron a caballo.
En la Pila Chiquita, o sea al extremo del camellón de San
Victorino, el doctor Lleras, que tenía en aquel punto su colegio,
se acercó al Presidente y le pronunció un vehemente discurso.
Copiamos las siguientes expresiones de dicha arenga congruentes con
las opiniones que antes hemos emitido sobre el renombrado
educacionista:
" Ilustre ciudadano! Aquí tenéis el plantel de educación que
cultivo hace ya algunos años, con el esmero de un padre y los
cuidados de un patriota; y entre estos niños que os presento se
hallan muchos de los renuevos de los próceres de la independencia y
de los mártires de la libertad. Convencido de que la virtud es el
elemento vital de la República, yo he procurado, señor, inculcar en
sus tiernas almas los sanos principios religiosos libres del
fanatismo y de superstición; porque los principios religiosos son
la base de la moral que sostiene la civilización moderna. Es la
virtud, señor, es la virtud la que debe germinar en estas almas
inocentes para provecho y gloria de la democracia, el objeto
primordial de mis desvelos; porque es con ella so lamente como
podrán defender la independencia de la patria, y servir dignamente
a la causa santa de la libertad!".
Al doctor Lleras, como Alcalde Parroquial de Bogotá en el año de
1834, le tocó intervenir, desgraciadamente, en sacar de la ciudad a
la señora Manuela Sáenz, a quien desde el lunes 11 de enero del
dicho año dio la orden verbalmente, acompañado de un agente de
policía y de una escolta de diez hombres, mandada por el teniente
Dionisio Obando con ocho presidiarios que llevaban una silla de
manos.
…Rehusó la señora Sáenz obedecer la orden del señor Lleras
y hasta le amenazó con que le daría un pistoletazo si insistía;
llegó a decir que mataría al primero que se acercase…
No hubo forma de obligarla. Reiterada la orden por autoridad
superior, tomó a resistirla, amenazando a los soldados con un
puñal, el que afortunadamente pudieron arrebatárselo, sacándola
luego a la fuerza en una silla de manos.
Tal severa medida se tomó porque en ese tiempo se decía que la
casa de esa señora era el punto de reunión de los desafectos al
gobierno, y que allí en donde se recordaba con entusiasmo el buen
tiempo de la dominación del difunto tirano (Bolívar). El Cachaco de
Bogotá, periódico redactado por el doctor Floren tino González y
por el doctor Lorenzo M. Lleras, decía: "Esta mujer ha dado muchos
días de inquietud a esta ciudad, se ha burlado de las autoridades;
y sería bueno que se le hiciese entender que ya pasó el tiempo de
hacer más cosas".
Y cumplida la orden añadía:
"Agotáronse los medios severos; era preciso que la orden se
cumpliese; y los soldados la tomaron entonces y la pusieron en la
silla de manos, en que hubo que llevarla, porque resistió
absolutamente a montar a caballo. ¿Creen ustedes que podía haberse
hecho otra cosa? Da Manuela debía quedarse en su casa; ¿por qué
resistía con sable y puñal a las autoridades? ¿Por qué no quería
salir de entre su cama? Considérese bien todo esto, y se conocerá
que debió hacerse lo que se hizo, no precisamente para que ella
entienda que debe obedecer a los funcionarios públicos, sino para
que todos los granadinos sepan que no pueden burlarse de sus
disposiciones. No den ustedes oídos a los ecos desentonados de
viles pasiones, que se repiten entre los enemigos del gobierno, y
enajenan los corazones de la gente incauta y sencilla".
Bien elocuentes son las palabras que el 9 del mes de diciembre
de 1848 consagró el periódico El Día, en alabanza del Instituto del
doctor Lleras. Transcribimos el primer aparte de ese conceptuoso
editorial, que revela que se hacía justicia al director:
"Entre todos los establecimientos de enseñanza que existen en
la Nueva Granada ninguno conocemos más digno de la atención del
público y de la confianza de los padres de familia, que el que
dirige el señor doctor Lorenzo María Lleras, bajo la de nominación
de Colegio del Espíritu Santo; ora por el plan de instrucción
sólida y útil que en él se da, ora por los buenos sentimientos
morales y religiosos que en él se inculcan, ora por los vastos y
variados recursos con que cuenta, ora, en suma, por el brillante
éxito que hasta aquí han tenido los perseverantes esfuerzos y la
fervorosa e infatigable consagración de su ilustrado Director. El
se ha propuesto proporcionar a los jóvenes que se le confíen un
curso completo de sólida instrucción en varios idiomas modernos, en
los clásicos antiguos y en las ciencias matemáticas e
intelectuales; y desempeña su objeto tan cumplida mente, que sin
descuidar los demás ramos que ordinariamente se comprenden en una
buena educación, tales como la contabilidad mercantil, el dibujo,
la música, etc., logra dar a sus discípulos en todas estas materias
la conversación suficiente, para que al salir de su colegio puedan
consagrarse inmediatamente y con buen suceso, a la carrera del
comercio o a la prosecución de los altos estudios
universitarios".
La Crónica mensual del Colegio del Espíritu Santo comenzó a
publicarse el 1 de junio de 1847, en la imprenta de D. Nicolás
Gómez, y del número 2 en adelante en la de D. José A. Cualla.
Entendemos que terminó con el número 34 (31 de diciembre de 1851),
en el cual se insertó íntegra la pieza Jacobo Molay, original de D.
Santiago Pérez.
En la cubierta de su periódico fijó el doctor Lleras un dístico
latino de Claudiano, que tradujo así:
Aquí el campo se o a los ingenios
Y es cierto para el mérito el favor;
Y adórnase el trabajo
Con los premios debidos al honor.
En el periódico del doctor Lleras, que era una publicación
instructiva, dedicada al adelanto moral e intelectual, se
insertaron varios programas muy completos de las materias de
enseñanza de ese establecimiento, entre otros ramos, de medicina e
ingeniería. Los primeros números conteniendo diversos artículos
traducidos del inglés por el Redactor; algunas poesías originales
del mismo o traducidas; artículos sobre estudios grama ticales y de
historia profana, de la pluma de D. Ulpiano González; una
composición en verso de José María Samper, y otras de Santiago
Pérez, Eustasio Santamaría, Mariano González Manrique, Emilio
Pereira, Isidoro J. Ricaurte, algún artículo de D. Felipe Pérez y
traducciones de Eugenio Orjuela.
El que con mayor eficacia, perseverancia y lucimiento con
tribuyó a dar contingencia para dicho periódico, fue D. Santiago
Pérez, pasante del Colegio del doctor Lleras, y muy dado a cultivar
la literatura. Además de su colaboración en prosa y verso,
publicóse allí de su pluma la traducción que hizo del verso
castellano, del inglés, de la comedia Casarse o no casarse de Mrs.
Inchbal, que fue la primera comedia representada en el Teatro del
Colegio del Espíritu Santo.
El doctor Lleras, reconocedor del mérito singular del que le
ayudaba con grande empeño y levantando espíritu, a la corta edad de
18 años, publicó en el número 21 de su periódico, correspondiente
al 31 de agosto de 1849, el retrato de su discípulo y compañero
Santiago Pérez. Esa muestra de pública simpatía se debió en gran
parte a la iniciativa de varios estudiantes, entre ellos del señor
Alcides Isaacs, compañero de Pérez.
Emilio Escobar fue otro discípulo aprovechado del doctor Lleras,
que desde agosto de 1847 hizo su estreno como poeta y escritor, con
una traducción en verso de Cowper, Crueldad con los animales, que
mereció ser insertada en el número 50 de La Crónica.
Con el número 22 de dicho periódico se repartió una hermosa
lámina litografiada, que representaba la vista del Colegio,
dibujada por el profesor Enrique Price (litografía de Martínez
Hermanos).
No menos aprovechados alumnos de ese establecimiento fueron
Arcesio Escobar, que luego brilló como poeta, y D. Guillermo Uribe,
quien compuso un discurso que recitó en los exámenes del año
escolar de 1849.
En dichos actos pronunció la oración correspondiente al acto del
examen de gramática castellana, el autor de María, Jorge Isaacs,
discurso compuesto por D. José Caicedo Rojas, profesor de la clase
de castellano.
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(1)
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Canónigo de la Catedral de
Bogotá.
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(2)
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La tapa del Cóngolo, otra
disparatada del mismo.
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(3)
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Impresores de Bogotá.
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