EL "COLISEO" - PRIMERAS REPRESENTACIONES TEATRALES
(Continuación)
La Compañía Lírica, formada por Villalba, dio el 13 de febrero
de 1848, como 5 época ejecutada en el Teatro de Bogotá, La Gazza
Ladra (Urraca ladrona), la cual fue del completo agrado del
público, y la prensa se ocupó en ponderar el buen desempeño de los
artistas y en estimular al público a que concurriese a los
espectáculos, llegando en su empeño por atraerles concurrencia a
los cómicos, hasta el punto de decir que publicarían la lista de
los ricos de la Calle Real que no favoreciesen el teatro con su
presencia.
A fines de 1848 se pusieron en escena, con inusitado éxito los
dramas Macías, de Larra; Catalina Howard de Dumas; Amor de madre,
La Duquesa de Weckland, de F. Soulié; Da Brianda de Luna, de Guisey
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En el mes de diciembre de dicho año disminuyó a tal punto la
concurrencia, que El Aviso se expresaba así:
"El día que el Teatro se cierre y veamos su hermoso edificio
convertido en casa de ejercicios, convento u otra cosa de la laya,
preciso será emigrar de Bogotá como de un pueblo bárbaro, que
merece ser conquistado de nuevo".
El 26 de mayo de 1849 se representó la pieza Marcelino el
tapicero; y El Siglo, de ese año, analizando la obra y el desempeño
de los actores, terminaba su crónica así:
"La ejecución del Marcelino, en nuestro concepto, no fue muy
feliz; todos los actores no supieron desempeñar muy cumplidamente
su papel. No quisiéramos mencionar a ninguno en particular, mas la
señora Aderli mostró haber comprendido el carácter de la persona
que representaba, y lo hizo con gracia y propiedad. Muchas cosas
echámos de menos, y no las enumeramos por no fastidiar; puesto que
ya tenemos advertido que en cuanto a decoraciones, alumbrados,
etc., estamos como el primer día, es decir, siempre mal. Pero en
punto a auditorio, estuvo tan escaso, tan diminuto, que bien
pudieran preguntarse con aquel señor virrey de marras, qué se hacen
los 60.000 habitantes de esta ciudad, puesto que ni en paseo, ni en
las calles, ni en el Teatro se les encuentran?.. . Rezan y
duermen".
En 1849 se representaron, entre muchas otras, las piezas La
Huérfana de Bruselas, Los Hijos de Eduardo, El Honor en la
deshonra, Rivera en la prisión, El Trovador, Cada cual con su
razón, de Zorrilla; Tasso, cuya representación sugirió a D. Joaquín
Ortiz una poesía que principiaba así.
Rompe tu losa y tu profundo sueño,
Genio del Tasso altísimo! y respónde:
Tu columna triunfal a dó se esconde?
Dó tus coronas, de la lira dueño?
Las obras que más llamaron la atención del público en 1850,
fueron: El Castillo de San Alberto, drama de Alejandro Dumas;
La máscara de hierro, otra vez Macías, Cristiano, o las Máscaras
Negras, de Joaquín Hurtado de Mendoza; El proscrito, de F. Soulié;
Fabio el Novicio, La monja sangrienta, Carlos II el hechizado; y el
28 de julio de 1850, Miguel de Cervantes concepción dramática de
José Caicedo Rojas, quien entonces se encontraba en los albores de
su juventud, y fue objeto de una ovación entusiasta y estrepitosa,
siendo coronado en la escena por la actriz Dolores Alegre.
No resistimos a la tentación de reproducir gran parte del juicio
que el Neo-Granadino, en su número del 2 de agosto de 1850 consagró
al comento de aquella función, fecha solemne en la vida de un
autor, tan solemne y sugestiva, que suponemos ella sirvió para
fijar de modo indeleble las cultas aficiones del señor Caicedo,
quien desde entonces hizo de su acendrado amor a las letras su
principal carrera o profesión, en la que le han tocado -como a todo
autor que se encumbre sobre las medianías- no pocas espinas en
medio de algunas rosas.
"Nosotros sabíamos hace mucho tiempo que el señor Caicedo se
ocupaba de literatura: en distintas ocasiones y en diferentes
periódicos, nos había deleitado con las producciones de su pluma
fácil y galana: artículos de literatura y de costumbres,
composiciones poéticas notables, tanto por la gracia y oportunidad
de los conceptos, como por la propiedad y pureza del len guaje, le
habían colocado en primera línea entre los jóvenes que en nuestra
tierra se aficionan a esa especie de trabajo tan áspero y tan poco
socorrido. Pero, francamente, no le creíamos autor dramático; y el
domingo fuimos deliciosamente sorprendidos al verle ensayar con
tanta audacia como felicidad, nada menos que el drama de la escuela
de Alejandro Dumas.
"Hay proyectos atrevidos cuya sola formación revela superioridad
de aquel que los concibe: esperanzas pretenciosas y bellas que
valen un elogio; y por esto creemos que la sola idea de la obra del
señor Caicedo, la tarea casi irrealizable entre nosotros, que él se
propuso emprender, es su primer triunfo, y lo que, por
consiguiente, merece nuestra primera alabanza. Sin títulos
literarios para juzgar acertadamente la hermosa composición de que
tratamos, y sin tiempo para hacer de ella un análisis completo,
vamos, para pagar un tributo a nuestro entusiasmo, a tratar de
bosquejarla.
"Como todos sabemos, la envidia, las miserias, las persecuciones
de todo género, contrapeso fatal e inevitable en la balanza de la
gloria, amargaron la existencia del más sublime y más fecundo de
los ingenios de España; y que por una dolorosa singularidad,
Cervantes sufrió más que ningún otro ese riesgo del destino de los
grandes hombres, de tal manera, que no podemos, al recordar esa
noble figura digna del pincel de Walter Scott, olvidar su largo
cautiverio, los sarcasmos de Villegas y Avellaneda, y lo que es
más, su muerte causada por la injusticia y el desamparo y en la
misma calle en que otros, sin merecer lo que él, triunfaban en
honores y opulencia. Pues bien, de esas persecuciones de que fue
víctima Cervantes ha tomado ocasión el señor Caicedo para pintar
una pasión terrible: la venganza; pero la venganza furiosa, la
venganza que, como todas las pasiones malévolas, en su apogeo
convierte a los hombres en monstruos; una venganza, en fin, fruto
de treinta años de odio y de rencor.
"Gaspar de Espeleta, joven caballero, huérfano criado como un
hijo en la casa de Cervantes, acaba de llegar de un largo viaje, y
la hija de éste, la hermosa Isabel, a quien une con el recién
venido una antigua pasión, va a serle dada en matrimonio; la
ocasión es oportuna: Blanco Paz, que espera hace mucho tiempo
vengar una de esas injusticias sin nombre para los caballeros de
entonces, se presenta a Espeleta, disfrazado de religioso, y le
anuncia que su unión es imposible, puesto que él y su amada deben
la vida a una misma mujer: autoriza su dicho con los más terribles
juramentos; pero como es tan difícil creer aquello que si fuera
cierto nos volvería locos, el joven necesita pruebas más fuertes, y
Blanco promete dárselas en Madrid, para donde le exige que partan
al momento. Sin embargo, un enamorado no se marcha sin ver a su
amada por una última vez, y Gaspar, instigado por la pasión a la
par que por su enemigo, por el balcón al cuarto de Isabel: entonces
Cervantes, avisado por Blanco, va a ser él mismo testigo de la
muerte de su honra y de sus esperanzas; nada más bien ideado que la
situación dramática de todos los personajes en este momento; a los
ojos del espectador la posición de todos, inclusa la dueña, es
sobremanera interesante, casi sublime. En este lugar debemos
considerar la superioridad de la trama del señor Caicedo,
ciertamente que nada hay más temible, más completo que esta
venganza, que no puede ser menos que el fruto de treinta años de
odio. A los ojos del honrado viejo iba a aparecer su buena esposa
como una torpe hipócrita; su cándida hija como una mujer perdida y
su hijo adoptivo como un ingrato, un traidor.
"Desenlazada esta escena, el señor Caicedo hubiera hecho un
drama, pero el drama al que faltaría la moralidad, sin duda, es
decir, el castigo del malvado, un castigo tan grande como el mal
inmenso que había procurado hacer; y es nueva y sorprendente la
manera como ha enlazado esta parte de su drama con la parte que le
precede, haciendo que Blanco, llevado por esa ciega fatalidad de
las pasiones, asesine a Gaspar en el momento en que éste salía para
pedirle cuenta de la difícil situación en que le había puesto,
situación que a no ser desatada felizmente, merced a la grave y
majestuosa palabra de Cervantes, iba a arruinar sus proyectos.
"Aquí vuelve a complicarse y a hacerse interesante la situación,
puesto que Blanco, dando una prueba de aterradora perversidad,
atribuye a Cervantes, delante del Corregidor, el crimen que acaba
de cometer, imputación desgraciadamente corroborada por
circunstancias que el monstruo pinta con odiosos colores. La
naturalidad, el interés, el pensamiento dramático no puede ir más
arriba: una imputación de asesinato, con visos de verdad, remata el
edificio de la venganza, edificio colosal que el autor,
manifestándose conocedor profundo de la filosofía de las pasiones,
hace desplomar en este momento supremo sobre la cabeza del
vengativo Blanco: pero, de qué manera hace esto? se preguntará: de
qué manera?. . - nosotros dudamos, como Cervantes, al decirlo; pues
bien lo hace descubriendo que Gaspar, a quien no quedan, según el
parecer del médico, más que pocos instantes de vida, es el hijo de
Blanco. - No creíamos que esta escena fuera aplaudida; juzgábamos
que como sucede en estos casos, las manos abiertas para juntarse
fueran paralizadas por el terror, más, sin embargo, venció el
entusiasmo, y resonaron en la espaciosa sala unánimes y frenéticos
aplausos. Después, Gaspar expirante, sacado por consejo del médico,
jura delante de todos los personajes que tan acertadamente ha
reunido el autor para este trance deliciosamente horrible, que
Cervantes está inocente y que ese hombre, Blanco - su padre, es su
asesino. -
"Este es el drama considerado en conjunto; tal vez tengamos
ocasión de ocuparnos de él más detenidamente y enumerar sus muchas
bellezas; por ahora haremos notar solamente la verdad e ingeniosa
disposición de la trama, lo bien sostenido de los caracteres,
principalmente los de Gaspar y Cervantes, ese terrible castigo, tan
a propósito ideado; cosas todas que manifiestan, no solamente el
conocimiento que el señor Caicedo tiene del corazón humano, sino
también del gusto dominante; y que le aseguran los triunfos que le
esperan en la honrosa carrera en que acaba de entrar por tan ancha
y tan dorada puerta.
"Después de concluída la representación que fue interrumpida
muchas veces por los unánimes y frenéticos aplausos de la escogida
y numerosa concurrencia que llenaba el teatro, el modesto autor,
forzado a presentarse en las tablas, fue saludado con gritos de
febril entusiasmo y coronado por la interesante actriz señora
Dolores Alegre, bello y justo triunfo sin duda, pero menos bello
aun que el que el señor Caicedo acababa de obtener, arrancando
lágrimas de admiración y de ternura a las sensibles espectadoras, y
atronadores aplausos a los inteligentes espectadores.
"Quisiéramos, es verdad, que no fuera Miguel de Cervantes el
nombre de la pieza, que no tocara tantas veces a la puerta, que
algunas escenas de los dos primeros actos, corrieran más rápidas,
que el diálogo fuera algún tanto más cortado y más vivo, y, en fin,
hubiéramos deseado que el castigo de Blanco hubiera sido inmediato
para dejar completamente satisfecho al público; pero, qué son esos
pequeñísimos lunares comparados con las in numerables bellezas de
que la pieza abunda? y, por otra parte, no sería destruír todas las
especulaciones de la perfectibilidad humana, exigir la perfección
del maestro en una obra, primer grito, por decirlo así, de águila
joven que se lanza al espacio.
"Por conclusión diremos que los actores se esmeraron, vieron con
predilección la obra del señor Caicedo, y que merecieron gran parte
de los aplausos del público"
También en el número 12 de El Trovador, periódico literario de
la capital, correspondiente al 7 de agosto, encontramos un artículo
bien escrito, con el título de Miguel de Cervantes Saavedra, en que
se hacen encomios a la obra del señor Caicedo, juicio que aun
cuando no está firmado sabemos que es de la pluma de D. Teodoro
Valenzuela.
Caicedo Rojas escribió luego dos obras más del género dramático:
Gratitud de un artista, o los dos pintores, y la comedia Celos,
amor y ambición; la última estrenada a beneficio del actor cómico
Honorato Barriga en el mes de junio de 1856.
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| La Compañía de Fournier trabajó en 1846 y de ella formó
parte la actriz colombiana Raimunda García, que fue bien acogida
por el público.
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