EL "COLISEO" - PRIMERAS REPRESENTACIONES TEATRALES
(Continuación del anterior)
Curioso sería poder determinar las alzas y bajas que desde
aquellos remotos tiempos han tenido las diferentes compañías que
ocuparon el antiguo teatro; los caprichosos vaivenes de la suerte
que han sufrido muchos artistas que llegaron hasta las cumbres
andinas en pos de soñadas ilusiones. No por menos útil para el
observador sería poder estimar hoy la natural graduación porque
debió pasar el gusto del público antes de poder apreciar, como ya
lo hace, las más discretas manifestaciones del arte. Muy pocas
noticias se conservan a este respecto en los archivos del
periodismo. Recogemos algunas de las que hemos podido encontrar, y
de un modo u otro habrán de servir para ilustrar el criterio del
lector.
De todos modos es incuestionable el poderoso atractivo que
logran despertar las representaciones escénicas. Aquel era un
público candoroso, cuyo organismo no estaba mellado con las
emociones sucesivas. Se asistía al teatro con cierta dosis de buena
fe y con la credulidad propia de la inexperiencia. Los espectadores
prestaban un interés sostenido a la ejecución de la pieza, y en
alas de su imaginación latina, fácil de impresionar y pronta a
suplir lo que las decoraciones imperfectas no dejaban comprender,
llegaban a tomar a lo vivo el argumento, produciéndose a veces en
gritos destemplados y otros actos ostensibles contra el actor que
hacía el papel de malvado.
Por mucho tiempo duró el teatro siendo pretexto a trasnochadas
fastidiosas, pues la función -cuando era drama de grande aparato y
de violentas escenas- tales como Treinta años, o la vida de un
jugador y El Campanero de San Pablo, duraban hasta las dos o tres
de la mañana. Comenzaban a las nueve, y los entreactos eran muy
largos, porque el cambio de decoraciones exigía una agitación y
movimiento entre bastidores de que hoy no se puede tener idea. Los
espectadores noveles y aun los muchachos gozaban mucho con aquel
ruido de telón adentro que les anunciaba grandes cosas.
Muy a menudo sucedía que gran parte de público se iba a cenar
tranquilamente; y cuando volvía, aún llegaba a tiempo de esperar.
Entonces comenzaba un golpear eterno con los bastones y paraguas y
hasta gritos y dicharachos que eran el mayor encanto de los
bullangueros y quien sabe si también de la gente seria.
Pero volviendo a las representaciones, daremos espacio aquí a
las citas que tomamos de algunos periódicos para que los lectores
se formen concepto propio sobre el desarrollo progresivo y
condiciones peculiares de nuestro teatro.
El Cachaco de Bogotá, decía en su número del 30 de junio de
1883:
"Teatro. Muy poca fue la concurrencia de mujeres en la última
representación, porque parece que no fue muy del agra do de varias
madres de familia lo que dice Martínez de la Rosa en su comedia de
La Niña en casa y la Madre en máscara, en la cual se vitupera con
justicia el abandono con que algunas de dichas señoras miran las
atenciones que debieran tener dentro de su casa por andar en
pasatiempos y devaneos ajenos de su edad y de su estado".
En El Constitucional de Cundinamarca, del domingo 5 de enero,
leemos lo siguiente:
"Teatro. En la noche del primero del corriente se ha
representado en el de esta capital la famosa y clásica comedia de
Moliére, titulada el Tartufo. El público ha quedado en extremo
complacido con la ejecución, y el patio pidió con entusiasmo que se
repitiese.
"Nos es satisfactorio hacer mención de la representación de esta
pieza en Bogotá, y nos atrevemos a predecirle un buen suceso. Los
hombres buenos, verdaderos devotos y amantes de la pureza de los
principios de nuestra religión sagrada, aprobarán sin duda el que
se quite la máscara de la hipocresía a la perversidad y al crimen,
poniendo en ridículo los gestos y afectadas ceremonias de ciertos
devotos de ostentación que corren hacia la fortuna por el camino
del cielo, y predican el retiro en medio de la corte.
"La ejecución fue generalmente buena, y el señor Grana dos se
esmeró en presentarnos un alumbrado mejor y menos desagradable al
olfato".
El Correo de del 3 de octubre de 1839, número 6, estampaba las
siguientes apreciaciones sobre una función reciente
"El domingo 29 de septiembre nos ha divertido la Compañía Cómica
con una excelente función, que dio a beneficio de la señora de
Gallardo.
"Confiados en el discernimiento y buen gusto del esposo de la
agraciada señora, todos nos apresuramos con gusto a asistir al
teatro y a recompensarla de la manera posible. La concurrencia fue
numerosísima, y no sólo ha quedado satisfecha, sino que desea con
ansia la repetición del drama interesante y terrible, en que Víctor
Hugo ha presentado lo más heroico que puede producir el amor, la
horrible política de la aristocracia veneciana, y las consecuencias
de esos matrimonios en que consultando las conveniencias
pecuniarias se desatienden las afecciones del corazón. El drama de
Tirano de Padua abunda en incidentes sorprendentes, y es
sublimemente terrible, como algunas de las producciones de
Shakespeare. El canto, el baile y la petipieza, todo se ha
ejecutado con gusto y agrado generalmente.
"Deseamos la repetición"
En 1839, se publicó por la Imprenta de N. Lora, en hoja suelta,
la "Alocución, con la cual debía anunciar su beneficio e señor
Francisco Gallardo, en la noche del miércoles 28 de agosto, y que
no tuvo lugar por haberse ejecutado la función desatinada para
dicho día"
De esa oda copiamos la siguiente muestra:
"Bizarros hijos de la ciudad tan bella,
Donceles granadinos
Caros al pecho mío
Cual a flores y plantas el rocio,
Varones todos que habitáis en ella,
Héroes que habéis fijado los destinos
De esta Patria adorada, hermosa y libre,
Vuestro concurso en mi oblación imploro.
Presentes merecéis sacros, divinos;
Mas Jove sobre mí sus rayos vibre
Si el ansia no es veraz con que os adoro.
Si no es sincero el culto que hoy os rindo".
Sobre el deseo irresistible de hacer bulla en las funciones,
tendencia que a muchos impulsaba a concurrir, como momento propicio
para deleitarse holgadamente en dicharachos a que la autoridad daba
oídos de mercader, porque le parecía que contrariarlos era impedir
el derecho que el público soberano tenía de producirse en palabras,
hemos consultado una publicación en hoja suelta que vió la luz en
esta ciudad el 9 de febrero de 1839. Es curiosa; véase una parte de
ella:
EL TEATRO DE MI POBRE TIERRA
."Qué barullo! Qué zahurda! Qué desorden! Concurren al Coliseo
multitud de hijos de distintas madres a hacer todo lo que les da su
gana: unos echan grandes bocanadas de humo por la boca para
molestar a los demás con el olor y la sofocación: otros gritan,
otros silban, otros dan grandes golpes con garrotes sobre los
escaños y las tablas: casi todos están con sombreros puestos: unos
se desgañitan pidiendo otro, otro: otros dicen no, no. Apenas
empieza la música, empiezan también los golpes sobre las tablas, de
modo que sofocan los dulces sonidos de los instrumentos, y obligan
a los músicos a dejar sus armoniosas sonatas; sale uno de los
actores a anunciar la función siguiente, y unos dicen: no queremos,
no queremos, otros, sí, sí, de manera que los cómicos no saben qué
hacer. Allí no hay res peto por el Jefe de la República, por el
Gobernador de la Provincia, por el Jefe político del Cantón, por
las señoras, por el público: cualquier esclavo, cualquier criado,
cualquier muchacho se toma la libertad que no se tomarían en un
palenque de negros"