EL "COLISEO" - PRIMERAS REPRESENTACIONES TEATRALES
(Continuación)
a disposición de las sirvientas que llevaban sus amos con el
farol que debía encenderse a la salida, y que era indispensable
para poder atravesar el caño o acequía, las noches de lluvia.
Sábese que desde 1793 comenzaron a darse funciones, pero es de
suponerse que estas debían ser muy de tarde en tarde, si bien al
principio hubieron de ser más frecuentes, en gracia de la novedad y
del entusiasmo. En 1835 llegó a la ciudad andina con una compañía
regularmente organizada el español don Francisco Villalba, quien,
después de trabajar con bastante éxito durante casi dos años, se
ausentó y volvió otra vez en 1848, quedándose luego definitivamente
en este país, en donde se casó y fue director de la Biblioteca
Nacional, por nombramiento que le hizo para servir ese puesto el
General Mosquera.
La sociedad artística de Villalba, que así se anunciaba en los
programas, no solo era de verso, como hoy se dice, sino también
lírica, y por esto llamó mucho la atención del público, el cual
comenzó a prestar interés sostenido a las representaciones. Para
cada función anunciaban la obertura, la pieza principal, unas
tonadillas o canción patriótica y el sainete o petipieza. También
se bailaba La Cachucha o La Jota aragonesa, o alguna otra de moda,
por la bailarina de la compañía, Rosa de Posse, que gustó mucho.
Como actriz se atrajo las simpatías y los aplausos la señora María
López. La tonadilla favorita que duró de muchísimos años fue la de
Trípile-Trápala.
Las seis primeras obras puestas en escena por esa compañía
fueron: Otelo, A la vejez viruelas, El Califa de Bagdad, Los hijos
de Edipo, Los dos Valdomiros, Las tres Sultanas. Luego dieron Los
dos hermanos maniáticos, o la sabia viuda Fulgencia, Felipe 2º de
España, o el diablo del mediodía, Clora, o la sacerdotisa del
templo del sol, La Mujer firme o lo cierto por lo dudoso, La venida
del soldado, etc., etc.
La misma compañía estrenó la ópera de Rossini El Barbero de
Sevilla, la noche del 10 de enero de 1836, después de dos meses de
ensayos.
El libreto italiano, que sirvió para la representación, fue
traducido por el doctor Pedro Herrera.
En el mismo año subieron a la escena las piezas: Tristes
resultados del fanatismo, Intrigas de cortesanos, Doria y Fiesque,
o guerras civiles de Génova, La Dama Sutil, El hombre reconocido al
beneficio, o el reconocimiento, y la ópera de Rossini,
La italiana en Argel, cantada por primera vez en la noche del 16
de febrero.
Villalba se dio trazas de estrenar en Bogotá, el primero de
noviembre de 1836, una pieza cómica ensaladilla titulada Los
orejones ensayando una comedia para las fiestas de Villeta, que
suponemos sería parto de algún ingenio criollo, y que fue rechazada
por el público. Un periódico de la época la calificó de "farsa
impropia y grosera". También exhibió Villalba, el 24 de junio de
1836, la comedia traducida del francés por Lorenzo María Lleras,
titulada Nacimiento, fortuna y mérito o la prueba electoral.
En 1838 trabajaron unidas, dos compañías, las de los señores
Martínez y Torres.
Torres debió de continuar con algunos otros artistas ocupando el
teatro, porque en un periódico de 1840 encontramos la noticia de
haberse ausentado de la capital, el 2 de agosto del dicho año.
En abril de 1841 tratose de organizar una compañía, dirigida por
el actor José Ferrer, contando con el actor Gallardo, que había
trabajado el año anterior; su esposa, un señor Pardo, y los
artistas Cecilia Baranis, primera dama, y el joven José Basa
Cáceres.
En 1845 ocupó el teatro la compañía del distinguido y genial
actor Juan José de Auza. Una de las obras que dicha compañía
ejecutó con mejor éxito fue la titulada El Campanero de San Pablo,
drama de Bouchardy, en el que sobresalió el mismo señor Auza.
En abril de 1846 se presentó la Compañía de Fournier, que duró
representando hasta 1849; componíanla Fournier, José Belaval,
Dolores Alegre de Belaval (a quien encomió en verso el doctor José
María Samper), Emilio Segura, N. González, María Aderli de
González; y como bailarina la señorita Francisca Casanova. Esta
compañía llevó a la escena el drama Miguel de Cervantes, de Caicedo
Rojas. Los actores alcanzaron mucha boga y resonancia moral.
En 1848 gozó de fama, como actor de mérito, José María Peix. En
el mismo año se representó la pieza Al fin triunfa la virtud, a
beneficio del señor Atanasio Bello. Don Januario Triana escribió un
artículo en El Día, censurando esta obra por inmoral.
La primera vez que vino Villalba con su troupe, actuaba una
compañía de aficionados dirigida por un señor Romualdo Díaz, y este
representó la noche del 25 de julio de 1835 la tragedia compuesta
por Manuel María Madiedo con el título de Lucrecia, o Roma Libre.
Curioso es saber en qué términos un Aficionado al Teatro dio cuenta
al público, en el periódico El Constitucional de Cundinamarca, de
aquella función: "por último, señores editores, diré a ustedes que
anoche vi una tragedia de aficionados, titulada Lucrecia o Roma
libre. Los jóvenes que la representaron están adornados de talentos
y buenas disposiciones, y si hubieran tenido más ensayos, habrían
hecho algo más en favor del autor, siendo verdad que la composición
de este tampoco brindaba a aquellos campo para lucir. Sin embargo,
sus elegantes y costosos vestidos, su laudable afición y el
naciente talento del compositor de 19 años, exigen que se tenga
indulgencia con el uno y con los otros"
El Coliseo fue ya desde el principio de su erección grande
elemento de cultura intelectual para la sociedad bogotana. Las
generaciones literarias que se han sucedido han encontrado en las
representaciones escénicas incentivo a sus gustos y modo de
apreciar los adelantos en literatura que marca el lenguaje y la
ficción poética. Tan útil ha sido la existencia del teatro entre
nos otros, que los extranjeros notables en letras que nos han
visitado, han querido tomar cartas en esa tarea de impulsar los
candorosos móviles de un pueblo falto de iniciativa, pero dócil a
los ejemplos y dispuesto a asimilarse las ideas y luces que hayan
de engrandecerlo. Emilio Segura, actor y autor español de claro
ingenio, concibió un poema dramático romántico para inmortalizar la
memoria de un héroe por la lucha de la independencia, de Antonio
Ricaurte. Su obra fue estrepitosamente aplaudida y perdura como una
de las inspiradas páginas de la literatura dramática colombiana.
Recuérdense también las producciones de Manuel Castell, José María
Gutiérrez Alba y Vicente Micolao y Sierra. Que el teatro sirvió de
escuela literaria en tiempos en que se carecía de medios eficaces
para desarrollar el espíritu en las regiones intelectuales, lo
comprueba el hecho de haber figurado en la lista de los
aficionados, que en él han trabajado jóvenes que más tarde han
sobresalido en el campo de las letras y en el de la política. Don
José Caicedo Rojas nos cuenta en su obra Recuerdos y Apuntamientos
(cartas misceláneas), que en las fiestas públicas de 1830, con
motivo de la elección de don Joaquín Mosquera para Presidente de la
República, tomaron parte en las representaciones Telésforo Sánchez
Rendón, que más tarde debía unirse a la escritora y poetisa doña
Silveria; Mariano Becerra, José Belver, ambos institutores
reputados, y el mismo señor Caicedo Rojas, quien no alcanzaba
entonces a contar catorce años de edad.
Y el mismo autor citado nos hace saber que en 1834 representaron
con igual carácter el conocido médico doctor Pedro Vera, don
Venancio Ortiz, el doctor Angel María Céspedes y Juan
Hinestrosa.
Los monólogos representables, a veces con algún coro y música,
estuvieron en moda en los primeros años del siglo.
Aún se conservan en los empolvados estantes de algunos pocos
aficionados La Virgen del Sol, o la Sacerdotisa Peruana, por Juan
Francisco Ortiz, y el monólogo de Lucio, por F. F. R. (No hemos
podido indagar a quién correspondan estas iniciales). Escrito en
1821 y dado a luz en 1826. Imprenta de Salazar, por Fernando
Patria, calle de San Felipe, 1826, 19 páginas.
La Virgen del Sol comienza con un coro, música de Valentín
Franco, y la escena se supone a las orillas de un río, cerca del
templo del Cuzco; impresa por don José A. Cualla, en Bogotá, en
1830. El coro a que aludimos comienza así:
Aligera tu paso
Virgen del sol hermosa
Y en esta selva umbrosa
Desplega tu dolor.
Se avecina al ocaso El sol puro, brillante,
Y Mayobé tu amante,
Llegará con ardor.
Esta es la hora querida, En que la sombra oscura,
Protege la ternura
De un puro corazón.
Al placer te convida
La calma silenciosa.
El mundo ya reposa
En su tribulación.
El cruel terrible brazo
Del Dios del mar airado
Sin duda ha reposado
Y reina aquí el amor.
Don Juan Francisco Ortiz, quien más tarde debía figurar como
satírico escritor de costumbres, escribió también y publicó, en
1831, una escena trágica representable, titulada Córdoba.
En una nota de ese opúsculo el autor dice: "Amé al General
Bolívar en tanto que su espada defendió los derechos del pueblo:
pero cuando, investido de facultades omnímodas, tomó por rumbo su
capricho; cuando, arrojando la cívica corona, se quiso transformar
en monarca; cuando, apoyado en su soldadesca, holló los fueros
comunales; cuando la República alzó la voz manifestando sus
fundados temores: Bolívar no fue para mí lo que antes era".
El mismo escritor publicó en Bogotá (Imprenta del Gobierno, por
J. A. Cualla, año 1831) un folleto de 16 páginas, contentivo de las
siguientes composiciones en verso: La Corona de Humo, La Revolución
de Roma en 1831, Epístola, al señor Lorenzo María Lleras; A los
soldados que perecieron en la jornada del 27 de agosto de 1830, y
dos epitafios, a la memoria de José María Córdoba y Pedro Celestino
Azuero. Son poesías de tono vehemente; brote de exaltación
patriótica en apoyo de la libertad. Allí apellida a Bolívar "atroz
tirano", y en las notas explicativas del texto excusa, si no es que
justifica, la conspiración del 25 de septiembre.
La tragedia Zulma, escrita por José Joaquín Ortiz Rojas, hermano
de don Juan Francisco, y representada en Bogotá en la casa de un
amigo del autor, la noche del 9 de junio de 1833, es una ficción
poética sobre los sacrificios que los historiadores antiguos
cuentan que hacían los indios de sangre humana. Acostumbraban estos
depositar en un santuario un mancebo de años, llamado Moja, hasta
que cumplía los diez y seis, entonces lo sacaban para ofrendarlo a
los Dioses, siempre que no hubiese tenido contacto con mujer
alguna, porque en ese caso lo lanzaban del templo, como infame,
pero quedaba libre de muerte por entonces. El autor dedicó este
ensayo de su pluma en el género dramático, a su hermano:
"injusticia sería, y vil ingratitud, dice, no dedicarte, querido
hermano mío, la presente tragedia; a ti, que con tantos títulos la
reclamas, pues has sido para mí maestro, hermano y amigo. Bien
fácil me sería poner al frente de ella los nombres pomposos de los
vice-gerentes de nuestros pueblos, e inundar con una mano nada
republicana las aras del poder; pero la naturaleza, la sangre, el
amor y mis sentimientos me mandan otra cosa. Las sangres,
adormecidas en la molicie, no miraría con buen ojo este presente.
Nos faltan Mecenas que, como en la antigua Roma, den lustre y
esplendor a las letras; y por eso nuestro país no produce genios
como el de Horacio y como el del suavísimo Mantuano. Las musas
callan entre nosotros, porque la ignorancia y el fanatismo las
persiguen; porque el poder las des precia; y los pocos hombres que
las aman las adoran en silencio; porque temen exponerse a la befa
de un pueblo bárbaro que no conoce sus encantos, y que marcha
porque así lo dispuso la naturaleza, como crecen los árboles en los
desiertos, y como vagan las fieras en los montes.
Por esto es a tí, hermano mío, a quien dedico la presente
tragedia. Recibe, pues, a Zulma, ceñida con su guirnalda de flores
silvestres; y al leerla, piensa que su autor, cuando trazaba
algunos de sus cuadros, se acordaba de tus infortunios". Esta
dedicatoria está fechada el 19 de noviembre de 1832.
En el mismo año en que Ortiz, el connotado apologista del
catolicismo, veía ejecutar su tragedia, se representó en el Coliseo
una obra compuesta por Francisco Torres, con asunto tomado de la
novela de Florián, y titulada Gonzalo de Córdoba.
El periódico El Neo-granadino, se expresó así, en su número 3,
del 1 de diciembre de 1833:
"Tuvimos la satisfacción de ver representar el domingo pa sado,
la hermosa tragedia de Gonzalo de Córdoba, compuesta por un joven
compatriota, que ciertamente halaga nuestra esperanza, y promete a
esta querida patria el deseado reemplazo del ilustre e infortunado
Vargas Tejada: nada diremos del juicio so enlace de pensamientos
que forman la fisonomía de esta nueva tragedia, porque carecemos de
las nociones suficientes que suelen prestar pábulo a la vanidad de
los censores. Si la representación hubiera sido hecha en un teatro
iluminado con más decoro, y no con aquellas insufribles y
pestilenciales luces, ella había llenado con mayor satisfacción los
deseos del respetable público, que hizo con gusto el sacrificio del
olfato a los hechizos de la composición lírica, y de la bella
ejecución de la compañía de jóvenes aficionados al arte dramático.
Rogamos, pues, al señor Juan Granados, empresario del teatro, que
en lo sucesivo el alumbrado sea más decente, es decir, con esperma,
que está muy barata, y la numerosa concurrencia deja lo bastante
para este pequeño gasto, y que por Dios no nos vuelva a aletargar
con el olor tan desagradable que expelían sus inaguantables
candiles".
El mismo Torres, a quien familiarmente llamaban sus amigos el
verdadero Pacho Torres, para distinguirlo de otro del mismo nombre
y apellido, firmó luego Francisco de Paula Torres.
Sabemos que hizo una segunda tentativa dramática con asunto de
interés histórico, El Conde Don Julián, que suponemos se
representó, pero que, lo mismo que la tragedia, quedó inédita.