JUAN DE CASTELLANOS
Es, incontestablemente, autor laborioso y de mérito sin gular,
según la época en que apareció, Juan de Castellanos, cura español,
que escribió en verso las Elegías de varones ilustres de Indias, y
que también corrió aventuras de capa y espada, moda y ejemplo de
los varones de aquel tiempo. Las Elegías ha sido un libro
frecuentemente citado y comentado por escritores nuestros y de
ultramar.
Cuando Castellanos comenzó a escribir, se encontraba ya en el
ocaso de la vida, y sus palabras resuenan con melancólico e
Intencionado acento:
A cantos elegiacos levanto
Con débiles acentos voz anciana,
Bien como blanco cisne que con canto
Su muerte solemniza ya cercana.
La Historia del Nuevo Reino de Granada, escrita en verso por
Juan de Castellanos, se publicó en Madrid en 1886.
Los religiosos agustinos y dominicanos de esta ciudad y de la de
Cartagena fueron los primeros que, como casi únicos depositarios
del saber de entonces, acometieron, en la tranquila soledad del
claustro, la empresa de escribir en letra pastrana, las hazañas de
los conquistadores y sus encuentros con los indios el comento y
relato de los sucesos de la vida civil de la colon obras que han
desaparecido en su mayor parte. Algunas deben encontrarse en los
archivos de España.
El Padre Pedro Simón, luego Obispo, Juan Rodríguez Fresle,
Alonso Garzón de Tahuste, Lucas Fernández de Piedrahita Juan Flórez
de Ocariz y Alonso Zamora, son los más antiguos y conocidos de
nuestros historiadores.
La obra del Padre Simón lleva el título de Noticias historiales
de la Conquista de Tierra firme en las Indias Occidentales.
Imprimiose la primera parte en Cuenca en 1627. En Bogotá hizo, no
hace mucho tiempo, la edición completa. Consta de muy grandes tomos
y contiene muy curiosas noticias reunidas en diligente celo. Es de
lamentarse que la copia que sirvió para pon la obra en tipos de
imprenta no hubiese sido tomada con el e mero y debida
confrontación que requería un trabajo de e naturaleza. Inconducente
nos parece censurar aquí el estilo manera literaria del autor;
haremos notar de paso que los largo períodos de su prosa son
lectura fatigosa. El grande acopio hechos históricos reunidos en
esas páginas es un tanto extraño si se quiere inútil a los que
desee ilustrar su criterio filosófico con el conocimiento de los
orígenes y grado de cultura de nación chibcha. Las reyertas
interminables de los conquistador con los indios, los actos de
arrojo y de encendido coraje en un y en otros, son más el fruto de
las costumbres guerreras de aquel siglo, que muestra del valor
heroico que exige la lucha por libertad y la creencia o aspiración
a buscar grandes ideales. 1nclinámonos a creer que esas crónicas,
publicadas siempre con asentimiento de la autoridad, y escritas de
ordinario bajo ojo vigilante de los superiores del claustro, no se
hallan de i todo conformes con la verdad, porque en ellas más se
atendió perpetuar lo que se concedía al arrojo, tenacidad y orgullo
del buen nombre español, que a transmitir noticias exactas del
origen, modo y cultura de un pueblo que, juzgándolo hoy por sus
descendientes, era de generosos instintos, de índole afable,
propenso a la hidalguía, indiferente al peligro y al dolor, hasta
llegar a ser estático, y a quien como condiciones negativas o
dañosas se le pueden enrostrar su propensión constante a la
borrachera, al prurito de mentir y el carácter tenaz, ingénito de
su raza.
Después de todo, quién podrá desconocer que los descendientes de
los moros reclinaron con amoroso empeño su varonil cabeza en el
regazo de las tímidas pero confiadas indias, tan susceptibles al
halago como caprichosas y porfiadas en el objeto de su amor?
Inclinación natural que no debió ser factor pequeño en la total
tarea de colonización o sujeción de las tierras neogranadinas que,
en todo tiempo, fue la mujer cebo a las ambiciones y lazo
escurridizo en que el hombre, a modo de la oveja cuando la
esquilan, suele dejar cuanto lleva.
El trato que los indios daban a sus mujeres, un tanto agrio y
áspero, rasgo predominante en ellos, que aun se conserva, tuvo que
formar contraste con la franqueza desdeñosa pero obligante de los
españoles, a más de los atractivos o inclinaciones de razas, que
suelen imponerse como leyes naturales para la más acertada
reproducción de la especie humana. Ya sabemos que la mujer siempre
se ha valido de los irresistibles encantos femeniles para lograr
por medio de ellos calmar las desgracias de sus allegados, trabajar
en favor de la paz o de ideas religiosas, y no hemos de imaginarnos
que las indias, por muy toscas que se las suponga, anduviesen lejos
de este pensamiento al dar pábulo a las pasiones sin valla de los
españoles, que así ocasión se les presentaba para tratar de calmar
la dureza y maltrato que sufrían muchos de sus hermanos por virtud
de la conquista.
Lo cierto es que la mayoría de los españoles que arribaron a
América cobraron afición al suelo, y muy raro tomó definitiva mente
a España.
Es de este lugar el anotar que el historiador Piedrahita afirma
que ninguno se casó con india, aun cuando, dice había e el reino
tantas mujeres nobles, hijas y hermanas de reyes, caciques y
zaques.
En los años que siguieron a la fundación de Bogotá, en que
pudiera llamarse la adolescencia de la capital chibcha española,
los rasgos peculiares de las costumbres, producto del clima de
antiguas tradiciones y de la propaganda de los religiosos que
acudieron a difundir el evangelio con sus prédicas, forman
necesariamente un aspecto que arroja alguna luz en el estudio de la
vida de estos pueblos.