CAUSAS Y ORIGENES DE LA CULTURA COLOMBIANA
¿Cuáles son las causas que han influido más señaladamente en la
formación del gusto, y han contribuido a despertar en los
colombianos el sentimiento de su propio adelanto intelectual?
Ante todo debe saberse que los países de América, por lejanos
que estuviesen de Europa, hubieron de participar de la corriente
impulsiva que en el Viejo Mundo se marcó desde fines del siglo
pasado. Si hasta entonces dormíamos el tranquilo sueño del más
absoluto indiferentismo político y social, despertáronse de pronto
las emulaciones y los deseos y se inició la obra del
engrandecimiento propio. Este sentimiento es el que movió, del modo
más imperioso, los brazos que acudieron a luchar por la
independencia. Por eso tiene tanto de grande y de noble ese
período, que, en mayor o menor escala, se presenta idéntico en sus
orígenes y desarrollo, en las tres naciones que formaron la antigua
Colombia. A este correspondía muy bien la elocución nerviosa y
fácil del Libertador. No vacilamos en conceder valor extraordinario
a la elocuencia del caudillo de la revolución, por que era tan
espontánea y natural en él esa condición, como son las flores y las
frutas en épocas de primavera.
En el grande hombre no había nada superficial, ni afectado. El
solo resumía las aspiraciones de los pueblos y sabía ser su más
gallardo intérprete.
El estudio de los idiomas francés e inglés se generalizó desde
1820; los viajes que la guerra dio ocasión de hacer a muchos
hombres que figuraban, les mostraron nuevos y variados horizontes,
y justo es confesar que los gobiernos se han preocupado desde
entonces, en la esfera de su acción, por la importancia que tenía
el adelanto intelectual, como base de una futura existencia social
legítima y verdadera.
Desde la presidencia del general Santander, en adelante, la
preponderancia que se concedió al saber y a la común ilustración
fue tal, que los colegios de San Bartolomé y el Rosario, de Bogotá,
adquirieron una nombradía grande y se les consideraba como
obligados centros de donde salía la luz y donde se formaban los
legisladores del pueblo
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Luego de la guerra de independencia, Venezuela comenzó a influír
de manera notoria en el desarrollo intelectual de la Nueva Granada,
por medio de sus libros y periódicos, que nos traían la última nota
de la literatura extranjera, y por lo mismo, se difundían entre los
amigos de la lectura. Pero particular mente en un período de diez
años, de 1845 a 1855, se extendió: más influjo, porque ya para
entonces las producciones venezolanas, originales o traducidas,
habían alcanzado mayor grado de perfección y buen gusto literario,
que las hacía muy recomendables.
¿En Bogotá quién no ha podido considerar que es el clima frío el
elemento que de modo absoluto predispone a la quietud y a la
meditación? Favorecido el organismo por el medio físico, halla el
entendimiento más expedita la vía de sus lucubraciones, y vienen a
ser factores indispensables de la vida el estudio y la reducción
intelectual.
Estas causas, de antaño conocidas, han conservado el amor a la
lectura, no entrando por poco entonces, como ahora, la aleja de
bullicios mundanos en que casi siempre ha vivido la capital. De
ordinario ha sido el culto católico el que, con sus procesiones y
continuadas fiestas de iglesia, ha dado ocupación a la mente común
de las gentes.
Desde que como actos trascendentales se iniciaron entre nosotros
las luchas periódicas para elegir presidente de la república, esa
controversia ha despertado los mal dormidos ánimos, dando notorio
impulso al periodismo político, pero también sir viendo al total
desarrollo de la forma literaria.
No obstante que nunca se ha extinguido el amor de los bogotanos
por las letras, ni ha dejado de ser una de sus más vivas
aspiraciones, la de darse a conocer del mundo civilizado por
medio de la prensa, ha habido épocas no cortas de paralización
enervante, como otras se han señalado por la abundancia y
espontaneidad de publicaciones fijando así períodos muy marcados en
la historia de la vida intelectual colombiana.
Bien se comprende que en sociedades incipientes, en las que el
número de gentes ilustradas no es muy extenso, surge como natural
consecuencia de emulación el pretender distinguirse cada cual por
los rasgos de su fácil ingenio o por la mayor penetración y
agudeza- de su talento. Este móvil de amor propio ha sido en las
naciones latinas de la América del Sur el principal resorte que ha
movido y dado impulso a las letras. Ya hemos repetido varias veces
en el curso de este escrito que el primer grupo de escritores nos
lo ofrece la publicación que dirigió Caldas con el título de El
Semanario. Aquellos literatos pretendieron siempre exhibirse
formados en los moldes del clasicismo; invadieron por primera vez
con seriedad y éxito el campo de las ciencias físicas, cultivando
in pectore el amor a la política, en cuyas teorías y problemas
habían de ensayarse después con tanto ardor.
Pero antes de la independencia debemos reconocer que la vida del
colono era la del individuo que carece de responsabilidades. Los
santafereños han visto correr los días, los meses y los años,
ligados a sus antiguas prácticas, olvidados del día de mañana,
quizá dichosos con su género de vida, exenta de afanes, adaptándola
a los placeres que la naturaleza distribuye de modo sabio a todos.
Tal vez si algún deseo les acometía de apartarse de la rutina era
cuando más el de alejarse a la costa en el romántico champán para
ir hasta las Antillas, o a los Estados Unidos en busca de
mercancías. Y cuántos no renunciarían a lo que bien podía
calificarse de viaje peligroso, encerrándose en las paredes de su
casa, de la real ciudad, en donde se veían libres del calor
sofocante y horrible de la costa y sin ser acometidos por las nubes
de insectos que pueblan aquellas ardientes comarcas.
Por eso cuando la insurrección comenzó a oír sus estentóreas
voces, los que estaban apegados al trajín diario no consideraron el
movimiento sino como un golpe de adversa fortuna que destruía su
sistema de vida. Hubieron al fin de seguir esa avalancha
incontenible porque la conducta de los contendientes les obligó a
buscar en el cambio la cesación del mal de la guerra.
¡Cuánto no ha de sorprendernos la conformidad y relativa
condición humilde de aquellas gentes, si fijamos nuestras mira das
en el día de hoy, en que todo ha descendido del nivel antiguo!
Ahora se trata de apurar la copa del saber a solas; el mal humor
y el egoísmo presiden nuestros actos; la altanería es moneda
corriente, que se cotiza a alto precio en casi todos los círculos
sociales, y agotados los veneros del estudio de la moral, ninguno
se paga ya de los preceptos de esta en la práctica, estimándolos de
uso corriente cuando se escribe para el público o se trata de
aplicarlos teóricamente a alguna clase de la sociedad como con
naturalizada con ellos. Pero el abandono y condición desdichada en
que se encuentran los seres infelices de la calle, es decir, los
pobres, bien claro nos está diciendo que nada se ha hecho por
ellos, las sociedades, la caridad oficial, pueden haber atajado el
hambre muchas veces, pero no han medido todo el horizonte de
infelicidad moral en que se agitan esos seres.
El ensayo de teorías políticas, la apasionada vehemencia con que
muchas de ellas se han implantado, después de discusiones ardientes
por medio de la prensa, ponen en evidencia los gérmenes muy
visibles de malestar social que se habían hecho sentir desde antes
de 1810. La aureola de mundano esplendor y las poco menos que
ilimitadas fronteras con que la iglesia y las leyes permitían a la
autoridad ejercer su influencia, aumentaron el prestigio de la
realeza, y dieron nacimiento al orgullo aristocrático que, al andar
del tiempo, hirió a mucha parte del clero, que luego se sintió
llevado a ayudar con sus pérdidas, a encender el espíritu de
libertad. La preponderancia que se concedió a este sentimiento lo
invadió todo, de tal suerte, que es sin duda el amor de la libertad
lo que mayor impulso pudo dar a las letras durante la época
colonial y lo que movió después más activamente y con mayor
lucimiento las plumas de nuestros escritores hasta 1840,
señaladamente; pero escrita esta fecha caemos en la cuenta que más
propiamente debe decirse hasta 1860.
Porque no hay que confundir el influjo que el romanticismo y su
época produjeron en América con el impulso político vivísimo que de
antaño nos llevaban a engrandecer el ánimo por medio de la lucha
contra toda manifestación de cruel imposición. El romanticismo de
Zorrilla, de Byron y Espronceda, y aún si se pretende el de Jacobo
Bermúdez de Castro, invadió las altas cimas de los Andes cuando ya
el espíritu de libertad prevalecía en los corazones como el polen
fecundante de vida inmortal. Aquello vino, pues, a servir como de
polvillo dorado para las flores silvestres de lozana exuberancia.
El que registre con perseverancia todas las publicaciones nuestras,
hallará comprobadas es tas palabras. Especialmente el teatro se
sostuvo a despecho de todo, porque era una especie de templo
profano, en donde resonaban en las tragedias acentos de amor a la
libertad que la multitud oía con delectación sublime, encarnando en
esas imágenes que herían su fantasía, sus más fieles aspiraciones
sociales y políticas.
Ese entusiasmo, que para muchos tenía que ser irreflexivo,
produjo desbordes de carácter político. Solo así se comprende y
pueden fijarse mejor los ataques que sufrió el Libertador de los
mismos pueblos que él había levantado de la postración más
humillante.
Y Bolívar había sido para los pueblos emblema de libertad, como
lo fue de épica inspiración. Tan extraordinario fue su in flujo y
el valor solo de su nombre, en los primeros años de lucha por
establecer un gobierno propio que ya de ello hoy no se puede ni dar
idea a las generaciones presentes, las que, aleccionadas en la
escuela del egoísmo, pesan todos los actos en la balanza del ciego
interés personal. Pero silos oídos del público han de permanecer
cerrados a la popularidad de aquel genio, capaces si son de
apreciar el encono y malquerencia con que luego se pretendía borrar
hasta el nombre mismo de Bolívar de la memoria de los
cundinamarqueses.
Mucho se escribió en loor del heroico caudillo y mucho también
en contra suya.
En Bogotá se publicó en 1827 el periódico político El Registro,
el cual, pretendiendo contrariar la extraordinaria influencia y
predominio del Libertador, le hacía guerra sin cuartel. Júzguese
por la siguiente muestra en verso tomada de aquellas páginas
Juntos los corazones y las manos,
Al Dios eterno hacemos juramento,
Por el mar, y por la tierra y firmamento,
Como aquellos héroes espartanos,
En Colombia jamás habrá tiranos;
Ni admitiremos nunca sus cadenas,
Mientras el Océano produzca arenas;
Mientras las plantas alimente el suelo,
Mientras los astros giren por el cielo,
Mientras circule sangre en nuestras venas.
Julio Arboleda, el famoso caudillo, era hijo de la altiva y
orgullosa Popayán, en donde la atmósfera eléctrica que circunda el
ancho y verde valle que sirve de asiento a esa ciudad, cuna de
insignes varones, es fama que torna los caracteres belicosos.
Arboleda era un espíritu cuya educación y temperamento estaban
modelados en la forma de vida guerrera de los próceres; impetuoso,
ajeno a toda extraña influencia, sus cantos son gritos de varonil
independencia que corresponden muy bien con la índole genuina de
nuestras primeras manifestaciones literarias. El poeta guerrero
publicó en su ciudad natal, en la imprenta de la Universidad, el
año de 1851, una arenga en verso dirigida al Congreso Granadino,
que rompe así:
Doquiera se reunen mis nobles compatriotas,
Doquiera bulle el genio ardiente de Granada,
La libertad germina, la libertad amada,
Que en mil combates fieros supimos conquistar.
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En el año de 1824 publicó el doctor
José María Botero una hoja suelta con el título de "Liceo",
excitando a los granadinos a que educasen a la juventud para que
los extranjeros no nos juzgasen iguales a los araucanos y
congos.
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