EL DOCTOR FERNANDEZ SAAVEDRA Y LA ORATORIA SAGRADA
No hay necesidad de recordar al lector cuánta debió de ser la
influencia de la oratoria sagrada en la época colonial y en los
primeros años de vida independiente. Considérese que ella era
bálsamo de las penas y medio de relativa ilustración de las gen s.
Incalculable influencia tenían que ejercer, con sus prédicas,
sacerdotes a estilo del doctor Manuel Fernández Saavedra. Este
disfrutó, desde los primeros tiempos de su ordenación sacerdotal,
una nombradía justísima por su lógico y perspicuo talento, su
ortodoxia y por las dotes de orador sagrado, brillando entre ellas,
de modo excepcional, su voz, llena, magnífica, de sonoro timbre,
que, todos se complacían en repetir, retumbaba bajo las arcadas del
templo. Aquel sacerdote eximio, quien se le han motejado errores,
errores que quedan exculpados con su ardiente y fogosa imaginación,
con su carácter impetuoso de tribuno, y con la suma de labor
evangélica ejercida con alta elevación de ideas, era hombre de
fuerte organización, rostro blanco, de tipo griego, en que la nariz
sobresalía de modo notable, imprimiendo sello especial a la
fisonomía. Su mirada severa y fija y su acción desembarazada,
enérgica precisa.
Nacido a la vida republicana, compréndese que quiso ser a modo
de adalid del pueblo, que trataba de hermanar las con quistas del
derecho con las creencias católicas. Opúsose, de los primeros, a la
propaganda protestante de algunos norteamericanos. En defensa de la
Biblia escribió desde abril de 1825, un folleto que se publicó el
año siguiente en Bogotá con el título de El Cura y Vicario de
Facatativá a su feligresado.
El doctor Saavedra fue desde entonces, y por largo tiempo
eclesiástico que reflejaba en el púlpito las palpitaciones íntima
de la sociedad; llevaba la voz de la mayoría y sabía aprovecha en
bien de sus propias creencias los momentos felices en que una sabia
y oportuna dirección mueve con secreto impulso a las
multitudes.
Es lástima que no se hayan conservado impresos todos, o siquiera
la mayor parte de sus sermones, puesto que ellos nos darían motivo
para apreciar lo que llegó a ser, como orador sagrado, émulo de
eminencias, aun extranjeras. En gracia de la brevedad, solo
recordaremos aquí la oración que pronunció el día 7 de agosto de
1820, aniversario de la batalla de Boyacá. Pieza conceptuosa,
expresiva; con bellas imágenes; entusiastas por la libertad de los
pueblos, y en la que se exhiben, con rasgos inolvidables, los
campos memorables de Vargas y de Boyacá dejando apreciar la figura
heroica del Libertador, ensalzada con entonaciones vehementes, pero
sin herir ni ofender la susceptibilidad de los hijos de España.
Mejor que nuestras palabras encontrará el lector leer algo del
orador:
"Al fin se ha desplomado el trono de la tiranía, el ángel de i
la victoria ha aparecido entre nosotros; nuestros enemigos se han
disipado como el humo, y la libertad, esa hija del cielo, ha
descendido otra vez sobre el ameno suelo de Colombia! Gran Dios! Es
una dulce ilusión la que me enajena o es efectivamente la posesión
de mi libertad, la que me arrebata? Es verdad que llegó por fin el
día de nuestra regeneración y existencia, de esta
vida fluctuante parecida a un ligero soplo o a un fenómeno
extraño? Dios de bondad! Si los cielos publican vuestra gloria, la
obra de nuestra regeneración es, yo no dudo en decirlo, la obra de
vuestras manos.
"Pueblos oprimidos bajo el cetro de yerro de los bárbaros hijos
de Iberia, levantad vuestras cervices humilladas; la diestra
benéfica del Señor se ha extendido ya sobre vosotros, y su gloria
ha aparecido con la misma majestad que sobre los montes de
Farán.
En esta como en muchas otras oraciones sagradas del doctor
Saavedra, aparecen de realce la fluidez del compositor, su estilo
majestuoso, enseñoreado con la tribuna y el corte preciso de la
frase, fácil de retenerse y convincente por su mismo laconismo.
Hasta 1830, poco más o menos, parece como que hubieran marchado
en línea paralela la Iglesia y el Estado. De modo que si la
oratoria sagrada nos ofrece ejemplares que aplauden la separación
violenta de la Península, otros hay que obraron en sentido
contrario cuando llegaba el momento de conformarse con el sistema
de mando de los españoles. Quizá los eclesiásticos que no se
sentían tranquilos bajo el régimen de la República, eran
peninsulares, y así se explicará la vehemencia de algunos. Puede
servir de ejemplo de los últimos D. Nicolás de Valenzuela y Moya,
quien hallándose el año de 1816 en Neiva, pronunció en la iglesia
parroquial una Oración jaculatoria y parenética ante el Consejo de
Guerra del Ejército expedicionario, en acción de gracias por el
feliz éxito de las armas reales en la tarea de reconquista de estas
tierras.
El exordio rompe en los siguientes términos:
"Desde las heladas regiones del Septentrión hasta los bárbaros
confines del Austro sea ensalzada la misericordia de Dios El
Oriente clame, en el ocaso resuene el eco de las piedades del
Altísimo. Su favorable diestra se extendió ya sobre nosotros con
más bondad que cuando se apareció por el monte Farán, y deslumbró a
los mismos cielos con los rayos de su gloria".
Este sermón vio la luz en Bogotá en la imprenta de Gobierno, el
año de 1817, y, en una de las notas con que lo adicionan para su
publicación, el autor decía:
"La mayor parte de la plebe de este Reino, lejos de merecer
jamás la nota de insurgente en la revolución pasada, ha contraído
un mérito nada común. Todos hemos visto en los campos correr hasta
las montañas más horribles de Teguas, Miraflores, Caracolizal y
otras, numerosas tropas de mozos que escogía más bien el
aventurarse a la suerte más infeliz, que tomar las armas contra el
Soberano en cuyo gobierno habían vivido en la más dulce paz,
abundancia, libertad y franqueza... No menos es de elogiar la
fidelidad de los indios de Ráquira y Duitama, fueron cubiertos de
prisiones antes de faltar al vasallaje debido al Rey, ni reconocer
la independencia".