EL PRESBITERO MATALLANA Y LA "VIRGEN DE LA PEÑA"
Volviendo la vista atrás, hay una ocupación inocente que sugiere
al ánimo consideraciones provechosas. El simple hojeo de las
publicaciones de otra época despierta reflexiones de índole social
y filosófica.
Lo primero que se busca es la buena fe, la sinceridad y la dosis
de verdad que a sus obras supiesen comunicar escritores antiguos ya
olvidados. El dichoso aforismo de "otros tiempos, otras
costumbres", aparece comprobado en las producciones de la
inteligencia. Que Bogotá ha sido en toda época ciudad muy apegada a
sus creencias, se echa de ver en el alto aprecio que se concedió
siempre a la oratoria sagrada. Al arrimo de las contemplaciones
místicas de las funciones religiosas han nacido constantes muestras
de fervor en los fieles.
El año de 1815 se publicó el libro Historia metódica y
compendiosa del origen, aparición y obras milagrosas de las
imágenes de Jesús, María y José de la Peña publicada por el
Presbítero Capellán de dicha ermita, D. Juan Agustín Matallana.
Impónganse el lector en el principio y origen de tan curioso
relato.
"El día 25 de enero de 1717 se hallaba en la casa hospeden de
la Peña el Dr. D. Dionisio Pérez, Capellán; el D. Baltazar L Mesa,
y otros, que oyendo, estaba en la capilla Bernardino de León,
deseosos de saber cuando cómo habían encontrado aquellas sagradas
imágenes, le llamaron, y preguntaron, contestó con el candor de un
hombre pobre y virtuoso: que por el año de 1685, tenía el vicio de
recorrer los montes, subir a las serranías, penetrar las
profundidades, y registrar los campos con el fin de si la fortuna
le daba algún tesoro con que salir de su miseria: con este motivo
se sintió varias veces impelido, con muy vehementes impulsos que a
ratos le parecían extraordinarios, de hacer viaje a las serranías
inmediatas, y aunque lo estuvo desechando por algunos días, por fin
se resolvió a ejecutarlo, y para ello madrugó, y salió de su morada
bien de mañana, pasó a la iglesia de Santo Domingo a oír misa el
día de San Lorenzo, viernes 10 de agosto del dicho 1685, y luego
que se concluyó el Santo Sacrificio salió de la iglesia, entró a
una tienda de pulquería y tomó' fiado un poco de pan y de
alfandoque que le sirviese de fiambre en su camino, que tomó, y
dirigió hacia los cerros más altos y pendientes, y menos trajinados
que se hallan más adelante de los de Guadalupe al lado de Fucha,
fronteros al barrio de Santa Bárbara, y Convento de San Agustín
hacia el Sur de esta ciudad de Santafé; aunque varias veces quiso
volverse por lo lejos, trabajoso del camino, empinado de los cerros
y elevado de las peñas, condescendiendo con la suave violencia que
lo impelía y sosteniendo firme su primera resolución, por fin cobró
ánimo y fuel subiendo hasta que llegó al pináculo de uno de los
cerros, desde donde, extendiendo la vista por los otros cerros
inmediatos, alcanzó a ver en el sitio o picacho del otro cerro más
cercano donde estaba la punta de la peña, un resplandor muy grande,
extraordinario, que no era de la luz natural del día, y en medio de
él, en la piedra o picacho de la peña unas efigies, o imágenes
semejantes o parecidas a Jesús María y José".
"En vista de tan extraña novedad, se esforzó y determinó ir a
registrar los que veía ibo et videbo visionem hanc magnani, y
acelerando el paso trepó cerro arriba hasta llegar al sitio de la y
hallándose burlado nada halló de lo que había visto, sino solas las
peñas, o piedras escabrosas y peladas entre los matorrales, como
todas las demás. Con los ardores del sol, lo dificultoso para subir
a los cerros, la agitación del camino, y con el dulce que ya había
comido, se hallaba muy apretado de la sed, y desengañado de lo que
había visto era nada; mirándole como cosa de muy poco momento y de
ningún aprecio, trató de retirarse y bajando, o volviéndose por una
de las faldas de la peña, a poco trecho de haber andado encontró en
un lugar muy angosto y pendiente una piedra redonda como pilita
llena de agua muy clara y cristalina, fue naturalmente provocativa
a beber de ella. Con tan afortunado encuentro, a muy corta
distancia del pináculo, se alegró, se inclinó, y bebió la que fue
bastante para saciar la sed. Luego que se refrescó entró en nuevos
deseos de volver a registrar lo que le parecía había visto; y,
tomando la misma senda, subió otra vez al lugar de las peñas, y
hallándose ya inmediato, fijó la vista, y entonces vio clara y
distintamente las efigies, o imágenes delineadas en todo el ámbito
de la piedra a Nuestra Señora, con el Niño en el brazo izquierdo,
junto al patriarca Señor San José, con una como especie de fruta en
la mano, que se descubría dándola al niño, y al lado derecho un
ángel con una custodia en las manos, todos en pie, y por el rededor
las figuras de otros ángeles, querubines y serafines, todos en
línea, pero de modo que se distinguían bien los cuerpos o
figuras".
"El cerro en que se dejaron ver las efigies de la Peña es de los
elevados que rodean la ciudad de Santafé de Bogotá, hacia el lado
sur, según la situación de la capital, lindante por detrás con los
que antiguamente llamaron del Alberón, por la cabecera con las
serranías de Fucha y los Lachese, y por otro lado con los de
Nuestra Señora de Guadalupe; de temperamento paramoso y frío,
airoso y destemplado, se divide en cuatro partes, y toda de muy
elevada estatura, son el origen y quedan en medio las dos
vertientes que forman las dos quebradas de Manzanares y la Peña,
que, unidas en la falda, componen la quebrada o río que baja por
Belén y San Agustín, y sirve de linderos al Barrio de Santa
Bárbara".
El descubridor de las efigies bajó a regar en la ciudad la
noticia de su hallazgo, comenzando por los Padres Jesuitas de San
Ignacio, quienes en breve hicieron una excursión a aquellos
solitarios parajes y ayudaron a despertar en el público la
devoción a Nuestra Señora de la Peña.
Levantada que fue la capilla en el sitio de la aparición de las
imágenes, era un edificio pequeño de teja y bahareque, aun que con
cimientos de calicanto. Pero el camino que hacia conducía, era por
todo extremo dificultoso para que los devotos ascendiesen hasta
ella. Esta circunstancia, y la de haberse al suelo la ermita en
1714, hizo que el doctor Dionisio E entonces Capellán, la
reedificase con paredes de calicanto, y ya cubierta de teja,
siguiendo en un todo las instrucciones de su antecesor el Dr. O.
Francisco García de Villanueva, patrón, tesorero y capellán
primero, quien, según declaró en su testamento en la cláusula 5
hecho ante Francisco Pérez del Baco, 26 de agosto 1710, legó ya
todo listo lo necesario para la nueva edificación: material de
piedra, ladrillo y madera, todo costead de su peculio y de algunas
limosnas de los fieles, que alcanzaban a la suma de mil setecientos
sesenta y siete pesos, cinco reales.
La obra nueva la dirigió el maestro albañil Dionisio Peña, y se
concluyó la construcción el miércoles 4 de diciembre de 1715, el
día de Santa Bárbara. Se estrenó el día 16 del mismo
mes y año.
"Pero el viernes 8 de mayo de 1716, a las dos de la tarde, sin
causa aparente, se derrumbó desde los cimientos, y la mayor parte
del material se fue cerro abajo.
Se volvió entonces a levantar provisionalmente una capilla de
paja. La nueva iglesia o capilla se concluyó el jueves 12 de
febrero de 1722, ya definitivamente en el sitio en donde hoy se
levanta.
Consignaremos algunos de los milagros que se le atribuyen a
imágenes, tomándolos del libro publicado por el Presbítero Juan
Matallana:
"Subía un día el Capellán Dr. D. Dionisio Pérez a cumplir
deberes en la ermita de arriba, y llegando a un paso muy y
peligroso, fatigado el caballo en que iba, no podía arribar, y
comenzó a. temblar: entonces el capellán no pudiendo r el peligro,
se apeó por el lado de lo alto, y al instante se despeñó el
caballo, y el Presbítero asustado, subió a dar las tracias a
Nuestra Señora".
"Alfonso Díaz, hijo de Feliciana Cotrina, con motivo de una edad
de sarampión se tulló de pies y manos, de modo que nada se podía
valer. Con las noticias que corrían de los favores de Nuestra
Señora de la Peña, resolvieron los interesa dos ir a verla tres
días, para lo cual lo llevaron en una pequeña barbacoa; luego que
llegaron sin detenerse a otra casa, se presentaron y pusieron al
pie de la Virgen Santísima. Pasado un rato se salieron todos los
circunstantes y volviendo como después de una hora, no hallaron al
niño en la barbacoa, porque ya estaba sano y levantado cogiendo los
rejos de las campanas para repicar alegre y contento; por lo que
dieron gracias los tres días a Nuestra Señora.
"Llevaba mucho tiempo de padecer rigurosos dolores de estómago
una mujer cuyo nombre no hallé; y no bastando los arbitrios
humanos, se encomendó muy de veras a Nuestra Señora de la Peña, y
al momento, aunque con agonías de arrojó por la boca una culebra
gruesa y larga, como de un poco menos de vara, con lo que logró
sanidad, y fue a dar las gracias a Nuestra Señora, y en su memoria
pusieron una figura de culebra en la capilla".
"Doña Teresa Mur Soldevilla, vecina de las Nieves, fue a caballo
a visitar a Nuestra Señora, y, llegando a un estrecho precipicio,
fatigado el caballo, comenzó a temblar del susto, y sin saber como,
la señora, invocando a la Virgen Santísima, se halló en el suelo
sentada en su sillón y el caballo se despeñó haciéndose
pedazos"
"Una hija de Ignacio de Dios y Petronila Gordillo, se rodó en un
cerro, y se le entró por la ingle una fiera estaca que, saliendo al
otro lado, le dividió la pierna: los facultativos no daban
esperanza, la medicina poco se apuraba, por la pobreza; y la
aflicción crecía en los parientes, quienes recurrieron a Nuestra
Señora, y con lo más profundo de su espíritu y llenos de tierna
lágrimas, le pidieron el remedio con voto de visitarla y presentar
la niña en la capilla; y no había concluido su petición cuando
vieron andar y correr a la niña, ya buena y sana, por lo que muy
breve pasaron a cumplir lo ofrecido por el mes de febrero de
1717"
En orden a publicaciones curiosas, merece lugar la obra cuyo
título es este: Casos felices y auténticos de medicina; enseñan a
curar males graves, con simples medicamentos, practicados por el
señor Domingo Rota. Los da al público el Padre Fray Pedro Rota de
Predicadores. Impreso en Tunja Vicente de Baños. Año de 1830. 69
páginas.
Antes de la introducción de su obra, el autor consigna la nota
siguiente:
"Cuando el Ilustrísimo señor Rafael Lazo era cura del pueblo
bogotano, fui su feligrés. Me instó sobre recibirme de médico. Me
disculpé: pero, no obstante, me dio carta para que el señor D.
Camilo de Torres diligenciase su empeño. Dicho señor me preguntó:
le dicen algo porque cura? Respondí que no; y él: pues cure y no se
meta en más. Este buen concepto le merecí al señor Obispo de Mérida
y lo pongo por hacer él mi honor, aunque mis émulos lo
contradigan"
El autor de este libro nació en Tunja, en 1752. Cuando publicó
la colección de sus recetas contaba setenta y nueve años de edad.
El mismo nos hace saber que compuso también un trisagio en diez
décimas que mereció la aprobación de muchos doctores.
Transcribimos una página de la mencionada obra:
"Una primeriza en Turmequé no podía parir, y rogativas y fue el
señor López a administrarla; fui con él, la pulsé animé y dije
descansara que a la tarde pariría; y así fue. Cuiden las primerizas
de no creer a las comadres que desde los primeros dolores les dicen
que es parto; ellas, sin experiencia, les dan crédito, y tal vez
les faltan dos o tres días; de suerte que cuando es tiempo están
casi muertas por ellas, sin alimentos, y de esto nacen las
desgracias. No les hagan caso, desprecien los dolores haciéndose el
cargo que aún les faltan días, y mucho más los bebedizos. Agua de
pan hervido, ligeramente nitrado, el baño les conviene mucho. Los
animales no mueren de parto, porque no tienen comadres, ni toman
bebidas; porque la naturaleza lo hace todo, y en esto convienen
ellas con ellos".